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VARÓN Y MUJER EN LA “TEOLOGÍA DEL CUERPO” (Blanca Castilla de Cortázar Larrea)

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VARÓN Y MUJER EN LA “TEOLOGÍA DEL CUERPO” DE KAROL WOJTYLA

VARÓN Y MUJER EN LA “TEOLOGÍA DEL CUERPO
DE KAROL WOJTYLA

 

Karol Wojtyla, a la entrada al Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles, para trabajarlos si le sobraba tiempo, con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo.

Por Blanca Castilla de Cortázar Larrea [1]

de la Real Academia de Doctores
Arvo Net, 2 marzo 2006

 

            Karol Wojtyla, a la entrada al Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles, para trabajarlos si le sobraba tiempo, con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II, la expuso en las Audiencias de los miércoles a lo largo de 5 años[2].  Pero son ideas que él fraguó en su primera etapa.

            Posiblemente se trata de lo más original de sus escritos y lo que más huella deje en el pensamiento humano. Su biógrafo Weiger, afirma que se trata de una bomba de relojería que se redescubrirá ya muy entrado el siglo XXI o quizá más tarde[3]. Por su parte, Angelo Scola, actual Patriarca de Venecia, llega al extremo de indicar que si los teólogos explorasen a fondo el fértil personalismo implícito en la Teología del cuerpo de Juan Pablo II, prácticamente todas las tesis de la Teología (Dios, Cristo, La Trinidad, la gracia, la Iglesia, los sacramentos) podrían verse bajo una nueva luz[4].

            Su visión antropológica es completamente  moderna. Se podría decir que se ha tomado con absoluta seriedad el  «giro antropológico» de la filosofía moderna, que iniciaron Kant y Feuerbach en la que el hombre es el centro -ha afirmado muchas veces que «cada hombre es el camino de la Iglesia»[5]-, y no tiene reparos en hablar de antropocentrismo, porque no lo ve en contradicción con el teocentrismo, desde el momento en que Jesucristo es Dios y hombre a la vez[6]. Por otra parte, muestra que la dignidad de la persona puede «leerse» desde la encarnación del sujeto humano en  masculinidad y feminidad y contribuye a enriquecer la comprensión moderna de la libertad y el amor sexual, así como la relación entre ambos.

            La Teología del cuerpo está en continuidad con la antropología anterior de Karol Wojtyla. Ya en  Persona y acción afirma que «El cuerpo es expresión de la persona»[7], lo que luego será un leiv motiv en las Audiencias. En Amor y responsabilidad desarrolla  cómo el amor es el modo adecuado de tratar a la persona, nunca como objeto utilitario, lo que constituye un principio fundamental para hablar del amor del cuerpo y del sexo.  Por otra parte, en escritos posteriores resume e incluso completa la Teología del cuerpo:  Así, en  la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, nn.: 6-7, ofrece un resumen de las primeras 23  Audiencias. Y en  Carta a las mujeres  forja nuevos conceptos, como el de unidudalidad o el carácter ontológico de la complementariedad[8].

            Karol Wojtyla hace afirmaciones rompedoras, todas ellas en perfecta coherencia, pero que requieren un posterior desarrollo y sistematización. Weiger señala como la principal que «la unión del varón y de la mujer en el matrimonio es una imagen de la intimidad de la Trinidad»[9]. Pero esta conclusión va acompañada de un cortejo de intuiciones antropológicas, corroboradas por la experiencia, de la cuales no es de menor envergadura el ampliar la imagen de Dios en el ser humano desde «la persona» a «la comunión», es decir, pasar de la imagen de Dios-Uno a la imagen de Dios-Trino (donde se inspira el personalismo dialógico). En otros lugares me he ocupado de alguna de ellas[10].

 

1. Una nueva antropología

            Para hoy he escogido cuatro intuiciones del Papa: 1. El sexo es «constitutivo de la persona», no sólo atributo suyo; 2. El significado esponsal del cuerpo; 3. La complementariedad varón-mujer es no sólo biológica y psíquica, es también ontológica; y 4. Varón y mujer constituyen  una «unidualidad» relacional. Quizá sea demasiado para una tarde. Sin embargo, estas afirmaciones están entrelazadas entre sí y unas explican las otras.

