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BENEDICTO XVI: SIGNO DE CONTRADICCION
Roberto Bosca*
Arvo.net, 18.05.2009
A nadie se oculta que la figura del actual pontífice ha sido (y es) fuertemente controvertida, tanto desde el integrismo como desde el progresismo, dentro y fuera de la Iglesia católica. Esto responde a varios motivos, pero a este panorama hay que sumar un elemento que me parece muy de tener en cuenta, y que consiste en el deficiente conocimiento que sobre su personalidad humana y sobrenatural existe, en bastante medida como producto de un tratamiento mediático extremadamente superficial, que no responde necesariamente a una mala fe o a una voluntad hostil, sino mas bien a la configuración de un estereotipo. Merece la pena detenerse con cierta morosidad en este punto, para comprender su pontificado.
Marco histórico, teológico y canónico
En tal sentido, parece oportuno un repaso de algunos aspectos institucionales en primer lugar debido a la fuerte mentalidad antiinstitucional que caracteriza a nuestro tiempo y también para situar mejor el sentido del pontificado, en tanto pretende recordar que el Papa no es un Jefe de Estado en el contenido ordinario del concepto, ni el ceo de una superempresa de servicios espirituales o un sujeto privilegiado en el reparto del poder, sino que su identidad tiene que ver con otras realidades más radicales y más profundas que se refieren al sentido ultimo y definitivo de la existencia humana y que no siempre están en el horizonte de nuestro criterio analítico, pero que pueden ser decisivas para su inteligencia.
Cuando Jesucristo convocó a sus discípulos, eligió también a Pedro como cabeza del colegio apostólico, confiriéndole el primado como su vicario. La función que Cristo encomienda a los apóstoles ha de durar hasta el fin del tiempo y también por lo tanto su fundamento: Pedro, la roca que fortalezca y sustente la fe. Desde los primeros siglos fue reconocido en la comunidad de los creyentes el primado universal del obispo de Roma como sucesor de Pedro, en tanto intérprete auténtico de su voz. Por boca de León ha hablado Pedro, dicen los obispos del Papa reinante en el Concilio de Calcedonia, en los finales del mundo antiguo.
El primer sentido del primado papal es el bien común de los fieles, que comienza por mantener la unidad. El primado es una verdadera potestad de jurisdicción que la Iglesia romana posee, no por una estrategia organizativa sino por disposición de su divino fundador, sobre todas las iglesias.
La potestad de jurisdicción del Pontífice es verdaderamente episcopal e inmediata. Es ordinaria, que significa que tal potestad le corresponde al Papa en virtud de su función. Inmediata significa que no está mediada por el poder del obispo en su diócesis para intervenir en ella. Episcopal quiere decir que es de la misma naturaleza que la de los demás obispos. El obispo tiene jurisdicción sobre su diócesis, el Papa es el obispo de Roma que tiene jurisdicción sobre toda la Iglesia.
Precisamente el cardenal Joseph Ratzinger, en una conferencia pronunciada en Roma en 1991 ha señalado la constante tensión a través del tiempo entre el don de Dios y las pobres fuerzas humanas. Pocos después del acontecimiento de concesión del primado relatado en Mt 16, 17-18 con la célebre fórmula: Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, el mismo Jesús lo reprende con extrema dureza: ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres. Pedro es piedra de fundamento pero también piedra de escándalo. Este pasaje evangélico anticipa de algún modo toda la historia del pontificado.
El Papa es la máxima autoridad jerárquica de la Iglesia católica, pero desde luego no puede identificarse con ella ni absorberla, aunque la represente en grado sumo. El integrismo, pero sobre todo el progresismo católico veían con cierta aprensión la figura de un Juan Pablo II, caracterizado desde estas perspectivas como el Papa superstar cuya avasallante personalidad opacaba la realidad de la Iglesia. Se trata de una mirada ficticia porque esto nunca ha sucedido en la historia de la cristiandad católica.
El título de Papa (del griego papas, padre) se reservó al obispo de Roma desde el siglo VI, antes se otorgaba a patriarcas, obispos y abades. Es el padre común de todos los fieles cristianos. El Papa tiene una gran cantidad de títulos, de los cuales actualmente usa muy pocos, como Santo Padre, Su Santidad, Sumo Pontífice o Vicario de Jesucristo. Su lema es “Servus Servorum Dei”, siervo de los siervos de Dios: un título que registra el sentido cristiano de la autoridad como servicio.
