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CINE:
EL REINO DE LOS CIELOS
Ciertamente no hay
por qué exigir a una película el rigor histórico de
una investigación profesional, tan sólo que capture
algo de su esencia y la muestre de modo novedoso.
El reino de los cielos no logra ninguna
de las dos cosas. |
Dirección: Ridley Scott.
Intérpretes: Orlando Bloom, Eva Green, Jeremy Irons, Liam
Neeson.
Título original: Kingdom of Heaven. USA/España/UK.
Valoración: Jóvenes-adultos.
Es una pena observar el progresivo declive de un director
como Ridley Scott. Dirigió –hace ya mucho-
Alien, el 8º pasajero y Blade Runner,
dos obras maestras en sus géneros, pero desde entonces su
imaginería ha caído en lo mediocre o, directamente, en lo
malo.
Ciertamente no hay por qué exigir a una película el rigor
histórico de una investigación profesional, tan sólo que
capture algo de su esencia y la muestre de modo novedoso.
El reino de los cielos no logra ninguna de las
dos cosas. Los hechos son tratados caprichosamente y cae en
lo ya visto mil veces. La película trata a Sybilla como una
mujer bondadosa cuando en realidad envenenó a su hermano (el
rey Balduino) y a su propio hijo para ser reina. Los
templarios aparecen como mafiosos obsesionados por la
riqueza atacando a los mercaderes sarracenos cuando, al
menos en aquellos momentos, su preocupación era evitar que
el Islam se reuniera en un ejército común y retomara
Jerusalén. Saladino aparece como alguien bondadoso que
ofrece protección a sus prisioneros cuando en realidad
vendió a todos como esclavos. ¿Por qué la realidad histórica
es más apasionante que la propia película?
Y es que lo que a Scott le preocupa en el apartado
ideológico no es la fidelidad a los hechos históricos sino
la correción política o, por ser más exactos, el miedo:
mejor alabar a los moros que a los cristianos. Por si acaso.
Él sabe muy bien las facilidades que tuvo para rodar en
España –incluso en el interior de templos cristianos- y los
problemas que tuvo en Marruecos, donde el set tuvo
que ser protegido por el ejército para evitar incidentes.
Parece que tras el 11-S hubiese caído en una especie de
síndrome de Estocolmo.
Desde luego, la religiosidad no la entiende. Pone en boca de
los personajes, especialmente sacerdotes y obispos,
afirmaciones como estas: quien es quemado no puede
resucitar, a los que se suicidan hay que cortarles la
cabeza... Evidentemente se trata o bien de una ignorancia
preocupante o bien, directamente, de mala uva. Posiblemente
lo último, porque cualquier religioso cristiano que aparece
está dibujado de modo sarcástico.
Pero lo que hace de El reino de los cielos una
película débil, pese a manejar un amplio presupuesto, es su
apartado cinematográfico. Ciertamente está conseguida toda
la puesta en escena y el diseño de producción: decorados,
fotografía, ambientación... pero los errores en otros campos
son numerosos.
En primer lugar, la idea de que un herrero llegue a ser un
gran señor (la normalmente estimulante historia del
antihéroe) está muy bien para Willow o
La Guerra de las Galaxias pero en esta clase de
películas emplear el recurso “sorpresa” de tú eres mi
hijo, yo soy tu padre, resulta caricaturesco y casi
hasta tonto. Apoyar el relato en algo tan débil, solucionar
en unos segundos el aprendizaje de caballero, constreñír la
evolución de un personaje a un instante, significa falta de
profundidad.
Lo peor quizá, por tratarse de una película de supuesto tono
épico, es la carencia de ideas en las batallas. El naufragio
está resuelto de un modo que no aceptaría un principiante.
La carga de los templarios contra los sarracenos queda
escamoteada con un cambio de escenario: simplemente vemos la
aproximación de los ejércitos y, luego, el campo lleno de
cadáveres. La destrucción del lienzo de muro de Jerusalén se
resuelve con un fundido a negro tras el apelotonamiento de
ejércitos. La única batalla seria sólo nos llega a las 2
horas de metraje. Y lo grave es que Scott, como
quiere, explícitamente, emular la batalla de Gondor de
El Señor de los Anillos, obliga al espectador a
compararlas. Y Scott no le hace ni sombra a
Jackson. La única secuencia verdaderamente lograda en
toda la película, cargada de fuerza y sentido, es la del
Kerak, con la entrada del leproso Balduino, oculto tras su
máscara, dispuesto a poner orden.
Existe una decidida apuesta por construir la historia sobre
términos de viaje iniciático: la evolución y maduración del
carácter de un personaje a través de un periplo que
simboliza la vida. Lo cierto es que, al final, con
perplejidad, nos queda la extraña sensación de que todo
aquello no es más que un recorrido para encontrar novia. Uno
se pregunta por qué el protagonista no escogió a una chica
del pueblo cosa que, por otra parte, sabe hacer la mayoría
de la gente sin meterse en tantos problemas. El viaje
iniciático queda aniquilado porque la evolución del
personaje ha sido nula.
El reparto actoral: Orlando Bloom, un secundario
resultón, no tiene carácter ni dotes para emprender una
empresa protagonista como ésta. Sus discursos en momentos
cruciales nos dejan indiferentes ¿Por qué no es el
protagonista David Thewlis cuya formación teatral le
permite pronunciar las frases con empaque arcaico? Al ver
esto, uno añora al Mel Gibson de Braveheart
o El patriota.
Liam Neeson es eficaz, pero hay que poner buena
intención para no sonreír ante el personaje tan tópico que
le han construido. El mejor, en cualquier caso, Jeremy
Irons: como brazo derecho de Balduino realiza una
interpretación vigorosa que, pese a la brevedad, acaba por
ser la que más resalta.
El error de El reino de los cielos, con un
voluntario de ONG pacifista-ecologista que no nos podemos
creer, es el mismo que acabó con las recientes Troya
y Alejandro. Creen que, en la épica, lo
políticamente correcto debe suplantar a la lucha entre el
Bien y el Mal. La antigua épica de honor ha sido sustituida
por el desencanto tristón del racionalista. Y así, claro, el
espectador no consigue enganchar.
Gustavo de Prado
Televideo Familiar
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