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ANUNCIO DEL REINO Y LLAMADA A LA CONVERSIÓN (Antonio Orozco )

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ANUNCIO DEL REINO Y LLAMADA A LA CONVERSIÓN
 
(Santo Rosario: Tercer Misterio de luz)
 
Antonio Orozco
Arvo.net, marzo 2003-enero2011
 

 Si todos los misterios del Rosario constituyen una significativa escuela de santidad y de evangelización, los misterios de luz ponen de relieve aspectos singulares de nuestro «seguimiento» evangélico. El Bautismo de Jesús en el Jordán recuerda que todo bautizado es elegido para llegar a ser en Cristo, hijo con el Hijo o «hijo en el Hijo» (Ef. 1, 5; cf. Gaudium et spes, 22). En las bodas de Caná, María invita a la escucha obediente de la palabra del Señor: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). El anuncio del Reino y la invitación a la conversión son una clara consigna para todos a emprender el camino de la santidad. En la Transfiguración de Jesús, el bautizado experimenta la alegría que le espera. Al meditar en la institución de la Eucaristía, vuelve repetidamente al Cenáculo, donde el Maestro dejó a sus discípulos el tesoro más precioso: él mismo en el Sacramento del altar [1].

 El libro del Génesis nos relata, en riquísimo lenguaje simbólico, unos hechos históricos: la creación del universo material, de la vida y del ser humano -varón y mujer-, a quienes Dios situó en el llamado «jardín del Edén», que significa «lugar de delicias». 

Pensar que en el comienzo de la humanidad hubo ese estado de inocencia y felicidad que nos cuenta la Escritura, parece ingenuo. Tenemos una mentalidad hecha en el pre-juicio de la lejanía de Dios, como si viviéramos en el reino del azar y no en el ámbito del Logos, la sabiduría divina, por quien fueron hechas todas as cosas (Jn 1, 3). Sin embargo, cuando se cae en la cuenta de que la ingenuidad y superstición están del lado del azar o destino ciego y que es más razonable reconocer al Creador como origen de cuanto existe;  y si además, de un modo también muy razonable, se nos dice que la esencia de Dios «es Amor», entonces ya no sorprende que el estado original, creado por ese Dios-Amor, fuera un lugar delicioso. Lo raro sería lo contrario y lo enigmático resulta más bien que el hombre cayera en la tentación de satanás, echando por la borda la amistad filial con su Creador, como si pudiese por sí solo decidir sobre el bien y el mal, trazándose sus propias leyes. 

El ángel caído, padre de la mentira, se encargó de inocularles el virus mortal. La disminución de las defensas frente a las perturbaciones que la gran estulticia lleva consigo, fue notable y es notoria: la reconcentración de la persona en sí misma, volcada la mirada sobre la tierra, con grandes dificultades para entender el cielo. El egocentrismo impide ver al otro como otro yo. La codicia pretende establecer el yo como señor de cuanto existe. La pereza, inhibe a la persona ante el desorden de sus pasiones. La ira hace saltar como una víbora a la más mínima humillación real o supuesta. La lujuria, diviniza el sexo; etc.

Así el hombre se encuentra con amparos exiguos ante el «príncipe de este mundo», triunfante no sólo sobre la criatura inmunodeficiente, sino también sobre las cosas que le rodean. El mundo, abandonado a ese aire puede llegar a parecer un infierno: «el infierno son los otros», se dirá con el correr de los siglos... No había posibilidad de autorredención. La nostalgia del paraíso perdido, no tenía salida. La monstruosidad del pecado ensombrecía la creación entera. 

Sólo el amor omnipotente de Dios podía salvar. Y, en efecto, al llegar «la plenitud de los tiempos», el Verbo se hizo carne y estableció su morada en nuestra tierra, en espacio y tiempo determinados, en una época y un país concretos, perfectamente localizables (cfr. Jn 1, 14). Siendo Dios, se anonadó a sí mismo, asumió sin trampa ni cartón la vida de un modesto obrero de Nazaret, hasta una edad madura. Fue a recibir el bautismo de Juan (primer misterio luminoso) y la voz del Padre celestial le señaló como el Hijo Amado. En Caná (segundo misterio de luz) realiza el primer milagro que le revela como el Mesías esperado. Y ahora (tercer misterio luminoso) comienza su ministerio público, anunciando la llegada del Reino de Dios: «Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca...» (Mt 4, 17) .