            En primer lugar,  hay que destacar que estas afirmaciones  son realmente novedosas. ¿Quien ha dicho antes de ahora -por ejemplo-, que el sexo fuera intrínseco a la persona? El pensamiento que hemos heredado ha considerado el sexo como un accidente (inseparable del sujeto)[11]. ¿Quien se ha referido a la esponsalidad para explicar el significado del cuerpo? ¿Quien ha hablado alguna vez de que la complementariedad  se diera en el nivel ontológico, es decir aquel que tiene que ver con el ser (con el acto de ser)[12]? Sin embargo, esto resulta plausible si la sexualidad es constitutiva de la persona, porque ésta no es ni el alma ni el cuerpo sino que radica en el acto de ser del hombre (varón o mujer).

            Lo cierto es que para explicar a fondo estas cuestiones se requiere una nueva ontología, mejor, una nueva antropología, pues los conceptos clásicos y modernos se quedan cortos para profundizar en ellas. Todo este trabajo se está haciendo. Del estudio de Persona y Acción, me contaba un profesor norteamericano,  en un Master que desarrollan sobre  La persona, han llegado a dos conclusiones: a) que desde la composición hilemórfica no llega a la persona; b) que el principio de que una persona no puede ser tratada nunca como medio sino como fin, tiene muchas consecuencias antropológicas.  Yo misma he dedicado más de diez años a buscar entre las antropologías que van surgiendo los conceptos  más idóneos para poder desentrañarlas[13]. Aquí me limitaré, es lo único posible, a dar unas pinceladas que, a modo de cuadro impresionista, exprese la originalidad y la belleza de tal visión de la condición sexuada.

            Ser varón y ser mujer, o dicho con otras palabras, la masculinidad y la feminidad y la unión entre ellas, adquieren  un  relieve inusitado en la concepción de Karol Wojtyla. Son imagen del Dios Uno y Tripersonal, sólo que en el caso antropológico hay dualidad en vez de trinidad de  personas.

 

2. El sexo es «constitutivo de la persona», no sólo atributo suyo

            En su Antropología, Wojtyla hace una afirmación imponente, que fundamenta cómo la sexualidad está en la base de la identidad. Estas son sus palabras: «La función del sexo, que en cierto sentido es “constitutivo de la persona” (no sólo “atributo de la persona”), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”»[14].

            Esta afirmación, sin embargo, no es fácil de explicar a primera vista. En primer lugar porque, a pesar del auge del personalismo en el s. XX, pocos autores han profundizado lo suficiente en el nivel ontológico, para esclarecer el significado del término persona: el individuo humano. ¿Qué es ser persona? Santo Tomás la describía como «subsistente espiritual»[15]. Ser persona, desde el punto de vista filosófico, consiste, a diferencia de las demás realidades del cosmos (que en su conjunto tiene  un único acto de ser, enclasado en leyes determinadas), en que cada persona tiene su propio acto de ser en propiedad (libre y con una esencia capaz de hábitos). Por eso se ha podido describir a la persona como «alguien delante de Dios y para siempre»[16]. La persona está constituida por un núcleo interior del cual nacen sus acciones, del cual ella es propietaria, y nadie más (excepto Dios) tiene derecho de propiedad sobre ella. La persona es dueña de sí, tiene derecho a la autodeterminación, y nadie puede poseerla a menos que se entregue. Ahí radica su dignidad.

            Pero la persona no es sólo subsistencia (Santo Tomás) y autopropiedad (Zubiri: suidad), lo que la mayor parte de los clásicos denominaban incomunicabilidad. Por esta característica la persona es única e irrepetible, lo que no se cansa de repetir Wojtyla[17]. Pero además, y esto es lo que ha puesto de relieve la modernidad, la persona  tiene otra característica -no desarrollada por los clásicos-, que es su máxima comunicabilidad,  su apertura. Toda persona está estructuralmente abierta al otro[18]. Una persona única sería una desgracia dice Polo[19], porque no tendría con quien comunicarse, a quien darse. Todo “yo” requiere al menos un “tú”.  Este es el principio dialógico descubierto por Feuerbach[20]. En este sentido resulta ilustrativo que Heidegger denominara al ser del hombre como ser-con[21].

