Por Julián Marías
Voy a hablar del problema del ateísmo
tal como aparece en la filosofía del siglo xx, especialmente
en la que se llama filosofía existencial, y más
concretamente en el existencialismo, pero tratando de hacer
referencia a la totalidad del planteamiento de este tema en
el pensamiento de los últimos decenios.
Durante
el siglo XIX se podría definir la situación
del problema de Dios como un olvido tradicional. Quiero decir
con esto que la corriente central del pensamiento europeo
del siglo XIX no incluía el problema de Dios, al menos
como un problema vivo y plenamente actual, sino que era tratado
sólo o por pensadores que representaban una vieja tradición
—por ejemplo, una tradición escolástica,
en el sentido más lato de la palabra— o por algunos
pensadores marginales —por ejemplo, los ontologistas
italianos, Rosmini y Gioberti, o el P. Gratry, o incluso Brentano—,
pensadores que hoy nos parecen interesantes, pero que durante
el siglo XIX tenían una importancia pequeña
y desplazaban muy escasamente la atención general.
Me parece interesante tener presente
esto: que lo que en filosofía, y en general en la historia
de la cultura, nos parece importante hoy, no siempre lo ha
parecido en su fecha, sino todo lo contrario, y es increíble
hasta qué punto hay a veces que esforzarse para encontrar
en su época referencias a pensadores que hoy nos parecen
del máximo interés. Piénsese en el caso
de Kierkegaard o en el de Dilthey, acerca de los cuales apenas
se hablaba con unas pocas palabras vagas y que no harían
ni sospechar el interés de su obra intelectual.
Pues bien, hacia fines del siglo XIX
o comienzos del xx, se inicia, de manera especialmente intensa,
una vuelta a plantear el problema de Dios, y precisamente
en esta ciudad de Salamanca. No necesito decir que me refiero
a don Miguel de Unamuno, que tuvo un ilimitado coraje intelectual
y se atrevió a plantear el problema de Dios y hacer
centro de su meditación este problema, en una época
en que tanto éste como el de la muerte y la inmortalidad
estaban relegados a los suburbios de la filosofía y
más bien descalificaba a un pensador el atreverse a
plantear estas cuestiones.
Pero además de esto, en la obra
de Unamuno hay algo que nos interesa especialmente. Es que
Dios aparece en Unamuno primariamente como sustentador de
la inmortalidad personal: Dios es fiador de la esperanza del
hombre en una vida ultraterrena. Quiere decir esto que Dios
no aparece como fundamento o clove del universo. Este Dios
no ocupa un puesto importante en la ontología de Unamuno,
suponiendo que Unamuno tuviera una ontología, lo que
es macho decir, sino que más bien Dios aparece como
una realidad destinada a sustentar el carácter personal
del hombre y a garantizar su esperanza en la inmortalidad.
Es decir, es un Dios estrictamente personal y que aparece
con una funcion personal, no con una función primariamente
cósmica, por ejemplo.
Esto es nuevo respecto de todo lo que
se ha hecho en el pensamiento europeo anterior a la primera
guerra mundial e incluso entre las dos guerras. Las apariciones
del tema de Dios antes de los últimos decenios han
sido muy limitadas. Por ejemplo, en la fenomenología
de Husserl Dios tiene un puesto limitado, remoto: hay algunas
referencias marginales, por ejemplo en las Ideen, y Dios aparece
como un "concepto límite". En Scheler, a
pesar del período católico de su pensamiento,
representado por el libro De lo eterno en el hombre (Vom Ewigen
im Menschen), a pesar de su interés por los temas religiosos,
la filosofía aparece excesivamente orientada hacia
los valores, y el tema de Dios aparece estudiado en una constelación
definida por la idea de valor y, en definitiva, con un papel
relativamente secundario dentro de su pensamiento. En cuanto
al de Jaspers, aparece con fuerza la idea de lo envolvente
o englobante (das Umpreifende), que plantea un problema de
trascendencia pero que tampoco es estrictamente un planteamiento
temático del problema de Dios. En Heidegger el tema
está tan eludido que es frecuente —tan frecuente
como irresponsable— hablar del ateísmo de Heidegger.
A mi juicio, esto es una pura frivolidad, pero es cierto que
no hay un planteamiento directo y a fondo del problema de
Dios en la obra de Heidegger, por lo menos en la obra actual,
aunque estén abiertas posibilidades de un planteamiento
en el futuro. Gabriel Marcel tiene una posición teísta,
especialmente después de su conversión, pero,
por muchas razones, tampoco en él ha aparecido un planteamiento
formal de este tema.