¿Qué puede significar esta expresión, «Reino de Dios»? Un reino en el que Dios reina ha de ser un reino donde todo va gobernado en la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Sabiduría, la Justicia, el Amor, la Libertad, la Paz... Todo esto es Dios en una maravillosa unidad y plenitud de Vida interminable. El anuncio del Reino es el anuncio de la bienaventuranza, de la felicidad eterna. La nostalgia del paraíso perdido cede el paso ahora a la esperanza cierta:  « un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron» (Apc 21, 1). Donde brillará para siempre la fidelidad de Dios a su palabra, a sus reiteradas alianzas - compromisos de amor y salvación - habidas a lo largo de la historia. La «utopía» existe, no en este mundo, pero sí al final del caminar por esta tierra, con tal de seguir a Cristo, camino, verdad y vida. Camino verdadero a la verdad viviente que es Él mismo. Lo que en el Antiguo Testamento se llamaba «país de la vida» no es utópico. Es más, de algún modo «está ya en medio de vosotros» (cfr. Lc 11, 20; 17, 21). Ya ha comenzado, está incoado, y su plenitud está próxima, aunque según la óptica del tiempo parezca lejano, entre brumas y sombras. 

Llamada a la conversión

 El Reino de Dios, reino de justicia, de amor y de paz, no puede ser otro que el reino de la suma bondad. Necesariamente es  el lugar donde no puede tener cabida en absoluto el mal, ni la más leve sombra. El bien y el mal, entreverados en este mundo, han de someterse a un divorcio radical. El gran divorcio es un título de C. S. Lewis, una parábola en la que, con un alarde de fantasía no formalmente teológica, desarrolla su tesis, del todo cierta, sobre el fin del mundo: el bien nada tendrá que ver con el mal. Los que se salven, habrán debido purificar cualquier compromiso con el orgullo soberbio, con el egoísmo, con el pecado. Con otras palabras, en el Reino de Dios todo ha de ser puro y santo, porque Dios es toda la santidad y toda la pureza, todo justicia y todo amor. 

El mismo Cristo lo revela con parábolas bien elocuentes en el capítulo 13 de Mateo. El Reino de los Cielos es semejante a una red barredera que recoge todo género de peces. Los hay buenos y los hay malos, pero la Iglesia, que se identifica en la tierra con la incoación del Reino, no rechaza a nadie, a todos quiere salvar y ofrece los medios de santificación que Jesús ha depositado en ella. Sólo al final de la historia los ángeles separarán los peces buenos de los malos. Lo mismo sucede con la cizaña que el enemigo ha sembrado en el campo del Señor: no conviene arrancar ahora la cizaña, es preciso esperar a que hayan crecido cizaña y trigo; entonces los ángeles separarán lo bueno de lo malo y sólo lo santo entrará en el Reino definitivo.

 Necesariamente ha de ser así. Sólo lo perfecto ha de poblar el Reino. «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto», dice Jesús. Ya en el Antiguo Testamento había reiterado el Señor: «Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo». Y el apóstol es inequívoco: «esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3). No puede ser de otra manera. Todos estamos llamados a la santidad. Con otras palabras, a la plenitud de la caridad, a la perfección de la bondad.

 Con tales premisas, era necesario que el anuncio del Reino fuera acompañado de la llamada a la conversión. El Reino implica la liberación de todo mal y establece la plenitud de todo bien. La experiencia cotidiana nos enseña que, por buena que sea nuestra voluntad, hay mucho que rectificar en nuestra conducta, en nuestras intenciones, en nuestra mente y en nuestro corazón. Mis intenciones, mis afectos, mis amores, mis obras ¿pueden acompañarme en el Reino de Dios? ¿Proyecto mi vida cara a ese Reino o calculo con medidas meramente temporales, pragmáticas, de corto alcance. ¿Cómo ando de soberbia, de pereza, de lujuria, de gula, de ira, de avaricia...? Es preciso acabar con todo esto. Es necesario un cambio radical de nuestra mente, de nuestra manera de ver, de juzgar, de elegir. Es la conversión en el sentido más fuerte de la palabra: un cambio radical del espíritu para dirigir todas nuestras obras al bien, en línea recta –rectitud de intención- hacia el Bien absoluto, Dios. Eliminando todo egoísmo, buscando en todo no sólo el bien personal, sino el de todas las gentes.

