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EINSTEIN, DIOS Y LA EUCARISTÍA (Antonio Orozco)

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 EINSTEIN, DIOS Y LA EUCARISTÍA

Antonio Orozco
Arvo Net
1.10.2005-1.03.2010
 
Muchos comentan que Albert Einstein fue más bien lo que se suele llamar «un ateo». Se dice que no creía en la existencia de un Dios personal. Pero hay testimonios contrarios. Es más, Albert quiso dejar muy clara su posición respecto a su fe: «La generalizada opinión, según la cual yo sería un ateo, se funda en un gran error. Quien lo deduce de mis teorías científicas, no las ha comprendido. No sólo me ha interpretado mal sino que me hace un mal servicio si él divulga informaciones erróneas a propósito de mi actitud para con la religión. Yo creo en un Dios personal y puedo decir, con plena conciencia, que: en mi vida, jamás me he suscrito a una concepción atea». Albert Einstein en Deutsches Pfarrblatt, Bundes-Blatt der Deutschen Pfarrvereine,1959, 11).

Pocos son, en todo caso, los que conocen la evolución religiosa del físico más importante del siglo XX. Randall Sullivan en su libro "The Miracle Detective" (New York, 2004, pp.432-433) relata una conversación que tuvo con Benedict Groeschel, monje neoyorquino experto en teología mística y autor de "Still, small voice" (Ignatius Press, 1993).  Cuenta Sullivan que Groeschel le comentó que había leido mucho sobre Einstein y que aunque el gran físico quizá se había opuesto a la idea de un Dios personal cuando era joven, en su madurez se había convertido [según Groeschel] en una persona bastante religiosa.  En concreto dice: «Estaba fascinado por el misterio del Santísimo Sacramento».
 
La ciencia y los años no apartan de Dios, al contrario, normalmente, la búsqueda honrada de la verdad, aunque sea de un segmento mínimo de las cosas, conduce casi necesariamente –salvada la libertad de la persona- al descubrimiento de la Verdad primera, que, como es lógico, siendo origen de personas, ha de ser eminentemente personal. La Fe y la Ciencia, por más que quienes ignoren éste o aquél saber no se hayan dado cuenta todavía, lejos de oponerse, se ayudan una a la otra y se complementan en el progreso del conocimiento global.
 
Einstein, el más eminente físico después de Newton, buscaba la fórmula en la que se pudiera encerrar la textura de cualquier porción pequeña o grande de materia. Pero no pensaba encontrar en ella el Origen absoluto, ni que la materia fuera el todo de la realidad: había un Dios que «no jugaba a los dados». No importa que la metáfora de los dados, haya sido superada o no por nuevos descubrimientos. Lo esencial es que hay Dios que juega, en el sentido profundo de la palabra: Dios que hace posible el orden del universo. Incluso si hubiera que admitir el azar, Dios sería el que hace posible que del azar, surja el orden. No es de extrañar que un Eistein, con el paso del tiempo, cuanto más enigmas desentrañaba, más se acercase al reconocimiento de la existencia de un misterio, en el sentido teológico del término, que jamás podrá encerrarse en una fórmula, ni siquiera en un solo nombre, una Inteligencia infinitamente más poderosa que la suya, no sólo capaz de entender, sino de crear la maravilla del Universo.
 
«Estaba fascinado por el misterio del Santísimo Sacramento». ¿Quiere decir Groeschel que Einstein creía propiamente en la presencia de real de Jesucristo bajo las figuras de pan y vino consagrados en la santa misa? No lo sé. Lo que parece seguro es que a Einstein no le sorprendía del todo el misterio eucarístico. Su familiaridad con lo fascinante del universo creado, le permitía reconocer que Dios es capaz de hacer algo infinitamente más asombroso.
 
El papa Benedicto sintetiza con sencillez el contenido del misterio eucarístico: «La entera existencia terrena de Jesús, desde la concepción hasta la muerte, ha sido un único acto de amor. Tan es así, que se puede resumir en estas palabras: Jesus Caritas,  Jesús Amor. En la última Cena, "sabiendo que había llegado su hora" (Jn 13,1), el divino Maestro ofreció a sus discípulos el ejemplo supremo de amor lavándoles los pies y confiándoles su preciosa herencia, la Eucaristía, en la cual se concentra todo el misterio pascual.  "Tomad y comed, esto es mi cuerpo… Bebed todos de él, esto es mi sangre" (Mt 26, 26-27). Las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la consciencia con que Él la afronta, transformándola en el don de sí, en el acto de amor que se da totalmente. En la Eucaristía el Señor se da a nosotros con su cuerpo, con su alma y con su divinidad, y nosotros nos convertimos en una sola cosa con él y entre nosotros…» (Angelus, 25.9.2005)

A quien esté un poco familiarizado con la física cuántica o con las recientes teorías sobre la textura más elemental de la materia, probablemente le sea más fácil que a Newton creer en el misterio eucarístico. Por supuesto, no se le exime de la humildad, compartida – la paradoja es solo aparente- por los niños y los grandes hombres, abiertos siempre a los fascinantes dones de la Verdad Primera, donde habita la Sabiduría, la Bondad, el Amor, la Belleza.
 