Desde el punto de vista conceptual el pontificado no tiene un significado unívoco, puesto que desempeña funciones en la Iglesia universal mediante un órgano o un grupo de órganos de gobierno con los que constituye la Santa Sede, pero también en el Estado de la Ciudad del Vaticano, o sea es un Jefe de Estado. Hay una dimensión espiritual y una dimensión temporal al servicio de aquélla.
La Santa Sede o Sede Apostólica es el órgano de gobierno de la Iglesia, cuya representación ejerce el Papa a nivel mundial, pero al mismo tiempo el Papa ejerce también la representación del Estado de la Ciudad del Vaticano.
El Sumo Pontífice, como cabeza de todos los obispos posee los tres munus u oficios pastorales propios y típicos de la jerarquía eclesiástica que derivan de la triple condición de Jesucristo como sacerdote, rey y profeta y que se concretan en las funciones de enseñar, santificar y regir. En esta última función de regir (la Iglesia universal) el Sumo Pontífice atiende al gobierno de los fieles a través de la Curia Romana.
Hay que aclarar también que los obispos no son vicarios o delegados del Papa sino que reciben su potestad directamente de Jesucristo por el sacramento del orden en línea sucesoria del colegio de los apóstoles. Pero toda potestad en la Iglesia es vicaria en cuanto se ejerce en nombre de Jesucristo.
La potestad primacial sobre todos los fieles es plena y suprema potestad de jurisdicción, verdaderamente episcopal, ordinaria e inmediata. La potestad ordinaria del Papa es suprema, contra la que no cabe apelación o recurso; plena: tanto en materia de fe y costumbres como en lo que se refiere al gobierno de la Iglesia (pero no es ilimitada, por ej los derechos fundamentales de los fieles); es inmediata en cuanto procede inmediatamente de Dios y se ejerce sin intermediario; y es universal porque se ejerce sobre todas las iglesias particulares.
La Santa Sede comprende al Sumo Pontífice y a la Secretaría de Estado (que tiene dos secciones y es como el ministerio de asuntos exteriores y coordina los asuntos de las distintas congregaciones), pero además de la Secretaría de Estado la Sede apostólica incluye otras instituciones de la Curia Romana: en primer lugar las congregaciones (por ejemplo, la Congregación para la Doctrina de la Fe, que presidía hasta su elevación al pontificado el mismo cardenal Ratzinger), también los tribunales (p.ej la Rota Romana), los secretariados, las comisiones, los oficios, los consejos y también otros organismos como la Sala Stampa (que es la oficina de prensa) y el Archivo Secreto y la Biblioteca.
El Papa gobierna la Iglesia universal con la ayuda de estos organismos de la Curia Romana, que se denominan dicasterios, cuya competencia está determinada por la materia y son presididos por un Cardenal Prefecto, la imagen podría ser la de un rey y sus ministros, porque como forma de gobierno la Iglesia se rige por una monarquía, seguramente sea la monarquía reinante más antigua del mundo.
La Santa Sede es sujeto de derecho internacional por la soberanía temporal que el Sumo Pontífice ejerce sobre el Estado de la Ciudad del Vaticano. El Estado, que tiene su sede en la ciudad, fue creado por el Tratado de Letrán de 1929 que puso fin a la llamada Cuestión Romana, vigente desde que en 1870 culmina el proceso de unificación italiano y se produce el total desmembramiento de los Estados Pontificios, que los sucesivos pontífices a partir de Pío IX vivieron como un despojo pero que fue una bendición para la Iglesia porque terminó con el poder temporal del Papa, que hoy es simbólico y dirigido a preservar su autonomía de los poderes temporales.
Según el Código de Derecho Canónico, la Iglesia Católica y la Sede Apostólica son personas morales por la misma ordenación divina. El Estado Vaticano es un instrumento material cuyo objetivo consiste en garantizar la libertad para que la Sede de Pedro pueda cumplir su misión espiritual. El Romano Pontífices es la autoridad suprema que ejerce los tres poderes del Estado y sus idiomas oficiales son el italiano y el latín.
De manera que la Iglesia católica, la Santa Sede y el Vaticano son tres conceptos diferentes aunque frecuentemente sean confundidos, pero que tienen en común la autoridad suprema del Papa.
