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SANTIFICAR EL TRABAJO (Antonio Orozco-Delclós)

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SANTIFICAR EL TRABAJO

 

El trabajo es el inmediato y gozoso porqué de nuestro vivir en el mundo, el modo de participar activamente en la obra magna de la Creación -misión divina-, y lugar de encuentro de la voluntad del hombre con la Voluntad de Dios.


Por Antonio Orozco-Delclós
Meditación de un dos de octubre sobre la enseñanza de san Josemaría Escrivá.
Revisión del 2 de octubre 2009

Sonaban cercanas las campanas de la madrileña iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Era el 2 de octubre de 1928, y festejaban la conmemoración de los Ángeles Custodios. Entretanto, san Josemaría Escrivá, sacerdote muy joven —veintiséis años— veía por primera vez el Opus Dei. Comprendía con claridad y hondura nuevas un querer divino para nuestro tiempo, enlazado con el momento primordial de la creación del hombre: Dios creó al hombre para que trabajara (1).

Desde aquel entonces, como parte esencial del mensaje que había de transmitir al mundo entero, predicó incansablemente que el trabajo no es una maldición o castigo, sino el inmediato y gozoso porqué de nuestro vivir en el mundo, el modo de participar activamente en la obra magna de la Creación. El trabajo en sus múltiples formas es misión divina, por tanto lugar de encuentro de la voluntad del hombre con la Voluntad de Dios. Después del pecado y de la Encarnación del Verbo, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora (2). Si tanto tiene el hombre de santidad como de unión con Dios, cualquier trabajo realizado como Dios manda, es medio de santificación personal.

Es preciso prestar atención a lo nuclear de esta dimensión del mensaje. Cualquiera que sea el honrado trabajo cotidiano, no es sólo «ocasión» o «lugar» para ejercer e incrementar todas las virtudes humanas y cristianas que componen la santidad personal, sino, justamente, es también medio de santificación. Como la sartén —valga el ejemplo entre mil— no es sólo «lugar» y «ocasión» de que resulte ese prodigio dorado del arte culinario que es el calamar frito (léase el manjar que se prefiera), sino medio indispensable para realizarlo. De modo análogo, el trabajo profesional es lugar y medio donde se "cuece" la santificación de la inmensa mayoría de los cristianos. Que sea mucho, abundante, no es obstáculo serio para tal fin, al contrario, el mucho trabajo es mucho medio de santificación. No ha de abandonarse, antes bien, conviene dejarse cautivar y absorber por el trabajo, con la firme persuasión de que ahí está Dios, como un buen padre, lleno de ternura, contemplando gozoso la obra de arte de su hijo.

 TRABAJAR BIEN

 En cierto sentido, todo trabajo puede y debe ser arte. Siempre hay detalles que, si no se omiten, embellecen la obra, y así es como la espera Dios: acabada, pulida, perfecta: sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto (3), ha dicho el Señor. Este mundo salió bueno de las manos divinas, y el Creador lo ha puesto en las nuestras para que lo perfeccionemos y resulte aún más bueno y bello. Se trata de que dé gloria habitar en él, anticipo de la eterna. Así dará gloria a Dios y a quienes en este sentido trabajan. Será reflejo de la sabiduría divina, participada por el hombre mediante la razón, la fe y la acción.

Para santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo, hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural (4). El cristiano tiene siempre una buena razón para trabajar así: se sabe siempre contemplado amorosamente por su Padre Dios. El primer efecto de la presencia del amor infinito en la consciencia es el mejoramiento de la calidad —también técnica— del propio trabajo (...) La finalidad sobrenatural no es, por tanto, como un sello que se adhiere exteriormente al trabajo del hombre y que lleva la mercancía —sana o averiada— a su destino sin rozarla siquiera (5). La presencia de Dios lo ilumina todo, también las imperfecciones e invita a corregirlas, hasta que la obra alcance el nivel de la dignidad de la persona humana; mejor, la dignidad —aun mayor— de los hijos de Dios, y sirva a la edificación del Reino que no tendrá fin (6).

 CON SABIDURIA DE ARTISTAS

Así pues, es preciso a cada uno actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando —al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo— el bien de la humanidad (7). Con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales —a manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei (8).

 CON VIBRACION DE AMOR

Ahora bien, con las grandes verdades, a veces los hombres construimos enormes errores. No basta trabajar para ser bueno, santo. Por sí solo, el trabajo no santifica. El calamar no se dora con sólo una sartén. Si lo dejamos ahí, sin más, se corrompe, se llega a lo que acaso pudiéramos llamar jocosamente la frustración del calamar, pues no alcanzaría el fin que presta sentido a su existencia. Para que el calamar llegue a ser un manjar delicioso, es menester algo más que un soporte: se necesita calor.  Para que el trabajo santifique, no es suficiente que sea mucho y bueno, se requiere el fuego del amor de Dios. Sin el fuego del amor, que se manifiesta en el espíritu y las obras de servicio, el trabajo corrompe, deprime o ensoberbece, humilla o envilece a los demás. Aleja de Dios y de los otros, comenzando quizá por la propia familia, alimentando el orgullo soberbio, la vanidad vana, el desasosiego, quizá la sensualidad, y el esfuerzo sería espiritualmente estéril. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo esta fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo lo efímero y transitorio (...) Por eso el hombre no puede limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor (9).