            Refiriéndonos de nuevo a Wojtyla, toda su antropología pivota sobre tres convicciones, dos de las cuales se refieren a lo que estamos tratando: 1. El hombre es el único ser en el mundo al que Dios ha amado de un modo absoluto: esto, filosóficamente hablado, tiene que ver con la primera característica personal: Dios ha donado al ser humano un acto de ser para que sea suyo (Aquí se encuentra un profundo argumento para explicar la inmortalidad de la dimensión espiritual humana). 2. El hombre sólo alcanza la plenitud en el don sincero de sí a los demás. Esta convicción tiene que ver con la apertura, segunda dimensión estructural de la persona. Con la apertura que posibilita la donación de sí, el vivir no sólo con alguien sino para alguien: en esto consiste la comunión de personas.

            Pues bien, si el sexo es constitutivo de la persona habría que ver en cual de las dimensiones  estructurantes de la persona se puede enclavar. De las palabras de Juan Pablo II podría deducirse que está en las dos. Porque afirma «El sexo decide no sólo la individualidad somática del hombre, sino que define al mismo tiempo su personal identidad y ser concreto»[22].

            Y, por otra parte, el cuerpo humano, con su masculinidad y feminidad, manifiesta la comunión de personas: «atravesando la profundidad de esta soledad originaria surge ahora el hombre en la dimensión del don recíproco, cuya expresión -que por esto mismo es expresión de su existencia como persona- es el cuerpo humano en toda la verdad originaria de su masculinidad y feminidad. El cuerpo, que expresa la feminidad “para” la masculinidad, y viceversa, la masculinidad “para” la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas»[23].

            Si el sexo configura la identidad de la persona, y hay dos sexos, el masculino y el femenino, bien se podría llegar a la conclusión, como he desarrollado filosóficamente en otros lugares[24], que se puede hablar de persona  masculina y de persona femenina, según una terminología que desde hace ya años utiliza Julián Marías[25].

            Digámoslo con palabras de Juan Pablo II:  «la masculinidad y feminidad, que son como dos “encarnaciones” de la misma soledad metafísica frente a Dios y al mundo -como dos modos de "ser cuerpo" y a la vez hombre, que se completan recíprocamente-, como dos dimensiones complementarias de la autoconciencia y de la autodeterminación, y al mismo tiempo como dos conciencias complementarias del significado del cuerpo»[26].

            Una consecuencia importante de que el sexo sea constitutivo de la persona es que no se puede separar al sexo del contexto personal, porque entonces se degradaría.

 

3. El significado esponsal del cuerpo

            La tercera convicción de la antropología de Wojtyla es que la persona  ha de ser tratada con amor: amor a su vez es tratar al ser humano como persona, no como objeto lo cual sería utilitarismo. Si el cuerpo expresa a la persona, el cuerpo nunca puede ser tratado como un objeto.

            Esta convicción tiene muchas consecuencias: entre ellas hay una puramente fenomenológica. En el universo material se pueden captar muchas cosas, a través de su belleza. Pero dentro de él sólo el cuerpo humano expresa el amor. Y lo expresa porque es sexuado y el cuerpo masculino dice desde sí el femenino y viceversa.

            Esto es así, porque la dimensión sexual del cuerpo humano  no se agota en el plano físico, sino que penetra en las más altas esferas de la persona. Dicho con otras palabras, el cuerpo tiene la potencialidad de poder amar con él: se puede amar con el cuerpo[27]. En palabras de Wojtyla:

«El cuerpo humano, orientado interiormente por el “don sincero” de la persona, revela  no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino que revela también este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensión simplemente física de la “sexualidad”. De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsal del cuerpo, vinculado a la masculinidad-feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una capacidad particular de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad para la “afirmación de la persona”»[28].

             El cuerpo, que desde Persona y acción ya era «expresión de la persona», ahora Wojtyla da un paso más pues el cuerpo humano «expresa el amor».  Por «ser capaz de expresar el amor» y por «la capacidad y la profunda disponibilidad para la afirmación de la persona» Juan Pablo II afirma que el cuerpo tiene un significado esponsal (“esponsalicio” traduce L' Osservatore Romano).

            Esa expresión  novedosa de significado esponsal, además,  no sólo compatible, sino que se manifiesta en su radical verdad en el celibato[29].

 

            4. La complementariedad varón-mujer es no sólo biológica y psíquica, es también ontológica

            La complementariedad biológica y psíquica se evidencian desde las Ciencias experimentales y de la salud. Lo que hay que explorar es esa tercera complementariedad de la que nadie ha hablado nunca. Aquí lo haremos brevemente.

