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SUGERENCIAS PARA EL 2 DE OCTUBRE
Antonio Orozco, arvo.net,
1 de octubre 2010
¿Qué podría sugerir a nuestros asiduos visitantes en este nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei? Como saben, sucedió el 2 de octubre de 1928.
1) En primer lugar:
El Prelado del Opus Dei responde a un periodista. Preguntas:
¿Cómo nació el Opus Dei? ¿Ha cumplido su misión? ¿Cuál es la mayor dificultad que encuentra cómo Prelado? A estas y otras preguntas de un periodista de la RAI respondió Mons. Javier Echevarría. (En italiano, con subtítulos: 08’24’’)
2) Repasar, de Andrés Vázquez de Prada, su bien documentada obra El Fundador del Opus Dei (ed. Rialp, Madrid). En Volumen I, capítulo V cuenta así cómo nació:
El martes por la mañana, dos de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar misa, se encontraba don Josemaría en su habitación leyendo las notas que había traído consigo. De repente, le sobrevino una gracia extraordinaria, por la que entendió que el Señor daba respuesta a aquellas insistentes peticiones del Domine, ut videam! y del Domine, ut sit!
Siempre guardó una comprensible reserva sobre este maravilloso suceso y sus circunstancias personales[687]. Justamente tres años más tarde describirá el meollo de lo ocurrido:
Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles[688].
Bajo la luz potente e inefable de la gracia se le mostró la Obra en su conjunto; «vi» es la palabra que usaba siempre al definir este hecho. Esta inesperada visión sobrenatural absorbía en sí todas las parciales inspiraciones e iluminaciones del pasado, repartidas por las notas sueltas que estaba entonces leyendo, y las proyectaba hacia el futuro, con nueva plenitud de sentido[689].
Fueron unos instantes de indescriptible grandeza. Ante su vista, dentro del alma, aquel sacerdote en oración vio desplegado el panorama histórico de la redención humana, iluminado por el Amor de Dios. En ese momento, de manera indecible, captó el meollo divino de la excelsa vocación del cristiano, que, en medio de sus tareas terrenales, era llamado a la santificación de su persona y de su trabajo. Con esa luz vio la esencia de la Obra —instrumento aún sin nombre—, destinado a promover el designio divino de la llamada universal a la santidad, y cómo de la entraña de la Obra —instrumento de la Iglesia de Dios— irradiaban los principios teológicos y el espíritu sobrenatural que renovarían a las gentes. Con inmenso pasmo, entendió, en el centro de su alma, que dicha iluminación no sólo era respuesta a sus peticiones, sino también la invitación a aceptar un encargo divino.
Enseguida, tras la torrencial efusión de la gracia, invadió al sacerdote ese sentimiento de singular inquietud que experimentan las almas ante la presencia soberana del Señor. Y, al desencadenarse en la conciencia de la criatura el temor y el miedo, oye el alma un «¡no temas!» confortante:
Son palabras divinas de aliento —refiere con carácter autobiográfico el Fundador—. En el Testamento Viejo y en el Nuevo, Dios y los seres celestes las pronuncian, para levantar la miseria del hombre y disponerlo a un coloquio de iluminación y de amor, a la confianza en las cosas aparentemente imposibles o difíciles, a las que no llega la fuerza de la criatura [...].
Os puedo asegurar, hijos míos, que esas almas no ambicionan ni desean las manifestaciones de esa ordinaria providencia extraordinaria de Dios, y que tienen una profunda conciencia de no merecerlas: os vuelvo a repetir que sus sentimientos ante ellas son de temor, de miedo. Aunque después, el aliento del Señor —ne timeas!— les comunica una seguridad inquebrantable, las enciende en ímpetus de fidelidad y entrega; les da luces claras, para cumplir su Voluntad amabilísima; y las enardece, para lanzarse a metas inaccesibles al alcance humano [690].
Dispuesto ya a un coloquio de iluminación y de amor, rompería en hacimientos de gracias, mientras de lo hondo de su ser saltaba con ritmo impaciente el Domine, ut sit! Ahora, ante un panorama de total claridad, más allá de los barruntos y de los presentimientos, aquella alma se rendía gustosamente a la vocación fundacional para llevar a cabo el designio divino[691].