Hay mil motivos para trabajar mucho y bien, pero sólo cuando se realiza por Amor, adquiere el trabajo poder santificante. Es entonces cuando el hombre santifica el trabajo y es santificado por el trabajo. Además, con su ejemplo y su palabra oportuna, santifica a sus hermanos. Santifica el mundo desde dentro, lo transforma, lo recrea, lo reconduce a Dios, último fin y Bien común del universo, de toda criatura, de todo hombre. Hace que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los Cielos y lo que está en la tierra (10), y reconcilia por El y para El todas las cosas, pacificando mediante la Sangre de su Cruz, lo que hay en los Cielos y en la tierra (11).

Pero para cumplir esa magnífica tarea es de todo punto necesario, además del trabajo profesional, realizar otro trabajo: la oración, es decir, el diálogo íntimo y reposado con Dios Uno y Trino. Porque es indispensable el fuego: "— Y en mi meditación, se enciende el fuego—. A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz" (12). De otro modo incurriríamos en el activismo, que es manifestación de egoísmo, de pereza mental, de frivolidad.

Siempre es necesario poner todos los medios al alcance para conocer más y más al Señor —no se ama lo que no se conoce—: la lectura del Santo Evangelio y de algún libro espiritual. Deben ser abundantes los medios de formación, porque abundantes son los medios de deformación. Son oportunas unas horas al mes de retiro espiritual, y unos pocos días al año dedicados íntegramente a la vida interior. También seria difícil mantener el ritmo del amor divino sin una dirección espiritual asidua, sincera, profunda.

  ACERCAR EL REINO DE DIOS

 Así, la gracia de Dios encuentra dispuesta el alma para recibir con nitidez la imagen de Jesucristo, que tantos años pasó en Nazaret, en el taller de José, trabajando con sus manos y el sudor de su frente. Entonces, el hijo de Dios exclama: no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (13). Es Él quien ora y trabaja. El trabajo se convierte en oración, adquiere valor divino, es creador y redentor.

Somos corredentores con Cristo. Hacemos realidad la llamada a la que se refiere Juan Pablo II: "somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo" (14). El Papa había comenzado así su discurso: "Queridísimos jóvenes, universitarios y docentes del Opus Dei (...) vuestra institución tiene como fin la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio lugar de trabajo y profesión: vivir el Evangelio en el mundo, más aún, viviendo inmersos en el mundo, ¡pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo! Ideal grande, verdaderamente, el vuestro, que desde el principio ha anticipado la teología del laicado, que ha caracterizado después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio" (15).

Santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar con la profesión (16), es un gran ideal que puede serlo de muchos, de casi todos, porque es lo normal vivir en el mundo trabajando muchas horas, para sacar adelante a una familia, para servir eficazmente a la sociedad en que se vive. Este es el camino —el único camino— para que el mundo alcance la justicia y la paz que tanto necesita.

  EL SENTIDO MÁS PROFUNDO DEL TRABAJO

 "A partir de este momento —decía en otra ocasión el papa Juan Pablo— podemos comprender cual es el sentido mas profundo del estudio y del trabajo a la vez: la búsqueda de la santidad (...) El mundo del trabajo tiene necesidad de vuestra vida santa. Y esta vida santa esta hecha de doctrina y de oración, de intimidad con Cristo y de trabajo: esta hecha de Amor. ¿El motivo de esto? Lo saco de palabras ciertamente bien conocidas por vosotros: Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo" (17)(18).

Surgen ahora espontáneas unas cuantas preguntas: ¿Procuro tener presente a Dios en mi trabajo, de modo que, dentro de mis limitaciones, lo realice de la mejor manera posible? ¿Soy puntual, serio, responsable? ¿Pongo en él motivos sobrenaturales? ¿lo ofrezco a Dios con frecuencia? ¿Suelo quejarme o lo vivo con la alegría de los hijos de Dios? ¿Pongo en juego, mientras trabajo, la fe, la esperanza, la caridad teologal? ¿Es mi trabajo medio pare crecer en las virtudes de la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza? ¿Me acuerdo a menudo de mirar a María Santísima, Madre de Dios y Madre mía, que con su mirada y su sonrisa, con su oración todopoderosa presta a mi trabajo un valor sobrenatural inmenso?

De este modo, podrá salir mal el trabajo, podrán salir borrones vergonzantes, pero habremos puesto todo el empeño, la inteligencia, la voluntad, todas las facultades para que resulte algo así como una obra de arte. Y lo será a los ojos Dios, más que las obras celebradas justamente por toda la humanidad.

 ____________

(1)Cfr. J. ESCRIVA DE BALAGUER, Conversaciones, n. 10; (2) ID, Es Cristo que pasa, núm. 47; (3) Mt 5. 48; (4) Es Cristo que pasa, 50; (5) A. DEL PORTILLO, Las profundas raíces de un mensaje, en ABC, 26-VI-1985, p. 33; (6) Cfr. Ibid.; (7) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Carta, Madrid 9-1-1932; (8) Conversaciones, o.c., 10; (9) Es Cristo que pasa, 48; (10) Ef, 1,10; (11) Cfr. Col 9,20; (12) Camino, 92; (13) Gal 2,20; (14) JUANPABLO II, A 300 fieles del Opus Dei, 19-VIII-1979; (15) Ibid.; (16) Es Cristo que pasa, 46; (17) Ibid.; (18) JUAN PABLO II, A los participantes del Congreso UNIV-83, 29-III-1983. 

 Etiquetas: Cristianos, Orozco, San Josemaría, santidad, trabajo
02/10/2009 ir arriba

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