En todo caso, y a pesar de estas restricciones,
y dejando de lado el antecedente, mucho más importante,
de Unamuno, del que me he ocupado ampliamente en otras ocasiones,
el tema de Dios ha adquirido una nueva cualidad e intensidad
en las diferentes filosofías definidas por aparecer
de algún modo en su denominación la palabra
"existencia", y entre las que podemos distinguir
fundamentalmente tres grupos:
FILOSOFÍA EXISTENCIAL Y EXISTENCIALISMO
En primer lugar, la filosofía
existencial, nombre adecuado de la filosofía de Heidegger,
cuyo tema es el sentido del ser en general, ya que este problema
del ser se plantea en ese ente que somos nosotros y al cual
llama Heidegger Dasein ("existir"), por lo cual
ese problema requiere para su dilucidación una previa
analítica existencial del Dasein o "existir",
y por tanto es condición para el planteamiento del
problema del ser. para esa pregunta olvidada por el sentido
del ser; por esta razón se puede llamar filosofía
existencial a la filosofía de Heidegger, no porque
su tema sea la existencia, sino porque el análisis
de Dasein es una condición previa para el planteamiento
de la pregunta por el ser.
En segundo lugar tendríamos la
filosofía de la existencia, que, en un sentido relativamente
vago, se podría aplicar al pensamiento de Jaspers—parte
esencial suya es la Existenzerhellung o aclaración
de la existencia humana— o al de Gabriel Marcel en Francia.
Y, por último, habría que
reservar el término existencialismo, el que más
fama popular ha tenido y el que, en cierto sentido, ha atraído
más la imaginación de los hombres de los últimos
decenios, al pensamiento de Jean-Paul Sartre y de sus continuadores.
Como es sabido, la definición
de existencialismo sería sumamente vaga. El propio
Sartre ha dicho alguna vez que entiende por existencialismo
aquella filosofía según la cual la existencia
en el hombre precede a la esencia. Esta fórmula sería
la máxima abreviatura de lo que Sartre entiende por
existencialismo, y la podemos tomar provisionalmente para
distinguir el existencialismo de otras tendencias filosóficas
que tienen con él alguna proximidad o analogía.
Por un momento, especialmente después
de la segunda guerra mundial, pareció que estos movimientos
filosóficos eran la filosofía misma. A pesar
del carácter intrínsecamente insatisfactorio
del cuerpo doctrinal de estas construcciones intelectuales,
cuando se las considera de cerca y en detalle, no podemos
pasar por alto el enorme interés, la profunda atención
con que todas estas formas de pensamiento, y quizá
muy particularmente la llamada existencialismo, han sido seguidas
primero por los europeos y después también por
los americanos y por el mundo entero, al final de la guerra
y durante unos quince años, aproximadamente.
El que esto esté hoy ya en descenso,
el que la popularidad y el interés de estas filosofías
estén comenzando a declinar, no debe ocultarnos la
atracción profunda que han ejercido sobre el hombre
de nuestro tiempo. Y esto, en todo caso, hay que explicarlo
y tiene ya de por sí sumo interés.
LOS «PROBLEMAS» DEL HOMBRE
EN LA HISTORIA
Yo diría que estos sistemas de
pensamiento han dado soluciones quizá falsas, pero
en todo caso soluciones a los verdaderos problemas de nuestro
tiempo. Quiero decir que una doctrina puede ser verdadera
o falso, pero en todo caso hay que plantearse primero la cuestión
de si es una respuesta a nuestros problemas o a otros. No
se olvide que un problema no es simplemente algo que yo no
sé, una ignorancia. Si a mí me preguntan cuántos
pelos tienen en la cabeza los muchos oyentes que me están
escuchando, no sabría decirlo. ¿Es éste
un problema? No. Y ¿qué falta para que sea un
problema? Que yo tenga que saberlo. Por fortuna, yo para nada
tengo que saber cuántos cabellos tienen mis oyentes;
y esto quiere decir que no es un problema. Pero si yo tuviera
que saberlo, si, por ejemplo, alguien me ofreciera un gran
premio de varios millones si el número de pelos era
par, y me amenazara con muerte violenta si ese número
era impar, entonces se convertiría para mí en
verdadero problema. Para que algo sea un problema hace falta:
primero, que yo no lo sepa; y segundo, que tenga que saberlo.
El hombre tiene un horizonte problemático
que cambia de tiempo en tiempo. Y la mayor parte de los problemas
dejan de serlo, no porque se resuelvan, sine porque se disuelven.
La historia de la filosofía, la historia intelectual
entera, es la historia de una sucesión de soluciones,
pero primariamente es la historia de una sucesión de
problemas. Y estos problemas se suceden históricamente,
se van desplazando, se van disolviendo y dejando paso a otros.
Frente a muchas doctrinas intelectuales
podemos decir quizá que son verdaderas, o que posiblemente
lo son, pero no son soluciones a nuestros problemas, sino
a otros, a los del siglo XIII o el XVII o el XIX. No es lo
que a nosotros nos angustia o nos inquieta lo que angustiaba
a los hombres de hace un siglo, de hace Ocho o hace veinte,
y sus soluciones, sean cualesquiera, aunque sean correctas
lógicamente y objetivamente verdaderas, por razón
de su contenido, no nos sirven porque no son soluciones a
nuestro problema.
Pues bien, el existencialismo en sentido
lato es un repertorio de soluciones a nuestros graves problemas,
y esto hace que el existencialismo nos haya interesado y nos
siga interesando. ¿Que nos satisfaga? ¡Ah!, eso
es otra cosa. ¿Que sea suficiente, que sea una respuesta
adecuada? Ya es otra historia. Incluso que hoy nuestros problemas
sean exactamente los que en 1945 llevaron al éxito
al existencialismo, también sobre eso habría
duda. Pero si tomamos un plazo relativamente largo, si hablamos
del hombre de nuestro tiempo entendiendo los dos o tres últimos
decenios, no cabe duda de que la respuesta del existencialismo,
verdadero o no, se refería a aquello que necesitábamos
saber.