 Los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel alejándose de Dios ( Jer 3, 22; Is 30, 15; Os 14, 2; etc.) Juan el Bautista, Jesucristo y los Apóstoles insisten en lo mismo. «Por tanto la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, dice Juan Pablo II, es decir, ese amor que es paciente y benigno (cfr. 1 Cor 13, 4) a medida del Creador y Padre: el amor al que ‘Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo’ (2 Cor 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del  ‘reencuentro’ de este Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ‘ven’ así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven pues in satatu conversionis; es ese estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 13).

 Contemplar el Rostro de Dios

 ¿Es posible una labor tan vasta y honda? ¿No nos supera? Juan Pablo II, al introducir en el Santo Rosario de María Virgen este Misterio de Luz, nos remite a la escena evangélica que narra san Marcos en el capítulo segundo de su Evangelio: «Entonces vienen trayéndole un paralítico, que era transportado por cuatro. Y al no poder llevarlo hasta él por causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba y, después de hacer un agujero, descuelgan la camilla en la que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban de este modo dentro de sí, les dice: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados; o decir: levántate, toma tu camilla y anda? Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra el poder de perdonar los pecados se dirige al paralítico: A ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y se levantó y, tomando al instante la camilla, salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y dieron gloria a Dios diciendo: Nunca vimos cosa igual» (Mc 2, 3-12) 

Es preciso contemplar el rostro de Dios, «ver» la mirada de Cristo llenando de luz el corazón de aquel hombre postrado en su camilla. Se había dejado llevar hasta Jesús por sus amigos, cuya fe no escatimó medios para conseguir el audaz objetivo. Jesús se conmueve. La fe le «desarma» siempre. El lisiado se sabía pecador, necesitado con urgencia de perdón. Jesús sabe lo que hay en el corazón del hombre, de cada hombre, y conoce el dolor íntimo de aquél. La parálisis del alma es infinitamente más grave que la del cuerpo. Jesús le mira, le llama «hijo», y le dice: «tus pecados te son perdonados». Esto es lo más grandioso de la escena. Después: «Anda, toma tu camilla y vete a tu casa». Y lo hace con la mayor naturalidad. Pero esto el tullido no lo había solicitado. El milagro-signo lo hace el Señor para mostrar a los murmuradores que en verdad Él tenía el poder de perdonar los pecados, es decir, que gozaba del poder de Dios. Si no lo hubiera hecho, el lisiado hubiera permanecido en su camilla, inundado de gozo, porque había recibido ya –y lo sabía- el don más grande: el perdón, el don perfecto, que quita el pecado e infunde la vida sobrenatural de hijo de Dios. 

La mirada de Cristo inunda el corazón del hombre. Nadie puede perdonar los pecados sino Dios. Certísimo. Luego, si tiene poder de perdonar los pecados en nombre propio, Jesús es Dios. Dios está aquí. Jesús es el rostro de Dios. Su palabra, al perdonar, es divinamente eficaz. Dios mira al pecador contrito con misericordia y si el corazón se abre a la gracia, la recibe, entra en el Reino y la tierra se convierte en la antesala del Paraíso. Ya no hay que andar por el mundo arrastrando el peso cada día más gravoso de los pecados. Es cuestión de acercarse a Él, sostenerle la mirada amorosa y acoger el tesoro de su perdón. 

Para que no tengamos dudas de haberlo recibido, Cristo, a la vez que inaugura su Reino en la tierra, instituye la Iglesia y deposita en ella los sacramentos. El bautismo quita el pecado de origen; es la puerta del Reino. La confesión sacramental es el remedio adecuado para quienes seguimos en el mundo todavía manchados, con paso inseguro y con riesgo de caer una y otra vez. Una y otra vez, encontramos el mirar y la palabra de Cristo en el sacramento de la reconciliación. Basta –y no es poco- convertirse de nuevo: reconducir mente, corazón y obras al Bien, al Amor. Comenzar y recomenzar, éste es el secreto de la vida del cristiano en este mundo, el status conversionis. Éste es el camino de la santidad, la vida en el Reino de Dios en la tierra, que nos prepara y dispone para entrar en la plenitud del Reino de Dios en el Cielo. 

