Para dar un respiro al lector, tomaré
este argumento de la conferencia de vulgarización que
Sartre ha difundido por todo el mundo. Hay que rechazar a Dios,
porque su existencia descansa sobre el prejuicio del «creacionismo».
Sartre se representa a Dios como «un artesano superior»:
cualquiera que sea la doctrina que consideremos, ya se trate
de una doctrina como la de Descartes o la doctrina de Leibniz,
admitimos siempre que la voluntad sigue más o menos al
entendimiento, o cuando menos lo acompaña, y que Dios,
cuando crea, sabe exactamente lo que crea. Así, el concepto
de hambre, en el espíritu de Dios es asimilado al concepto
de plegadera en el espíritu del industrial; y Dios produce
al hombre siguiendo unas técnicas y una concepción,
exactamente como el artesano fabrica una plegadera siguiendo
una definición y una técnica. Así el hombre
individual realiza un cierto concepto que está en el
entendimiento divino (EH, pp. 19,20). Se
diría que estamos soñando. El simplismo de estos
argumentos de viajante del laicismo tiene algo que confunde.
Por desgracia, vamos a volverlos a ver en Le Diable et le
bon Dieu. Si Sartre es notable en las descripciones de la
conducta sensible, lo es también en la misma medida
en las pruebas realmente increíbles de su simplismo,
cuando sobrepasa el dominio de la sensibilidad y pretende
abordar problemas espirituales. Esta concepción de
la creación supone que el hombre no puede tener un
átomo de libertad, de iniciativa, como no la tiene
la plegadera, que es enteramente pasiva en las manos del que
lá fabrica y utiliza. Si se supone, escribe Sartre
en L"être et le néant, que Dios ha dado
el ser al mundo, el ser aparecerá siempre manchado
con una cierta «pasividad». Por otra parte, ninguna
subjetividad, aunque fuera divina, podría crear algo
objetivo, sino sola mente una representación de la
objetividad. Y aun cuando ello fuera posible, «en virtud
de esa especie de fulguración de que habla Leibniz»,
el ser creado no puede afirmarse como ser «más
que frente y contra su creador»: de lo contrario, lo
creado no sería más que un ser «intrasubjetivo»,
fundido, mezclado a la subjetividad divina, enteramente pasivo.
Y como, por hipótesis, hay que admitir la idea de una
«creación continuada», lo creado perdería
entonces toda independencia, toda consistencia, toda «Selbständig
keit» (EN, pp. 31,32).
ACTIVIDAD TÉCNICA Y ACTIVIDAD
CREADORA
¿Será preciso recordar
que la creación del hombre no se puede asimilar a la
fabricación de una plegadera? La misma plegadera, ideada
por el ingeniero, es creada en el ser por Dios, como el conjunto
de la realidad. El acto creador no es el de un artesano; la
creación no es una técnica: ahí está
la espantosa simplificación sartriana; el filósofo
es aquí testigo de un sesgo peligroso del espíritu
contemporáneo, que consiste en reducirlo todo a técnicas
utilitarias. Si la creación del mundo material no es
una técnica, mucho menos todavía lo será
la del hombre: Dios crea al hombre libre le hace libre, crea
la libertad en él. La actividad de creación
no es «un hacer» artesano, sino una comunicación
del ser, por amor; es don de sí; es voluntad de hacer
que otros seres participen del SER. Cuando se trata del hombre,
la creación significa el designio de hacerle participar
de la naturaleza divina, entre otras cosas, por medio de la
libertad. Cualquier aprendiz de filosofía sabe que
tal es la idea tomista y cristiana de la creación:
si Sartre se proponía rechazarla, debería haberla
refutado comenzando por distinguir entre la actividad técnica
y la actividad creadora.
También aquí basta con
pensar en la paternidad humana para desvelar el sofisma sartriano.
Quien engendrase un hijo con la idea de hacer de él
una cosa pasiva, una prolongación inerte de sÍ
mismo, no merecería el nombre de padre. El padre sabe
bien, cuando trae un hijo a la existencia, que colabora a
la aparición de una libertad nueva, la cual podrá
oponerse a su propia libertad, pero de la que espera que,
en el seno de la autonomía, asumirá libremente
amar a quien le ha engendrado. Dios no quiere prosternamientos
serviles, decía Péguy. Tampoco los padres humanos.
También aquí, por desgracia, las teorías
modernas sobre las «técnicas sexuales»
bordean el peligro de hacer pasar el nacimiento de un niño
por una «técnica de un género especial»,
pero, al fin y al cabo, una técnica. Sartre no penetra
en el misterio del amor, ya que escribe que «el niño
es una cosa vomitada» al mundo. Al limitarse, una vez
más, a lo sensible, no podía menos de reducir
la creación a una actividad técnica utilitaria.
Le resulta entonces un juego fácil acabar con tal caricatura.
LA MIRADA «MEDUSEA»
Un ejemplo sacado del segundo tomo de
Les chemins de la liberté, mostrará cómo
se representa Sartre las relaciones entre el hombre y Dios.