El punto de partida de todos estos sistemas
filosóficos es la vida humana, llámesela Dasein,
"existencia", "subjetividad" o, más
profunda y correctamente, "vida humana". Esta vida
ha sido interpretada desde diversos puntos de vista, algunos
más amplios, otros más parciales. Algunos significaban
una interpretación forzada; otros la proyectan sobre
un plano y la reducen a una realidad bidimensional en vez
de dejarla ser lo que es plenamente y de bulto. En todo caso,
por ser el punto de partida nuestra vida, en lo que tiene
de vida humana personal, todas estas filosofías se
han centrado en la noción de libertad; en la condición
que tiene el hombre de hacerse o elegirse a sí mismo
de un modo o de otro; en la soledad en la cual acontece la
vida de cada uno de nosotros; en los temas de la responsabilidad,
el desamparo, el dolor, la angustia, la náusea... eso
que se ha llamado los "temples existenciales". Sin
duda lo son, pero no está dicho en ninguna parte que
sean estos los únicos, o los más interesantes,
y que no se hayan quedado en el tintero otros tan importantes,
tan existenciales y, quizá, más radicales.
EL ATEÍSMO
Y ahora nos encontramos con que en este
cortejo de doctrinas —que no voy a estudiar porque nos
llevaría muy lejos y nos sacaría de nuestro
tema— ha aparecido, como una tendencia de especial relieve
y sumamente insistente, lo que podemos llamar el ateísmo.
Hay cierto número de pensadores que se llaman existencialistas
y de otros pensadores contemporáneos que, por unas
razones o por otras —y es interesante que las razones
varían mucho— toman una posición que se
puede llamar, en términos generales, ateísmo.
El ateísmo, a su vez, no es tampoco
rigurosamente unívoco, porque bajo esta palabra se
pueden entender diferentes interpretaciones, no se trata siempre
de lo mismo. Yo quiero buscar, por lo pronto, las justificaciones
que tenga dentro de estos pensamientos el ateísmo.
Hay que intentar, si se quiere comprender una filosofía,
situarse dentro de ella, de tal manera que al exponerla nos
parezca justificada. No es menester —y sería
un profundo error— tratar de mostrar la deficiencia
o falsedad de una doctrina sin tratar primero de entenderla.
Hay que hacer el intento de justificarla, de presentarla desde
dentro, no para después salirse de ella y refutarla
—palabra antipática si las hay—, sino más
bien para seguir dentro de ella y, al intentar tomarla en
serio y pensarla a fondo, ver si efectivamente nos lleva a
alguna parte o si tropezamos con alguna dificultad que nos
obliga a ir más allá.
EL CONCEPTO DE «SENTIDO»
Y EL CONCEPTO DE «ABSURDO»
El pensamiento de nuestro tiempo, y no
sólo el pensamiento filosófico, ha estado preocupado
por un concepto que ha adquirido un desarrollo extraordinario
en el siglo XX, y es el concepto de sentido. No se olvide
que Heidegger, en Sein und Zeit, precisamente cuando plantea
su pregunta originaria y fundamental, dice que esta es "la
pregunta que interroga por el sentido del ser". Es decir,
no se trata de preguntar por el ser, sino por el sentido del
ser. Esta palabra "sentido" aparece también
en el pensamiento anglosajón, inglés y americano
(meaning), aparece con igual relevancia en pensadores no estrictamente
filosóficos, como Camus. Se trata, pues, de preguntar
por el sentido de la realidad, y en especial de la vida humana.
Y el concepto de sentido aparece enfrentado
con el concepto de absurdo. El absurdo aparece constantemente
como algo que acecha al pensamiento contemporáneo,
que lo inquieta profundamente y frente a lo cual tiene que
movilizarse. Recuérdese una vez más el caso
del propio Camus y la importancia que en él tiene el
tema del absurdo. Se trata de ver en qué medida la
vida humana tiene sentido o no, es absurda o no, y es justamente
en este escorzo donde se plantea el problema de Dios y, por
consiguiente, el del ateísmo.
DIOS COMO ESTORBO
Curiosamente, el ateísmo aparece
a veces como prueba o fundamento de que el mundo no tiene
sentido; o bien como aquella conclusión a que nos vemos
obligados, en vista de que la realidad es absurda; pero hay
una tercera posibilidad, intrincadamente unida a las otras
dos, y que es la que más atracción ejerce sobre
los hombres de hoy, según la cual justamente para defender
un cierto sentido de la vida nos veríamos obligados
a relegar a Dios y, por tanto, a desembocar en una posición
atea.