Hasta el cuarto del sacerdote en oración llegaba el jubiloso voltear de campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en el barrio cercano de Cuatro Caminos. El repiqueteo quedó para siempre en su espíritu: Aun resuenan en mis oídos —decía en 1964— las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, festejando a su Patrona[692].
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Para aquel joven sacerdote la fecha del 2 de octubre de 1928 tenía un sentido muy preciso. Era la fecha de la fundación del Opus Dei. Por eso existe en todos sus relatos una gran vigilancia de estilo para evitar ambigüedades de interpretación; aislando, aposta, el suceso sobrenatural de las demás circunstancias personales:
Y llegó el 2 de octubre de 1928. Yo hacía unos días de retiro, porque había que hacerlos, y fue entonces cuando vino al mundo el Opus Dei[693].
Ese hecho histórico fue un acontecimiento imprevisto e inesperado. En modo alguno la concepción de una empresa humana, sino el resultado de un empujón divino en la historia de la Humanidad. Rompió la Obra en el mundo, aquel 2 de octubre de 1928, dirá el Fundador, de manera impersonal, en una de sus meditaciones[694].
En todo caso queda claro su origen. Don Josemaría tuvo siempre firme conciencia de que el protagonista de aquel suceso, su autor principal, quien dominaba la situación con su majestad, quien tomaba la iniciativa irrumpiendo imperiosamente en el alma de su siervo, era el Señor. Ese día —dice—, el Señor fundó su Obra, suscitó el Opus Dei[695].
Colocándose en segundo plano, evitó, pues, el empleo de la palabra "fundador". Se atribuyó siempre un papel secundario, como receptor de aquella iluminación divina, como persona gratuitamente elegida por el Señor para jugar con él, como juega un padre con un niño pequeño:
Una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que —se puede decir— casi ni siquiera existe ..., todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo[696].
Y, más expresivamente, escribió en 1934:
La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre [...]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho[697].
Aquella iluminación constituyó, para siempre, su único punto de referencia histórica en cuanto al origen de la Obra, considerando ese 2 de octubre como fecha de una invitación y de una respuesta, por su parte, a ese llamamiento fundacional[698].
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3) Hasta aquí el texto de Váquez de Prada. Por parte además de remitir al lector a la abundante bibliografía de la página web www.opusdei.es, me permito sugerir la conferencia que pronunció Joaquín Navarro-Valls en Cartagena el 6-VI-2002, siendo aún Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede. Su título: El realismo humano de la santidad. Trata en el primer lugar de la idea de santidad formada y deformada a través de iconos y literatura inadecuada a la realidad de los santos, para mostrar cómo san Josemaría Escrivá rompe con la idea tan difundida de que la santidad es cosa para privilegiados o gente extraordinaria. He aquí solo dos párrafos, pero la conferencia posee una amplitud digna de ser meditada:
«Si, como dice Ratzinger, la palabra "santo" ha sufrido con el tiempo una peligrosa restricción, con el Beato Escrivá ese concepto recupera su amplitud original. Para él, la santidad es el ideal en el que toma forma la llamada divina a cada ser humano aunque a veces él mismo lo ignore. Un ideal no para excepciones sino para todos. Pero es un ideal concreto, realizable, identificable, asequible. Ciertamente, la santidad es un ideal propuesto por Dios al hombre y hecho posible por su gracia. Por eso es un ideal que debe desvincularse del idealismo y de la utopía pues no pertenece a un mundo de ideas atrayentes pero inasequibles sino a la realidad cristiana de cada momento. Y uno de los elementos de la fuerza del mensaje de Josemaría Escrivá consiste en la claridad con que avisa de las evasiones y las excusas que apartan al ser humano del sano realismo. Sobre todo cuando de lo que se trata es de realizar aquel proyecto y no sólo de admirarlo.
Un texto de Josemaría Escrivá nos puede ilustrar esta verdad: "(...) debéis comprender ahora - con una nueva claridad - que Dios os llama a servirle "en y desde" las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana; en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay "un algo" santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir" Y continúa con esta afirmación audaz: " (...)o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca" (Conversaciones, 114)» (►texto completo)
A.O.
Arvo.net, 1 de octubre de 2010
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