Por
Antonio Orozco Delclós
Actualización 29.12.2007
En
el principio fue la Sonrisa.
Porque Dios es Amor y Amor es Familia y
Familia es Sonrisa. Por eso es justo
decir a un tiempo que al principio fue
«las Sonrisas en la Sonrisa» (Dios Uno y
Trino). El Padre engendra eternamente,
en sus entrañas de Puro Espíritu, un
Hijo único, y de ambos procede el
Espíritu Santo, que es Amor en Persona,
Amor-Don. La Trinidad creó al
hombre-familia, a su imagen, destinado a
sonreír eternamente en la Gloria. La
historia es sabida. Quisieron ser dioses
sin Dios y sus rostros se
entenebrecieron, la tierra se tiñó de
sangre y el mundo fue tragedia.
Las consecuencias de aquella locura siguen
hoy a la vista. El dogma del pecado original
es el más fácil de creer, salta a la vista.
Pero la Trinidad no estaba dispuesta a
fracasar y para vencer la absurda
arrogancia, el inmenso desatino, hizo una
locura mayor. Envió al Hijo al mundo. El
Hijo se abajó, hasta las entrañas de la
tierra; su encarnación es auténtica, plena y
eleva lo más hondo a lo más alto. El Hijo
eterno del Padre, en el Amor del Espíritu,
se humana, para divinizarnos. La humanidad
sigue destinada a la sonrisa que emana de la
gruta de Belén; cueva más que portal,
labrada por la naturaleza, que gemía también
con dolores de parto.
En la cueva de Belén reina la sonrisa. No es
posible entrar allá de otra manera. O se
cruza el umbral sonriendo o no se entra. El
Niño es un sol, tanto si duerme como si se
aferra a su Madre que le nutre sonriendo con
el néctar de su pecho. José, el hombre fiel,
icono de todos los hombres y las mujeres
fieles, sonríe. Los Ángeles cantan, los
pastores se pasman. Los pobres y los ricos,
los ignorantes y los sabios, todos, de todos
los colores y todas las razas.
PODER DE LA SONRISA
Con la sonrisa, la persona llama a sus
semejantes a participar en un gozo íntimo.
«En el momento en que sonreímos a alguien -
Saint-Exupéry -, le descubrimos como
persona, y la respuesta de su sonrisa quiere
decir que somos también persona para él.» La
sonrisa es una invitación a pasar al propio
núcleo espiritual, a tomar parte en la
armonía que en el instante presente nos
vincula a todas las cosas. Es invitación a
la intersubjetividad del nosotros, en íntima
complacencia con el orden de todo lo real.
Sonreír significa encontrarse bien a pesar
de los pesares; que parece bien lo que
acontece, aunque las circunstancias puedan
parecer frustrantes y aceche una gran
adversidad, incluso la muerte.
En tanto que expresión de armonía universal
y llamada, la sonrisa es una puerta a la
esperanza, el cielo abierto. Por ello, es
capaz de disipar cualquier angustia. Nos
contagia el goce que derrama y nos invita a
compartir con el universo, el equilibrio, el
orden, la paz, el amor.
La risa, escribió Bergson, es «algo que
rompe en un estallido y va retumbando como
el trueno en la montaña. Y, sin embargo,
esta repercusión no puede llegar al
infinito». La sonrisa, sí. La risa es
extroversión incontenida, quizá incontenible
y por ello poco personal. Pero la sonrisa
-más que otra cosa- es inmanencia que asoma,
irradiación despaciosa y suave que penetra
sin violencias en los espíritus abiertos que
encuentra a su paso, en despliegue gozoso
hacia la infinitud eterna de Dios, secreto
hogar de toda sonrisa.
Una sonrisa genera otra, y ésta otra, y se
llena el hogar y luego el universo. Esta es
la misión del hombre sobre la tierra: llenar
el mundo de sonrisas. El hombre ha sido
creado para sonreír.
¡Saber sonreír! Poder misterioso. Cambia el
rumbo de la historia. Nada que ver con el
gesto estereotipado de las arcaicas
esculturas de la antigua Grecia. La sonrisa
auténtica procede de la vida del núcleo y
almendra de la persona; se elabora en la
soledad sonora y excluye el sarcasmo, la
mordacidad, la acritud...