            Si el sexo, como hemos visto,  configura la persona  misma, se puede hablar de dos tipos de persona, la persona masculina y la persona femenina. Por otra parte, la persona se caracteriza por su donación de sí, en lo que consiste el amor. El amor siempre requiere apertura. Pero abrirse no es siempre salir de sí mismo. También puede significar que los demás entren en uno. Por eso he pensado que las explicaciones clásicas del amor como éxtasis son visiones  masculinas del amor. ¿Por qué? Porque la mujer ama fundamentalmente acogiendo.

            Salir y acoger. ¿Cómo conocer esta apertura diferente y complementaria? No hay otra manera que la descripción fenomenológica, donde son especialmente intuitivos los poetas. Uno de ellos describe así la maternidad, poniendo estas palabras al hijo en boca de la madre:

            «No te vayas. Y si te vas, recuerda que permaneces en mí. En mí permanecen todos los que se van. Y todos los que van de paso, hallan en mí un sitio suyo; no una fugaz  parada, sino un lugar estable. En mí vive un amor más fuerte que la soledad (...) No soy la luz de aquellos a quienes ilumino; soy más bien la sombra en que reposan. Sombra debe ser una madre para sus hijos. El padre sabe que está en ellos: quiere estar en ellos y en ellos se realiza. Yo, en cambio, no sé si estoy en ellos; sólo les siento cuando están en mí»[30].

            Como se advierte en estas palabras la relación de la madre con el hijo se extiende a la relación con todas las demás personas, cuando afirma: «en mí permanecen todos los que se van. Y todos los que van de paso, hallan en mí un sitio suyo; no una fugaz parada, sino un lugar estable». Estas palabras son del propio Karol Wojtyla,

            Para decir de un modo resumido el distinto modo que tiene de abrirse y de darse el varón y la mujer, se podría decir que la apertura constitutiva que tiene cada persona tiene dos modalidades: el varón se abre de un modo peculiar: hacia fuera. La mujer también se abre a los demás con su modo: hacia dentro, acogiendo.

            En este sentido, el modo de procrear, aunque indudablemente no es el único ni el más importante modo de amar, presenta de una manera plástica lo que quiero decir. El varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor. Sin la mujer el varón no tendría donde ir. Sin el varón la mujer no tendría que acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que germine y se desarrolle. Todo este proceso, aunque él es también protagonista, se realiza fuera del varón. 

            Posteriormente la mujer es apertura para dar a luz  un ser que tendrá vida propia. No es ella la que sale. Sale su hijo. A través de la mujer y con ella el varón está  en el hijo/a. El varón está en la mujer y está en el hijo/a, pero como fuera de él. La mujer, sin embargo, es sede, casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, en cierto modo, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamentalmente ellos están en ella.

            ¿Como  expresar esta apertura antropológicamente?  Es un nuevo campo de la filosofía que yo he denominado “antropología diferencial”. Así,  si la metafísica versa con substancias y la antropología conjuga pronombres, descubrir la condición sexuada dentro de la persona sólo se puede hacer con PREPOSICIONES, que son los términos gramaticales que describen las relaciones.

            Al varón le correspondería la preposición  DESDE, pues parte de sí para darse a los demás. A la mujer le correspondería la preposición  EN: pues se abre dando acogida en sí misma. La persona varón se podría describir, entonces con SER-CON-DESDE,  y a la mujer como SER-CON-EN.

            Alguien podría pensar que entonces el acto de ser de cada persona no es imperfecto. Pero nó. Cada uno varón y mujer tiene su propio acto de ser, sólo que no agota el tipo de actos de SER-CON humanos. En este sentido, que el acto de ser humano acoja la DÍADA, es una señal de perfección como señala Polo, en contra de la opinión de Platón y del neoplatonismo plotiniano[31].

            Si volviéramos a preguntarnos en qué dimensión de la persona se enclava la condición sexuada habría que decir lo siguiente. Ambas dimensiones son inseparables, por eso es difícil la respuesta. Sin embargo, en la autopropiedad del propio acto de ser y en la autodeterminación no hay diferencia sino identidad entre varón y mujer. Parece que es en la dimensión de apertura donde se puede encontrar esa diferencia ontológica complementaria.           

            Este modo de darse diferente y complementario se da en todas los campos y en todas las relaciones humanas heterosexuadas, y apoyándose en la dimensión constitutiva de apertura que la persona tiene podrían dar lugar, como se ha dicho, a dos modos de ser persona la persona femenina y la persona masculina.  