Son tres motivaciones distintas y en
rigor no se trata de tesis filosóficas ni de argumentaciones,
sino de alga previo, de tres supuestos generales de la interpretación
que, por diferentes caminos, conducen a tres distintas variantes
de ateísmo. En muchas corrientes del ateísmo
de este tiempo, y especialmente en el existencialismo, Dios
aparece literalmente como un estorbo. ¿Cómo
puede ser esto? Dios estorba a cierta concepción de
la vida humana y de la realidad. Aunque no se formula nunca
en los términos que voy a decir, el sustrato de toda
esta serie de argumentos filosóficos de nuestro tiempo
sería esto: "Si hay Dios las cosas no pueden ser
así", entendiendo por "así" una
determinada concepción intelectual que se posee y en
la cual se está instalado. En vista de ello, se concluye
que no hay Dios.
Todos recuerdan la famosa frase: "Si
no hubiera Dios, habría que inventarlo". Se trata
aquí de lo contrario, de la rigurosa inversión
de ese punto de vista, que es del deísmo. Si no hubiera
Dios —se pensaba en el siglo XVIII— habría
que inventarlo; Dios nos hace falta para comprender la realidad
y, probablemente, para vivir racionalmente. El racionalismo
es fundamentalmente teísta o por lo menos deísta.
Es interesante que en una época de pleno descrédito
de Voltaire entre los pensadores religiosos, sobre todo católicos,
el P. Gratry, agudísimamente, anunció hace un
siglo que consideraba que Voltaire era un buen espíritu,
un buen amigo; precisamente por su racionalismo, el pensamiento
de Voltaire es positivo, y lo que a Gratry le inquietaba desde
el punto de vista católico no era Voltaire sino Hegel.
Voltaire, con todo su anticlericalismo y su anticristianismo
superficial, era un aliado seguro, porque su racionalismo
desembocaba en un deísmo que muy bien podría
convertirse en un teísmo riguroso.
Ahora, en cambio, se trataría
de lo inverso. En lugar de decir: "Si no hubiera Dios,
habría que inventarlo", se dirá: "Si
hubiera Dios habría que eliminarlo u olvidarlo".
¿Por qué? Porque nos descompone el cuadro, porque
no nos permite instalarnos en cierta forma de pensamiento
en la que nos situamos para interpretar la realidad de una
manera que nos interesa y que nos parece, por algunas razones,
justo. Si a ustedes les parece que esto es una construcción
un poco aventurada y arbitraria, esperen unos minutos los
textos en que literalmente dice esto Sartre.
JEAN PAUL SARTRE
No voy a intentar exponer el pensamiento
de Sartre, rico y complejo, agudísimo y variable, y
que ha tenido larga evolución. Voy a intentar precisar
simplemente el núcleo de la interpretación general
de la realidad, y especialmente de la realidad humana, en
el pensamiento de Sartre. Su tesis originaria es que en el
hombre la existencia precede a la esencia. El hombre no es
nada; es lo que él decide, lo que él elige;
no tiene esencia, no tiene naturaleza. Todo en la realidad
humana es choix, elección.
Y cuando el hombre elige, lo hace por
la humanidad entera. Sartre dice que si yo soy un obrero y
me inscribo en un sindicato católico y no en uno comunista,
por ejemplo, no hago una elección por mí mismo,
sino que elijo por el hombre: y yo, al inscribirme en un sindicato
católico, estoy recomendando la resignación
y diciendo con ello que el paraíso no está en
la tierra y que el hombre debe resignarse y confiar en la
otra vida. Si yo me caso con una mujer, aunque los motivos
sean de amor, pasión o deseo, estoy comprometiendo
a la humanidad en una vía que es concretamente el matrimonio
monógamo.
Naturalmente, cuando Sartre plantea el
problema como una prioridad de la existencia sobre la esencia,
cuando dice que primero existo y después elijo lo que
ha de ser mi esencia, en definitiva acepta el esquema de la
ontología tradicional. Sólo que lo acepta a
contrapelo, lo invierte, pero claro está que en ningún
momento hace un intento de ir más allá, de plantear
el tema de la realidad en términos distintos. El esquema
"esencia-existencia" lo acepta, lo mismo que la
idea de "en sí" o "para sí"
o "ser" o "nada". En definitiva, se mueve
dentro de las categorías de la ontología tradicional,
de la escolástica primero, de la fenomenología
después, aunque con las oportunas inversiones.
Dios como «causa sui»
La razón fundamental por la cual
Sartre va a rechazar la existencia de Dios es que Dios es
causa sui y esta noción de causa sui le parece contradictoria.
Claro que podría preguntarse: si la noción de
causa sui es contradictoria, ¿no habrá que buscar
una noción mayor de Dios? Parece que esto sería
algo previo a decretar que Dios no puede existir. Porque,
además, este concepto de causa sui no lo ha tomado
en serio nadie. Es una expresión que se ha empleado
ciertamente, pero de modo poco formal, y nadie ha dicho literal
y formalmente que Dios sea causa sui. De suerte que es un
poco extraño que Sartre tome una noción de Dios
de mínima importancia dentro del pensamiento cristiano,
para, fundándose en ella, decretar la imposibilidad
de Dios por su carácter contradictorio.
Para Sartre, toda la vida constituye
fundamentalmente algo que fracasa siempre. El hombre es para
Sartre una pasión para fundar el ser y constituir el
"en sí". Ahora bien, esto no puede hacerse.