Daniel es un «seguidor» de Corydon; y lo sabe.
En lugar de asumir libremente lo que es, prefiere no encararse
consigo mismo; encuentra más cómodo exonerarse
de su responsabilidad. Entonces se vuelve hacia Dios; se imagina
«una mirada que le mira» (pensemos en «la
mirada medusea»). Dios es «un ojo que le mira»;
bajo la fijeza de esta mirada, Daniel se siente devenir «una
cosa», un «en-sí», un objeto; bajo
esta mirada se ve enteramente identificado con su vicio, pues
Dios dice que Daniel «ES» un descarriado. En el
mismo momento, explica Sartre, Daniel se ve liberado y exonerado
de la responsabilidad de su vicio: convertido en «cosa»
bajo la mirada del «otro» (Dios), deja de ser
responsable de ser un extraviado, como tampoco la mesa es
responsable de ser una mesa bajo la mirada del hombre. Liberado
de sí mismo, Daniel escribe a Mathieu para comunicarle
su «conversión».
Inútil negar que muy frecuentemente
tal es la manera que tenemos de comportarnos: cuando decimos
a un amigo: «Qué quieres que haga; soy así,
hay que tomarme como soy», lo que hacemos es tratar
de reducir nuestras debilidades a una fatalidad que no seríamos
nosotros, que nos sería como algo externo. He ahí
un ejemplo de mala fe, y por desgracia, muy frecuente. Pero
si tal comportamiento es posible y hasta frecuente en la comedia
humana, ¿a quién se le hará creer que
la actitud de Daniel en presencia de Dios no es otra cosa
más que una caricatura abominable del arrepentimiento
cristiano?
Cuando el hombre se vuelve hacia Dios
desde el seno de su pecado, la mirada que encuentra no es
esa «mirada medusea» que le petrifica y le libera
vergonzosamente de su responsabilidad. Sartre blasfema cuando
da a entender que Daniel va a convertirse a la fe cristiana.
Ningún cristiano admitirá que el arrepentirse
de una falta, bajo la mirada de Dios, equivale a tratar de
descargarse del peso de esta falta diciendo a Dios: «Ya
ves, soy así; no soy responsable.» Podemos intentar
engañar así a los otros hombres; pero hasta
el creyente más tibio sabe bien que la «mirada
de Dios» es una mirada de amor; lejos de dejarnos clavados,
petrificados, es una llamada, un lancetazo, que penetra hasta
la juntura del alma y del espíritu, para devolvernos
el sentimiento de nuestra responsabilidad, para despertar
en nosotros una libertad muerta en el pecado.
¿HA LEÍDO ALGÚN
TEXTO DEL EVANGELIO?
Sartre dirá sin duda que el arrepentimiento
religioso es una ilusión biológica. Pero la
descripción fenomenológica de este sentimiento
va en una dirección diametralmente opuesta a lo que
Sartre pretende hacer de ella; Sartre carece de toda antena
que le permita adivinar lo que es la vida religiosa auténtica;
se diría que jamás ha leído un solo texto
evangélico, un solo libro de mística; se diría
que nunca ha oído el grito del pecador que se vuelve
a Dios y se siente responsable ante Él, al mismo tiempo
que misteriosamente confortado por Él.
Este ejemplo arroja una claridad brutal
sobre la idea completamente imaginativa que se hace Sartre
de la creación: la experiencia de Daniel no es más
que la concretización de una teoría filosófica.
Carece de valor. Si crear vale tanto como fabricar, el hombre
no tiene sino dejarse «utilizar» por su fabricante.
Encontramos aquí el mismo paralogismo señalado
ya a propósito de Camus; desgraciadamente está
en el ambiente y podrá expresarse bastante bien de
la manera siguiente: o bien todo viene de Dios, y entonces
nada viene del hombre; o bien nada viene de Dios y, en ese
caso, todo viene del hombre. En esta segunda hipótesis,
si el hombre tiene alguna dignidad, algún sentido de
la libertad, y ello es necesario en nuestros tiempos de dictadura
y de conformismo democrático, se dirá que su
dignidad humana comienza con la «muerte de Dios».
He aquí por qué, ya que Dios no existe ni puede
existir, bajo pena de poner en peligro la dignidad del hombre,
el comportamiento religioso de los cristianos parecerá
a Sartre como forzosamente manchado de pasividad, de cobardía,
de conformismo, de espíritu de seriedad. Los cristianos,
al igual que los niños, si son lógicos con su
fe, no pueden menos de ser farsantes.
¿Será preciso repetir que,
si Dios crea, quiere «que la sustancia sea, que sea
activa y que alcance su término»? ¿Será
necesario recordar que la realidad de Dios es necesaria para
fundar eI sentido «último» de la realidad,
pero que el mundo creado tiene en sí mismo una cierta
consistencia, que no es pura apariencia, juego de ilusión,
fantasmagoría predeterminada por un déspota
invisible? ¿Es necesario recordar que precisamente
de esta su consistencia es de donde la criatura saca la fuerza
para rebelarse contra Dios, que Dios acepta que la criatura
utilice esta su libertad, que Él mismo le ha dado,
para volverse contra Él, para ser «dios sin dioses»?
