En el principio, la igualdad y la
diferencia
En
el principio eran la Igualdad y
la Diferencia.
Dios, uno en Esencia, trino en
Personas.
La Trinidad es Familia.
Recuperar el tiempo perdido: no
hay persona de segunda
categoría.
Por Antonio
Orozco-Delclós
Arvo.net, 16.05.2005
El misterio trinitario es alfa y omega
de toda la vida -intelectual, afectiva,
familiar, social, etcétera- del hijo de
Dios. «Alfa», porque es el principio en
el más absoluto sentido. Todo cuanto
existe, de un modo u otro, tiene su
origen en la vida íntima de Dios. Y
«Omega», porque todo encuentra su
sentido último en la ordenación a la
Trinidad: la persona humana ha sido
creada para disfrutar eternamente de las
inefables maravillas de la intimidad
divina.
En consecuencia, una vez recibido y
asumido por la fe el conocimiento de tan
grande misterio, ya no tiene sentido
andar en otra dirección, al margen de la
que conduzca a una progresiva intimidad
con el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo.
El misterio trinitario es el principio
absoluto de la existencia de todas y
cada una de las criaturas; y también es
el supremoprincipio de
inteligibilidad, es
decir, sin perjuicio de contemplar las
cosas desde otras perspectivas, es el
punto de vista privilegiado desde donde
pueden verse más hondamente. Que haya
tres Personas en el único Dios, deja
entrever no sólo una riqueza
insospechada en la vida divina, sino que
también permite contemplar la Creación
con una potentísima luz nueva, que
descubre aspectos de la realidad, que de
otra manera jamás hubiéramos podido
alcanzar.
Es claro que, por ser absolutamente
sobrenatural el misterio de que
hablamos, sólo podemos acceder a él
mediante la Gracia y en la medida en que
nos lo permita. Pero por poco que
consigamos entender desde ahí, será
mucho más y mejor de lo que podamos ver
desde otras perspectivas meramente
humanas. Esta labor, intelectual y
afectiva, de adentrarnos en nuestro
verdadero Principio y auténtico Fin, no
sólo ha de proporcionarnos un
conocimiento más profundo de Dios, sino
también de nosotros mismos. Cuanto más
se conoce a Dios, más se puede conocer
al hombre –varón y mujer-, creado a su
imagen y semejanza. Y cuanto más y mejor
se conoce al hombre, tanto más se
enriquece el conocimiento de Dios. Todo
el esfuerzo que hagamos en este sentido,
será recuperar el valioso tiempo que
perdimos con el pecado original.
Recuperar el tiempo perdido: no hay
persona de segunda categoría
El pecado original (sin el cual casi
nada se entiende del dolor y de la
muerte) introdujo en la mente y el
corazón de los hombres densas nieblas
que impiden ver con claridad verdades
elementales y acertar en cuestiones muy
sencillas. Ha impuesto a la humanidad
una inconmensurable pérdida de tiempo.
Ahora tenemos que emplear días, meses,
años, siglos y hasta milenios, en
deshacer los entuertos que el pecado ha
causado en el mundo. Hemos perdido, por
ejemplo, siglos y milenios discutiendo,
en la teoría y en la práctica, sobre las
relaciones entre varón y mujer. El
«machismo» relega a la mujer a un nivel
inferior de inteligencia. Como reacción
compulsiva surge un feminismo errático
que con el ánimo de exaltar a la mujer,
la convierte en un fantasma emancipado
no se sabe de qué; liberada sólo
aparente, porque se somete a nueva
esclavitud en el trabajo, en el amor y
en la guerra. Si tal feminismo triunfara
se haría eterna la batalla. En la ciudad
en donde resido, por cierto, hemos visto
que la «emancipación» de la mujer, ha
llevado a ver por las calles, de
madrugada, a mujeres haciendo un trabajo
que antes hacían sólo los hombres:
recoger los ingentes detritus de las
escandalosas «movidas» de la noche.
Podría pensarse que esas mujeres se
liberaron de recoger la basura de su
casa a cambio de recoger la de toda la
ciudad.
Por otra parte, no faltan quienes
justifican la marginación de la mujer
con la Biblia en la mano. El diablo
también tentó al Hijo de Dios con frases
de la Escritura. Como en la narración
del Génesis la mujer es creada en un
segundo momento y del flanco del varón,
parece que habría de ser resultar una
criatura de «segunda categoría». Sin
embargo «el hombre» –es decir, en
castellano, tanto el hombre-varón como
el hombre-mujer- fue creado a
imagen y semejanza de Dios.
¿Qué sucede en Dios, y en qué nos
parecemos? Sucede que en su vida íntima
y de un modo enteramente espiritual
—porque en Él no hay materia (buena en
sí, pero menos perfecta que el ser
espiritual)— el Padre engendra al Hijo.