Marco biográfico
El Cardenal Joseph Ratzinger nació un sábado santo, el 16 de abril de 1927, en Marktl am Inn, diócesis de Passau, Alemania, es decir, acaba de cumplir 82 años, y fue bautizado ese mismo día. Como lo confiesa en su autobiografía, a Ratzinger se le hace difícil decir cuál es propiamente su pueblo natal, porque su padre era frecuentemente trasladado por la región como miembro de la policía rural. Siete años antes de estallar la guerra, y debido a su actitud crítica del nacionalsocialismo, su familia se ve obligada a mudarse al pie de los Alpes. Fueron años aciagos, “a la sombra del Tercer Reich”, para decirlo con la propia expresión del Papa.
El mismo año de comienzo de las hostilidades entra al seminario menor en Traunstein, dando el primer paso en su carrera eclesiástica. Ya en plena guerra, todos los alumnos de su curso son reclutados al Flak (escuadrón antiaéreo), aunque pueden asistir a clase tres veces por semana, pero es relevado al alcanzar la edad militar y regresa a casa.
Aunque debe asistir al entrenamiento en la infantería alemana, debido a su estado de salud es exceptuado primero de buena parte y finalmente de toda la vida militar. Sin embargo, cuando llega el ejército americano establece su centro de operaciones en su casa, y Joseph es identificado como soldado alemán, enviándolo a un campo de prisioneros de guerra. Una vez aclarado el asunto es liberado y regresa al hogar en Traunstein, seguido de su hermano Georg y ambos reingresan al seminario.
En su fresca mente juvenil quedaría el recuerdo opresivo de la experiencia nazi, cuenta Ratzinger en sus memorias, pero también la alegría de haber resistido la violencia y la mentira del régimen, con su personalidad aun en plena formación. Qué realidad distinta a la de la grosera y artificiosa imagen mediática del joven miembro de la hitlerjügend que prefiguraría al Papa nazi, como ha sido presentado hasta el hartazgo aun en tapas de diarios alimentando una leyenda que identifica cualquier persona de nacionalidad alemana de los años cuarenta con un ferviente nacionalsocialista.
En 1947 Ratzinger ingresa al Herzogliches Georgianum, un instituto teológico ligado a la Universidad de Munich. En 1951, Joseph y su hermano son ordenados por el cardenal Faulhaber, uno de los redactores de la encíclica Mit Brennender Sorge que condenó el totalitarismo nazi y un heroico resistente al nacionalsocialismo.
Dos años más tarde recibe su doctorado en Teología por la Universidad de Munich y publica su primer trabajo importante, un ensayo teológico sobre la doctrina de la eclesiología agustiniana. Después dedica su trabajo de habilitación para la docencia universitaria a la revelación y a la Teología de la historia de San Buenaventura.
En 1959 Ratzinger se inicia como profesor principal de Teología fundamental en la Universidad de Bonn. Desde 1962 hasta 1965 asiste a las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II en calidad de perito, como consejero teológico principal del cardenal Frings, de Colonia. En sus recuerdos estos años adquieren una particular vibración: la fe debía hablar a este tiempo de un modo nuevo, y el brillante teólogo dedicó sus mejores esfuerzos a abrir el camino.
En 1963 se traslada a la Universidad de Münster y tres años más tarde es profesor de Teología dogmática en la Universidad de Tübingen. Su nombramiento es fuertemente apoyado por el profesor Hans Küng. En ese entonces Ratzinger había cobrado merecida reputación como teólogo en todo el país.
En 1968 a partir del mayo francés se difunde en los ambientes universitarios un neomarxismo de acentos anarquistas que ejerce también una fuerte influencia en Tübingen. El teólogo Ratzinger vio tempranamente sus efectos incluso en los ambientes teológicos: Existía una instrumentalización por parte de las ideologías que eran tiránicas, brutales y crueles, reflexionaría más tarde. Esa experiencia me dejó claro que el abuso de fe debía ser precisamente resistido si se quería mantener el querer del Concilio. Resulta útil retener este concepto porque permite explicar buena parte del pensamiento ratzingeriano, sus funciones en el pontificado de Karol Wojtyla y posteriormente su labor pontifical.
El mismo lo dice, entonces. Esa experiencia dejó en Ratzinger una huella muy profunda que marcaría una preocupación por salvar la pureza de la verdad ante los fuegos artificiales del progresismo radical, en primer lugar en su propia casa, la Iglesia. Al año siguiente se traslada de regreso a Baviera, donde asume un puesto de profesor en la Universidad de Ratisbona, y en la cual luego sería nombrado decano. Esos años representaron para Ratzinger un fecundo trabajo teológico. En 1972 junto a Hans Urs von Balthasar, Henri De Lubac y otros prestigiosos teólogos crean la publicación teológica Communio, une revista de teología católica y cultura.
