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LA CUESTIÓN DEL FUNDAMENTO (Antonio Orozco)

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LA CUESTIÓN DEL FUNDAMENTO

Antonio Orozco
Arvo.net, 12.09.2009

 Confieso que no me lo esperaba. La lectura de Evangelio de Lucas 6, 43-49 me ha conducido al terremoto que sacudió la ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Me informo de que este fenómeno sísmico tuvo lugar a las 7:19 a.m., con una magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter. Su duración aproximada fue de poco más de dos minutos. Ha sido el más significativo y mortífero de la historia escrita de dicho país. Se registraron treinta y cinco mil muertos y hay fuentes que aseguran los cuarenta mil.

 Las noticias que se conservan de la catástrofe confirman lo contado por algunos amigos de lugar. Todos o casi todos los edificios colapsados eran de reciente construcción. Estructuras muy antiguas y adecuadas al tipo del terreno arcilloso, tales como la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, el Palacio Nacional y el edificio de Nacional Monte de Piedad -que datan de la época colonial-, soportaron bien el sismo con sus gruesas paredes de piedra y ladrillo. Los modernos, deberían haber sido los más resistentes, los mejor diseñados para prevenir eventualidades del género. A pesar de ello estos edificios presentaban estructuras inadecuadas para terrenos arcillosos. ¿Cómo lo explican los medios? Principalmente por la corrupción que había en el mundo de la construcción. Se dice también que la negligencia del gobierno fue el principal culpable del enorme número de muertos. Los peritajes mostraron que la mayoría de los edificios caídos tenían especificaciones inferiores a las exigidas en los contratos. Nadie fue declarado culpable. Particularmente grave fue el caso de la constructora estatal encargada de la construcción de escuelas, cuyos directivos quedaron impunes, pese al número elevado de escuelas primarias destruidas y escolares que resultaron muertos. Los lugares más afectados fueron escuelas y hospitales, también edificios y hoteles que se acababan de construir. El número de estructuras destruidas en su totalidad fue aproximadamente treinta mil y con daños parciales sesenta y ocho mil.

Quedó en pie y sin daños dignos de mención la Torre Latinoamericana. El ingeniero Zeevaert, jefe del equipo que diseñó y construyó el edificio, vivió el temblor desde su despacho en el piso 25. En la conferencia que dictó en la División de Estudios Superiores de la Facultad de Ingeniería de la UNAM en 1986 narró paso a paso el diseño de la Torre Latinoamericana y en especial el estudio que hicieron del suelo para la cimentación. Sabían desde 1948 que en el subsuelo de México se podría presentar un temblor de 8 grados Richter. El sueño de Zeevaert era estar presente en la torre cuando ocurriera un temblor de gran magnitud. El sueño se cumplió y la Torre permaneció enhiesta. Una estructura bien trabajada, con materiales adecuados, sobre un fundamento bien estudiado.

 Tanto lo antiguo y como lo moderno resisten la adversidad cuando cuentan con un buen fundamento, sencillamente, el que necesitan. ¿No constituye el caso una parábola sugerente de la vida humana? Remite al texto que mencioné al comienzo:  Lucas 6, 48. Había «un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo, y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río irrumpió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada.». Otro, por contraste, «edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; irrumpió contra ella el río y se cayó enseguida, y fue grande la ruina de aquella casa.» (v. 49). Cabe pensar que las dos casas eran exactamente iguales en estructura y apariencia; incluso en la carpintería, fontanería, decoración, cuadros, muebles… Diferían solo en un detalle no pequeño: el fundamento. La cuestión del fundamento llena bibliotecas de filosofía. Se pueden leer miles de páginas sobre ello. Pero en el Evangelio de Lucas se resuelve no por vía ocular sino auditiva. Tiene fundamento el que escucha. Escuchar qué, a quién:  

 «Todo el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién es semejante. Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo, y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río irrumpió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada. El que escucha y no pone en práctica es semejante a un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; irrumpió contra ella el río y se cayó enseguida, y fue grande la ruina de aquella casa.» Lc 6, 47-49.

 Quién habla es la Palabra hecha hombre, el Logos hecho carne. En, por y para quién han sido hechas todas las cosas. El Logos es la Palabra de Dios en Persona, Jesucristo. Sus palabras son lógicas, razonables. Si todo ha sido hecho en, por y para Él  [Jn  1, 3: Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.], todo cuanto existe es inteligible para cualquiera que tenga logos, es decir, razón, entendimiento. Todo ser humano, salvo accidente, llega al uso de razón y va asombrándose de la lógica de las cosas. Pero no llega a comprenderlas del todo, ni siquiera a sí mismo, si no alcanza de algún modo el fundamento, es decir, el Logos del que procede.

 Si no se asienta firmemente sobre el único fundamento universal, el ser humano puede autoconstruirse al modo del edificio de apariencia deslumbrante, de materiales inconsistentes y basamento quebradizo. O como la casa edificada sobre arena. Los movimientos sísmicos, el desmadre fluvial, el estrés del activismo o la abulia ante lo arduo de la vida, la irresponsabilidad o la responsabilidad, le tumbarán estrepitosamente. La proximidad de la muerte, frustración de todos los ideales sin fundamento, consumará una tragedia cultivada quizá desde mucho tiempo atrás.

 La cuestión del fundamento es la cuestión de las cuestiones. Las crisis económicas, sociales, familiares, etc., son bagatelas al lado de la crisis de fundamento. En realidad son derivaciones de la falta de fundamento. Conocer que el fundamento de la propia existencia y de toda existencia es el Logos o Palabra de Dios en Persona, no lo es todo. Se requiere escuchar la Palabra. Lo cual implica un paso previo: «ir» (v. 47) hacia ella (Él). Después, pararse a oír queriendo enterarse. Finalmente, ponerla en práctica (v. 47 y 48), trasformar la idea, el logos, en acción.

Acción es ya la oración, diálogo con Dios. Dios toma la iniciativa,  condesciende y habla nuestro lenguaje. La oración se transforma en adoración: reconocimiento de su inefable trascendencia, majestad y poder; gratitud por la llamada a la existencia y a la participación en la vida íntima de Dios mismo; desagravio por las ofensas cometidas; petición de dones y gracias para permanecer firmes sobre el fundamento de los fundamentos, la roca inmutable, y alcanzar así la vida eterna.

 Falta por ver qué significa «cavar muy hondo». Estudio a fondo de las palabras de Cristo, el Verbo de Dios humanado (Sagrada Escritura y Tradición apostólica). Larga formación de la conciencia (Magisterio de la Iglesia, depositaria de la Palabra transmitida). Trabajo profesional esforzado, procurando la excelencia en la medida de los talentos recibidos. Sacramentos. Caridad sin límite. Orden. Alegría...

Enviado por Arvo.net - 12/09/2009 ir arriba

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