1. ALGUNOS ERRORES Y
FANTASIAS EN EL CODIGO DA VINCI
Por Antonio R. Rubio
Plo
Alguien podría alegar
que El Código da Vinci es una novela,
un relato de ficción al que no hay que dar
demasiada importancia. Lo que pasa es que
Dan Brown presenta su obra como un
descubrimiento de la auténtica realidad
sobre Jesús.
Quizás el principal
argumento de Sir Leigh Teabing, el
historiador que es uno de los principales
personajes de El Código Da Vinci de
Dan Brown, sería éste: “¿Puedes demostrar
que la Biblia es verdad”? Se le podría, a su
vez, responder: “¿Puedes demostrar que son
verdaderas tus afirmaciones con las que
quieres asegurar que Jesús de Nazareth, el
Hijo de Dios para los cristianos, es un
personaje manipulado por una Iglesia que se
movería sólo por oscuros intereses de
poder”? La pregunta se hace extensiva al
propio Dan Brown. De la lectura detallada de
su libro también podríamos sacar una
conclusión: “¿Cómo puede ajustarse a la
verdad un libro que contiene numerosos
errores históricos, y que además indica un
profundo desconocimiento, por parte de su
autor, sobre lo que es la Iglesia
católica?”. Estamos ante un relato de
fantasía, con todos los ingredientes
comerciales para ser un best seller,
sobre todo en una época en que muchas
personas se ensimisman en lo misterioso y en
lo oculto en un intento vano de escapar a la
supuesta monotonía de sus vidas.
“Ni son ciencias ni
están ocultas” dijo una vez un profesor con
sentido común a un alumno que le confesó su
interés por los temas esotéricos. Además en
las críticas a la fe religiosa, ¿no se nos
ha repetido, desde hace más de dos siglos,
que lo que realmente importa es la razón
humana? Pero ¿dónde está esa racionalidad en
un mundo que hoy se deja llevar por las
supersticiones y los conocimientos
“secretos” para unos pocos iniciados, y que
parece adherirse no al “pienso, luego
existo” sino al “siento, luego existo”?
El Código Da Vinci ha triunfado,
entre otras cosas, porque alienta este
mensaje que pretende “tranquilizar” a
algunos y hasta servirles de supuesta
coartada: “Nos han estado engañando durante
veintiún siglos”. Es curioso que afirmen que
todo es mentira aquellos que se proclaman
relativistas. ¿No es el relativismo el arte
de moverse con habilidad entre las aguas de
la verdad y de la mentira por parte de quien
ya no es capaz de distinguir entre una y
otra? Es muy cierto que el libro está lleno
tanto de errores como de fantasías,
denominaciones que podrían ser perfectamente
intercambiables. Estamos ante un engaño
disfrazado, eso sí de ficción literaria. Su
carácter de ficción admite la poca
consistencia de sus argumentos, pero tampoco
pretende aportar grandes tesis. Basta tan
sólo con sembrar la duda y, por tanto, la
desconfianza, y si éstas caen en terreno
abonado... De ahí que en muchos casos
estemos ante un autoengaño por parte de
algunos lectores pues el libro les da
precisamente aquello que quieren leer. Si
fuera una novela en que se desmitificara,
por ejemplo, el caso Galileo, no hubiera
tenido tanta difusión entre unos
determinados ambientes siempre dispuestos a
señalar con el dedo acusatorio a la Iglesia
católica.
Presentamos a
continuación algunos de los errores o
fantasías del libro de Brown, que no agotan,
por supuesto, muchos otros existentes. De
hecho, podría escribirse otro libro con
ellos. En cualquier caso, su principal
falacia es que un relato de ficción pretenda
revestirse de las apariencias de la búsqueda
de la verdad y de la objetividad.
UN ELOGIO DEL PAGANISMO
Robert
Langdon, protagonista de El Código da
Vinci, es un profesor de “simbología
religiosa” en Harvard, aunque esta materia
no existe ni en ésa ni en ninguna otra
universidad seria. Eso no quiere decir que
no existan interesantes estudios sobre
simbología, que nos ayudan a entender el
significado del arte, sobre todo religioso.
