Una figura muy distinta en los
evangelios y en el gnosticismo.
Gonzalo Aranda Pérez
Profesor ordinario de Antiguo
Testamento
Universidad de Navarra.
ACEPRENSA
De las mujeres que aparecen en los evangelios la que más
relieve tiene, después de la Madre
de Jesús, es María Magdalena. Sin
duda porque ocupaba un lugar
destacado en los recuerdos que se
transmitían de la vida de Jesús.
Ante todo se la presenta como
testigo importante de la muerte y
resurrección del Señor. En Mateo,
Marcos y Lucas siempre se la
menciona la primera de un grupo de
mujeres que contemplaron de lejos la
crucifixión (Mc 15, 40-41 y par.),
vieron donde sepultaban a Jesús (Mc
15, 47) y, según san Mateo,
permanecieron sentadas frente al
sepulcro (Mt 27, 61). Se cuenta
también que el domingo de madrugada
María Magdalena y otras mujeres
volvieron de nuevo a ungir el cuerpo
con los aromas que habían comprado
(Mc 16, 1-7 y par.), y que entonces
recibieron de un ángel la noticia de
la resurrección y el encargo de ir a
comunicarlo a los discípulos (cfr.
Mc 16, 1-7 y par.).
San Lucas, y sólo él, da además la información de que muchas
mujeres que habían sido libradas de
enfermedades y de espíritus inmundos
seguían a Jesús en Galilea y le
servían con sus bienes, entre ellas
María, la llamada Magdalena, de la
que habían salido siete demonios (Lc
8, 2-3; Mc 16, 9).
San Juan narra las cosas de otra forma. La Magdalena aparece
al pie de la cruz y se la menciona
en último lugar tras la Madre de
Jesús, la hermana de ésta, y María,
mujer de Cleofás (Jn 19, 25).
Después cuenta que el domingo,
cuando aún era de noche, fue al
sepulcro y al ver la losa retirada
corrió a comunicarlo a Pedro y al
discípulo amado pensando que alguien
se había llevado el cuerpo (Jn 20,
1-2). Luego leemos que estaba
llorando junto al sepulcro, y a
continuación viene la escena en la
que se le apareció Jesús resucitado,
encargándole llevar a los discípulos
el mensaje de que subía al Padre (Jn
20, 11-18). En san Juan la figura de
la Magdalena está cargada de
simbolismo y representa a la Iglesia
que busca y encuentra a su Maestro
resucitado, y puede proclamar "he
visto al Señor".
Tres mujeres
De los relatos evangélicos no se deduce que María Magdalena
sea la pecadora que según Lc 7,
36-49 ungió a Jesús y le secó los
pies que había mojado con sus
lágrimas. Esta identificación se
extendió en la Iglesia latina a
finales del siglo VI con san
Gregorio Magno. Fue resultado de un
proceso de interpretación de los
evangelios que no carece de lógica,
pero que, ciertamente, no se impone.
A partir del año 200 algunos Santos
Padres y escritores eclesiásticos,
de Alejandría y del norte de África
(por ejemplo, Clemente de Alejandría
y más tarde san Ambrosio de Milán y
san Agustín) identificaron como una
sola mujer a las tres que aparecen
en los evangelios ungiendo a Jesús:
María de Betania hermana de Lázaro
(Jn 12, 1-8), otra cuyo nombre no se
dice (Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9), y la
mujer pecadora de la que habla Lc 7,
36-50. El paso siguiente fue la
identificación con la Magdalena.
De esta forma se ponían en armonía los distintos relatos
evangélicos y se simplificaban las
cosas. Con tal identificación no se
vituperaba su imagen, sino que
incluso quedaba ensalzada: también
san Pedro había negado al Maestro, y
san Pablo había sido perseguidor de
los cristianos, y muchos grandes
santos habían sido grandes pecadores
antes de su conversión.
Otros escritores, sobre todo en Oriente, mantuvieron la
distinción entre las tres (por
ejemplo, san Efrén y san Juan
Crisóstomo).
Receptora de revelaciones secretas
De la figura de la Magdalena que aparece en los evangelios
canónicos deriva la utilización que
de ella se hace en otros escritos
más o menos posteriores para
presentar revelaciones secretas de
Jesús. Se trata de obras cuyas
enseñanzas son discordantes con las
de la tradición apostólica recogida
en el Nuevo Testamento, y que
pertenecen a algunas de las
corrientes gnósticas que se dieron
en los siglos II y III. Aunque a
veces esas obras se han transmitido
con el título de "evangelio", en
realidad no pertenecen a ese género
literario, ya que ni contienen
narraciones acerca de la vida de
Jesús, ni sus autores están
interesados en ella. Los discípulos
suelen aparecer sólo como los que
preguntan y como los destinatarios
de revelaciones hechas tras la
resurrección.
No sorprende por tanto que María Magdalena fuera una de las
figuras preferidas en tales escritos
en cuanto receptora de la revelación
secreta, ya que a ella se apareció
el Señor tras la resurrección.