En 1977 es nombrado Arzobispo de Münich y Freising y escoge como lema episcopal la frase de la carta de Juan, Cooperador de la verdad, y reflexiona: Por un lado, me parecía ser la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de todas las diferencias de modo, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la verdad, estar a su servicio. Y por otro lado, porque en el mundo de hoy, el tema de la verdad ha desaparecido casi totalmente, pues aparece como algo demasiado grande para el hombre, y sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad.
Al poco tiempo es creado cardenal por el Papa Pablo VI. En 1978 participó en el cónclave que eligió a Juan Pablo I, y en octubre de ese año en la elección de Juan Pablo II. En 1980 Ratzinger es nombrado por el Papa para presidir el sínodo especial para los laicos y al año siguiente acepta su invitación para asumir como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y Presidente de la Comisión Teológica Internacional. Desde 1986 también presidió durante seis años la Comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica. Finalmente el 19 de abril de 2005 fue elegido Papa, escogiendo llamarse Benedicto XVI.
El pontificado
Ratzinger llegaba al pontificado como una de las grandes figuras de la teología del siglo XX. Así lo acredita un unánime reconocimiento en los más diversos ambientes culturales, sus doctorados honoris causa y su membresía de las más acreditadas academias científicas del mundo. Se trata de una persona intelectualmente brillante que ama profundamente a la Iglesia. Joseph Ratzinger siempre lo dejaba a uno pensando, sintetiza Heinz-Joachim Fischer, un periodista estrella del Frankfurter Allgemeine Zeitung al recordar sus largos años de amistad con el cardenal.
Su obra teológica, no hace falta detallarla aquí, es portentosa, no solamente por su volumen material sino sobre todo por su profundidad, audacia, originalidad, densidad y sutileza intelectual, aun teniendo en cuenta que el grueso de su tiempo fue gastado en el servicio de la Iglesia junto a Juan Pablo II. La sola mención de su producción abarca unas cuantas páginas (cuarenta y ocho, concretamente) que ni siquiera voy a analizar (la enumeración de los títulos de los comentarios, -libros y artículos- insume diez páginas); solamente quiero recordar que estamos ante un Papa teólogo, lo cual no ocurre frecuentemente en la Iglesia, por ejemplo no lo era Juan Pablo II, profesor de filosofía y ética.
No es el caso tratar ahora la dimensión teológica de Ratzinger sino en cuanto tenga relación a su identidad pontificia, aunque no puede dejar de mencionarse su cuarto de siglo como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cuya fructuosa labor doctrinal y pastoral tampoco cabe omitir, entre una pléyade de documentos magisteriales de primer rango: las instrucciones Libertatis Nuntius (1984) sobre algunos aspectos relativos a la Teología de la liberación y Libertatis Conscientia (1986) sobre la libertad cristiana, subrayo solamente dos donde son admirables su tratamiento teológico-moral de uno de los grandes problemas de la sociedad y la Iglesia en el siglo pasado. Es oportuno puntualizar que contrariamente a una muy difundida creencia en el pueblo cristiano, Libertatis Nuntius no comporta una condena de la Teología de la liberación, aunque sí de una ortopraxis teológica que pervirtió el mensaje cristiano en la segunda mitad del siglo pasado.
La labor de gobierno del cardenal en la congregación ha sido también a menudo mal interpretada como una función policial, de ahí esa descalificación que inmediatamente a su elección le fue adjudicada como el “rottweiler de Dios”. La altura y la prudencia que caracterizaron su actividad estuvieron siempre al servicio de la ortodoxia de la fe en una misión que es también eminentemente pastoral.
No es la ocasión de recoger las alternativas del cónclave, ordinariamente objeto de un tratamiento distorsionado por parte de la prensa, pero al menos puede ser de interés para la comprensión de su personalidad detenerse un instante en un par de detalles relativos a cuestiones si se quiere menores pero no por ello menos significativas.
El primero, que ha pasado desapercibido, es que Benedicto XVI es el primer Papa de la modernidad que omite en su escudo la representación de la tiara, la triple corona pontificia, signo de la potestad secular, y la reemplaza por una mitra, signo de la potestad espiritual del obispo.
