|
APRENDER A PENSAR
Por Antonio Orozco-Delclós
Escritos arvo, 2000
Pensar, ponderar: pondus, peso, gravedad
¿Acaso los humanos no estamos pensando siempre? Quizá no tanto como creemos. Pensar, ponderar, pondus. "Pensar" sugiere algo de peso: gravedad, consistencia, seriedad, solidez. ¿Qué es lo más grave que sucede hoy en día? Lo más grave que hoy sucede es que no sucede el pensar. Julián Marías ha advertido que esta sociedad peca de omisión en el pensamiento.
Esta crisis, aunque parcial, se manifiesta también en los hábitos del ciudadano medio. Pocos leen un artículo de periódico que desarrolle algún tema de pensamiento. Es frecuente incluso entre personas que tienen enmarcado un título universitario en su despacho.
LA VERDAD SUPLANTADA POR IDEOLOGIAS
El pensamiento acerca de la verdad de las cosas ha sido sustituido por ideologías. De otra parte, lo que parece interesar mas en la actualidad es no es el pensamiento sino lo que alguien ha llamado con humor y acierto, "sensamiento". Se presta mucha atención a lo que "se siente", si se siente mucho o se siente poco, si lo siento o si no lo siento. Es un modo de vivir sobre fundamentos inconsistentes e inestables; un modo de discurrir un tanto irracional, porque procede de vacíos del alma y se desarrolla en la epidermis de la existencia, en los espacios etéreos de la ficción o del formalismo verbal y la logomaquia.
No se piensa en lo que hay y en lo que son en el fondo las cosas. No se piensa por ejemplo si esto o aquello es "medio" o "fin". Se renuncia a proseguir aquella tarea emprendida con tanto entusiasmo cuando éramos niños: averiguar hasta el último porqué de las cosas. ¿No es cierto -como escribió José María Albareda- que "hay algo en las cosas que las convierte en cautivadora estancia del pensar"? Sin embargo, lo que dijo San Anselmo, que "sólo unos pocos piensan en la verdad de las cosas", parece ser una constante histórica.
Quizá suceda porque debemos "aprender a pensar" y no se enseña suficientemente, cuando ambas cosas constituyen un importante deber. En frase de Alejandro LLano, «pensar, enseñar a pensar, aprender a pensar, es la triple obligación de la inteligencia». Se trata sin duda de una obligación estrictamente moral, pues la razón es la facultad que Dios nos ha dado para descubrir el bien y regir toda nuestra conducta.
¿Por qué a menudo hay miedo a pensar, miedo a la luz y a la libertad del pensador auténtico? Quizá porque cualquier rayo de luz nos guía hacia el sol, y no siempre el hombre se encuentra dispuesto a interesarse por la fuente de la luz y de la vida que puede saciar su más profunda sed.
EN QUÉ CONSISTE PENSAR BIEN
«El pensar bien -dice Jaime Balmes, con acierto- consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas... Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad?
«El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen talento para ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.
«Otros adolecen del defecto contrario; ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si este desaparece, ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país: fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.
Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de esos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de las cosas. Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfechos; decís con entero entendimiento: "sí, es verdad, tiene razón". Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece que andáis por un camino llano, y que el que habla sólo se ocupa de haceros notar con oportunidad los objetos que encontráis a vuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga (...)
«Echase pues de ver, continúa Balmes- que el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino también a las gentes más sencillas. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Criador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz. Si ella falta nos quedamos a oscuras, andamos a tientas; y por este motivo es necesario no dejarla que se apague. No debemos tener el entendimiento en inacción con peligro de que se ponga obtuso y estúpido; y por otra parte, cuando nos proponemos ejercitarle y avivarle, conviene que su luz sea buena para que no nos deslumbre, bien dirigida para que no nos extravíe"
Es obvio que una de las más importantes facetas de la educación -si no la que más- es la del pensamiento, pues al intelecto toca regir la conducta humana toda, llevarla a buen fin, a buen puerto, al Fin final que da sentido a todo el existir.