Lo cierto es que Langdon hace constantemente
un elogio, por activa o por pasiva, de las
religiones paganas anteriores al
cristianismo. Insiste en que lo pagano no es
satánico, tal y como se afirmara en los
primeros siglos cristianos, cuando los
ídolos de esas religiones eran asimilados a
los demonios. Para Langdon, el paganismo es
tan sólo el culto a la Naturaleza, expresado
en diferentes dioses, y que conservaron los
campesinos del Imperio romano (el nombre se
deriva de pagus, aldea) tras el
triunfo del cristianismo en el siglo IV.
Según Langdon, lo pagano acabó
convirtiéndose injustamente en sinónimo de
lo villano, lo malvado o lo ruin.
Este desprecio por el
paganismo respondería además una
conspiración de los cristianos para borrar
el lado femenino en la religión, pues en el
paganismo había muchas diosas. Podría
tomarse esto por una apología feminista,
pero también cabe deducir que el ideal de
Langdon sería el andrógino, el hermafrodita
(presente, por cierto, en la mitología
griega), y hoy también vivo en la figura del
“metrosexual” y que acaso tendría acaso otro
precedente en el petimetre de la literatura
del siglo XVIII. ¿Sería ése el auténtico
equilibrio del ser humano del que algunos
hablan? ¿Dónde esta ahí lo natural, que
tanto se predica? Y es que al leer este nos
queda la impresión de que hay quien querría
dar por superada la existencia de los sexos
–o de los géneros, como ahora se dice- y
crear un nuevo ser con características de
ambos. Si lo hemos visto en esas revistas de
divulgación supuestamente científica, que
proliferan en los quioscos, tampoco nos
extrañará ver esa idea implícita en El
Código da Vinci. De su lectura podríamos
incluso especular sobre si la Mona Lisa
de Leonardo era, en realidad, un ser
andrógino.
En opinión de Langdon,
el cristianismo se apropió de los símbolos
paganos. Cita algunos ejemplos: el 25 de
diciembre, día del nacimiento del dios
pagano del Sol, pasó a celebrarse la Navidad
o nacimiento de Cristo; el domingo o día
elegido por los cristianos para su fiesta
semanal era también el del culto al Sol
(está presente en el sunday del
idioma inglés)... En realidad, la fiesta de
la Navidad fue fijada en la Iglesia oriental
hacia el 379 ó 380, muchos años después del
reinado de Constantino, a quien se atribuye
el establecimiento de esa fiesta en el 25 de
diciembre. En realidad, la fecha de la
muerte de Jesús ya había sido celebrada por
los cristianos del siglo II en el 25 de
marzo, día también de la encarnación de
Jesús y que coincide además aproximadamente
con la Pascua judía, acontecimiento que
coincidió, según nos relatan los evangelios,
con la muerte de Jesús. Al parecer, al fijar
esa fecha los cristianos seguían la
tradición judía de que los grandes profetas
morían el mismo día el mismo día en que
habían nacido o habían sido concebidos. Si
aceptamos el 25 de marzo como fecha de la
concepción, nueve meses después tenemos el
25 de diciembre. En cualquier caso, no hay
ninguna relación directa entre el 25 de
diciembre cristiano y la fiesta pagana del
nacimiento del Sol. Respecto al domingo, el
día del Señor en que se conmemora la
resurrección de Cristo, era celebrado por
los cristianos desde el siglo I, tal y como
podemos leer en los Hechos de los Apóstoles
(20, 7), aunque también hay un testimonio
más explícito de San Justino, filósofo
cristiano del siglo II, que describe en su
Primera Apología la celebración
eucarística del domingo.