La idea de Dios como causa sui es contradictoria y nos perdemos
en vano. El hombre es una pasión inútil: I"homme
est une passion inutile.
Con estas tesis se llega a una posición
atea, pero se queda uno un poco sorprendido y se pregunta
uno si no hay alga más, si no hay algo detrás
de todo esto tan sencillo, porque la justificación
del ateísmo parece extrañamente simple y gratuita.
Convendría quizá dar un paso atrás y
repasar brevemente estas tesis de Sartre, para ver hasta qué
punto son o pueden ser formuladas con íntegra seriedad.
Cuando se dice que el hombre no tiene
esencia ni naturaleza, y que todo en el hombre es elección
o choix, evidentemente hay que distinguir. Si se dice que
el hombre no tiene naturaleza en el sentido de las cosas,
esto me parece enormemente verdadero, y por otra parte nada
nuevo. Mucho antes que Sartre lo había dicho Ortega.
En 1935, en Historia como sistema, había dicho: "El
hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia".
Por otra parte, y por las mismas fechas, había dicho
en otros lugares: "El ser del hombre es a un tiempo natural
y extranatural, una especie de centauro ontológico".
Y había agregado: "La realidad humana tiene una
inexorable estructura, ni más ni menos que la materia
cósmica". Tesis todas que conviene unir para comprender
el sentido concreto de la primera. Cuando Ortega decía
"el hombre no tiene naturaleza", quería decir
con esto que el hombre no tiene naturaleza en el sentido de
las cosas; si tiene naturaleza, ésta consiste en no
tenerla precisamente en aquel sentido; o, dicho con otras
palabras, el hombre no es una cosa.
El pensamiento existencialista renueva
esta evidencia de que el hombre, definitivamente, no es una
cosa. Tan pronto como intento identificar la realidad del
hombre con la de una cosa cualquiera, encuentro que no es
así, que el hombre no es una cosa material ni biológica,
que yo no soy mi cuerpo ni mi psique, no soy ninguna cosa.
Pero el pensamiento existencialista propende a dar un paso
más y, en vista de que no soy ninguna cosa, concluir
que no soy nada. Diríamos en inglés que de la
evidencia de que I am no thing salta a la tesis, cualquier
cosa menos evidente, de que I am nothing. Ahora bien, si es
verdad que el hombre no es ninguna cosa, es falso que el hombre
sea "nada", sobre todo si sustituimos, como es menester,
la palabra "nada" por su equivalente personal "nadie".
Adviértase que muchas lenguas
saben más que los filósofos y científicos.
Y la prueba es que si alguien llama con los nudillos a la
puerta, ninguno de nosotros preguntará: "¿Qué
es?", sino que todos preguntaremos: "¿Quién
es?" Mientras que la filosofía y la ciencia llevan
veinticinco siglos preguntando: "¿Qué es
el hombre?"; y como la pregunta es ya errónea,
la respuesta lo será también. Yo no digo que
el hombre no sea también un "qué",
en alguna medida y secundariamente es un "qué",
pero lo es porque es un "quién". El hombre
es primariamente un "quién", un "alguien",
y por ello es o tiene "algo" y puede preguntarse
"qué" acerca de ello. Pero ese "qué"
está fundado en un "quién" previo
y mucho más radical.
La pregunta sería, pues: ¿quién
es el hombre? o, aún más rigurosamente: ¿quién
soy yo? Con lo cual no podríamos contestar naturalmente
nada que sea una cosa, sino algo que apunte a un alguien o,
dicho con otras palabras, lo que llamamos persona. Sí,
lo llamamos persona, pero en general tomamos este nombre en
vano. Incluso la famosa definición de Boecio —nada
despreciable, por lo demás— de la persona como
rationalis naturae individua substantia, "una sustancia
individual de naturaleza racional", da por supuesto tranquilamente
que la persona es una cosa. Una cosa muy particular, una cosa
o sustancia que es de naturaleza racional; pero esta definición
me inquieta, porque se ha dejado fuera lo radical y decisivo
de la persona: que no es una cosa. Y tan pronto como digo
que una persona es una cosa individual de naturaleza racional,
he renunciado a aprehender lo que trataba de definir. Y no
se diga que he violentado la traducción y he dicho
"cosa" en vez de decir "sustancia", que
es lo que dice Boecio, porque la sustancia se entiende primariamente
de las cosas, y el modelo que sirve a Aristóteles para
elaborar su teoría de la sustancia son las cosas naturales.
Y todavía hay algo más,
y es que en virtud de una curiosa inconsistencia de la teoría
aristotélica de la sustancia, que la afecta en su raíz,
mientras Aristóteles dice que las verdaderas sustancias
son las naturales —el agua, el hierro, un árbol,
un animaI—, cuando quiere explicar el esquema ontológico
de la sustancia, cuando quiere explicar de verdad esa misma
sustancia, siempre recurre a los ejemplos de la estatua y
la cama, que no son naturales y, según el propio Aristóteles,
no son verdaderas sustancias. Es decir, que la ontología
aristotélica es buena para explicar aquellas sustancias
que no son sustancias. Y las sustancias verdaderas, como los
seres vivos, y primariamente el hombre, y no digamos Dios,
se explican muy mal con la teoría aristotélica
tal como está en su Metafísica. Hay aquí
una serie de problemas en los que ahora no voy a entrar.