Uno de los grandes males de nuestra sociedad es, precisamente, que vivimos demasiado deprisa, y no queremos tener tiempo para contemplar qué sucede a nuestro alrededor. Los pensadores antiguos siempre insistían en que el comienzo de la sabiduría es el asombro ante el mundo y lo que en él acontece; maravillarse y preguntarse: ¿cómo es posible que eso suceda?
En nuestro mundo siguen ocurriendo cosas poco humanas, más bien inhumanas, y pasamos de largo ante ellas, porque nos hemos acostumbrado, como si fueran normales. No nos paramos a pensar. Una tarea importante de los padres y educadores es fomentar una actitud crítica ante lo que se ha establecido como uso corriente en la sociedad.
SECUENCIA DE ACTUALIDAD: INDIVIDUALISMO, RELATIVISMO, PERMISIVISMO, CONFORMISMO.
Hablando con la gente, muchas veces la primera impresión que se obtiene es la de que está poseída de una actitud "hipercrítica" ante los valores: todos quedan en tela de juicio, relativizados o sentenciados para el baúl de los recuerdos...
En estos asuntos se suele juzgar sin la disciplina mental, de la que, en cambio, no se dispensa nadie que quiera realizar alguna labor científica. Se suelen juzgar las cuestiones fundamentales de la existencia desde una postura muy individualista: "yo no quiero depender de nadie en mis juicios; los demás no tienen nada que aportarme". Ahora bien, esto es reducir la Humanidad a una sucesión de Robinsones. Lo cual es absolutamente contrario a la evidencia histórica. La verdad y el conocimiento se incrementan, la ciencia avanza, la técnica progresa. Y si esto es posible, lo es porque hay verdades comunicables, hay verdad y valores firmes. El relativismo consiste, aproximadamente, en decir que la verdad no es un "descubrimiento", sino una "fabricación" del hombre. Se pretende que cada época histórica y cada persona se construya su visión del mundo, su moral, sus valores, según criterios propios e intransferibles: lo que es válido para mí no lo es para los demás. Y esto se extiende a casi todos los terrenos, desde el comportamiento ético hasta las creencias religiosas. Lo que ocurre es que el relativismo no soluciona los problemas humanos. Más bien los complica injustamente. Al romper todas las dependencias, el hombre queda solo, en la teoría como en la práctica. Sobreviene el cansancio y la desorientación.
El relativismo desemboca en el permisivismo. Todo se tiene por moralmente posible, bueno o indiferente. No admite que se pueda decir: "esto es moralmente bueno y esto es malo". Ahora bien, el permisivismo se gasta. Cuando se ha experimentado todo, sin ningún freno ético, sobreviene la desorientación, el hastío, la experiencia de la frustración. Se quisiera regresar al hogar, pero la vida transcurre en la sociedad urbana de modo tan acelerado... ¡No hay tiempo para la reflexión!
Sin embargo, pensar es necesario. Más que el navegar, más que el vivir, según el antiguo lema griego. No conviene conformarse con explicaciones tópicas o convencionales. El lenguaje sin reflexión es peligroso. Cuando se lee poco y se piensa poco, se habla mal, con escaso número de palabras. Si falta vocabulario, las explicaciones resultan pobres. Todo es "guay", "bestial", "oye, tío"... Son modas o modos de hablar, pero pueden esconder un universo mental angosto, reducido a cuatro adjetivos vacíos. Enriquecer el lenguaje es un deber del entendimiento. Dedicar tiempo al diálogo es indispensable para ordenar las ideas y enriquecerlas. El ejercicio mental de razonar, de defender una causa, de tener argumentos para las propias decisiones, y no hacer sólo lo que hacen los demás es lo propio del ser personal. La conversación, la tertulia, el "debate" sereno sobre un tema de interés, son ejercicios que pueden realizarse de alguna manera en familia, y fomentan el razonamiento, la capacidad racional del hombre.
Hay una cierta agresión contra esa capacidad de pensar: la aceleración, la prisa, las adicciones, el mundo audiovisual, las modas, la retórica publicitaria... Todo esto pone en peligro la facultad que tiene el hombre de regirse por su pensamiento, su más alta capacidad, lo mejor que tiene, lo que nunca se agota ni aburre: siempre se puede seguir pensando y descubrir nuevas verdades.
|