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SOBRE EL FENÓMENO CÓDIGO DA VINCI (José Luis Illanes)

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«El Código Da Vinci» Una ocasión formidable

REFLEXIONAR SOBRE UN BEST SELLER




A toro pasado, vale la pena reflexionar con serenidad sobre el fenómeno "Código da Vinci"
, la suerte de Dan Brown y el futuro de Occidente.

Por José Luis Illanes

Arvo Net, 28.01.2007

 

Sobre el Código Da Vinci

 

“El día  17 (o el 19, según los casos) será revelado el secreto”. Con estas palabras se anunciaba en diversos lugares el estreno, primero en Cannes y después en otras muchas ciudades, del film “El código Da Vinci”. Para quien conociera esa obra el anuncio no podía por menos de suscitar perplejidad: ¿qué verdad iba a dar a conocer el estreno de una película que, a juzgar por el libro del que procede, contiene poquísimas verdades, por no decir ninguna?

 

Los comentarios que han seguido a la proyección del film, han permitido dar una respuesta a ese interrogante: la verdad que se ha puesto de manifiesto no es otra que la carencia de valores artísticos, más aún, la vaciedad de la propia película, reflejo a su vez de la mediocridad del libro que le sirve de base. Al dar cuenta de la primera de las sesiones dirigidas a los críticos de cine presentes en Cannes, el “Corriere de la Sera” subrayaba que el film apenas recibió aplausos. Más aún, que no faltaron los silbidos y que en la sala estalló una carcajada (“una risata di scherno”), cuando, en lo que debería ser el momento culminante de la película, Tom Hanks se dirige a Sophie Neveu (Audrey Tautou) para preguntar, con una actitud de sorpresa que deja traslucir algo más (tal vez su propia vergüenza ante las palabras que iba a pronunciar): “¿entonces eres tú la última descendiente de Cristo?”. La carencia de toda verosimilitud y la inaceptable frivolidad de la historia se hacían patentes, de manera que la transcripción cinematográfica venía a representar no la coronación del éxito alcanzado por el libro escrito por Dan Brown, sino la proclamación de su inconsistencia. La BBC lo decía con frase breve, pero llena de sentido: “Esta película es el Waterloo de Dan Brown”.

 

Al llegar a este punto surge espontáneamente una pregunta: si todo ello es así, ¿cómo es posible que el libro no sólo haya sido un best seller, sino que haya superado todos los records alcanzados hasta ahora por obras análogas? Uno de los factores que han influido en ese hecho ha sido, sin duda, la amplia propaganda realizada por la editorial. Pero ese factor no lo explica todo. Más aún, en cierto sentido no explica nada, ya que la editorial no habría impulsado esa publicidad si no hubiera pensado que había razones para esperar que la difusión del libro podía compensar la inversión realizada. De ahí que expertos en marketing, analistas y sociólogos hayan intentado otras explicaciones: el atractivo que ejercen, sobre todo en algunas personas, las “teorías del complot”; la amplia difusión alcanzada por la “cultura de la sospecha”; la sintonía con algunos planteamientos del new age; la conexión con sectores del feminismo radical...

 

Todos esos factores, y otros que podrían mencionarse, han estado presentes. No obstante me parece que dejan de lado lo fundamental: la realidad de Cristo. El hecho de que el libro intente –objetivamente hablando, sean cuales sean las motivaciones subjetivas de su autor o de sus editores- golpear la figura de Cristo y todo lo que con esa figura está no sólo religiosamente, sino también histórica o culturalmente, relacionado. Y el mundo occidental, aunque se resista a reconocer sus raíces cristianas, se sabe –al menos en el subconsciente colectivo- referido a Cristo y en consecuencia reacciona siempre ante lo que se refiere a su figura y a su historia.

 

Jesucristo, en efecto, no es un personaje mítico o de leyenda, sino un ser humano que nació, vivió y murió en una época y en un pueblo determinados. Proclamar la resurrección de Cristo no es enunciar de forma simbólica la aspiración humana a trascender la temporalidad, sino afirmar que el Jesús que nació en Belén, vivió en Nazaret y murió en el Calvario, a las afueras de Jerusalén, es el mismo que ha vencido a la muerte y ha vuelto a la vida. Confesar que Jesús es el Verbo encarnado, el Hijo eterno de Dios Padre hecho hombre, no es proclamar la presencia en el ser humano de un elemento divino, sino afirmar que Dios se ha hecho presente en la historia precisamente en el hijo de una mujer determinada: María, que vivía en un pueblo determinado: Nazaret.