CAZA DE
BRUJAS Y RITOS PAGANOS
Otra de las
afirmaciones del Código da Vinci es
que la Iglesia quemó cinco millones de
brujas en trescientos años. Aunque no se
dice, debe tratarse del período comprendido
entre los siglos XVI y XIX, pero las cifras
son tan exageradas como la extensión del
período, que debió abarcar una parte de los
siglos XVI y XVII. Los lugares debieron ser,
sobre todo, Francia, Alemania y Suiza,
países convulsionados entonces por las
luchas político-religiosas entre católicos y
protestantes. En algunos casos encontramos
como responsables a autoridades católicas o
protestantes, pero son muchos más los
ejemplos de autoridades civiles. Por cierto,
¿a qué categoría, civil o religiosa,
pertenecerían los responsables de la célebre
“caza de brujas” en Salem, Massachussets, a
finales del siglo XVII? Y es que en el
calvinismo, en su versión de los puritanos
de Nueva Inglaterra o en la de la Ginebra de
Calvino, difícilmente podía distinguir dónde
empieza la esfera civil y la religiosa. En
todo caso, para Teabing, el historiador de
la novela, la “caza de brujas” sería una
muestra de la continua persecución de lo
femenino por parte de la Iglesia. Para él,
además lo femenino va asociado a la Madre
Tierra, a la Naturaleza, con lo que el
trasfondo del mensaje del libro adquiere
tintes más o menos ecologistas, además de
feministas. De ahí que tampoco sea extraño
que ese mensaje se vuelva izquierdista,
pues, según Teabing, la izquierda ha
representado siempre lo negativo, mientras
que la derecha evoca lo positivo, la
corrección, la destreza y la legalidad. Sin
embargo, los conceptos de izquierda y
derecha vienen de la Revolución Francesa,
cuando los diputados se sentaban a la
izquierda o la derecha del presidente de las
asambleas. Es un contrasentido histórico
hablar, por tanto, de persecución de la
izquierda a lo largo de veintiún siglos de
cristianismo.
Langdon tampoco
entiende la presencia del crucifijo en la
religión católica: ¿cómo se puede venerar un
instrumento de tortura? No es casualidad que
el crucifijo no esté presente en las
iglesias protestantes y que las imágenes de
Jesús, utilizadas por quienes gustan de lo
esotérico o ven en él a uno de tantos
profetas, nunca vayan asociadas a su
crucifixión. Es, desde luego, una imagen
molesta para algunas sensibilidades, las
mismas que, con Nietzsche, pensaban que ha
llegado el momento de sustituir la corona de
espinas por la corona de rosas. De ahí sólo
hay un paso hacia la idealización del
paganismo y de otras religiones antiguas: en
ellas existía incluso la prostitución
sagrada en los templos. Esto es lo que nos
recuerdan las afirmaciones de Langdon que
idealizan la unión sexual de hombres y
mujeres como medio para alcanzar una especie
de nirvana, algo así como una experiencia de
la divinidad, que, por cierto, debe ser un
tanto breve. ¿No aletean por ahí las teorías
de Freud? Ni que decir tiene que Langdon no
hace ninguna alusión a la fecundidad –y eso
que hay unas cuantas diosas paganas de la
fecundidad- ni mucho menos a ningún tipo de
convivencia estable, por no decir
matrimonio. Un ejemplo gráfico es el ritual
de entrada de la primavera que contempla
Sophie, la protagonista femenina de la
novela, y en el que el “oficiante” es su
tío, el gran maestre de la sociedad secreta
que aparece en el libro: el priorato de la
Orden de Sión. ¿No es demasiada literatura
–con todo su lenguaje florido de naturaleza,
armonías y energías- para adornar el
erotismo?