Las nociones de la ontología tradicional,
escolástica o fenomenológica, no son suficientes.
Por otra parte, cuando dice Sartre que el hombre se elige
a sí mismo, que el hombre no es nada hasta que se elige,
habría que decir que, por lo pronto, es hombre. Es
decir, que si yo me veo obligado a elegir, a decidir mi ser
y construir mi esencia, resulta que lo hago con un pie forzado,
como un poeta al cual le dan una rima impuesta. Pues si decido
ahora mismo elegirme como cocodrilo, resulta que no lo consigo;
y si me elijo como roble o como un bloque de granito, es vana
mi decisión. Puedo elegir mi esencia y he de realizarla
dentro de un área determinada, que es justamente eso
que llamamos "hombre".
De manera que yo tengo que decidir y
elegir quién voy a ser: éste que llamamos Julián
Marías, que se va haciendo poco a poco y de mala manera.
Pero lo que no puedo decidir es qué, qué clase
de cosa voy a ser. Yo no he decidido mi "qué"
ni siquiera en la medida en que la realidad humana es un "qué",
porque no puedo elegirme como negro o como amarillo o como
mujer; porque me encuentro con que, quiera o no, soy hombre
y blanco.
Vemos, pues, que resulta un poco excesivo
decir que la realidad humana es elección. Hay dos ingredientes
radicales de la vida humana que no son objeto de elección.
El primero es la circunstancia; el segundo es la vocación.
Yo no he elegido ser hombre, ni español, ni nacer en
el siglo XX, ni mi familia, ni mi país; no he elegido
este cuerpo y esta alma que tengo; nada de esto he elegido:
me he encontrado con ello sin más. Y tampoco elijo
mi vocación. Antonio Machado dice: "Nadie elige
su amor". La vocación es una voz que me voca,
que me llama. Entonces, ¿dónde está la
elección? Tengo que elegir si sigo mi vocación
o no, si le soy fiel o infiel; no la elijo a ella, y justamente
por eso es mi vocación, mi destino. Yo me siento llamado
a ser alguien y elijo libremente ser fiel o infiel a esa vocación,
lo mismo que elijo qué voy a hacer con las dotes que
me están dadas, con mi cuerpo y mi alma y mi mundo.
La elección humana es constitutiva, el hombre es un
ente que elige mientras viva; pero no lo elige todo.
Por otra parte, la filosofía existencial,
empezando por el propio Heidegger, está invadida por
el supuesto del "mortalismo". El primer ejemplo
es la idea del Sein zum Tode, aunque sea excesivo traducirlo
"ser para la muerte" y yo creo que es mejor traducir
"estar a la muerte". En todo caso, Heidegger insiste
demasiado en la mortalidad. El hecho de que la vida termine
en la muerte y de que la muerte sea segura no quiere decir
que se viva para la muerte, ni que la muerte sea definitiva,
ni la última palabra. La vida humana es una posibilidad
abierta a la inmortalidad o a la aniquilación. Recuérdese
lo que decía Platón: "Es hermoso el riesgo
de ser inmortal". El onus probandi corresponde tanto
al que afirma una cosa como la otra. Y esto por una razón
elemental, y es que aunque pueda pensarse que de mi muerte
corporal se sigue la personal, numéricamente son distintas.
Porque yo no soy mi cuerpo, aunque sea corpóreo, y
de la destrucción de mi organismo somático podrá
quizá seguirse la destrucción de mi personalidad,
quizá no podré seguir viviendo a causa de la
destrucción de mi organismo, pero esto habría
que probarlo. Mi muerte no es la muerte de mi cuerpo, y por
consiguiente la cuestión de si la muerte personal se
sigue necesariamente de la corpórea es una cuestión
abierta que habría que justificar: el onus probandi,
repito, corresponde tanto al que afirma la inmortalidad como
al que afirma la aniquilación.
Pero la filosofía existencial,
y más el existencialismo, ha dada como supuesto el
mortalismo, la aniquilación del hombre y, por tanto,
la reducción del hombre a su vida terrenal. ¿Qué
ocurre entonces? El hombre aparece como una realidad que se
elige a sí misma, que no tiene naturaleza ni esencia,
que es íntegramente objeto de elección y que
se aniquila al morir y por tanto no tiene más vida
que la temporal y terrenal. Y aquí es donde surge una
interpretación filosófica del ateísmo.
Sartre presenta lo que llama literalmente
una visión técnica del mundo, cuando trata de
pensar en Dios y dice que Dios haría al hombre lo mismo
que alguien fabrica un cortapapeles. ¿Cómo se
fabrica un cortapapeles? Primero tengo la idea del cortapapeles,
me propongo hacerlo y, ajustándome a ciertas normas
que hacen que alga sea un cortapapeles, lo fabrico. Pues bien,
Dios es interpretado, dice Sartre, como un artífice
superior y representa respecto del hombre lo que el artesano
respecto del cortapapeles: Dios hace al hombre partiendo de
su idea. Con que el hombre no tiene naturaleza porque no hay
Dios que la pueda concebir. Pero la consecuencia inmediata
—aunque por lo vista no para Sartre es que, si no hay
Dios, no puede concebir ninguna naturaleza y, por tanto, no
hay naturaleza; con lo cual el hombre pierde su privilegio
ontológico de ser el ente sin naturaleza, nos quedamos
en la abolición general de la naturaleza y el hombre
se reintegra al universo de las cosas "no naturales".