 

En esa referencia a la historia, en esa distinción respecto del mito tal y como se encuentra en la religión grecorromana o en las sagas nórdicas, reposa la fuerza del cristianismo, su valoración radical de lo singular y de lo concreto. Pero ahí reposa también lo que podríamos calificar como su debilidad o, para ser más exactos, la posibilidad de que le afecten la investigación y los juicios históricos. Los mitos contienen –o pueden contener- verdad, pero se trata de una verdad que no está intrínsecamente vinculada a las narraciones a través de las que como tales mitos se expresan. En este sentido es indiferente a la historia, y permanece inalterado ante cuanto se atribuya a sus protagonistas, que no son figuras realmente existidas, sino expresiones simbólicas de dinamismos presentes en la naturaleza o de actitudes existenciales. En relación a Júpiter, a Juno o a Venus se pueden construir las más variadas narraciones, incluso contradictorias entre sí, sin que ello afecte a la fuerza, a la fertilidad o a la belleza de las que Júpiter, Juno y Venus son un símbolo.

 

Con Jesucristo, con Jesús de Nazaret, no ocurre lo mismo. Jesucristo trasciende la historia y nos introduce en la eternidad, precisamente porque en él la eternidad se ha hecho presente en el tiempo abriéndolo a la plena comunión con Dios. Lo que se diga sobre la historia concreta de Jesús afecta a la realidad de su figura, pudiendo incluso llegar –al menos en la intención- a destruirla. De ahí que el cristiano no pueda permanecer indiferente ante las afirmaciones o los debates historiográficos, sino que se sienta impulsado a intervenir en ellos. Y a hacerlo con el interés de quien advierte que ahí está comprometido el sentido de su existencia, y, a la vez, con la serenidad de quien, consciente por la fe de la historicidad de Jesús, sabe que la investigación histórica no puede por menos de confirmarla.

 

Pero si en la referencia a la historia tiene su origen uno de los retos con lo que el cristianismo se ha visto, y se verá, confrontado repetidas veces, ahí reposa también, como antes decíamos, su fuerza. La proclamación del valor de la singularidad histórica y concreta, que el cristianismo implica, condena al olvido el mito del eterno retorno y la comprensión del tiempo como el escenario en el que se reiteran acontecimientos siempre iguales. La fe cristiana trae consigo una afirmación del sujeto humano y de la grandeza de su destino que no tenía precedentes en la historia de las religiones. Así lo advirtieron quienes provenientes del paganismo accedieron a la fe cristiana durante la época apostólica, dejando de ello testimonios elocuentes.

 

Los evangelios gnósticos, a los que Dan Brown alude en su obra, no son el eco de una diversidad de interpretaciones de la figura de Cristo presentes desde los comienzos, sino una vuelta atrás respecto de los evangelios canónicos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) y de la tradición eclesial de la que esos evangelios proceden. Dicho en términos más concretamente, un rechazo de la novedad que la fe en Cristo implica, para retroceder en consecuencia hacia ese panteísmo que, de forma expresa en algunos casos, difusa en otras, permeaba el horizonte cultural del mundo precristiano. El conjunto de la comunidad cristiana –la catholica en expresión de san Agustín-, al enfrentarse con el gnosticismo no hizo sino reafirmar el legado apostólico, transmitiéndolo integro, y con la plenitud de sus implicaciones –también las antropológicas y las culturales-, a la posterioridad.

 

Hegel, con su peculiar capacidad sintética, expresó de forma un tanto esquemática, pero acertada, esa trascendencia de la novedad, también cultural, que la fe cristiana implica, en los pasajes de su obra en los que atribuye a la filosofía griega el descubrimiento del logos, de la racionalidad, y al cristianismo, el de la libertad. Al hacer esas afirmaciones Hegel, formado y crecido en un contexto luterano, tenía presente de forma inmediata la relectura de la fe cristiana realizada por Lutero. Pero su aserto se predica del cristianismo en su totalidad, y, a decir verdad, se queda corto, ya que –cito ahora al Fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá- “en todos los misterios de la fe católica aletea un canto a la libertad”. El mundo, según la fe cristiana, no es producto del caos o de la necesidad, sino creación, es decir, el fruto de una libre decisión divina. El pecado no es el resultado de una necesidad de la naturaleza o de una caída ontológica, sino la expresión de una decisión humana. La redención, la liberación del pecado, se alcanza a través de la libertad de un amor trinitario que llega hasta la entrega en la cruz. Y el hombre, marcado por el pecado, es restituido, en Cristo, a su libertad y llamado a enfrentarse esperanzada y responsablemente con el acontecer.