El segundo reside en el nombre elegido: Benedicto, Benito. Como es sabido, Ratzinger es un devoto de Benito de Nursia. En su primera audiencia pública como pontífice, el nuevo Papa explicó que además de querer evocar el nombre de Benedicto XV, que gobernó la Iglesia en tiempos difíciles de la primera guerra mundial, la elección del nombre refiere a la figura extraordinaria de un gran santo de la cristiandad, patrono de Europa, fundador de una orden que ha sido una gloria de la Iglesia y que ejerció un influjo decisivo en la cristianización del continente europeo y constituye un punto de referencia fundamental para la unidad continental y un imborrable recuerdo de las irrenunciables raíces cristianas de su cultura.
Al entrar directamente en una consideración del pontificado de Benedicto XVI me parece que puede ayudar a su comprensión deshacer algunos estereotipos formulados en relación a su antecesor. En este punto aparece en primer plano un elemento fundamental como es el significado que para ambos reviste el Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante de la Iglesia contemporánea.
Con una actitud interesadamente desacreditante se ha pretendido que los pontificados de Wojtyla y Ratzinger, tanto uno como otro representan un freno del espíritu conciliar. En un sentido distinto pero igualmente negativo se ha procurado ver también una contraposición entre ambos pontificados, como si el primero representara un sentido evolutivo y progresista de la Iglesia hacia el mundo y las otras religiones, en especial el judaísmo, y el segundo estuviera caracterizado por un carácter involutivo respecto sobre todo de las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II y apuntara a la restauración de una arcaica mentalidad preconciliar.
Esta oposición responde también a una percepción falsa que es desmentida por la misma realidad y ella merece una consideración más prolija que vale la pena puntualizar, porque puede esclarecer más claramente el perfil de la personalidad del actual Pontífice.
Siendo ambos bien distintos en sus estilos por expresar personalidades diversas, no lo son tanto ni siquiera sus formas pastorales. Entre los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI hay una continuidad básica o fundamental que consiste precisamente en la aplicación del Concilio Vaticano II.
Si se examina el voluminoso cuerpo documental del magisterio de Juan Pablo II donde se exponen los contenidos doctrinales y pastorales de su pontificado, esto se ve con una gran claridad. Puede tomarse cualquier texto (encíclicas, instrucciones, cartas, etc.) y verificar cómo siempre hay allí una referencia bien clara al Concilio, las más de las veces en forma explícita y siempre en forma implícita.
Ambos dos fueron constructores del Concilio, Karol Wojtyla como padre conciliar y Joseph Ratzinger como perito, y ambos como pontífices son también los ejecutores del Concilio.
Por eso es equivocado ver en ellos una mentalidad conservadora restauracionista de todo lo que el Concilio vino a cambiar en la Iglesia: al contrario, ellos no sólo no son conservadores en tal sentido sino que son los propios y principales ejecutores de ese cambio. Esto es así al punto que se podría definir el pontificado de Juan Pablo II como la realización del Concilio. Esto se expresó de una manera normativa y contundente en el nuevo Código de Derecho canónico.
Con referencia al magisterio, por ejemplo, en cuestiones de moral se podría decir que a partir de Juan Pablo II hay una visión mucho más centrada en la persona humana, al punto de que se puede considerar que en materia social el eje de su pontificado son los derechos humanos. No parece que esto sea una sensibilidad conservadora o tradicionalista, al contrario.
Benedicto XVI continúa en ese mismo camino, pero no para corregirlo y menos para desandarlo, sino para completarlo. Lo que hizo durante un cuarto de siglo al lado de Juan Pablo II fue precisamente secundar a su antecesor con una gran fidelidad, y ahora lo hace como Pontífice. Pero como es lógico cada uno desarrolla esa tarea de acuerdo a su propio estilo.
El Concilio esencialmente es: una nueva mirada de la Iglesia sobre sí misma, que reside básicamente en la Constitución Lumen Gentium, y una nueva mirada de la Iglesia en su relación con el mundo, que reside básicamente en la Constitución Gaudium et Spes. Estas dos constituciones representan los ejes de la doctrina conciliar.
Pero la continuidad en lo esencial (lo esencial es la doctrina) admite sin embargo diferencias accidentales que provienen de las naturales y peculiares diferencias de estilo de cada uno, ya que uno y otro son personalidades muy distintas, aunque tras el mismo objetivo: el Concilio. La doctrina es la misma, el modo de presentarla es distinto.
Para realizar la misma tarea uno va por un camino y el otro por otro, pero los dos apuntan a idéntico objetivo. Ambos son directores de orquesta que interpretan la misma partitura. Pero cada director lo hace con su estilo propio. Las notas, la melodía es la misma.
Entonces ¿cuáles podrían ser esas distinciones?
