Por
Julio de la Vega-Hazas Ramírez
Arvo
Net, 17.05.2006
Una conocida fábula de Hans
Christian Andersen es la del
emperador y el traje invisible. En
el reino de un emperador aficionado
a los trajes refinados, llegaron un
día dos sastres extranjeros,
precedidos de gran fama. “El
emperador –cuenta Andersen- les
concedió una audiencia de inmediato.
-
Quiero
ver esa famosa tela de la que tanto
hablan –exigió el emperador.
-
Aún no
la hemos tejido. Pero si su majestad
nos proporciona una habitación
espaciosa, unos telares y ciertos
materiales, confeccionaremos para su
excelencia esta magnífica tela –dijo
uno de los sastres.
-
Y
nosotros, por supuesto, como regalo,
añadiremos la magia –añadió el otro
sastre.
-
¿Qué
magia? –preguntó el emperador,
entusiasmado.
-
Nadie
que sea perverso o estúpido, que
esté en un cargo para el que no
sirve o que ocupe un lugar
inmerecido en la corte, podrá ver la
tela ni el vestido que haremos
–comentaron los sastres con ademán
de estar contando un secreto
importante.
-
¿Es eso
cierto? –exclamó el emperador-.
¡Asombroso! ¡Estupendo! Comiencen
ya, y, por favor, no escatimen nada.
De inmediato haré que les
proporcionen los materiales
necesarios para elaborar esa tela”.

Los sastres recopilaron
así gran cantidad de hilo de oro y
piedras preciosas, mientras
simulaban estar tejiendo. Los
ministros que supervisaban el
trabajo no podían ver nada, pero
nadie estaba dispuesto a pasar por
tonto o por inepto, por lo que
daban todo por bueno y así siguió la
farsa.
Cuando fue presentada en
la corte, nadie veía nada. Pero...
“hicieron cara de asombro, no por
ver la tela, sino por no verla y, en
su confusión, exclamaron:
-
¡Magnífica! ¡Realmente magnífica!
-
Observe
su majestad qué espléndidos
estampados ¡y qué colores! –decían
los cortesanos señalando los
telares, creyendo en verdad que los
otros veían lo que no podían ver.
¿Qué absurdo es éste?,
pensó el emperador. No puedo ver
nada. ¡Esto es horrible! ¿Soy un
estúpido? ¡Esto es lo peor que me ha
ocurrido! Nadie lo debe saber.
Aprobaré la tela como sea.
-
¡Oh, es
deliciosa, de verdad majestuosa!
–dijo el emperador en voz alta, con
una sonrisa de satisfacción de oreja
a oreja.- ¡Cuenta con mi
aprobación!”
Así llegamos al gran día
de la presentación oficial a todo el
reino. Todo el mundo fingía
admiración, pues nadie quería pasar
por tonto. Hasta que, por fin, un
niño de entre la multitud gritó:
“¡Pero si está desnudo!”. Al
principio, hubo desconcierto, hasta
que el sentido común consiguió
abrirse paso, y la multitud acabó
burlándose del emperador. Quedó en
ridículo y se descubrió el timo;
tarde, pues los sastres estafadores
habían huido con el rico botín.
La fábula es aún más
vieja: se recoge en el cuento nº 14
de El Conde Lucanor, escrito
en el siglo XIV (con la diferencia
de que quienes no lo veían no eran
aquí los tontos, sino los hijos
ilegítimos). Pone de manifiesto, en
todo caso, que la vanidad humana es
capaz de pasar por encima del
sentido común y aceptar las cosas
más descabelladas.
Esto viene a cuento de
que, dentro del ámbito de la
religión, es una de las claves para
entender una constante histórica que
ha recibido el nombre de
“gnosticismo”. El nombre viene del
griego gnosis, que significa
“conocimiento” (no se debe confundir
con el agnosticismo, pues la “a”
como prefijo significa negación: el
“no-conocimiento”). Reúne una
miriada de círculos esotéricos o
sectas que tienen en común afirmar
una visión de la auténtica realidad
que escapa al conocimiento del vulgo
y se reserva para un restringido
grupo de privilegiados que puede
alcanzar la iluminación necesaria
para alcanzar la “gnosis”.
El gnosticismo ha sido
una constante histórica: siempre ha
habido sectas gnósticas, y siempre
han sido religiones minoritarias.
Entre sus seguidores han
predominado, en contra de lo que
pudiera suponerse a primera vista,
personas de buena posición social y
cultural, como sucedía con los
cortesanos de la fábula. Y no puede
decirse que haya un origen
determinado de este tipo de grupos.
Por el contrario, se puede decir que
ninguna religión bien establecida se
ha librado de algún parasitismo
gnóstico. El cristianismo, por
supuesto, tampoco. Aparecieron
gnósticos tan al principio, que ya
hay en el Nuevo Testamento alguna
alusión a embaucadores que vienen
con extrañas fábulas. Es posible que
el descubrimiento reciente de un
manuscrito del llamado Evangelio
de Judas tenga valor
arqueológico, pero desde luego no
constituye un hallazgo sorprendente.
Ya está mencionado en las obras de
San Ireneo, en el siglo III. Es uno
más de una larga lista de escritos
gnósticos, como el Evangelio de
Matías, el Evangelio de
Felipe, los Hechos de Pedro,
los Hechos de Tomás, el
Apocalipsis de Adán, el
Evangelio de la verdad, el
Tratado de las tres naturalezas
y un largo etcétera. Alguno enlaza
con gnosticismos judíos anteriores a
Cristo. Los argumentos varían, pero
siempre hay un denominador común: la
Biblia está dirigida al vulgo
ignorante, mientras que estos
documentos revelan la auténtica
verdad, asequible tan sólo a unos
privilegiados.