A esto llama Sartre "ateísmo coherente".
Que sea ateísmo yo no lo dudo, pero que sea coherente
me parece exagerado.
Y hay todavía alga más
interesante. Y es que cuando dice Sartre que los existencialistas
no son ateos en el sentido de que se agoten en probar que
no existe Dios, porque si lo hubiera daría lo mismo,
que incluso una prueba válida de la existencia de Dios
no modificaría nada, entonces no entendemos. Y creo
que lo más importante que puede hacerse cuando no se
entiende algo es partir de ahí, hacer de la necesidad
virtud. Cuando algo no se entiende y, en lugar de darlo por
bueno, se detiene uno un momento y reconoce en serio que no
lo entiende, inmediatamente empieza a entender: lo he comprobado
mil veces.
Lo que me parece ininteligible es lo
siguiente: Primero nos hemos extenuado para mostrar que Dios
es contradictorio porque es causa sui —a pesar de que
nadie dice que Dios sea causa sui—. Segundo, en vista
de que no hay Dios, no puede haber naturaleza del hombre —aunque
luego resulta que si no hay Dios, por la misma razón
no habría naturaleza de ninguna clase—. Y finalmente
resulta que aunque hubiera Dios daría lo mismo; y si
incluso hubiera una prueba válida de su existencia,
nada cambiaría. Confieso no entenderlo: está
perfectamente claro que no está claro. Y entonces no
hay más remedio que dar una vuelta alrededor.
Ahora bien, esto no es posible. Sartre
dice: "No hay naturaleza humana, puesto que no hay un
Dios para concebirla". Pero entonces me atrevería
a preguntar: si no hay Dios, entonces ¿cómo
hay naturaleza de la coliflor, de la encina, del cocodrilo?
Sartre no niega que haya naturaleza de las cosas. El hombre
es un ente privilegiado y único que no tiene naturaleza;
pero si la razón por la cual el hombre no tiene naturaleza
es que no hay un Dios que la conciba, entonces no hay un Dios
que conciba ninguna clase de naturaleza; el argumento de Sartre
prueba demasiado, porque probaría, no ya que no hay
naturaleza humana, sino que no hay naturaleza sin más,
y entonces vuelvo a repetir: ¿cuál es el privilegio
y el carácter diferencial del hombre?
A pesar de esto, Sartre dice —y
vuelvo a citar literalmente—: "El existencialismo
no es otra cosa que el esfuerzo para sacar todas las consecuencias
de una posición atea coherente". El existencialismo
no es tanto un ateísmo en el sentido de que se agotaría
en demostrar que Dios no existe. Declara más bien:
«incluso si Dios existiera esto no cambiaría
nada; este es nuestro punto de vista. No es que creamos que
Dios exista, pero pensamos que el problema no es el de su
existencia; es menester que el hombre se encuentre a sí
mismo y se persuada de que nada puede salvarlo de sí
mismo, ni siquiera una prueba válida de la existencia
de Dios".
Resulta, pues, que no hay Dios porque
Dios es contradictorio; pero es contradictorio porque lo hemos
definido como causa sui. Entonces —se dirá—
vamos a definirlo mejor. Puesto que no estamos ligados con
matrimonio indisoluble a la definición de Dios como
causa sui, divorciémonos de ella. ¿Por qué
razón vamos a identificar a Dios con esa oscura noción
de causa sui, en vista de que es inválida? ¿No
será precisamente que la elegimos porque es inválida?
Por otra parte, una vez probado que no
hay Dios porque siendo causa sui es contradictorio, nos encontramos
sin naturaleza humana y sin naturaleza de la coliflor...
Recuérdese lo que he llamado,
siguiendo una imagen de Ortega, el "método de
Jericó". Josué tomó Jericó
dando vueltas a la ciudad y hacienda sonar las trompetas.
La filosofía no tiene más método que
el de las vueltas de Jericó. Vamos a intentar dar media
vuelta por lo menos.
Resulta entonces:
Primero, si la razón por la cual
no hay Dios es que la noción de causa sui es contradictoria,
lo aconsejable será buscar otra noción más
adecuada de Dios, en lugar de declarar a Dios inexistente
por no desprendernos de esa noción que maldito lo que
nos importa.
Segundo, ¿no será que si
el hombre no tiene naturaleza es por alguna razón distinta
y más intrínseca que la de que Dios no exista?
¿No podemos buscar en el hombre mismo algo que explique
por qué no tiene naturaleza —si es que no la
tiene—, en lugar de inferirlo de un modo extrínseco
y automático simplemente de que no hay Dios y no puede
concebirla? ¿Por qué vamos a pensar la realidad
desde el punto de vista de la visión técnica
del mundo? ¿Por qué vamos a asimilar la realidad
del hombre y su esencia a la realidad del cortapapeles y la
suya? ¿No es esto un exceso de cosificación?