Un punto de distinción entre ambos es que el pontificado de Juan Pablo II se centró más en la relación de la Iglesia con el mundo (Gaudium et Spes). En cambio Benedicto XVI parece concentrarse mas bien en la Iglesia en sí misma considerada (Lumen Gentium). Es una mirada más atenta al interior de la Iglesia, sin que por eso deje de ocuparse de la cultura. Son acentos distintos, porque no se puede hacer todo al mismo tiempo.
Partimos entonces de que el centro del pontificado de Benedicto XVI es la Iglesia (en sí misma considerada) y no tanto en su relación con el mundo. Naturalmente esto no significa que al Papa Benedicto no le importe la inculturación de la fe, pero el centro es la Iglesia: poner en orden la casa. Primero hay que poner la casa en orden.
Este enfoque un tanto distinto de Benedicto XVI puede encontrar su explicación en la mirada crítica que él tiene sobre la aplicación del Concilio, pero también podría explicarse por su propia personalidad, más intimista. El es un teólogo, un intelectual, que ama la claridad de la verdad. Si la casa está bien iluminada por esta luz, sus rayos de claridad se van a expandir a su alrededor por el mundo.
Sin embargo, sería un error considerar a Ratzinger el típico intelectual encastillado en el mundo teológico, algo así como un topos uranus en el sentido platónico; esto sería claramente una caricatura de la realidad. No puede prescindirse de un dato incontrastable y es que Benedicto XVI no ha sido un mero profesor dedicado a los libros sino un obispo de la Iglesia católica, lo cual le confiere a su figura y a sus funciones una experiencia y una identidad definidamente pastoral.
Signo de contradicción
Permite comprender mejor este nuevo pontificado aclarar un equívoco que es producto de una lectura superficial, incompleta y apresurada de Benedicto XVI, que suele verlo como alguien rígido, insensible, y que en sus versiones más groseras ha llegado a presentarlo como una mentalidad nazi.
Benedicto XVI no está en oposición al Concilio, ni tampoco piensa que el Concilio haya dado malos frutos, ni siquiera que su aplicación haya sido negativamente realizada, pero sí advierte una situación que consiste en que las reformas conciliares fueron instrumentadas en bastantes -demasiadas- ocasiones de un modo que se apartaba de lo que el Concilio había querido e incluso había dicho.
Es notorio que después del Concilio se despertó un espíritu contestatario en la Iglesia que forma parte de un clima epocal que caracterizó a los años sesenta, y que produjo un gran desorden y confusión, y como consecuencia de ello se ha producido un enorme daño, por ejemplo una fenomenal crisis en las vocaciones, un enorme número de sacerdotes fueron reducidos al estado laical, etc.
Algunos en la Iglesia han dicho esto mismo durante estas últimas décadas, por ejemplo figuras importantes: teólogos como Henri de Lubac o filósofos como Jacques Maritain. El también lo percibió muy claramente antes de ser Papa, y como testimonio puede leerse un largo reportaje del periodista Vittorio Messori publicado en forma de libro en los años ochenta que se llama Rapporto sulla fede, (Informe sobre la fe). Allí el entonces Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, con inusual audacia calificó a esta corriente centrífuga dentro de la Iglesia como el könzilsungeist, el antiespíritu del Concilio. Era la primera vez que una alta autoridad de la Iglesia se había referido al problema con términos tan claros y contundentes.
Pero ya desde los primeros tiempos del posconcilio él lo había visto, e incluso este punto lo llevó a apartarse de la revista Concilium, donde se suscitaron planteamientos teológicos que se separaban o se apartaban del auténtico espíritu conciliar. El könzilsungeist consiste en una reivindicación del Concilio que encierra en realidad una actitud interpretativa del Concilio ajena al magisterio de la Iglesia.
Al hablar sobre el cuadragésimo aniversario del Concilio, el mismo Benedicto denominó a este proceso "la hermenéutica de la discontinuidad". Esto es lo que se conoce en los ambientes eclesiásticos como la crisis posconciliar, cuando una corriente progresista dentro de la Iglesia quiso imponer su propio modo de ver las cosas infligiendo un grave daño a la comunidad de los fieles. La gravedad del asunto consiste en que quienes sustentaron esta sensibilidad presentaron su propia visión como si fuera la doctrina conciliar, originando un equívoco de proporciones cuyos efectos están aun vigentes. De este modo, una gran cantidad de personas tienen una imagen del Concilio que no es la real.
