Jueves - 18.Diciembre.2014

ROME REPORTS
Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Art. A. Orozco Antonio Orozco
Libertad Persona y Libertad
Teología 2 Teológicos
Artículos filosóficos filosóficos
La verdad y el error La verdad y el error
Notas al vuelo Notas al vuelo
Andrés Ollero Tassara Andrés Ollero
A. R. Rubio Plo A. R. Rubio Plo
BLANCA CASTILLA DE CORTÁZAR Blanca Castilla de Cortázar
F. Acaso F. Acaso
Francisco de Borja Santamaría Francisco de Borja Santamaría
Javier Láinez Javier Láinez
José María Barrio Maestre José María Barrio Maestre
Juan José García Noblejas Juan José García Noblejas
Jesús Ortiz López Jesús Ortiz López
Juan Luis Lorda Juan Luis Lorda
J.R. García Morato J. R. García-Morato
Jutta Burggraf Jutta Burggraf
Luis Alonso Somarriba Luis Alonso Somarriba
Luis Olivera Luis Olivera
Lluís Pifarré Lluís Pifarré
Natalia L. Moratalla Natalia L. Moratalla
Ramiro Pellitero Ramiro Pellitero
RODRIGO GUERRA LÓPEZ Rodrigo Guerra López
Tomás Melendo Granados Tomás Melendo
Escritos Arvo Escritos Arvo
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.
Estás en: Autores > Antonio Orozco

EL SER HUMANO, OBRA MAESTRA DE DIOS (Antonio Orozco)

ver las estadisticas del contenido enviar a un amigo

EL SER HUMANO, OBRA MAESTRA DE DIOS

Antonio Orozco
Arvo.net 03.2006-03.2008

Insuficiencia no equivale a indignida

«Dios es Familia», en feliz expresión de Juan Pablo II. Benedicto XVI recuerda que «ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida». Late la pregunta de san Pablo «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7). La suficiencia viene de Dios. La autosuficiencia de la criatura es mentira letal. Pero la insuficiencia -en esto quisiera insistir ahora- no es una humillación, sino, para la criatura inteligente, el sello de su dignidad: la dignidad de «ser de Dios», imagen suya, con vocación de «ser como Dios», no sin Dios, sino con Dios, que es lo bueno. En anteriores ocasiones el Papa ha insistido en que el hombre no tiene otra salida que «ser como Dios»… con Dios.

Una manifestación de este proyecto magnífico. El Creador ha puesto en el hombre la posibilidad de tomar parte en el poder de multiplicar las imágenes de Dios en el mundo, lo cual requiere, como es lógico, un contexto singular. Los padres se hacen «cómplices» de un acto estrictamente creador. Intervienen en un «milagro» portentoso. Tomás de Aquino dice - en una pequeña obra titulada Los cuatro opuestos - que «es más milagro el crear almas [personas, diríamos hoy], aunque esto maraville menos, que iluminar a un ciego; sin embargo, como esto es más raro, se tiene por más admirable». San Agustín queda más asombrado ante la formación de un nuevo ser humano que ante la resurrección de un muerto, porque piensa que cuando Dios resucita a un muerto, recompone huesos y cenizas; sin embargo «tú antes de llegar a ser hombre, no eras ni ceniza ni huesos; y has sido hecho, no siendo antes absolutamente nada».  No se trata de negar ni de afirmar la evolución de la materia. Se trata aquí de la persona en cuanto persona, dotada de una dimensión irreductible a elementos materiales, cosa que la ciencia positiva cada día ve más claro. El pensamiento no se reduce a la actividad neuronal.

 

Besar lo que Dios ha hecho

Si dependiera de nosotros que Dios resucitase a un muerto (pariente, amigo o desconocido), seguramente haríamos todo cuanto estuviera en nuestro poder, por costoso que resultara. Si Dios nos dijera: haz esto, y este hombre volverá a la vida, sentiríamos una emoción profunda y nos hallaríamos dichosísimos de ser cooperadores de un evento semejante. Pues aún de mayor relieve es la concepción de un nuevo ser humano. De donde no había nada, surge una imagen viva de Dios. Por ello Tomás de Aquino no teme hacer suyo el pensamiento de Aristóteles cuando dice que «el semen humano es algo divino, en tanto que es un hombre en potencia». Hoy, con los conocimientos biológicos que poseemos podemos decir: el óvulo humano fecundado es algo divino, porque es un hombre en acto. Tolstoi, en el capitulo XIII de La sonata de Kreutzer asegura: «habría que parar mientes en la obra grandiosa que se realiza en la mujer cuando está embarazada o cuando amamanta a un hijo. Se desarrolla el ser que es nuestra continuación, el que ha de sustituirnos. Sin embargo, no respetamos esta obra sagrada…».