¡Que Dios nos pille confesados!, suele decirse, expresando castizamente el valor del sacramento de la penitencia para la salvación. Por grandes que hayan sido nuestras caídas, si nos confesamos, con las debidas disposiciones, estamos salvados. Y como, por la misericordia de Dios, no sabemos cuál va a ser el último momento de nuestra vida terrena, es preciso recibir con frecuencia el sacramento. Lo seguro es la confesión frecuente, garantía de moverse siempre bajo la luminosa mirada de Cristo, cuya luz disipa toda sombra y llena de alegría la vida toda.

 ¿Qué gracias a Dios no hay pecados mortales? También entonces conviene acudir al sacramento del perdón, para confesar pecados leves, debilidades, flaquezas morales, imperfecciones, porque, si bien podemos purificar lo leve de muchas maneras, ninguna mejor que el sacramento de la penitencia -¡la mirada de Cristo!-, en el que recibimos, con aumento de gracia, la fortaleza de Dios para vencer en las batallas contra los residuos del mal, que sólo quedará del todo aniquilado en la consumación del Reino.

 La penitencia (metanoia) es el movimiento del espíritu -cabeza y corazón- hacia el Sumo Bien que es Dios. No basta una «elección fundamental», un momento de decisión recta y santa. Hace falta perseverar, enderezando la libertad con insistencia hacia el Norte. Es preciso revisar constantemente nuestra carta de navegación. Son menester una multitud de conversiones antes de arribar al puerto de salvación definitiva. No es éste un modo de vivir agobiado, al contrario, es vivir bajo la Luz y en la luz que es Cristo. Es moverse en el ámbito de la misericordia, del gozo y la paz. Es saberse contemplados y amados por Dios a toda hora. Es, por tanto, ser «contemplativos en medio del mundo»[2]; percibir en medio de las más variadas ocupaciones familiares, sociales y profesionales, la mirada de la Luz. En una palabra es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

 La conversión del espíritu ha de traducirse no sólo en buenas intenciones, sino también en «obras de penitencia», actos o acciones que nos cuesten, porque sólo así venceremos las reliquias del pecado. Sólo quien se esfuerza por ser humilde vencerá la soberbia; y sólo será señor de sí mismo para darse a Dios y al prójimo, quien mortifique su egoísmo y su pereza. Los hábitos hacen al hombre, los hábitos buenos, es decir, las virtudes. «Virtud» viene de «vis», que significa «fuerza, poder». Sólo es fuerte la persona con virtudes. Sólo es «bueno» -en el mejor sentido de la palabra- la persona que hace gimnasia espiritual, diciendo muchas veces que sí cuando pensaba decir que no, y viceversa. La oración, la limosna y el ayuno, en sus muy variadas formas son las más específicas obras de penitencia. No pueden faltar en la vida de ningún cristiano.

 Más allá de la penitencia, el amor

 La penitencia no es un fin, es un medio de liberación para el amor. El amor es el fin por sí mismo: se ama para amar. Y no hay amor más necesario y perfectivo que el amor a Dios. La penitencia es para el amor a Dios y al prójimo. Y el amor a Dios y al próximo es el fuego más purificador. Nos lo revela el Señor en la segunda escena que Juan Pablo II, nos indica para considerar, siempre que queramos, antes o durante el rezo del tercer misterio luminoso: Lucas 7, 49.

 En casa del fariseo

 El Señor fue invitado a comer en casa de un fariseo. Se sentó a la mesa y «he aquí que había en la ciudad una mujer pecadora que, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, se puso detrás a sus pies llorando y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume» (Lc 7, 37-38). Como era de esperar los fariseos se escandalizaron. ¡El «Maestro» dejándose tocar los pies por una pecadora! Intolerable.

 No sabían que esa mujer se había encontrado con la mirada de Jesús; que su luz le llenó el corazón, como al paralítico, y le descubrió la basura que llevaba dentro. Se dio cuenta de que el amor de Cristo era capaz de limpiarle la ponzoña, devolverle a la dignidad de hija de Dios y dejarla hecha un sol. Pero esta pecadora da un paso más que el paralítico de la camilla. No sólo capta el mirar de Jesús que la invade, sino que ella se adentra a su vez con su mirada en el corazón de Cristo. Y ahí ve el dolor causado por sus pecados. Entonces brotan las lágrimas, con tanta abundancia que es capaz de lavar con ellas los pies de Jesús. Y su cabellera hermosa, sirve para enjugarlos. Lo que no había sabido hacer el anfitrión, lavar los pies del visitante ilustre, del polvo habitual en los caminos, como era costumbre. «Ver» lo que son los pecados personales en el corazón de Cristo es un don que Él no negará a quien lo pida con sencillez. Se comprende que el amigo, de aquella obra cumbre de la literatura del siglo XIII, «Llibre de l’amic e Amat», llorara desconsoladamente:

 -¿Por qué lloras como un loco,
amigo del alma mía.
Y el amigo respondía:
-¡Lloro de llorar tan poco!

