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LA PALABRA, HOY (Antonio Orozco)

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 LA PALABRA, HOY

Autor: Antonio Orozco
Fuente: Arvo.net, 17.10.2009

  La palabra, las palabras. «Palabras, palabras, palabras…» (Shakespeare). Sin palabra no hay pensamiento, sin pensamiento no hay palabra. La palabra es cosa sagrada. Vibra materialmente en el espacio portando ideas y pensamientos inmateriales que generan la vida más alta y rica que existe en el universo, la vida intelectual, el pensamiento. Gracias a la palabra somos humanos, personas entre personas. Nos humanizamos. Aprendemos, crecemos interiormente, creamos espacios intersubjetivos, meta-materiales, espirituales, supraculturales. Nos entendemos. Podemos entendernos.

 Joan Maragall, en 1903, al tomar posesión de la Presidencia del Ateneo Barcelonés. pronunció un discurso inaugural titulado Elogio de la palabra. En ese espléndido opúsculo, el autor expresa su teoría sobre la palabra y la poesía: «Yo creo que la palabra es la maravilla mayor del mundo porque en ella se abrazan y confunden toda la maravilla corporal y toda la maravilla espiritual de nuestra naturaleza... Veis al hombre en su silencio y os parece nada más que un ser animal más o menos perfecto. Pero poco a poco se animan sus facciones, un principio de expresión ilumina sus ojos con una luz espiritual, se mueven sus labios, vibra el aíre en una variedad sutil, y esta vibración material, materialmente percibida por el sentido, trae en sí esta cosa inmaterial desveladora del espíritu: la idea. Bastará con que un niño pequeño, que apenas se hace oír, diga suavemente: ¡Madre!, para que, ¡oh maravilla!, todo el mundo espiritual vibre vivamente en el fondo de nuestras entrañas. Un sutil movimiento del aire os hace presente la inmensa variedad del mundo y suscita en vosotros un fuerte presentimiento de lo infinito desconocido. ¡Cosa sagrada! Dice San Juan que en el principio era la palabra y que la palabra estaba en Dios, y la palabra era Dios; y que por ella fueron hechas todas las cosas; y que la palabra se hizo carne y habitó entro nosotros ¡Qué abismo de luz!. ¡Con qué santo temor deberíamos hablar, pues! Habiendo en la palabra todo el misterio y toda la luz del mundo, debiéramos hablar como encantados, como deslumbrados...»

Al ilustre escritor le hiere el abuso de la palabra. Pone en jaque la dignidad de la persona, no tanto del otro como de sí mismo: «¿Cómo podemos hablar, pues, tan fríamente y en tal abundancia? Por esto solemos escucharnos unos a otros con tanta indiferencia; porque el hábito del demasiado hablar y del demasiado oír embota en nosotros el sentimiento de la santidad de la palabra. Deberíamos hablar mucho menos y solo por un profundo anhelo de expresión: es entonces que el espíritu en su plenitud se estremece, y las palabras brotan como flores en primavera. Cuando una rama no puede más con la primavera que lleva dentro, entre la abundancia de las hojas, brota una flor como expresión maravillosa. ¿No veis en la quietud de las plantas su admiración de florecer? Así nosotros cuando brota en nuestros labios la palabra verdadera».

 El amador de las palabras, el poeta, el filósofo, el escritor, el científico, en el sentido genuino de estas palabras, no podrá evitar una profunda tristeza cuando se topa con la palabra vacía, manipulada, mendaz, adulterada. «Las más altas palabras, decía Holderling, cuando no resuenan en corazones igualmente elevados, son como una hoja muerta cuyo rumor se hunde en el barro» (Hiperión, 49).

 Amor, libertad, justicia, persona, ser humano, mujer, maternidad, sexo, virginidad, ¡Dios! ¡Qué palabras! ¡Qué tristeza oírlas en bocas que proceden del barro empantanado, ajeno a corrientes de pensamiento cultivado en el surco de la vida donde se encuentra la unidad del ser con la verdad, la bondad, la sabiduría, el amor, la libertad. Y en la cúspide originaria, Dios.

 La libertad ya no es señorío, dominio de sí en los propios actos, en los pensamientos y palabras. El amor, sin señorío ya no puede ser don para el amado sino posesión egocéntrica, narcisismo entre dos. El hijo ya no es fruto del amor sino objeto de capricho o cosa residual. Se llega a decir que matar al engendrado vivo en el seno de la madre es «interrupción» del embarazo. Lo que «interrumpe» se interrumpe para su posterior acabamiento. ¿Acaso se va a reanudar el embarazo tras la muerte perpetrada al ser humano en vías de crecimiento? ¡Qué tristeza produce la corrupción del lenguaje! ¡Qué manifestación más clara de la perversión de la mente y del corazón!

 No es cuestión de fe en un Dios creador, que también, es cuestión de ver la imagen del ser humano en cualquier centro médico, en miles de videos que circulan en el ciberespacio, en tantos sitios. Está al alcance de todos, especialmente de las personas que debieran ser cultas, cultivadas, informadas del progreso de la ciencia. Han estado acusando falsamente a la Iglesia de retrasar al progreso del saber, cuando ha sido ella la creadora de Universidades, la promotora de las humanidades y de las ciencias de la vida. Y ahora, a la vez que continúan con la misma manida muletilla, se niegan a ver lo que está a la vista de todos, creyentes y no creyentes. ¿Qué pensar? ¿Qué decir? ¿Qué hacer? ¿Nos queda la palabra?

 Hoy, 17 de octubre, la palabra se va a oír con claridad en multitudinaria manifestación. Madrid, de la Puerta del Sol a la Puerta de Alcalá. ¿Cuál será la palabra del Gobierno?  Muchos temen que será la palabra engañosa de siempre. Ha sido un propósito con el que han subido al poder: manipular la palabra para sacar adelante esta modificación de la ley del aborto a peor, con otras de la misma especie. Hablando en objetivo, porque la subjetividad de las conciencias solo Dios puede juzgarla, se diría que solo quieren el poder por el poder… para poder invertir los valores morales de una sociedad básicamente cristiana. De otros aspectos no parecen ocuparse a juzgar por los resultados. La economía ¿les interesa? No parece. No atienden ni a quienes están resolviendo la crisis en otros países. Hay cosas más urgentes para ellos. Legalizar el aborto libre para todos a toda costa, para salvar los dineros negros y los tristemente «blancos» de los empresarios  abortistas, los pingues beneficios que el aborto produce. ¿Será esta la solución a la crisis de España? Hasta la fecha, ¿de qué otra cosa se han ocupado? Palabras, palabras, palabras… Si al menos fueran inteligibles en castellano. Ni eso.

 En fin, queda una palabra soberana inesquivable que aquí bien podemos recordar:  «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Lucas 21, 33). Es la palabra del Autor de la vida, al que un día crucificamos. Yo, de ellos, por si acaso, meditaría en estas palabras. Todavía es tiempo de rectificar.♦

17/10/2009 ir arriba

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