¿Será preciso, en fin, volver sobre esta evidencia
elemental, que Dios nos pide que roguemos y trabajemos, ora
et labora?.
SARTRE NO COMPRENDE NADA DEL MISTERIO
DEL AMOR
Cuando uno se ha limitado a lo sensible,
se cierra también al misterio del amor; no comprende
nada del misterio de la «participación»
de lo contingente en lo transcendente. Entonces no es posible
ya ver en el mundo más que la pasividad vergonzosa
de esclavos serviles ante un Dios déspota, o la orgullosa
suficiencia de un ser que se pretende sin padre y sin madre.
Nos daremos todavía más perfecta cuenta de ello,
analizando brevemente - el tercer argumento sobre el que Sartre
pretende fundar su ateísmo.
CONTRADICCIÓN ENTRE LA LIBERTAD
Y LA EXISTENCIA DE DIOS
Este tercer aspecto del ateísmo
sartriano está implicado en los dos precedentes. Pero
Sartre deduce de él consecuencias tan importantes que
es preciso dedicarle algunas consideraciones en un párrafo
especial.
El ateísmo es, en Sartre, el fundamento
de su concepción de la libertad: puesto que no existen
valores «inscritos en un cielo metafísico»,
ni «naturaleza humana» concebida por un Dios,
el hombre está totalmente entregado, abandonado a sí
mismo: debe elegir continuamente y crear valores. Al contrario,
de existir Dios, la existencia de los valores objetivos dispensaría
al hombre de la responsabilidad de la elección. El
hombre podría «apoyarse» en la cómoda
almohada de las certezas dadas; nunca más conocería
la "preocupación», que es la característica
del hombre «libre» (EN, 721,722).
El argumento es sólo una variante
del anterior; se limita a insistir sobre el pretendido conformismo
cobarde que caracterizaría al creyente. Bastará
recordar que la gracia de Dios no nos alcanza como una invitación
a someternos con un conformismo fácil. Penetra en nosotros
como una lanceta, nos impide dormirnos, nos obliga a una vigilancia
siempre alerta; el cristiano es el vigilante de la «noche
de Pascua», noche durante la cual no está permitido
dormir, pues hay que «espiar el paso del Señor».
Esta vigilancia siempre en vela no se
basa en no sé qué clase de canonización
de la inquietud por sí misma, sino en la realidad de
Dios que nos llama, y del que nunca nos sentimos más
lejos que cuando intentamos acercarnos a él. Basta
recordar la vida de los santos, sus angustias, sus noches
de los sentidos y del espíritu, la nube luminosa que
les rodea cuando se acercan a la unión divina; Gregorio
de Nisa habla, por ejemplo, de la «epectasis»,
esto es, de una salida indefinida de sí hacia el abismo
insondable de Dios.
Al contrario, inversamente a lo que con
demasiada facilidad se piensa en los medios cristianos, el
incrédulo no es necesariamente un hombre torturado
por las preocupaciones y las angustias; Sartre es un claro
ejemplo de ello. Con harta frecuencia la conversión
hace pasar a un ateo de un mundo aparentemente equilibrado
a un universo en el que se descubre arrancado a sí
mismo. El velo de Verónica, de Gertrud von le Fort,
muestra bien lo que digo, en el contraste entre la abuela,
que muere serenamente contemplando el Panteón, y la
tía de la heroína, que, siendo cristiana, conoce
los espantos de una purificación dolorosa.
Con demasiada frecuencia rebajamos nuestras
creencias al nivel de fáciles y confortables recetas,
al cálculo minucioso de nuestras méritos, a
este odioso balance de nuestros pecados y de nuestras virtudes,
a ese oscuro «ni bien ni mal» de la vida religiosa
adormecida. Pero un escritor debe juzgar de una religión
por sus representantes más eminentes, los santos y
los místicos. Se podrá decir, evidentemente,
que sus experiencias son «ilusiones biológicas»
; se pretenderá reducirlas a fenómenos de subconsciente
y de inconsciente; pero, si se es leal, habrá que comenzar
por describirlas tales cuales son y no, como hace Sartre,
por basarlas en una caricatura.
El autor de L"être et le néant
da pruebas, por otra parte, de una asombrosa ignorancia en
lo que se refiere a la realidad cristiana; escribe, sin pestañear,
que «la experiencia mística no es una experiencia
privilegiada», como si ignorase la suma de ascesis y
de renunciamiento que supone de hecho: ¿se puede pensar
que una experiencia que se funda sobre tales renunciamientos
no tenga nada original que enseñarnos, que sea exactamente
del mismo orden que la de un hombre sensual, por ejemplo?
Hay que decirlo: Sartre borra de un plumazo veinte siglos
de historia cristiana, sin una investigación seria,
y sí sólo en virtud de una opción previa
en favor del «racionalismo materialista» o, si
se prefiere según Gilbert Varet, del «empirismo
dialéctico».
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