 Viendo a la mujer a los pies de Cristo, «el fariseo que lo había invitado, decía para sí: Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora. Jesús tomó la palabra y dijo: Simón, tengo que decirte una cosa. Y él contestó: Maestro, di. Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. No teniendo éstos con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más? Simón contestó: Estimo que aquel a quien perdonó más. Entonces Jesús le dijo: Has juzgado con rectitud. Y vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama. Entonces le dijo a ella: Tus pecados quedan perdonados. Y los convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? El dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz» [Lc 7, 39-50].

 A Santa Teresa de Lisieux esta escena del Evangelio de Lucas le planteó un problema: «yo no he cometido grandes pecados, ¿estoy condenada a amar menos a Jesús?». Era una grave cuestión para su alma enamorada, hasta que cayó en la cuenta de que Jesús había perdonado mucho a la mujer pecadora; pero a ella no menos, con una diferencia: a ella le había perdonado «antes» de cometer los pecados, quitándole la ocasión. Por eso tenía derecho a amar tanto y más a Jesús.

 Entretanto la Virgen María, en nuestra contemplación de la escena evangélica,  ha permanecido en un segundo plano, inadvertida. Estamos en el tercer misterio luminoso del Santo Rosario y no podemos perderla de vista. El Rosario es oración «a María» y también «con María». Por eso al escuchar el anuncio del Reino y la llamada a la conversión, auscultamos el Corazón Inmaculado y percibimos su vigoroso pálpito. La más humilde de las criaturas, más que la santa de Lisieux, entona de nuevo un Magnificat, el Todopoderoso ha hecho cosas grandes en Ella: le ha librado incluso del pecado original. Por eso, siendo estrictamente inmaculada, santísima, no nos mira como por encima del hombro, sino con gran comprensión y cariño. Sabe lo que le duelen a Jesús nuestros pecados y los de todos los hombres, y suple nuestras faltas de amor y contrición con sus lágrimas de Madre, diciéndole a su Hijo que en el fondo somos buenos, que tenemos unos grandes deseos de conversión, de cambio. Sus ojos misericordiosos van a la mirada de Cristo y nos consigue gracias, más que suficientes, para que el viraje sea eficaz, es decir, origen de muchas conversiones diarias, que nos irán acercando a las alegría del corazón de Dios Padre en el amor del Espíritu Santo. El Reino es nuestro. Ahora es preciso extenderlo a todas partes, con el fuego del Amor alcanzado. Ahora sabemos que no somos indiferentes al Dios tres veces Santo; que se alegra con nuestras alegrías, que sufre con nuestras enfermedades, especialmente con las parálisis del alma, con las anestesias de la conciencia; que tiene preparado un lugar para nosotros junto a Él en su Reino, para disfrutar de sus delicias por toda la eternidad. Que vale la pena el «gran divorcio», la lucha sin contemplaciones con todo lo que aparta de Dios, para amar cada día más, que así conseguimos no sólo cubrir la muchedumbre de nuestros pecados sino los de mucha gente.

 Santa María, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Puerta del Cielo, Medianera de todas las gracias, aquí me tienes. Aquí tienes mucho quehacer. No nos dejes Madre Nuestra. Madre de Jesús, Corazón Inmaculado, que sepamos ver el Corazón de Cristo y a nosotros en Él, para que no nos falte la contrición, las lágrimas del corazón ni la alegría de pertenecer al Reino del que tú eres Reina, que no tendrá fin y será siempre nuevo.

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1.       Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada misionera mundial 2003, 12.01.2003
2.       San Josemaría Escrivá. Cfr., p.e., Contemplativos en medio del mundo, de Manuel Belda, ROMANA N° 27  
Julio - Diciembre 1998 • Pág. 326

 
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