 
 
 
 
Albert Einstein, físico y matemático de origen alemán, Premio Nobel de Física por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico, demostró matemáticamente que a las tres dimensiones del espacio físico había que añadir una cuarta dimensión: el concepto tiempo. Ayudó a su encumbramiento su teoría general de la relatividad, así como otras investigaciones sobre la teoría cinética de los gases.
 
Einstein ha sido considerado, a nivel mundial, según estadísticas publicadas por los medios de comunicación social, la persona más importante del siglo XX. Quien fue secretario del Secretariado para los No Creyentes de la Santa Sede, el doctor Jordán Gallego Salvadores, dominico, fue quien me entregó el testimonio, de su puño y letra, sobre la fe en Dios del gran científico Albert Einstein. Al final publicamos la referencia. El físico quiso dejar muy clara su posición respecto a su fe en Dios. Manifestó: «La generalizada opinión, según la cual yo sería un ateo, se funda en un gran error. Quien lo deduce de mis teorías científicas, no las ha comprendido. No sólo me ha interpretado mal sino que me hace un mal servicio si él divulga informaciones erróneas a propósito de mi actitud para con la religión. Yo creo en un Dios personal y puedo decir, con plena conciencia, que: en mi vida, jamás me he suscrito a una concepción atea». Albert Einstein. (Deutsches Pfarrblatt, Bundes-Blatt der Deutschen Pfarrvereine,1959, 11).
 
En La Razón, (26/02/03)
 
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Nota de Jorge Balvey. Arvo Net.
 
En 1905 Albert Einstein, un judío alemán de 26 años, publica un trabajo titulado “Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, en el que se contenía la que más tarde se conocería como Teoría Especial de la Relatividad. La Física de Newton, el más grande científico de la Historia, fundada en la geometría euclidiana y los conceptos de tiempo ansoluto de Galileo no era tan exacta como se había creído. Einsten descubre que el espacio y el tiempo son términos de medición relativos. Einstein en 1907 publica una demostración de que E = mc2. Esta fórmula que a cualquier persona ajena a la investigación de las ciencias físicas parece no sólo de sencillez extrema sino absolutamente inofensiva es el punto de partida para la carrera hacia la bomba A. Había comenzado una nueva y grandiosa aventura del pensamiento.
 
Pero Einstein no se fió de las dos primeras rigurosas pruebas de su teoría, a pesar de que eran cientificamente concluyentes: había que comprobar empíricamente que el efecto previsto en su teoría, existía de hecho en la realidad. Einstein estaba convencido de que todo efecto tiene una causa, y que puesta cierta causa se sigue cierto efecto. Estaba seguro de que, por muchas que fuesen las coincidencias de la experimentación con su teoría, una sola discrepancia bastaría para dar al traste con sus predicciones y convertir su teoría en un argumento insostenible.
Como observa Paul Johnson, la de Einstein era una actitud completamente distinta del dogmatismo de Marx, Freud y Adler, que trataron de meter con calzador -sin conseguirlo- la realidad en sus teorías.
 
El más breve resumen del propio Einstein sobre la Teoría de la Relatividad es la siguiente: “no hay movimiento absoluto”; ¡el movimiento en el universo es curvilíneo!. De pronto pareció al mundo que nada era seguro en el movimiento de las esferas. La conmoción en el ámbito de la ciencia experimental era lógica: varios siglos de creencias científicas se venían abajo. En 1919 Einstein es una figura mundial que gravita más sobre la Humanidad que los estadistas y guerreros.
 
Lo que Einstein vio con estupor fue que, en 1920, de la idea de la relatividad del espacio y del tiempo -magnitudes físicas- se había concluido, quién sabe por qué misteriosos paralogismos, ¡que no había ningún valor absoluto! ¡que no existían el bien ni el mal! ¡que no había manera de estar ciertos de cosa alguna! Se había confundido la relatividad del movimiento con el relativismo filosófico y ético. La Física con la Metafísica, la Gnoseología y la Etica.
 
Un sentencia común llegó a ser ésta: Einsten ha demostrado que la verdad no existe; el bien y el mal son una invención de mentes engañadas por la apariencia de los fenómenos. Nada más lejano a la mente del físico genial.
 
Aturdido, el 9 de septiembre de 1920 escribe a su colega Max Born: “Como el hombre del cuento de hadas que convertía en oro todo lo que tocaba, en mi caso todo se convierte en escándalo periodístico”. Einstein, señala Paul Johnson, no era un judío practicante, pero sí un hombre que reconocía la existencia de un Dios y la existencia de normas absolutas del bien y el mal. Incluso en el ámbito físico le repugnaba el principio de indeterminación de la mecánica cuántica. “Usted -le escribió a Born- cree en un Dios que juega a los dados, y yo creo en la ley y el orden totales en un mundo que existe objetivamente y que, de un modo absurdamente especulativo intento aprehender. Yo creo firmemente, pero abrigo la esperanza de que alguien descubrirá un modo más realista o más bien una base más concreta que la que me ha tocado en suerte hallar”.
 

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