¿Y si resultara que el hombre no es un cortapapeles,
que no se parece en nada a un cortapapeles?
Finalmente, ¿qué quiere
decir Sartre cuando dice que, a última hora, no importaría
nada que hubiera Dios, que todo sería igual y que hasta
si se demostrara con una prueba válida que Dios existe,
no pasaría nada? Pero si demostramos con una prueba
válida que Dios existe, entonces Dios existe; entonces,
puede concebir la esencia del hombre; entonces, el hombre
puede tener esencia y naturaleza; entonces se viene abajo
toda la evidencia sartriana sobre el carácter no natural
del hombre, sobre la precedencia de la existencia sobre la
esencia, sobre la elección o choix.
Como se ve, si tomamos un poco en serio
este "ateísmo coherente" nos encontramos
con que al llegar al final no podemos quedarnos en él.
Es él quien nos expulsa de sí mismo. No estamos
tratando de mostrar que Sartre no tiene razón, sino
que no podemos instalarnos en él. Yo estoy tratando
de tomarlo en serio, pero no me deja, no me lo permite, me
expulsa. No me puedo quedar en él porque no es coherente,
porque si es verdad una cosa, no lo es la otra.
EL ATEISMO DE LA FILOSOFÍA ANALÍTICA
DEL LENGUAJE
Hay otra forma de ateísmo que
no es la existencialista. Es la que se encuentra en otro tipo
de filosofías fundadas en el análisis lingüístico
y la epistemología, definidas por un positivismo extremo
y casi reducidas, sobre todo en Inglaterra, al análisis
del lenguaje. Estas filosofías no son ateas en el sentido
de que digan que Dios no existe. Dicen alga previo y quizá
más grave: dicen que la proposición "Dios
existe" no tiene sentido. Es decir, que hablar de Dios
no es decir nada. No se puede decir ni siquiera que no existe;
porque decir que Dios existe o que no existe son dos tesis
opuestas, pero que se parecen en que ninguna de las dos tiene
sentido —y aquí vuelve a aparecer el "sentido"—.
Porque Dios no es un objeto de experiencia y ni la tesis de
que Dios existe ni la de que no existe son científicamente
controlables; y sólo tiene "sentido" lo que
es empíricamente controlable.
Esta es una posición en cierto
modo más grave, porque nos quita el suelo de debajo
de los pies. Y esta es la forma del ateísmo actual,
ya que el existencialismo está un tanto de capa caída.
Lo que está ascendiendo, la verdadera "nueva ola"
filosófica, es ésta. Como la cuestión
es grave, conviene examinarla.
Yo preguntaría dos cosas.
Primera: la tesis de que no tiene sentido
más que lo empíricamente controlable, ¿es
empíricamente controlable? Porque al filósofo
que suscribe esa tesis se me ocurre preguntarle: ¿cómo
lo sabe usted? Ah, lo sabe por fuentes que en rigor para él
no son válidas. Hay un paso o salto a otro género.
El filósofo que niega sentido a todo enunciado no empíricamente
controlable, está hacienda un enunciado no empíricamente
controlable.
Si un filósofo se limitara a enunciar
sólo tesis empíricamente controlables, estaríamos
encantados con él y no habría nada que objetar.
Pero si se atreve a dar un paso más y decir que sólo
tienen sentido esas tesis, me pregunto cómo lo sabe.
Y entonces resultaría que podemos tener respeto por
la práctica del que elimina de su filosofía
toda referencia al problema de Dios, pero no me sentiría
igualmente respetuoso frente al que en nombre de la controlabilidad
empírica me lo prohibe. Si es en nombre de otras cosas,
y con buenas razones, está bien; pero si es en nombre
de ese criterio, no lo acepto, porque su principio no es empíricamente
controlable.
En segundo lugar, ¿qué
sentido tiene la limitación de la problematicidad,
desde una cierta idea del saber? Quiero decir, ¿cómo
puede aceptarse que se limite la esfera de lo problemático
desde una concepción previa de lo que es el saber?
La impotencia efectiva y a posteriori del pensamiento es algo
con que topamos con frecuencia: intento conocer algo y no
lo consigo, fracaso repetidas veces; concluiré que
no es posible, al menos hasta ahora, conocerlo. Lo inaceptable
es el decreto previo de incognoscibilidad. Decir que de algo
no se puede hablar ni saber nada, no me satisface. Hay que
contester: "Con verlo basta, vamos a verlo". Me
parece bien todo escepticismo, con tal de que sea justificado
y a posteriori, con tal de que se llegue a él después
de haber intentado, y no antes.
LA SIMPLIFICACIÓN: RAÍZ
DE ESTAS FORMAS DE ATEÍSMO
Yo encuentro la raíz de todas
estas formas de ateísmo en una voluntad de simplificar
la situación. Quiero decir, la eliminación de
parte de los datos de un problema, para que éste se
sujete y ajuste a un esquema mental del cual disponemos. Esto
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