«El Código da Vinci»: ¿ficción o
realidad?
ABC, 9.5.2006 / Santiago Guijarro
Oporto
(Profesor de Teología de la
Universidad Pontificia de Salamanca)
¿Tendremos que agradecerle a Dan
Brown el habernos revelado los
verdaderos orígenes del cristianismo
y las claves para desenmascarar las
mentiras sobre las que la Iglesia
católica ha construido su posición
de poder? Es la pregunta que suscita
en muchos la lectura de su novela,
El código da Vinci, y que provocará
en muchos más su versión
cinematográfica.
La versión de Dan Brown sobre los
orígenes del cristianismo se expone
ampliamente hacia la mitad del
libro, cuando los protagonistas del
relato, el profesor Robert Langdom y
la criptóloga Sophie Neveu, se
encuentran con sir Leigh Teabing, un
noble inglés a quien se presenta
como personaje ilustrado. A lo largo
de casi diez capítulos estos tres
personajes mantienen una larga
conversación en la que se descubren
las causas de la muerte del
renombrado restaurador del Louvre,
Jacques Sauniére, y de la trama que
la ha provocado.
El cristianismo, según Brown, fue
una construcción del emperador
Constantino, que vio en la naciente
religión un instrumento ideal para
consolidar su poder. Fue él quien
consiguió que Jesús fuera reconocido
como Dios en el concilio de Nicea a
comienzos del siglo cuarto. Antes de
él, Jesús era considerado un hombre
grande y poderoso, pero sólo un
hombre. Constantino, y la Iglesia
después de él, ocultaron cuanto
pudieron esta condición humana de
Jesús. Ocultaron, sobre todo, su
relación con María Magdalena, que
dio lugar a una estirpe regia. Para
enterrar de forma efectiva la
memoria de este Jesús humano,
Constantino y la Iglesia realizaron
una escrupulosa selección de las
memorias sobre Jesús, los
Evangelios, conservando sólo
aquéllos que reconocían su divinidad
y desechando los que le consideraban
simplemente humano.
Esta reconstrucción de los orígenes
del cristianismo combina hábilmente
el dato histórico del llamado «giro
constantiniano» con otra serie de
afirmaciones carentes de todo
fundamento histórico, que se cobijan
bajo su sombra. Nadie puede negar
que el reconocimiento del
cristianismo por parte de
Constantino supuso un notable
impulso para su implantación en el
Imperio Romano, pero decir que el
cristianismo fue una invención suya,
afirmando que Jesús estuvo casado
con María Magdalena, que su
divinidad fue reconocida sólo en el
siglo IV y que la selección de los
cuatro Evangelios canónicos fue un
hecho totalmente arbitrario es algo
muy distinto.
El lector avisado sabe que estas
afirmaciones forman parte de la
ficción de la novela, pero, dado que
muchos las han tomado al pie de la
letra, no es ocioso preguntarse por
qué se ha producido esta asombrosa
metamorfosis. Ciertamente no puede
explicarse del todo por la habilidad
literaria del autor, ni por su
erudición, que, al menos en lo que
se refiere al cristianismo antiguo,
deja mucho que desear. Tampoco puede
explicarse sólo por la extendida
ignorancia acerca de estos temas,
ciertamente complejos y por ello
fácilmente manipulables. Estos dos
factores son una buena combinación
que explica parte del éxito de la
novela y la transformación a que ha
dado lugar. Pero no son el factor
determinante. El factor determinante
es, a mi modo de ver, que Dan Brown
ha presentado, en el momento
adecuado y a través de un formato
fácilmente accesible, una
reconstrucción del pasado que
redefine el papel de la religión
mayoritaria de Occidente.
Probablemente no ha sido ésta su
intención, pero la forma en que ha
sido recibida su novela ha producido
este efecto. Lo más relevante de
todo este fenómeno no es la novela
en sí, sino su «recepción».
El hecho de que la reconstrucción de
los orígenes del cristianismo
realizada por Dan Brown de forma
tosca en el marco de un relato de
ficción se haya convertido para
muchos en una interpretación
autorizada del surgimiento de la
religión mayoritaria de Occidente es
muy significativo. Es obvio que han
sido las preocupaciones y las
circunstancias que viven los
lectores las que han obrado esta
transformación. Maurice Hallbwachs
mostró hace ya más de medio siglo
que los grupos construyen y
reconstruyen su pasado guiados, en
parte, por los intereses y
preocupaciones de las situaciones
que viven en el presente. La
recuperación del pasado no es nunca
inocente, porque un grupo o una
sociedad son, en gran medida,
aquello que recuerdan acerca de sí
mismos, y por ello la memoria social
es un elemento determinante de la
identidad social.
La redefinición de los orígenes del
cristianismo propuesta por Dan Brown
en su novela tiene el efecto de
borrar uno de los elementos que
configuran la identidad colectiva de
las sociedades occidentales. Si el
cristianismo fue una invención,
entonces podemos prescindir de él a
la hora de construir nuestra
identidad como sociedad emancipada
de toda tutela. En este sentido, la
recepción de El código da Vinci es
un fenómeno social paralelo al
debate suscitado en torno a la
mención de las raíces cristianas de
Europa en la Constitución Europea.
El Occidente postcristiano quiere
borrar de su memoria compartida sus
orígenes cristianos y la mejor
manera de hacerlo consiste en
estigmatizarlos.
Lo que revela la recepción de este
libro, lo mismo que la acogida que
suele dispensarse a otras
publicaciones pretendidamente
científicas que tratan sobre
sociedades ocultas, secretos
escondidos o perversas tramas
eclesiásticas, es una reacción
adversa frente a la religión
institucionalizada, que en Occidente
se identifica con la Iglesia
católica y, sobre todo, con el
Vaticano.
Es admirable la facilidad con que se
pueden difundir y aceptar
interpretaciones carentes de todo
rigor histórico sobre las raíces de
nuestra identidad compartida. De
hecho, lo más relevante del fenómeno
«da Vinci» no es haber propuesto una
de estas interpretaciones, sino que
el intento haya logrado, en muchos
casos, convertir la ficción en
realidad.