San Agustín quien nos ofrece otra sugerencia bellísima: «Cuando alguno de vosotros besa a un niño, en virtud de la religión debe descubrir las manos de Dios que lo acaban de formar, pues es una obra aún reciente de Dios, al cual, de algún modo, besamos, ya que lo hacemos con lo que él ha hecho».  El Papa lo recordaba en Valencia: «En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Homilía, 9.VII.2006). Poco más adelante, insiste y saca una consecuencia preciosa: «Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro».  «Sé de dónde he venido y a dónde voy», dice Jesús (Jn 8, 14), Él conoce sus raíces: es el Hijo, que viene del Padre, que le ha enviado al mundo (Cfr. 8, 18).

 

Cada persona es un proyecto del amor de Dios.

Hay una analogía entre el origen del Hijo eterno del Padre y nosotros en el mundo. Dios ama a cada hombre por sí mismo y para cada uno tiene una misión, otorga una vocación que se inserta en la obra redentora del Hijo, llena de sentido su vida en el tiempo y le prepara para la vida eterna en comunión con la Trinidad y todos los santos.

«Dios conoce ya todo el futuro del embrión informe: en el libro de la vida del Señor ya están escritos los días que esa criatura vivirá y colmará de obras durante su existencia terrenal.» El salmo 138, es «un himno sapiencial de pasión y belleza intensas que se refiere a la realidad más elevada y maravillosa del universo entero: el ser humano, definido como prodigio de Dios.» [Benedicto XVI, 28-XII-2006]. El Salmo considera en la primera parte «la mirada y la presencia del Creador que cubren todo el horizonte cósmico; en la segunda parte del salmo los ojos amorosos de Dios se dirigen al ser humano, considerado en su inicio pleno y completo. Todavía es “informe” en el seno materno, (…) pero sobre él se posa ya la mirada benévola y amorosa de Dios”.» Benedicto XVI continía así su glosa: En el salmo es recurrente el símbolo del alfarero y del escultor que forma y plasma su creación artística, su obra maestra. “Sumamente fuerte es, en nuestro salmo, la idea de que Dios ya ve todo el futuro de ese embrión aún “informe”:  en el libro de la vida del Señor ya están escritos los días que esa criatura vivirá y colmará de obras durante su existencia terrena. Así vuelve a manifestarse la grandeza trascendente del conocimiento divino, que no sólo abarca el pasado y el presente de la humanidad, sino también el arco todavía oculto del futuro. También se manifiesta la grandeza de esta pequeña criatura humana, que aún no ha nacido, formada por las manos de Dios y envuelta en su amor:  un elogio bíblico del ser humano desde el primer momento de su existencia. “

¿No produce escalofríos observar desde esa perspectiva, que podemos llamar existencial, porque es la más ajustada a la realidad del ser humano, cómo se habla y se trata en recientes leyes, o proyectos de ley, humanas, al nasciturus, ser humano real, que merece el máximo cuidado y respeto, como prodigio y obra maestra de Dios que en verdad es?

Sabiendo que Dios es amor, la cultura de la muerte resulta tan pasmosa como patética. Desde luego, absolutamente extraña al cristianismo. Ha necesitado cegarse a lo mejor del ser humano y al sentido trascendente de la vida, para caer en el nihilismo que prefiere la nada al ser (ser, además, hijos de Dios, llamados por el Amor al Amor), o en el paradójico hedonismo, que desprecia los bienes eternos por mantener, a toda costa, ciertas comodidades provisionales. Pablo VI decía en su tan manipulada encíclica Humanae vitae: «el problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna».

Conviene parafrasear a Manrique: nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es ¡el vivir!; pues el final no es más que el principio. El tiempo abre paso a la eternidad, en la que Dios dará a cada uno según sus obras (Apc 22,12). Los fieles verán a Dios, vivirán eternamente en la hondura infinita de su Amor. Sabemos que cuando Dios dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra» (Gen 1,28), pretendía una finalidad ulterior: llenar el Cielo. La criatura humana, a diferencia de los irracionales, tiene una «razón especial para multiplicarse: completar el número de los elegidos» (Tomás de Aquino), de modo que «la unión entre marido y mujer, por lo que respecta al género humano, es como el semillero de la Ciudad de Dios» (San Agustín).