Lo que nos parece una
contradicción es que, después de tanto
elogiar a las religiones paganas, el
historiador Teabing acabe proclamando que
todas las religiones están basadas en
invenciones. Entendemos que Teabing vea
invenciones en el cristianismo, pero si
tampoco las religiones paganas, tan alabadas
en el libro, contienen alguna verdad, ¿en
qué debemos creer? Seguramente sólo en
nosotros mismos, observadores perpetuos con
el monóculo del escepticismo, salvo en los
dogmas de lo políticamente correcto. El
historiador de la novela se parece a esos
paganos de la Roma antigua que no creían en
su interior en los dioses paganos, pero
hacían como que creían y participaban en
toda clase de ceremonias externas, pues
presumir de ateísmo podía socavar el orden
social y político existente.
LA
DIVINIDAD DE CRISTO Y LOS EVANGELIOS
GNOSTICOS
Entre las
afirmaciones de Teabing no falta la de que
la Biblia es un producto del hombre, no de
Dios. Dice también que fue Constantino el
que tuvo el propósito de unificar Roma con
el cristianismo por medio del concilio de
Nicea (325), aunque en El Código da Vinci
no hay la más mínima referencia al
arrianismo, doctrina que fue condenada en
dicho concilio y que niega la divinidad de
Cristo, exactamente igual que en la novela
de Dan Brown. No obstante, Teabing afirma
que antes de Nicea, Jesús (nunca se le llama
Cristo en el libro) era un mortal para los
cristianos. ¡Extraña religión que durante
cuatro siglos había seguido a un simple
mortal! ¿Cómo tomaban los cristianos por el
Señor a alguien que sólo era mortal? ¿Qué
llevaba a los mártires a padecer por él?
¿Nunca se había hablado en aquel tiempo de
la resurrección de Cristo, presente en los
Evangelios y en todos y cada uno de los
escritos del Nuevo Testamento? Pero en la
novela se señala que en Nicea fue aprobada
la divinidad de Jesús en una votación muy
ajustada. Este sería el origen de la Iglesia
católica, apostólica y romana, sin embargo
la Iglesia ya era romana desde que Pedro, el
primer Papa, se estableció en Roma.
Según Teabing,
Constantino habría hecho elaborar una Biblia
en la que hay referencias a la divinidad de
Cristo. Se habrían suprimido todos aquellos
textos en que no existen esas alusiones. Si
esto es así, los secuaces de Constantino,
que parecía tener más poder que el Papa,
habrían tenido que elaborar apresuradamente
el canon de libros del Nuevo Testamento. No
obstante, los testimonios de los Padres de
la Iglesia del siglo II ya nos señalan la
existencia de unos libros básicos en la fe
cristiana: los cuatro evangelios y las
cartas de San Pablo. Con todo, insiste
Teabing en que se salvaron los manuscritos
del Mar Muerto (dice que se descubrieron en
la década de 1950, cuando en realidad los
descubrió accidentalmente un beduino jordano
en 1947) y los llamados evangelios
gnósticos. Mas los manuscritos del mar
Muerto no son textos cristianos sino que
pertenecen a la secta judía de los esenios.
Respecto a los evangelios gnósticos, es
significativo que en ninguno se hable de la
Pasión y Muerte de Jesús, punto central del
Misterio cristiano. No es extraño, pues el
gnosticismo (“gnosis” significa
conocimiento) presume de ser espiritualista
y todo aquello que tenga que ver con el
sufrimiento o la muerte le repele. Tampoco
se ven en estos evangelios que Jesús tenga
sentimientos humanos –hambre, sed, sueño-,
tal y como nos presentan los evangelios
cristianos. El gnosticismo rechaza el cuerpo
y el mundo material: considera que el cuerpo
es una prisión del espíritu pero la
liberación espiritual sólo lo alcanzan unos
pocos iniciados. Así, la religión, que tiene
más de magia y rito que de creencia, se
transforma en un asunto puramente
individual. ¿No nos recuerda esto ese “sé tú
mismo” que tanto predican los profetas de la
New Age y de las religiones de
supermercado que nos inundan con sus libros,
revistas y programas televisivos? Nada que
ver con el “conócete a ti mismo” socrático,
pero ese eslogan lleno de racionalidad no es
políticamente correcto en esta época de
espiritualismos desencarnados.
