Una valiosa
estudiante de Bellas Artes me contaba la
pasada semana cómo la religión cristiana y
sus expresiones artísticas eran
sistemáticamente ridiculizadas o negadas por
los profesores de su Facultad. Aquel
comentario trajo a mi memoria lo que un
filósofo español había escrito pocos meses
atrás en Claves de razón práctica
en un artículo en favor de la blasfemia como
supuesto signo de tolerancia: "El
cristianismo es ahora culturalmente hablando
un cadáver. Pesa, eso sí, y mucho, pero se
trata de un peso muerto. El recuerdo de su
capacidad inspiradora en todos los órdenes
de la ciencia, la cultura, el arte,
etcétera, pone en evidencia la naturaleza
ruinosa en que se halla". Se trata, sin
duda, de un balance del todo desajustado de
la situación contemporánea, pero basta con
asomarse al televisor o a la prensa para
comprobar cómo han proliferado en nuestro
país los espectáculos blasfemos o el
discurso antirreligioso que parece dar
validez a ese fúnebre diagnóstico. Sin
embargo, la constatación de que una ola
pringosa de chapapote neopagano va
invadiendo hasta los menores espacios de
nuestra sociedad es —me parece— una urgente
invitación a todos los cristianos a que
pongan su inteligencia y su creatividad en
la vanguardia de las ideas.
Ayer mismo
estaba invitado a hablar en un Colegio Mayor
de universitarias. Como soy filósofo no
podía dejar pasar por alto la ocasión para
recordarles con el corazón en la mano que
vale la pena pensar. "Para
ensanchar vuestras vidas, —les decía—, para
enriquecer vuestras relaciones personales,
para disfrutar de verdad, es indispensable
que os lancéis a pensar, por vuestra cuenta,
cada una a su estilo y a su aire". Después
de haber leído y estudiado mucho, se trata
—proseguía— de tener la valentía, la
audacia, de atreverse a pensar, sin miedo a
complicarse la vida por ello. Muchos jóvenes
creen estúpidamente que quien piensa pierde.
Por este motivo, parafraseando el lema de la
Ilustración "sapere aude!",
"atrévete a saber", repetía a mi audiencia
universitaria "¡Atreveos a pensar!", pues
estoy persuadido de que el motor de la
genuina creatividad es el ponerse a pensar
imaginativamente
Me ha encantado
la reciente encíclica de Benedicto XVI por
su profunda sencillez, por la belleza de su
expresión, por la inteligente penetración en
algunas de las claves de la sociedad
contemporánea. Uno de los aspectos que más
me ha atraído ha sido la invitación del Papa
a trabajar por la justicia, que para quienes
nos dedicamos a la vida intelectual consiste
sobre todo en esforzarse por abrir las
inteligencias a las exigencias del bien. En
los momentos actuales lo que nos falta
tantas veces son buenos argumentos, razones
persuasivas, que hagan atractivo el bien, la
vida buena. Viene a mi cabeza aquello que
escribió Simone Weil en La gravedad y la
gracia: "el mal imaginario es
romántico, variado; el mal real, triste,
monótono, desértico, tedioso. El bien
imaginario es aburrido; el bien real es
siempre nuevo, maravilloso, embriagante".
¡Qué profunda sabiduría encierran estas
sencillas palabras! A nuestra imaginación el
bien parece aburrido y el mal divertido,
pero en la realidad el mal es terriblemente
degradante y, por el contrario, el bien es
cautivador.
La verdad tiene
esa maravillosa capacidad de atraer la
atención, de embriagarla, pero para atraer
requiere ser presentada siempre de manera
nueva y creativa. Hoy en día es preciso
mostrar el bien y la verdad con palabras de
ahora, con un estilo actual. No sirven unas
ideas hechas que huelan a rancio, a cerrado
y enmohecido, porque serán del todo
incapaces de encender nuestras vidas. El que
se haya puesto de moda en tantos ámbitos de
nuestra sociedad una agresiva ridiculización
de la religión lleva a pensar que quizá los
cristianos han abandonado el campo de la
creación cultural e intelectual,
retrayéndose al espacio supuestamente más
seguro de una retaguardia conformista. La
desbandada cultural del siglo XX está
todavía por analizar y por comprender a
fondo. En todo caso, una actitud temerosa de
repliegue sería del todo opuesta a la mejor
tradición cristiana que ha estado siempre
volcada hacia el futuro tanto en el arte y
en la cultura como en la investigación
científica.
La primera
regla de la razón —insistió el científico y
filósofo americano Charles S. Peirce— es que
para aprender se ha de desear aprender, y
por tanto no hay que estar satisfecho ni con
lo que uno ya sabe ni con aquello a lo que
se siente inclinado naturalmente a pensar.
"La vida de la ciencia está en el deseo de
aprender", es la frase de Peirce que tengo
en la puerta de mi despacho para invitar a
mis alumnos a que entren a preguntar. La
piedra de toque de la creatividad se
encuentra siempre en el examen cuidadoso de
las ideas preconcebidas, de los prejuicios
culturales y personales. Si no se examinan
críticamente esas ideas, los prejuicios
llenan de forma precipitada e inadvertida la
inteligencia, haciendo imposible su apertura
a la novedad sorprendente y atractiva, a la
verdad y realidad de las cosas. Se trata de
ideas que, por así decir, están clausuradas,
cristalizadas, tan cerradas que no admiten
ya revisiones ni reinterpretaciones. Quien
tiene una 'idea hecha' rechaza de plano, sin
reflexión alguna, cualquier idea que no se
ajuste bien a la suya; más aún se siente
legitimado para descartar esa otra idea,
porque la suya —afirmará casi siempre— es
"de sentido común". La facilona 'tolerancia'
laicista que impera actualmente en Europa ha
entronizado un espacio común en el que bajo
el rótulo de arte y cultura —o simplemente
como expresión de la espontaneidad personal—
todo vale aun a costa de las convicciones
religiosas de muchos ciudadanos. Los
conflictos a raíz de las lamentables
caricaturas de Mahoma en una publicación
satírica danesa han puesto de manifiesto
esta patética situación.
Afortunadamente, todo eso que pasa por
sentido común en la sociedad permisiva no se
encuentra en la vanguardia de las
manifestaciones culturales, literarias o
artísticas de nuestro tiempo. Para mí no es
más que la inevitable escoria del siglo XX.
Si nos asomamos aquí y allá a quienes están
haciendo realmente cosas nuevas, a quienes
están pensando lo que nadie ha pensado y
haciendo lo que nadie ha hecho,
comprobaremos con sorpresa que el
materialismo grosero y la obscena
transgresión sexual que hoy en día son un
espectáculo de masas, no tienen nada que ver
con la vanguardia realmente creativa. Ahora
es el momento de la gente joven, de la gente
capaz de ser verdaderamente original, porque
su actividad creativa nace realmente de
ellos mismos, de su imaginación, y eso hace
que sus creaciones tengan una maravillosa
frescura.
El nuevo siglo
necesita hacer nueva la verdad con nuestra
razón y nuestra creatividad, con nuestras
vidas y con nuestros corazones. Como me
gusta repetir, la imaginación es el corazón
de nuestra razón. Sólo así el pensamiento
creativo volverá a estar en la vanguardia de
las ideas.