La autenticidad de la sonrisa no excluye en
su haber el dolor. Cuando a éste acompaña,
viene a ser un sacrificio, el más valioso
acaso de cuantos puedan darse. San
Josemaría, que tanto supo del dolor, sonreía
casi siempre y enseñaba que la sonrisa puede
ser la mejor muestra del espíritu de
penitencia.
MADRE DE LAS SONRISAS
El hombre, síntesis del universo –limo de la
tierra y espíritu-, cuando sonríe, se erige
en representante del Creador, de la divina
Paternidad, de su infinita misericordia y de
su voluntad salvadora. Cuando alguien
sonríe, sonríe con él la Creación entera y
el mismo Creador. Se sonríe ante la imagen
del ser amado. Es una secreta llamada. El
cristiano sonríe ante la imagen de su Madre,
y por respuesta obtiene la sonrisa de la
Creación. La sonrisa, entonces, llena el
universo.
La Virgen María es la primera sonrisa gozosa
de Dios después del pecado; resume todas
esos gozos que nacen en Dios, y, cumplida su
misión en la tierra, retornan a su hogar
primero, para siempre. Por eso, Nuestra
Madre bien es llamada La Sonrisa de la
Creación y puede también llamarse
Madre de la Sonrisa.
Con gentil profecía de fino psicólogo, el
indiscutible Virgilio (70-19 a.C.), exclama
en su Égloga cuarta: «¡Niño, comienza a
reconocer a tu madre por su sonrisa!» ( Incipe,
parve puer, risu congnoscere matrem ).
La sonrisa del yo materno despierta la
sonrisa del yo tierno, recién nacido. El
niño, también el Niño Dios, conoce antes a
la madre que a sí mismo. No hay yo sin tú.
La conciencia humana del Niño Dios despierta
al encanto de la sonrisa mariana (véase la
Carta Apostólica “Al comienzo del nuevo
milenio”, n. 24). La gruta se llena de luz y
José se enternece más allá de lo decible.
Trinidad de sonrisas en lo hondo de la
tierra que refleja y representa la Trinidad
de Sonrisas en lo más alto del Cielo.
SONREIR Y «SONLLORAR»
Juan Ramón Jiménez inventa el verbo sonllorar, en
cierto contraste con sonreír, sin oposición,
porque si bien lo advertimos, ambas cosas
acontecen a José en la sombra. Sonríe y sonllora.
La sonrisa se baña en lágrimas de alegría.
Misterios de los corazones grandes. Quien
sabe sonreír, sabe sonllorar, también cuando
las lágrimas son amargas. El llanto se
reduce a su mínima expresión. La tragedia no
acontece, se reduce a un drama esperanzado.
El misterio de Belén nos salva de la
tragedia que quisiera arrebatar toda
sonrisa. El rostro severo, la cara seria, no
impiden la sonrisa del corazón, compatible
con el ceño fruncido y el gesto de dolor o
de cansancio. La sonrisa, aunque tiende a
manifestarse en el rostro, no siempre lo
consigue. Pero habita dentro, en el espacio
interior, cuna de los grandes sentimientos.
El rostro de Cristo es un rostro sonriente,
no menos que el de su Madre, desde la cuna
hasta la cumbre del Calvario. Hay en San
Isidoro de León una talla, del siglo XIII,
de un Cristo crucificado que despliega una
sonrisa encantadora. ¡Cómo debía costar a
los músculos faciales del Redentor esbozar
aquellas sonrisas a su Madre, a Juan, a las
santas mujeres, enclavado en el madero! Pero
las hubo, porque el amor era inmenso y
«estando en la cruz estaba feliz y doliente»
(Carta, n. 27). Misterios del Corazón humano
de Dios. Quienes se encarnan –dejándose encarnar-
en Cristo por la Eucaristía, en cierta
medida, comprenden y viven la paradoja de
este misterio inefable.
Jesús, de ordinario, sonreía. Los niños
-expertos en el arte de reconocer al primer
golpe de vista la auténtica grandeza de los
mayores- buscaban al Señor, y alborotaban
para lograr su cercanía, hasta que la mano
de Jesús les despeinaba bromeando y
bendecía.
El rostro de Jesús conoció también la
seriedad y, en ocasiones, reprendía
severamente a los discípulos. Sin embargo,
por dentro, sonreía al ver los esfuerzos de
los suyos por portarse bien. Los más duros
reproches, cuando culminan en sonrisa, lejos
de ofendernos, otorgan el privilegio de
sentirnos recia y lealmente amados. Los
Evangelios no hablan explícitamente de la
sonrisa de Jesús y sí de sus lágrimas. La
explicación es bien sencilla. Las lágrimas
no eran lo habitual. La norma era la
sonrisa. «No os pongáis tristes», exhortaba:
«Hablo estas cosas en el mundo para que
tengan mi gozo cumplido en sí mismos».