MARIA MAGDALENA
Otra afirmación de
Teabing es que los evangelios gnósticos son
las únicas fuentes que nos permitirían
vislumbrar la verdad sobre María Magdalena,
que fue difamada y tachada de prostituta
por la Iglesia primitiva. No es cierto, pues
la Iglesia la considera como santa, ya que
estuvo junto a la cruz de Jesús y anunció a
los apóstoles la Resurrección del Maestro
(Jn 20, 11-18). En ningún momento se dice en
los evangelios que fuera una prostituta. En
el de Lucas (8, 2-3) se la menciona entre
las mujeres que seguían a Jesús, pues había
echado de ella siete demonios. Es cierto que
en el capítulo anterior de este mismo
evangelista, se narra que una pecadora ungió
con perfume los pies del Maestro (Lc 7,
36-49), mas no hay ningún indicio que la
identifique con María Magdalena. Mas la gran
“revelación” de la novela de Brown es que
Jesús se casó con Magdalena, según se
deduciría de algunos evangelios gnósticos.
Por ejemplo, en el Evangelio de María
Magdalena, Pedro reprocha a Jesús que la
prefiere a los apóstoles. Es otro ejemplo
más de rechazo del primado de Pedro, del
antirromanismo característico del
protestantismo, y otro motivo para acusar al
catolicismo de misógino. Sin embargo, ¿por
qué no cita Brown un evangelio gnóstico como
el de Tomás? En él se pone en boca de Jesús:
“Porque cada mujer que se haga a sí misma
varón entrará en el reino de los cielos”. Si
de esto se deduce que los gnósticos del
siglo II eran feministas...
Otra de las
ocurrencias de Teabing es que María
Magdalena pertenecía a la tribu de Benjamín,
y era además de sangre real. Así pues, el
supuesto matrimonio de Jesús y María
continuaría esa estirpe. Pero, ¿dónde está
la realeza en la tribu de Benjamín? Sólo la
encontramos en Saúl, primer rey de Israel
(libro I de Samuel), pero allí también se
lee que ese rey perdió la confianza de Dios:
el profeta Samuel le dice que su reino no se
mantendrá (I Sam 13, 13). Mas sigamos con
las fantasías de Teabing: tras la muerte de
Jesús, María habría dado a luz a una niña
llamada Sara. Con la ayuda del tío (¡) de
Jesús, José de Arimatea, Magdalena viajó en
secreto a Francia. Su linaje se perpetuaría
hasta el siglo V, en el que sus
descendientes habrían emparentado con los
reyes merovingios. Por cierto, en la novela
se dice que los merovingios fundaron París,
aunque sus fundadores fueron una tribu
céltica del siglo III a de C., los
parisii. De cualquier modo, los romanos
ya conocían París y le dieron el nombre de
Lutetia. Según Teabing, Dagoberto fue
el último rey merovingio (finales del siglo
VII), y entre sus descendientes estaría
Godofredo de Bouillon, uno de los líderes de
la primera cruzada. Pero el último rey
merovingio fue Chilperico III y fue depuesto
por Pipino el Breve, fundador de la dinastía
carolingia y padre de Carlomagno, y esto
sucedió a mediados del siglo VIII. Teabing
está implícitamente desechando la
legitimidad de los carolingios, en
particular la de Carlomagno, coronado como
emperador de Occidente por el Papa León III
en el año 800. Nos está queriendo decir que
hubo una conspiración promovida por el
sucesor de Pedro y los carolingios,
continuadores entonces del imperio de
Constantino, para eliminar a la dinastía
merovingia, los verdaderos descendientes de
Jesús y María Magdalena. Vuelve a salir de
nuevo el antirromanismo.