 

De ese núcleo de fe vive el creyente. De ese núcleo provienen también algunas de las convicciones y actitudes que, entre vaivenes y avatares, han sostenido la historia cultural de Occidente. La conciencia de la dignidad absoluta del ser humano, que debe ser siempre respetado sin que nada autorice a someterlo a vejaciones o torturas. La creatividad, fruto de la afirmación de la superioridad del hombre respecto del resto de la naturaleza. La solidaridad, al reconocer en todo hombre un hijo de ese Dios al que se confiesa como Padre y por tanto un hermano.  La esperanza, el optimismo y la capacidad de recuperación y de empeño que derivan de la confianza en una providencia divina que, a la par que rige la historia, invita a cada hombre y a cada mujer a asumir con decisión sus propias responsabilidades.

 

Quien conozca la historia de los dos mil años transcurridos desde Cristo hasta nuestros días sabe bien que esos resultados no se han alcanzado siempre fácilmente. Que ha habido retrocesos. Y que, en ocasiones, se ha llegado a ellos, por vías indirectas e incluso no expresamente vinculadas con la ortodoxia cristiana. Pero sabe también que esa ortodoxia, es decir, el núcleo de la fe en Cristo, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, está en la raíz tanto de la vivencia religiosa, como de las implicaciones culturales a las que esa vivencia ha conducido.

 

Ese es, a mi juicio, más allá de otras cuestiones, importantes sin duda, pero anecdóticas respecto a lo fundamental, el punto central del debate que suscita “El código Da Vinci”. En las declaraciones realizadas tanto por Ron Howard, director de la película, como por algunos de los actores (Tom Hanks, Jean Reno...) antes de la proyección en Cannes, afirmaron repetidas veces que el film era sencillamente un thriller, una fiction, una ficción, y no un tratado de teología o una obra de valor histórico. Esas afirmaciones –que contradicen la nitidez con que Dan Brown sostiene en el libro que su obra, en el contexto de una narración policiaca, hace referencia a facts, a hechos realmente acontecidos- pueden ser tal vez fruto de una sugerencia de la productora con vistas a paliar los efectos de algunas de las críticas recibidas. Pero, al menos en algún caso, parecen evidenciar algo más hondo: el reconocimiento más o menos claro de que con el libro y con la película subsiguiente se ha entrado en un terreno en el que no se puede proceder frívola y superficialmente, ya que están en juego dimensiones religiosas y culturales básicas.

 

La máquina mediática y de propaganda puesta en juego por la productora hará que el film siga su camino y obtenga una audiencia alta, aunque tal vez menor de la que los productores esperaban. En todo caso, dentro de más o menos meses, “El código Da Vinci” habrá cumplido su periplo histórico, quedando reducido a un episodio más de la historia de la cultura (o, si se prefiere hablar con más precisión, de la subcultura). Será entonces el momento de intentar valorar, en la medida de lo posible, la huella que haya podido dejar en unos o en otros ambientes.

 

Desde la perspectiva de creyente y de teólogo que me es propia una conclusión me parece decisiva. “El código Da Vinci”, no tanto en sí mismo sino por el eco que ha obtenido y el debate que ha provocado, pone de manifiesto el carácter de encrucijada que tiene la actual coyuntura cultural de Occidente. Para un creyente, que confiesa la divinidad de Cristo y sabe que Jesús prometió la perennidad a su Iglesia, ni el futuro de Cristo ni el de la Iglesia constituyen problema (aunque no olvida, ni puede olvidar, que su responsabilidad personal está en juego). El futuro de Occidente sí puede constituir, y constituye de hecho, problema, ya que nada, salvo la vitalidad espiritual de quienes lo integran, garantiza su pervivencia. Y es precisamente esa vitalidad lo que episodios como el protagonizado por “El código Da Vinci” invitan a reconsiderar.

 

José Luis Illanes 

Profesor de la Universidad de Navarra

y de la Pontificia Università della Santa Croce

Miembro de la Pontificia Accademia di Teologia

 
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Arvo Net, 28/01/2007

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