La Persona de Cristo irradia alegría. Cuando
sus discípulos lo creen ausente, sin vida,
están tristes y lloran. Y sólo el anuncio de
la Resurrección, de la posibilidad de tornar
a verle y estar con Él, les invade de
alegría. Cuando aparece en el Cenáculo, «no
acababan de creer por la alegría». El
corazón arde de gozo en los que caminan
hacia Emaús con el Maestro, aun sin
reconocer la identidad del acompañante.
Cristo quiere la alegría y está dispuesto a
hacer cualquier cosa para que los hombres la
consigan: «Pedid -nos dice- y recibiréis,
para que vuestro gozo sea cumpleto».
Expresiones semejantes no pueden tener
cabida en un corazón amargo o justiciero.
UNA GRAN PRUEBA
Es un escándalo increíble que encima mismo
de la cueva-manantial de las nuevas sonrisas
de la nueva Humanidad, se haya montado un
escenario de crispación, de odio y muerte
homicida. Es una gran prueba para la fe en
lo acontecido hace veinte siglos en la gruta
de Belén. Se ve que quienes podemos y quizá
sabemos, no rezamos lo suficiente, no
creemos bastante, con obras. Escasea la paz
en el mundo, porque falta paz en el corazón
de las personas, de la familia, de la
vecindad, de los Parlamentos... Es preciso
reaccionar y lejos de perderla, crecer en la
fe, vivir la fe, actuar en el mundo desde la
fe en el Niño Dios que desciende, rompe
barreras, abre los brazos, perdona,
purifica, santifica, siembra paz.
No hay alternativa. No se nos ha dado otro
nombre en el que podamos ser salvados. La
humanidad necesita imperiosamente salvación
y la salvación no puede salir de la
sabiduría o de la fuerza humana: no cabe
autosalvación. El poder económico, el poder
político, el poder militar no salvan de las
tragedias. En el amanecer del 11 de
septiembre del histórico año 2001, la nación
más poderosa del mundo amaneció como en
paños menores, inerme, radicalmente
vulnerable. Así será siempre el mundo y el
hombre singular en tanto no se abrace a
Cristo Jesús. No hay otro nombre. El
documento pontificio Dominus
Iesus no
pudo ser más oportuno. Sólo hay un Salvador,
sólo uno ha muerto y resucitado para
conducirnos a una nueva vida que empieza ya
en esta
tierra. Comienza abajo, en la Cueva, y si se
prefiere, como gusta de nombrarla
Chesterton, en la Caverna.
Desde cero, como los primeros humanos, en la
humildad, pero enriquecida con la
experiencia de milenios.
Para que los cálculos cuadren no basta
proseguir aparentemente bien tras el error
detectado (2+2=5; 5+2=7...). Es preciso
retrotraerse al inicio de la suma con una
sonrisa indulgente (2+2=4; 4+2=6...).
Occidente ha de regresar a sus raíces
cristianas para recomenzar a edificar la
civilización de la justicia y del amor. Y
con el testimonio cristiano, con la
coherencia vital, las demás culturas, sin
perder sus naturales riquezas, ganarán la
paz del Reino de Cristo, la dignidad de los
hijos de Dios, el progreso en el bien, hacia
la definitiva Patria.
«Despierta, hombre - dice San Agustín, en su
lección del día 24 de diciembre (Lit Hor);
por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú
que duermes, surge de entre los muertos, y
Cristo con su luz te alumbrará. Te lo
repito, por ti Dios se hizo hombre». ¡POR
Tl! Reconoce a tu Madre en su sonrisa.
Reconoce a Jesús en su sonrisa. ¡Hombre,
mujer, sonríe con la Trinidad de la Tierra y
la Trinidad del Cielo! San León Magno dice:
«Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro
Salvador, alegremónos. No puede haber lugar
para la tristeza, cuando acaba de nacer la
vida» (2ª Lect, Lit Hor., Navidad). Debemos
volver a nacer, «Cristo ha nacido. Nadie
dude en renacer» (San Agustín). «El
nacimiento de la Cabeza lo es a la vez de
todo el cuerpo» (San León Magno)
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