Teabing señala además
que, con el cambio de milenio, habría
llegado el momento de revelar el gran
secreto, celosamente guardado por la Iglesia
católica. Hemos entrado en la Era de Acuario
(¡otra vez la New Age!) y se acabó la
Era de Piscis (el pez es el símbolo
cristiano que encontramos, por ejemplo, en
las Catacumbas). El mensaje concluyente de
Teabing podría figurar en la contraportada
de cualquier libro de autoayuda: “Los
hombres aprenderán la verdad y aprenderán
por sí mismos”. Y es que en la Era de
Piscis, el hombre no debía de pensar por sí
mismo.
LEONARDO DA VINCI Y EL
SANTO GRIAL
Según
El Código da Vinci, Leonardo era
homosexual y adorador de la naturaleza, pero
no se aportan pruebas concluyentes. Una cosa
es que Leonardo pudiera ser un tanto
anticlerical, como algunos sabios
renacentistas, y otra que no fuera
creyente. Se afirma además en el libro que
el artista aceptó cientos de encargos
lucrativos que le hizo el Vaticano. No es
cierto, pues Leonardo apenas estuvo en Roma,
y desarrolló su carrera principalmente en
Milán y la corte francesa. Con Leonardo, el
personaje de Langdon vuelve a expresar su
interés por lo andrógino – o por lo
homosexual, que no está tan distante-, y así
llega a decir que la Mona Lisa es Leonardo
disfrazado de mujer. Es más: Mona Lisa sería
un anagrama de los dioses egipcios Amón e
Isis, un ejemplo del equilibrio entre lo
masculino y lo femenino. Mas no es cierto
que Amón tenga nada que ver con la
fertilidad, pues no estaba asociado este
dios solar a la diosa Isis, que sí
simbolizaba lo fértil. En cualquier caso,
Leonardo nunca dio el nombre de Mona Lisa a
este retrato. Lo hizo su biógrafo Giorgio
Vasari tres décadas después de su muerte. No
obstante, se atribuye la identidad de la
retratada a Lisa, esposa de un ciudadano
florentino llamado Francesco del Giocondo.
Sophie, la protagonista
de la novela, usa el cuadro de Leonardo “La
Virgen de las Rocas”, como un escudo y lo
aprieta junto a su cuerpo. Es asombroso
porque es una tabla de madera, no un lienzo,
y mide casi dos metros de altura. Se nos
dice también que el paisaje tenebroso de
este cuadro representa un lugar de Escocia,
con lo cual se enlaza con las leyendas del
Santo Grial y el ciclo artúrico. Mas en la
novela, el Grial no es el cáliz de la Ultima
Cena sino una mujer, María Magdalena. Ella
es, y no Juan, el personaje que está más
cerca de Jesús en La Ultima Cena de
Leonardo. Si esto es así, ¿por qué no
aparece también en el cuadro este
discípulo, tan citado en los evangelios? Al
hablar de este cuadro, se da pie también a
otro error. Dan Brown debe de creer que la
escena representa la institución de la
Eucaristía, pero cómo no se ve el cáliz, el
novelista concluye que en realidad el cáliz
es un símbolo del vientre femenino, de la
fecundidad y de la diosa. El Grial es, por
tanto, la mismísima Magdalena, que estaría
al lado de Jesús. Brown se equivoca, pues el
cuadro lo que realmente representa es el
momento en que el Maestro revela a sus
apóstoles que uno de ellos le habrá de
traicionar (Jn 13, 21-30). No es necesario,
en consecuencia, que aparezcan en escena el
pan y el cáliz.
La conclusión de toda
estas teorías, expuestas en boca de Robert
Langdon, es que el varón creó el concepto de
pecado original, pues Eva resulta culpable
de haberle engañado con la manzana. Nada de
eso se dice en el Génesis: allí se dice que
quien engaña es la serpiente. Ella
representa al enemigo del ser humano, el
demonio, el que arroja la sospecha sobre el
propio Dios e incita a Adán y Eva a pecar
(Gn 2, 1-6).