 

5. Varón y mujer constituyen una «UNIDUALIDAD» RELACIONAL [32] 

            La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o SER-CON-DESDE o SER-CON-EN. Ahí radicaría la principal diferencia entre varón y mujer, en ser dos tipos de personas distintas, que se abren entre sí de un modo respectivo diferente y complementario. En este sentido el Ser humano sería también más rico que el Ser del Cosmos, en el que el transcendental por antonomasia sería una unidad sin diferencia transcendental  interna. No así en el ser humano donde el Ser acogería transcendentalmente la diferencia del DOS, y el SER divino la del TRES.

            La diferencia sexual humana se trataría, entonces, de una diferencia en el interior mismo del SER. Y teniendo en cuenta que el ser humano es personal, sería una diferencia en el seno mismo de la persona. En efecto, lo distinto a la persona -en su mismo nivel- tiene que tener el mismo rango, no puede ser, por tanto, sino otra persona.

            Afirmar que la diferencia varón-mujer es una diferencia en la persona supone, por otra parte, haber anclado la diferencia definitivamente en la igualdad. Varón y mujer, cada uno es persona. Tienen la  misma categoría; la diferencia entre ellos posee el mismo rango ontológico. La diferencia no rompe la igualdad.

            Y esas personas distintas al ser complementarias ontológicamente  forman una  unidad, que Karol Wojtyla ha denominado Unidualidad. Estas son sus palabras:

          «En su reciprocidad esponsal y fecunda, en su común tarea de dominar y someter la tierra, la mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática y  uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo con el designio de Dios, es la “unidad de los dos”, o sea una “UNIDUALIDAD” RELACIONAL, que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»[33].

            Esta Unidualidad de la que procede la familia tiene también consecuencias en todo el campo laboral y cultural. Así lo afirma en el mismo lugar:

            «A esta “unidad de los dos” confía Dios no solo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia. (...) Es un aportación,  ante todo, de naturaleza espiritual y cultural, pero también socio-política y económica. ¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación de la mujer los diversos sectores de la sociedad, los Estados, las culturas nacionales y, en definitiva, el progreso de todo el genero humano!»[34].

            Esto nos  podía llevar a concluir que la complementariedad, como consecuencia de las otras complementariedades se da también a nivel de la ACCIÓN: De la acción familiar y de la acción cultural y laboral.

            Todas estas cuestiones planteadas por Karol Wojtyla suponen una revolución pacífica,  no sólo en el campo de la teoría antropológica, sino también en el ordenamiento social.


 

            [1] Dra. En Filosofía y Teología. Miembro de Número de la Real Academia de Doctores de España.

            [2] Juan Pablo II ha escrito la Teología del cuerpo, en 139 Audiencias, que  han sido publicadas en castellano en 4 volúmenes, por ed. Palabra: 1. JUAN PABLO II, Varón y mujer. Teología del cuerpo I, 6° ed. Palabra 2005. 2. La Redención del corazón, Madrid 1996. 3. El celibato apostólico, 2ª ed. Madrid 1995. 4. Matrimonio, amor y fecundidad, Madrid 1998. Cristiandad también tiene una traducción, publicada en el 2000, en un solo volumen, en la que se intenta mejorar el texto del Osservatore Romano, pero tiene dos fallos importantes. No distingue entre hombre y varón -lo cual se aprecia en el mismo título del libro-, sin embargo el término hombre es un genérico -igualmente aplicable al varón y a la mujer-, aunque en lenguaje habitual se designe con él al varón. Pero en el lenguaje técnico es una fuente de confusiones. En un trabajo que trata sobre la igualdad y la diferencia entre ellos no es menor tener en cuenta este asunto.  En segundo lugar traduce mujer por hembra, lo que denota, además de una notable  falta de sensibilidad, un déficit de rigor  antropológico.

            [3] Cfr. G. WEIGER, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, Plaza Janés 1999, pp. 451-466.

            [4] Ibídem, p. 465.

            [5] Una de las primeras veces: cfr. Enc. Redemptor Hominis, n. 14 (1979).

            [6] Cfr. Enc. Dives in misericordia, n. 1 [4] (1980).

            [7] K. WOJTYLA, Persona y acción, BAC, Madrid 1982, p. 238.

            [8]

Enviado por Arvo - 02/04/2006 ir arriba
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