Lo que vale el ser humano

Depende de la generosidad de los padres que un día haya en el Cielo aquella «gran muchedumbre, que nadie -según el decir de San Juan- podía contar» (Apc 4,9). Está en los que han recibido la llamada divina al matrimonio que aquel día no falte nadie de los llamados por Dios desde la eternidad a la eternidad. La responsabilidad de los cónyuges es pues grande y gozosa. Un hombre más o menos importa mucho: vale más que mil universos, puesto que éstos acaban todos por desvanecerse; la persona humana, en cambio, no muere jamás: su yo no muere y su cuerpo resucitará en el último día. Un solo hombre, una sola mujer, vale toda la Sangre de Jesucristo, y con esto queda dicho casi todo.

La tristísima posibilidad que hoy se brinda del visible o invisible crimen que injustamente violenta el curso de la naturaleza -cegar las fuentes de la vida, matar al inocente no nacido-, es el reverso de una gran alternativa, que cobra en este tiempo valor nuevo: la decisión libremente tomada (y por eso responsable) de traer al mundo de un modo natural los hijos que la providencia divina manifieste por medio de las circunstancias ordinarias descifrables.

En esto, como en todo lo específicamente humano, la ciencia positiva no tiene el monopolio de la verdad, ni toda la verdad. Los famosos microbios de Pasteur demuestran su frecuente miopía. Los ciegos, no ven el sol y sin embargo incluso ellos saben que existe. En realidad la mentalidad positivista -del cientismo en general-, no la científica auténtica, es muy poco científica, pues, como es bien sabido, la ciencia habla cada vez más de realidades que nadie ha visto. Por ejemplo, las partículas elementales constitutivas de la materia, si es que todavía se puede hablar así, conocidas sólo por deducción de fórmulas matemáticas y confirmadas únicamente por sus efectos. ¿Quién no es capaz de darse cuenta de que podemos conocer las causas por medio de sus efectos? ¿Quién, en su sano juicio, podrá negar que el cuadro «Las Meninas» es efecto de «algún» Velázquez que jamás hemos visto? ¿Quién puede negar, sin negar su propia lógica, el principio de finalidad?

Dios trascendente e íntimo

Los conceptos de Creador, creación y criatura que, con el cristianismo, imprimieron al mundo un formidable impulso de crecimiento en humanidad, no pueden naufragar. Cuando se marginan, emergen las supersticiones, el sectarismo, las antiguas artes adivinatorias, los horóscopos, el zoologismo y el caos ético donde todo vale. Horas y horas de radio y televisión, páginas y páginas de periódicos y revistas se dedican a ello obteniendo pingües beneficios.  Convendría a todos que la familia humana no regresara a situaciones de vana credulidad, a la superstición, a los dioses de barro, de bronce, o de escayola. La negación o la indiferencia respecto a Dios no puede ser un motor de progreso, porque es nihilista, motor de la nada, que nada puede mover. Si parece mover algo es para dejarlo todo tal como estaba o peor. Llamar «progresismo» a una ideología atea es un sarcasmo en el que ya nadie debiera incurrir. Cualquier historiador documentado sabe que el progreso científico y técnico, como los conceptos de persona, dignidad y libertad, en sentido riguroso, pleno, han llegado al mundo con el Cristianismo. Se vive a sus expensas, aunque se rechacen. Si queremos progresar en humanidad es preciso redescubrir al Creador del hombre y de su libertad, verdadero e inmutable fundador y fundamento de los derechos y deberes humanos, el Dios tan inmenso y trascendente como cercano e íntimo, sin el cual todas las declaraciones de principios si no son papel mojado están siempre a punto para mojar: derechos para usar y tirar. Se ha avanzado en la consolidación de algunos en los últimos lustros. Pero no en el básico derecho a la vida en todas sus fases y circunstancias. Por eso todos los demás están amenazados. Son castillos, incluso fortalezas imponentes, pero en el aire, todavía. Por eso -dice el Papa - «Seguid proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad». Una cosa es la tolerancia, el respeto, más aún, el amor al que no cree por las razones que sean, y otra muy distinta callar la verdad recibida, inmerecida pero poseída, tanto por la razón como por la revelación divina, que salva a la persona, a la familia y a la sociedad.