UN
“MONJE” DEL OPUS DEI
El asesino de la
novela es el albino Silas, al que se
califica de monje del Opus Dei, y va por ahí
eliminando gente, sin desprenderse de su
hábito. Es evidente la falsedad, pues el
Opus Dei no es una orden religiosa sino una
prelatura de la Iglesia católica, y está
integrada por laicos y sacerdotes. Su sede
central no está en la Lexington Avenue de
Nueva York sino en Roma, al contrario de lo
que se dice en la novela. No hay tampoco
ningún “Maestro” (¡otra vez la religión para
unos pocos iniciados!) en la Obra. Se diría
que el Opus Dei juega en estas páginas el
mismo tópico papel que desempeñaron los
jesuitas en siglos anteriores: una especie
de “larga mano” del Papado, un supuesto
centro de poder más poderoso que el propio
Vaticano. Al final aparece en el libro un
Papa “reformista” que está dispuesto a
anular la concesión de la Prelatura y que
llega a proponer que los miembros de la Obra
se separen de la Iglesia y formen un grupo
aparte. Algo absolutamente inverosímil,
tanto como el citado monje Silas, que nos
recuerda a los personajes literarios del
monstruo de Frankestein y de Quasimodo. Es
el prototipo del asesino torpe y manipulado
por otros, y para ser un ultraortodoxo
católico, no tiene mucha idea de lo que
puede haber en el altar de una iglesia, pues
cuando visita la iglesia de Saint Sulpice en
París, descubre una inscripción referente a
un pasaje del libro de Job (38, 11). A Silas
no se le ocurre otra cosa que consultar
este pasaje en una Biblia que hay en el
altar. Mas en los altares católicos no se
encuentran biblias sino misales.
EL PRIORATO DE SION
Según El
Código da Vinci, Godofredo de Bouillon,
descendiente de los reyes merovingios y
participante en la Primera Cruzada, habría
sido el encargado de velar por los
documentos que supuestamente aparecieron
bajo las ruinas del templo de Herodes, y
bajo las del templo de Salomón. Estos
documentos contendrían, por supuesto, la
verdadera historia de Jesús y la Magdalena.
La Iglesia habría querido hacerse con ellos,
pero los templarios, detentadores del
secreto, habrían chantajeado al Papado con
su divulgación, lo que les habría producido
un poder político y religioso inusitado en
Europa Occidental hasta principios del siglo
XIV, cuando en 1307 la codicia del rey
francés Felipe IV llevó a la supresión de la
orden, medida autorizada por el Papa
Clemente V. En la novela no se habla del
papel del rey francés y se cargan las tintas
sobre el Papa que no residía en Roma, como
se dice en el libro, sino en Aviñón. Desde
entonces las leyendas sobre los templarios
han estado ligadas a todos los esoterismos
posibles, y en particular a la masonería.
Pero no fueron ellos los impulsores del arte
gótico –otra falsedad- sino los monjes
cistercieneses. Godofredo de Bouillon
tampoco fue un fundador de los templarios,
pues murió en 1100, un año después de la
conquista de Jerusalén por los cruzados. La
fundación de la orden tuvo lugar
aproximadamente dos décadas después.
El Priorato de la Orden
de Sión sería el continuador de los
templarios, algo que ya apareció en el libro
El enigma sagrado, aparecido en 1981,
traducido a diversos idiomas y ampliamente
divulgado por una serie documental de la
BBC. Su primer gran maestre habría sido
Godofredo de Bouillon, pero lo más
inverosímil es la lista de dirigentes que se
han sucedido a lo largo de los siglos. Se
trata de celebridades como Sandro Botticelli,
Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Víctor
Hugo, Claude Debussy o Jean Cocteau.
Naturalmente falta el nombre del gran
maestre actual... Mas la referencia a esta
supuesta orden es mucho más reciente: se
remonta a finales de la década de1950 y se
relaciona con las andanzas de Pierre
Plantard, un individuo que se presentaba
como descendiente de los reyes merovingios y
que estaba relacionado con grupos de extrema
derecha de marcado carácter antisemita. Un
detalle para reflexionar: quienes sean
antisemitas, forzosamente tienen que ser
anticristianos. La afirmación es también
cierta si la formulamos a la inversa. Es una
cuestión de coherencia ideológica. Después
de todo, Jesús era judío.
