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ESPÍRITU SANTO EUCARÍSTICO (Antonio Orozco Delclós) |
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ESPÍRITU SANTO EUCARÍSTICO

Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net
domingo 1 de mayo de 2005
Hoy leo en el Evangelio de Juan [14, 15-21]: «Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.» ¡Cuánta falta nos hace el espíritu de la verdad! Pero no voy a referirme a la necesidad de ser veraces, a la virtud que nos inclina a decir siempre verdad, sino, más radicalmente, a la necesidad de incorporarnos a la Persona que es la Verdad y la Vida, que tenemos tan cerca. Pienso en la actualidad de las palabras de Cristo Jesús cuando está a punto de «irse». Tiene que irse por un poco de tiempo. El tiempo de la pasión, muerte, sepultura… Resucitará, pero después de cuarenta día en que le verán asiduamente, de nuevo ya no le verán. Pero no les deja huérfanos de su presencia. Les deja –nos deja- el Espíritu de la verdad. O sea, su Espíritu, la tercera Persona divina –Paráclito: Abogado, Defensor, Consolador-, justamente en tanto que es «su Espíritu» y, por tanto, hace presente a Jesús de un modo inefable en quienes le reciben. Jesús lo deja en medio de nosotros, «en» nosotros. El «mundo», esa parte del mundo ajeno al Espíritu, no lo ve, no sabe, no entiende las cosas del Espíritu, pero el cristiano que vive de la fe, sabe que el Espíritu habita en él: «No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros.»
Esta intimidad con Cristo que Él mismo nos describe en analogía con la intimidad entre el Padre y el Hijo, es impresionante: impresionante por ser con Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre; impresionante por ser intimidad tan honda que llena lo más íntimo de la persona cristiana. La llena con «su Espíritu». En la Eucaristía, Cristo nos llena con su Cuerpo y su Sangre, nos hace un solo Cuerpo, una sola Carne con su Cuerpo y con su Sangre y, por tanto, venimos a ser un solo espíritu; nos llena de su Espíritu. Tras un tiempo más o menos corto, después de la comunión eucarística, nos «abandonan» su Cuerpo y su Sangre –hasta la próxima Comunión sacramental- pero, como insistía, lo recuerdo bien, san Josemaría, Jesús nos deja el Espíritu Santo, su Espíritu, que permanece en nosotros. El Espíritu Santo permanece, yo diría, en su función específica de Espíritu de Cristo, que nos configura con Cristo, nos mantiene incorporados a Cristo-Hijo del Padre, hijos en el Hijo, al extremo de que san Pablo puede oír un claro clamor de gemidos inenarrables en su corazón: Abbá, ¡Padre!.
En la Comunión sacramental nos configuramos cada día más a Cristo-Hijo de Dios, y el Espíritu clama con más fuerza dentro de nosotros: Abbá!, ¡Padre mío! ¡Papá!. Pero también nos hace saber que somos hijos en un sentido adoptivo, pero muy propio y hondo, porque - in-corporados - somos hermanos de Cristo, partícipes de su Cuerpo, de su Sangre y de su Espíritu. El Espíritu nos mantiene en todo momento pegados a Cristo-Eucaristía. De modo que Jesús se ha «ido», pero se ha quedado. Nos ha dejado «su» Espíritu. Y su Espíritu nos ha «eucaristizado», nos mantiene en una gozosa referencia, tensión, tendencia, o in-tención a Jesús-Eucaristía. En el Año de la Eucaristía y en la proximidad de Pentecostés, y del decenario del Espíritu Santo, nos viene de perlas la consideración de esta función eucarística del Espíritu Santo, que permanece en nosotros, entre comunión y comunión eucarística, manteniéndonos en permanente tensión hacia el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor.
No recuerdo ahora mismo si existía el verbo «eucaristizar», probablemente sí, porque queda poco por inventar. Frecuente no es, en los diccionarios no está, pero puede expresar una acción preciosa del Espíritu Santo. Incluso, aunque sea un poco complicado de pronunciar a la primera, a lo mejor nos sale una oración más o menos así: ¡Ven, oh Santo Espíritu, en este Año de la Eucaristía y por la nueva Pentecostés que vive la Iglesia, para una nueva primavera del Espíritu en el mundo, ¡eucaristízame cada día más! Pero cada uno encontrará su modo particular y sencillo de invocar al Espíritu y de sumergirse en las profundidades del Amor en Persona que es el Espíritu Santo y del Amor Encarnado que es Jesucristo, ambos un solo Dios con el Amor fontal que es el Padre Dios.♦
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Etiquetas: Espíritu Santo, Eucaristía, Orozco
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Enviado por Arvo Net - 05/01/2005 |
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