Normalmente no se la llama María
Magdalena, como sucede en los
evangelios, sino que se la nombra
únicamente como Mariam o Mariamne o
Mariham. Esto es signo de que su
identidad personal carece en cierto
modo de relieve; lo que importa es
lo que representa como gnóstica.
Mariam es prácticamente la única mujer que, junto a los
apóstoles, escucha las revelaciones
secretas de Jesús. Así la vemos en
"Evangelio de Tomás", "Diálogo del
Salvador", "Pistis Sofía" y otras
obras haciendo preguntas al
Salvador; a veces más preguntas que
cualquiera de los apóstoles.
En el "Evangelio de María", donde sólo ella es la
destinataria de la revelación hecha
por Jesús al ascender al cielo, se
dice que incluso Simón Pedro
reconoce en un momento dado que el
Señor le ha hablado y le da la
razón: porque la amó a ella más que
a las otras mujeres. Este recurso a
Mariam era una forma de justificar
las doctrinas apelando a esas
revelaciones.
Frente a la enseñanza apostólica
Otro rasgo que aparece destacado en los escritos gnósticos
es la oposición que muestran hacia
Mariam los apóstoles, especialmente
Simón Pedro. Esto refleja la
consideración negativa que algunos
gnósticos tenían de lo femenino, al
mismo tiempo que han de admitir la
condición de discípula de Mariam. Al
final del "Evangelio de María" se
narra que Pedro y Andrés recriminan
a Mariam diciéndole que se ha
inventado la revelación que acaba de
contarles; pero Leví acusa a Pedro
de actuar así por celos.
Estos datos se suelen interpretar como reflejo de una
polémica de la Iglesia oficial
contra el liderazgo espiritual de la
mujer que propugnarían algunos de
los grupos que produjeron esas
obras. Pero también pueden
entenderse como una forma de
resaltar, dentro de esos grupos, que
la doctrina apostólica transmitida
en nombre de Pedro o de otros
apóstoles estaba en contradicción
con la que ellos exponían en nombre
de Mariam.
También aparece Mariam como modelo de gnóstico,
especialmente en "Evangelio de
Felipe". Este escrito contiene una
serie bastante desordenada de
enseñanzas del Señor en forma de
reflexiones espirituales de cierta
amplitud. A pesar de la dificultad
de ver en él un sistema coherente,
su punto de partida parece ser la
doctrina de que el gnóstico alcanza
su perfección por la unión de su
parte femenina, es decir, su alma, y
la parte masculina, o sea, su ángel
proveniente del Pléroma o mundo
celeste.
Leyendas que ensalzan su figura
En estas representaciones Mariam es modelo del gnóstico
precisamente por ser figura feminina.
En una ocasión en que se menciona a
la Magdalena con este nombre es para
hacer notar que es "Mariam", igual
que la madre de Jesús y la hermana
de esta. Da la impresión de que el
nombre de Mariam se convierte en
símbolo de seguimiento de Cristo y
unión con él. En ese sentido
espiritual se habla de Mariam como
la que ha alcanzado la perfección
gnóstica.
Para expresarlo se dice en otro lugar que el Señor la besó
(si esa es la traducción correcta de
un verbo, "aspazein", que de por sí
significa "saludar") muchas veces.
Antes se ha hablado del "beso" como
"medio por el que el perfecto
concibe y da a luz", es decir, se
engendra a sí mismo como gnóstico
dentro del grupo; por eso, se dice,
"nos besamos unos a otros". Parece
que ese "beso"–transposición sin
duda del "beso santo" del que habla
san Pablo (Rom 16, 16; 1 Cor 16, 20;
etc)– podía formar parte de un
sacramento más elevado que el
bautismo e incluso que la
eucaristía, el llamado en ese
evangelio, por analogía a la unión
matrimonial, "la cámara nupcial". De
él se dice que "no es algo carnal,
sino que es puro".
Por todo eso entender ese pasaje como un testimonio
histórico de una relación sexual
entre Jesús y la Magdalena sería una
lectura simplista de ese evangelio,
al parecer, de comienzos del siglo
III y cuyo tono general es
precisamente el alejamiento de la
unión sexual. De hecho ningún
estudioso serio lo entiende de esa
forma.
Muy lejos de aquellas corrientes gnósticas, desaparecidas en
el siglo IV, en la Iglesia se fueron
creando leyendas encaminadas a
ensalzar la figura de la Magdalena.
En la Iglesia griega se contaba que
después de la resurrección se retiró
a Éfeso con la Santísima Virgen y
san Juan y que murió allí, siendo
después llevadas sus reliquias a
Constantinopla. En Francia a
mediados del siglo XI surgió la
leyenda, adornada con muchos
detalles, de que la Magdalena,
Lázaro y algunos más fueron a
Marsella y evangelizaron la
Provenza, que murió en Aix y que sus
reliquias fueron finalmente llevadas
a Vézelay.