CONCLUSION
Alguien
podría alegar que, después de todo, El
Código da Vinci es una novela, un relato
de ficción al que no hay que dar demasiada
importancia. Lo que pasa es que Dan Brown
presenta su obra como un descubrimiento de
la auténtica realidad sobre Jesús. Está
sugiriendo que el cristianismo, y en
particular la Iglesia católica, es desde sus
orígenes la historia de una tremenda
manipulación: los fieles habrían sido
engañados durante más de dos milenios. Y
ahora resulta que una novela sirve para
revelar la verdad, el “gran secreto”
escondido de Jesús y María Magdalena.
Hay quien
pensará que puede que haya algo de cierto en
esta trama, pese a los innumerables errores
históricos contenidos en la novela. Mas
nunca encontraremos una verdad de fondo
revestida con un aluvión de errores de
forma. El relativismo imperante no podrá
convencernos de lo contrario. Con todas las
mentiras, aunque se repitan por activa o por
pasiva, nunca se construye una sola verdad.
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2. El Código da Vinci
Por Guillermo Urbizu
Debo confesar que lo leí en su primera
edición. No se lo había dicho a nadie hasta
ahora. Y actué como si no lo hubiera leído.
He escuchado de todo sobre el libro de
marras. Absolutamente de todo. La primera
noticia la tuve por un poeta, que me hizo
partícipe de su entusiasmo. Pero ya se sabe
que los poetas son fácilmente
impresionables, y más si son líricos.
Después de aquello procuré informarme más a
conciencia. Los pareceres de los demás son
importantes. Es decir, le dije a mi mujer
que leyera algunos pasajes y me dijera su
opinión. Su sentido común es apabullante. A
la semana tenía sobre la mesa el informe.
Escueto y contundente, como es ella. "No
pierdas el tiempo en majaderías. No merece
ni una línea. Se trata de un montaje
descabellado –medias verdades, morbo
esotérico y una pizca de escándalo– escrito
para ganar dinero y para confundir a la
gente". Pensábamos lo mismo. Además, el
criterio de mi mujer va a misa. Y ahí se
quedó el tema.
Pero no habían pasado muchos días cuando
recibí la llamada de una amiga, asimismo
dedicada a esforzados menesteres literarios,
que me contó el siguiente sucedido. Fue con
su familia a Nueva York. Allí les esperaban
varios matrimonios, más o menos conocidos,
todos norteamericanos. Durante una de esas
inverosímiles conversaciones en las que se
habla de todo y de nada, una de las mujeres
se enteró de que mi amiga y su familia eran
nada menos que católicos. Los únicos de los
allí presentes. Su extrañeza fue mayúscula,
su pasmo gestual tomó proporciones
vitriólicas. Sus palabras textuales fueron:
"¿Cómo es posible que alguien pueda seguir
siendo católico después de haber leído El
código da Vinci?". Se trataba de lo que
podríamos tipificar como una conversa
literaria. Había asimilado todo lo escrito
en esta novela como verdad absoluta, como
dogma histórico, sin plantearse mucho más.
Hasta esos extremos de papanatismo cultural
estamos llegando. Gracias a una bochornosa
falta de formación y a una publicidad
desaforada.
A mí la historia de este libro me recuerda
un poco a la de El caballo de Troya,
de J.J. Benítez. Se trata de una añagaza de
ficción con visos de reportaje periodístico.
Es un collage virtual, una fantasía
de proporciones golfas. Su verosimilitud se
sustenta en la ignorancia del personal, en
la pasión por lo retorcido y sesgado, por
los secretismos paranoicos. Se comienza
despreciando la asignatura de Religión, y se
termina adorando cualquier barullo
petulante. Lo que son las cosas.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
El Semanal Digital el 26 de marzo de 2005