La razón puede llegar a conocer con certeza que Dios es la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Sabiduría, el Amor…, el Ser que es por Sí mismo, sin comienzo ni término. Todo lo demás, sin su acción creadora, no es nada, es imposible y racionalmente ininteligible. O Dios o el absurdo sin más. Por eso se ha dicho que «si no hubiera Dios, habría que inventarlo». Pero ésta no es una buena manera de concebir a Dios. Dios no es necesario porque exista la criatura, sino que la criatura -innecesaria-, para existir, necesita del Ser que es eterno, infinito, verdadero, bello, bueno, sapientísimo, amorosísimo, capaz de donar el ser y la vida. Todo lo que no es Dios es ininteligible por sí solo, no existe por sí mismo. El «ser» sólo puede ser obra del «Ser»; la vida sólo puede ser obra de la Vida; el pensamiento, sólo puede ser obra de la eterna Sabiduría. Ningún ser que no sea Dios es autosuficiente (un resbalón en la bañera y se acabó la autosuficiencia); nada puede existir ni subsistir sin el Ser estricta y absolutamente autosuficiente.

Todo lo que es, ahora mismo (no sólo en el momento del big-bang, o cosa parecida), es «por Dios». El deísmo, es un modo de entender a Dios como si fuese el ser «necesario-para» sacar el universo de la nada y nada más. Dios habría regresado a su olimpo y el mundo rodaría a su aire. Esta «cosmovisión», ese modo de entender la realidad global, permite desentenderse de Dios, y montárselo todo como si Él no existiese. Pero sin Dios Creador, absoluto, trascendente, no hay nada. A la vez, sin contradicción, Dios es un Ser tan próximo, que el Apóstol Pablo puede decir que «en el vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17, 28). La criatura existe no «fuera», sino «en» Dios. Un antiguo autor cristiano pudo escribir: «ningún ser es exterior a Dios: Dios se encuentra en todos los seres; pero lo ignoran; huyen lejos de Él, o mejor dicho, lejos de ellos mismos». Nada es o existe fuera de Dios, lo cual no quiere decir que Dios y el mundo se identifiquen. Indica que toda criatura -de por sí insuficiente en su ser y en su obrar- es sostenida por Dios como la fuente actual de su vivir, de su respirar, de su entender y amar. Si algo existe es «en Él», sin confundirse ni mezclarse. Y Dios es Amor.

Dios no es yo; yo no soy Dios. Pero Dios no es «el Otro», lejano, inasequible, inescrutable. Dios, como dijo lapidariamente san Agustín, es Aquél que me es más íntimo que yo mismo (San Agustín, Confesiones, cap. VI). Yo soy más suyo que de mí mismo. No es necesario «salir a» buscarle, basta centrar el pensamiento, con toda sencillez, sin necesidad de ejercicios psicológicos estrambóticos ni de «meditaciones trascendentales» esotéricas. Basta entrar en la propia conciencia, para conversar con Él, con una intimidad tal que no se puede alcanzar con ninguna otra persona. Tom Hahn llega a decir, con razón que yo, cada uno, está más cerca de Dios que de sí mismo. Y Dios es Amor.

¿Qué es lo que «sobrenadamos»?

«La fe católica nos obliga a afirmar que las almas [cada «yo»] son creadas inmediatamente por Dios». Por ello toda vida humana es sagrada, pues - son ahora palabras de Juan XXIII «desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios». Dios está «en» todo lo creado y todo lo creado está «en» Él. Tendemos a imaginarnos agarrados por Dios pero suspendidos, como colgados «sobre la nada»; incluso algunos se imaginan «sobrenadando la nada» (expresión tan ingeniosa como hueca). ¿Hay alguna verdad en esa imagen? Rebuscando, puede decirse que es cierto que la criatura de suyo nada es. Por eso solemos decir en momentos en los que experimentamos lo que somos solo por nosotros mismos: «¡no somos nada!».

Es cierto que Cristo ha dicho «sin mí, nada podéis hacer». Pero también es verdad que nunca somos sin Él. Desde que fuimos concebidos en el seno de nuestra madre «en Él vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17, 28). No estamos, pues, sobrenadando la nada, ni colgados sobre la nada, ni siquiera asidos de la mano de Dios que impide que nos hundamos en un abismo de nada. Existimos no sobre el fundamento de la nada, que nada puede fundar; sino sobre el fundamento inconmovible que es el Ser divino. El nihilismo, el existencialismo ateo, el vértigo o la náusea de la existencia carecen de fundamento real, son producto de la mera imaginación. Ni la nada, ni la muerte fundan la existencia. El fundamento es Dios, que es la consistencia misma, lo inquebrantable, la seguridad absoluta, que presta solidez y seguridad a nuestra frágil naturaleza. Frágil de suyo, pero robusta «en Dios». Cuando digo: «¡Dios mío!» expreso la «propiedad» más mía que existe. Tanto que si Él no fuera mío, nada sería mío, ni yo mismo. Aunque, en rigor, Dios es mío porque yo soy de Él.  Y Él es Amor.

07/08/2009 ir arriba

v02.14:0.35
GestionMax
Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós