Por Jaime Nubiola (*)
La Gaceta de los Negocios
30-06-2006
La visita a fines de mayo de Benedicto XVI a los campos de Auschwitz y Birkenau
fue ampliamente recogida por la prensa
internacional. Se trataba de una escena
realmente sobrecogedora. Un Papa, hijo
del pueblo alemán, caminando a pie,
lentamente y en silencio, por el más
terrible de los campos de exterminio. Al
final de su visita tomó la palabra en
petición de perdón y reconciliación en
“aquel lugar de horror, de acumulación
de crímenes contra Dios y contra el
hombre que —decía el Papa— no tiene
parangón en la historia”. Con sus
palabras alzaba un grito a Dios para que
no vuelva a permitir jamás algo
semejante. Sus gestos estuvieron llenos
de simbolismo y sus palabras, henchidas
de dolor, cruzaron el mundo de parte a
parte: “¡Cuántas preguntas se nos
imponen en este lugar! Siempre surge de
nuevo la pregunta: ¿Dónde estaba Dios en
aquellos días? ¿Por qué permaneció en
silencio? ¿Cómo pudo permitir aquella
inacabable matanza, aquel triunfo del
mal?”
La prensa reprodujo ampliamente las
palabras del Papa y se oyeron algunas
pocas críticas —en su mayor parte de
ignorantes u oportunistas de pluma
fácil— acerca de su descripción del
nazismo como un “grupo de criminales que
alcanzó el poder mediante promesas
mentirosas”, que había abusado mediante
la fuerza del terror y la intimidación
de los afanes de grandeza del pueblo
alemán “como instrumento de su frenesí
de destrucción y dominio”. Sin embargo,
nadie destacó lo que me parece el núcleo
del pensamiento de Benedicto XVI y que
recordó de nuevo ante el horror de los
campos de exterminio: la lógica del
amor. En cierto sentido, Auschwitz-Birkenau
viene a ser la culminación del poder de
la fría razón científica, sin
escrúpulos, al servicio de la causa
política de unos pocos poderosos
decididos a conquistar el mundo a
cualquier precio. Una de las cosas que
más impresiona a quien se acerca a los
campos es la eficiencia con la que
millones de personas fueron exterminadas
en tan poco tiempo. Se trataba de toda
una maquinaria formidablemente
organizada para la eliminación del
pueblo judío y de tantos otros, cuyas
vidas eran clasificadas como
lebensunwertes Leben, como vidas
indignas de ser vividas.
Pues bien, Benedicto XVI, después de
rogar a Dios para que impulse a los
hombres de hoy en día a que reconozcan
que la violencia no crea paz, sino que
sólo suscita más violencia, añadió: “El
Dios en el que creemos es un Dios de la
razón, pero de una razón que,
ciertamente, no es como una fría
matemática del universo, sino que es una
sola cosa con el amor y con el bien.
Pedimos a Dios y apelamos a la humanidad
que esta razón, la lógica del amor y del
reconocimiento del poder de la
reconciliación y de la paz, prevalezca
sobre las amenazas que surgen del
irracionalismo o de una razón falsa y
sin Dios”. Este es el mensaje central de
Benedicto XVI —expresado también en su
encíclica Deus caritas est— que incide
de lleno en el núcleo problemático de la
sociedad contemporánea. La única
garantía de que no vuelvan a producirse
atrocidades como las del nazismo se
encuentra en el sometimiento de la razón
científica a las exigencias del bien y
del amor.
Efectivamente, la cuestión central, en
la que nuestra cultura se juega su
futuro, estriba en el alcance de la
noción de racionalidad, en la
dilucidación de qué sea lo razonable y
qué lo no razonable. En cierto sentido,
el pensamiento se ve arrastrado a un
dilema: tiene que escoger entre el
racionalismo ateo —el naturalismo
cientista dominante— o simplemente la
irracionalidad. Esto lo ha visto muy
bien Hilary Putnam en su libro Razón,
verdad e historia. El filósofo de
Harvard entiende que el pensamiento del
siglo XX ha estado dominado por dos
cientificismos de signo opuesto. Por un
lado, el del empirismo lógico del
Círculo de Viena que asignó un lugar
central a la matemática y en el que la
Ciencia, con mayúscula, vino a ocupar el
antiguo lugar de Dios, de la Verdad, con
mayúscula. De otro lado, el modelo de
los antropólogos, que han venido a
sostener que no hay una racionalidad
global, que lo razonable es del todo
distinto en cada cultura y en cada
tiempo y lugar.
La cultura contemporánea oscila
peligrosamente entre ambos extremos,
entre el encarnizamiento despiadado de
la razón científica y el rechazo de la
racionalidad que implica el regreso a la
selva, esto es, simplemente el retorno a
la ley del más fuerte. Sin embargo,
quienes confiamos en la razón pensamos
que, como en tantas otras cosas, cabe
también avanzar por un camino
intermedio, más difícil, que es el de
una razón más modesta en sus resultados,
dispuesta a reconocer sus fracasos, pero
consciente también de sus
potencialidades y que, sobre todo,
aspira a la construcción de un mundo más
humano. El camino comienza con el
reconocimiento de que sólo es verdadera
ciencia aquella que nos perfecciona, que
nos ayuda a ser mejores personas; y, al
revés, comienza también con el rechazo
de todo supuesto avance científico que
no haga nuestro mundo más humano,
nuestras relaciones más cordiales,
nuestras vidas mejores.
Lo malo no es el dolor, es la crueldad;
lo malo no es el sufrimiento, lo malo es
la perversa utilización de la razón
científica para la explotación de unos
seres humanos por parte de otros. En el
corazón de las tinieblas de Auschwitz-Birkenau,
el Papa ha anunciado con valentía a la
humanidad que sólo puede salvarnos la
lógica del amor. Por esto mismo viene
ahora a Valencia al encuentro de las
familias.
(*) Jaime Nubiola es profesor de
Filosofía en la Universidad de Navarra.