Estas personas piensan que el Concilio es lo que esta corriente expresa y que negar las ideas que sustenta dicha sensibilidad progresista es oponerse al Concilio y ser un retrógrado o un preconciliar. Piensan que el Concilio o la mentalidad conciliar es romper con todo lo anterior y esto no es verdad.
Todo esto ha provocado un gran equívoco que es el que vemos muy seguido en los diarios con respecto a este tema. El equívoco consiste en que muchos piensan que algo es del Concilio y en realidad eso es la versión progresista del Concilio. Por ejemplo el Concilio Vaticano II no suprimió el latín de la Iglesia, aunque esto es lo que piensan casi todos, porque ha terminado por ser aceptado por todo el mundo, aunque no es así en la realidad de los hechos.
Parecería entonces que Benedicto XVI quiere arreglar la propia casa antes de establecer una relación con el vecino. Si quiero atender bien al vecino en mi casa primero debo tener una casa en buenas condiciones. Imaginemos que vamos a jugar al fútbol en una cancha con otros jugadores. La primera regla para que juguemos bien el partido y para que ese partido sea bueno para todos es que nuestro estado físico sea muy bueno. De lo contrario iríamos a jugar en una situación de debilidad y arruinaríamos el buen juego y el resultado.
Antes se aclaró que Benedicto XVI no piensa que todo lo hecho en este periodo posconciliar haya estado mal, al contrario; pero sí parece que el Papa percibe que en estos más de cuarenta años desde el Concilio se han hecho muchas cosas buenas en la Iglesia, pero al mismo tiempo hay que arreglar lo que no se ha hecho bien, corregir algunos defectos que se han venido acumulando porque los fieles cristianos no son perfectos sino que son hombres sujetos a todas las contingencias humanas en su peregrinar terreno.
Las cuestiones pastorales no son asuntos de fondo, pero tienen conexión con él, y si se descuidan pueden terminar arruinando la casa, por eso hay que limpiar algunas manchas en las paredes, pasar el aspirador, sacar el polvo de algún mueble, ajustar incluso el funcionamiento de los electrodomésticos que con el tiempo pueden haberse deteriorado por el uso, arreglar una canilla que gotea, corregir la instalación del gas que ha sido mal hecha -o al menos sin seguir todas las especificaciones y eso entraña un cierto peligro de escapes-, poner una luz para que el ambiente esté mejor iluminado, etc. Esto no significa que la casa sea un desastre pero hay que adecentarla (ponerla en valor, como se dice).
Creo que esto es lo que está haciendo Benedicto XVI. No es una tarea elegante, de grandes brillos, no hay aquí la magnitud de un nuevo rumbo teológico ni nada de eso, es una labor a menudo incomprendida, pero hay que hacerla. Al contrario, puede ser algo tedioso y a nadie le van a dar el Premio Nobel por esto; son cuestiones que ordinariamente ni siquiera los demás que viven en la casa lo perciben y muchas veces ni lo agradecen, pero si no se hace todo empieza a complicarse progresivamente y se puede resentir incluso la propia convivencia; las amas de casa lo saben muy bien: hacer esas tareas domésticas no es lo más importante aparentemente, pero sin eso la familia no funciona bien. Aunque parezca un quehacer cotidiano y casi intrascendente, no es, ciertamente, una tarea menor: se trata de volver a hacer brillar el sentido de lo sagrado en la Iglesia.
Benedicto suele ser acusado de decir cosas inconvenientes. Es verdad. Pero me parece que al Papa le importa más la verdad que lo que los demás piensen de él. El nunca dejaría de decir algo por el hecho de considerarse que es políticamente incorrecto. Esto habla de un temple moral de alta categoría. El ha recordado algunos puntos de la doctrina de la Iglesia que no han sido derogados, aunque muchos pensaban que ya no tenían vigencia. Entonces aparecen esas clásicas invectivas contra el Papa que ha dicho lo que hay que hacer según la enseñanza de la Iglesia.
Una gran cantidad de fieles (incluso quienes no son católicos) se habían construido una visión de las cosas al propio gusto, pero no es ésa la realidad, y el Papa no puede decir lo que se le ocurre o lo que sea del agrado de la gente. El tiene que decir la verdad; si no, haría traición.
La verdad cristiana no es algo pour la gallerie sino que responde a otra naturaleza. Esa verdad puede traer inconvenientes, incluso serios. El Evangelio nunca ha sido algo políticamente correcto y ese punto de choque con el mundo es precisamente el sello de que seguramente en el mundo hay muchas cosas que cambiar.
Por otra parte, no es el discípulo más que el maestro, y ya sabemos que todo comenzó de la peor manera: con un asesinato. A lo mejor alguien puede decir que esto no es políticamente correcto recordarlo y si nos guiáramos por esa lógica del decir sólo lo que gusta a la galería, habría que borrar la crucifixión de los textos sagrados y de la historia. En la actual cultura materialista y relativista, la cruz es más que nunca el signo de la contradicción.
La tarea pastoral de Benedicto XVI es la del padre que cuida, en primer lugar, a sus propios hijos, sin que haya que ver en esto un reduccionismo de la misión universal de la Iglesia que consiste en la salvación de todos los hombres, sin ninguna excepción. Ese es su primer deber que proviene del amor. En el caso de un padre -y el Papa lo es: el Santo Padre, el padre común de los cristianos- su espíritu no es el de un "celoso custodio de la ortodoxia" sino que es el de alguien para quien el amor es lo primero. Ese fue el tema de su primer encíclica, el mandato fundacional del cristianismo. Si un padre dice la verdad a sus hijos, no se nos ocurre decir que ese padre es un custodio de la ortodoxia sino que veríamos en él a alguien que los ama.
Decir la verdad es un fruto del amor, aunque esto no sea muchas veces bien comprendido y hasta puede ser entendido en contraposición al amor. La cultura de nuestro tiempo no ama la verdad; su contenido es precisamente un desprecio de la verdad, y esto es lo que se conoce como relativismo. Un ejemplo casero ilustra esta realidad. Si preguntáramos a cualquier ciudadano en este sentido por su visión de la vida pública, no dudaría en definirla como el reino de la mentira.
El relativismo es un tema central de nuestra cultura, al que Benedicto XVI ha mostrado en su contenido perverso para la persona y la sociedad. Una persona que hace y dice eso no es alguien que pudiéramos definir como políticamente correcto, y en ese sentido Benedicto XVI está encarnando de un modo martirial lo que el mismo Evangelio pide a los cristianos cuando los unge testigos de la verdad.
El relativismo es uno de los temas centrales en el magisterio profético de Benedicto XVI porque es un verdadero eje de nuestro tiempo: la renuncia al conocimiento de una verdad objetiva marca uno de los puntos de mayor oscurecimiento de la conciencia humana, y desde luego esto no podía pasar desapercibido sin ser objeto de un atento y oportuno discernimiento a quien adoptó como divisa episcopal: Cooperador de la verdad. El ha explicado esta elección diciendo: Por ello llegué a la conclusión de que precisamente en la crisis de nuestra época, que nos suministra un cúmulo de datos científicos pero nos empuja al subjetivismo en las auténticas cuestiones referidas al ser humano, necesitamos de nuevo buscar la verdad y también el valor para admitirla. Y Benedicto ha mostrado el signo.
En el prólogo a su Introducción al cristianismo, una de sus obras más conocidas, Joseph Ratzinger recuerda un famoso cuento de los hermanos Grimm, Juan con suerte, que acaso sea una parábola de su pontificado. Después de servir siete años a su amo, Juan, Hans, recibe como recompensa un pedazo de oro grande como su cabeza. Pero de regreso a casa el oro le resulta pesado y decide cambiarlo por un caballo, después el caballo por una vaca, la vaca por un cerdo, el cerdo por una oca y la oca por una piedra de afilar que finalmente se le cae en una fuente.
Ratzinger se ha preguntado si la teología católica, y con ella toda una pastoral de la Iglesia no ha seguido muchas veces un camino semejante. ¿No ha ido rebajando gradualmente la reivindicación de la fe, que se le hacía demasiado pesada? En cada cambio no parecía perderse nada importante, y me pregunto si ha sido la blandura o la exigencia la que ha levantado siempre al espíritu humano.
Me parece que Benedicto XVI, aunque sonriente, nos plantea algo serio y lleno de dificultades, como es la misma existencia del hombre y de la mujer en la tierra, pero enormemente valioso y representativo del sentido de la vida, que es ir siempre más arriba y más allá: ir de la nada a la piedra de afilar, y de ahí a la oca, al cerdo, a la vaca, al caballo hasta llegar al precioso oro. Es algo difícil, muy difícil, pero no imposible, sellado por la señal del cristiano, el signo de contradicción. Todo un programa de pontificado.♦
*Roberto Bosca, Facultad de Derecho, Universidad Austral, es Miembro del Instituto de Derecho eclesiástico de la Universidad Católica Argentina y de la Sociedad argentina de canonistas.
rbosca@austral.edu.ar
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