Si nos ceñimos a los
gnosticismos de raíz cristiana y a
la actualidad, encontramos dos
filones de procedencia de sectas
gnósticas: Sudamérica (sobre todo
Colombia, Venezuela y Brasil) y
Europa occidental; a diferencia de
lo que sucede con sectas de otros
tipos, los Estados Unidos no son
aquí muy significativos. De América
del Sur –el filón más reciente-
vienen cosas como el llamado
Movimiento Gnóstico Cristiano
Universal, con alguna
implantación en España. Lo fundó en
1954 el colombiano Víctor Manuel
Gómez, que aseguró ser la última
reencarnación de antiguos sabios y
se hizo llamar “Venerable Maestro
Aun Weor”. Sostenía lo que
denominaba “gnosis del Cristo
cósmico”: Cristo, que había
estudiado en la pirámide de Kefrén y
viajado al Tíbet, legó una “liturgia
solar” para que quienes tuvieran
acceso a ella pudieran pasar del
“cuerpo lunar” o molecular al
“cuerpo solar” o astral. No falta,
como en la fábula, un toque de magia
–de dudoso gusto-, que proporciona
además la clave oculta para poder
entender lo que esconde la narración
de los Evangelios. Un típico
producto gnóstico.
En el mundo occidental
encontramos un mosaico de grupos,
que tienen antecedentes en otros
similares, en una cadena que se
remonta siglos. Esto permite hablar
de diversas tradiciones. Entre
ellas, destacan dos. La primera es
la rosacruciana, nombre que hace
alusión al legendario viajero alemán
del siglo XIII Christian
Rosenkreutz. En la actualidad, la
secta de este grupo mejor implantada
–España incluida- es AMORC (Antigua
y Mística Orden de la Rosa Cruz),
fundada en 1915 por el
norteamericano –algo poco común-
Harvey Spencer Lewis. Presenta una
mezcla de contenidos orientales
–hinduistas sobre todo-, símbolos
del antiguo Egipto y algún elemento
de origen cristiano. Su gnosis debe
llegar a la Gran Alma Universal, y
no falta el elemento mágico, que
aquí se llama alquimia espiritual.
Como suele ser común, reivindica que
fueron rosacrucianos personajes como
Leonardo o Newton.
La otra tradición
destacable es la templaria, radicada
sobre todo en Francia. Sus
exponentes tienen en común la
pretensión de ser continuadores de
los secretos de la antigua Orden
Templaria, suprimida en el siglo XIV,
cuando su último Gran Maestre,
Jacques de Molay, fue injustamente
ajusticiado en la hoguera en 1314.
Los “secretos” en realidad no tienen
nada que ver con los auténticos
templarios. En este gran saco, y
dependiendo de la miriada de sectas
de esta línea –más de quinientas
identificadas en Francia en los
últimos dos siglos- se pueden
encontrar todo tipo de santos
griales, tesoros ocultos y
revelaciones gnósticas supuestamente
conservadas por una minoría
iluminada a través de los siglos,
sobre Jesús y sus primeros
discípulos. Y, por supuesto, también
aquí es moneda común decir que
Leonardo, Descartes o Newton
pertenecían a esa secreta minoría.
El análisis de las doctrinas de cada
grupo, así como las influencias y
trasvases entre ellas o con otras
tradiciones, la masonería, etc., nos
introduciría en un enrevesado
laberinto tan complicado como
inútil.
En momentos de escasa
libertad religiosa, las sectas
gnósticas se encierran en un
hermetismo estricto. Pero cuando
pueden expresar con más libertad sus
ideas, la tentación de mostrarse
como seres de conocimiento
privilegiado es difícil de resistir.
Hay también en este aspecto un
paralelismo con la fábula: el
emperador tenía ganas de mostrar su
maravilloso traje al pueblo. Si el
deseo va aderezado con el encanto
del misterio y de lo mágico, se
convierte fácilmente en un producto
comercial. Puede dar lugar a una
erudita exposición gnóstica, como
ocurrió con el best-seller El
retorno de los brujos (de Louis
Pauwels y Jacques Bergier) hace
cuarenta años; a tratar la fantasía
como tal y convertirla en un cómic
filmado como es el caso del grial de
Indiana Jones; o a una novela
aderezada de morbo y con peor idea,
como sucede con El Código da
Vinci. En un sentido u otro, el
gnosticismo siempre ha sido una veta
para los buscadores de fantasías.
¿Qué sucede al final con
toda esta ilusión gnóstica? Si no se
toma en serio, simplemente
entretiene, y nada más. Si se toma
en serio, la fábula vuelve a ser
ilustrativa. Parece que hay un
primer momento de mezcla de
incertidumbre -¿y si es verdad?-,
curiosidad y fascinación. Después
acaba por imponerse el sentido
común, más propicio a salir de la
gente sencilla que de los
pretendidamente cultos e
inteligentes, más propensos a
mantener actitudes postizas por
vanidad o miedo a quedar en mala
posición. En la Roma del año 150
debía sonar muy moderna la doctrina
de Marción –un conocido gnóstico, al
que Tertuliano dedica una obra-,
según la cual Jesucristo era un
“eón” que rescató el mundo del
orgulloso Gran Arkhón que adoraban
los judíos, pero tardó poco en ser
considerada una ridícula fantasía, y
hoy nos cuesta entender que todo un
Tertuliano le dedicara tanta
atención. Hoy ocurrirá lo mismo.
Pero hay una última enseñanza
extraída de la fábula de Andersen.
Cuando todos recuperaron la
sensatez, los mágicos sastres
causantes de la estafa ya estaban
fuera de escena, disfrutando de sus
pingües ganancias a costa de los
ingenuos que deseaban ser
inteligentes a toda costa.

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