La primera persona es Paternidad. La
inmensa riqueza vital que hay en Dios
engendra un ser tan perfecto que es
idéntico al Padre: El Hijo es una
Persona en la que se encuentra toda la
vida del Padre, con la única —pero
extraordinariamente profunda— diferencia
de que ha sido engendrada, y el Padre
no. Lo único que distingue al Padre del
Hijo es que el Padre engendra y el Hijo
es engendrado: el Padre es Padre, no
Hijo; y el Hijo es Hijo, no Padre.
Perfecta diferencia y perfecta igualdad,
ambas cosas son igualmente primeras en
Dios. La diferencia no viene después de
la unidad ni viceversa. Dios no es
primero Uno y después Trino. Dios es
eternamente uno en esencia y trino en
personas.
Del encuentro -por decirlo de algún
modo- entre el Padre y el Hijo procede
un amor tan puro, espiritual, perfecto y
fecundo que es Persona (otra, la
tercera), puro Amor, puro abrazo amoroso
entre el Padre y el Hijo. El Espíritu
Santo, fruto sabrosísimo de la misma
Vida íntima de Dios, es Dios mismo y se
distingue de la otras dos en que procede del
amor de ellas (y no viceversa). Su Ser
es el mismo, idéntico al del Padre y del
Hijo. Sólo una diferencia (eso sí, muy
profunda): el Espíritu Santo es
originado por el amor infinito del Padre
y del Hijo, y no viceversa.
La revelación cristiana nos enseña esto:
que el Ser divino es a la vez uno y
trino; y que hay un orden determinado
entre las Personas. No es un caos, sino
un orden.
Como esto es así, no puede haber
contradicción. Si en nuestro modo de
pensar vemos contradicción, lo que
debemos hacer no es negar el misterio de
la Trinidad, sino revisar nuestros
razonamientos y tratar de descubrir
donde está nuestro error o deficiencia.
Algo parecido hacemos cuando vemos
torcido un palo recto metido a medias en
el agua: permitimos que la realidad,
rectifique el error de nuestra visión.
En el principio: igualdad y diferencia
Estamos acostumbrados a pensar que como
lo segundo viene después de lo primero,
es inferior. Por ejemplo, hay culturas
donde el primer hijo es el heredero del
patrimonio y los demás se quedan
prácticamente sin nada. ¿Por qué se
considera más digno o con más derechos
un hijo (el que llega primero) que otro
(los demás)? Porque nuestra mente piensa
con ingenuidad que es mejor ser primero
que segundo, y que es mejor ser origen
que originado, o que es mejor mandar que
obedecer. A la luz del misterio de la
Trinidad nos damos cuenta del inmenso
error que contiene esa mentalidad
prácticamente universal, arraigadísima
en el hombre (caído): lo primero
(cronológicamente, o como sea) mejor que
lo segundo y no digamos ya que lo
tercero.
Sin embargo, la fe nos enseña: El Padre
es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu
Santo es Dios. El Padre es eterno, el
Hijo es eterno, el Espíritu Santo es
eterno. Las tres personas son
inconfundibles e igualmente eternas y
omnipotentes, iguales en dignidad. Sería
una herejía pensar que el Hijo es
inferior al Padre o que el Espíritu
Santo es inferior al Hijo. Sin embargo
el Hijo obedece: no hace más que lo que
ha visto hacer al Padre. Y el Espíritu
Santo «os dará de lo mío», dice Jesús.
Pues bien, si el hombre fue creado a
imagen de Dios, ¿cómo no ver que entre
las personas humanas debe haber reales
diferencias con idéntica dignidad?
Jesucristo —hombre más hombres que todos
los hombres—, con plena consciencia de
su dignidad divina, lavó los pies de los
discípulos, tomó «forma de siervo»,
lloró y sudó gruesas gotas de sangre que
chorreaban hasta el suelo. Debemos
concluir, pues, que todas esas cosas que
nos parecían de poca categoría, son
dignas de Dios, porque, en efecto, las
ha hecho. Luego, todas esas cosas
dignifican a la persona creada.
Dios creó al hombre a su imagen, a
imagen de Dios lo creó, varón y mujer
los creó. La Sagrada Escritura habla de
varón y mujer en un mismo plano, en el
mismo nivel «hombre». Por eso el
castellano, cuando no dice expresamente
otra cosa y habla de «hombre», se
refiere tanto al varón como a la mujer.
Decir que Dios formó a la mujer de una
costilla (más literalmente, lado, o
flanco) de Adán no es ninguna tontería.
Es enseñar a un pueblo que tenía a la
mujer por persona de segunda, que está
en un error: la mujer está hecha no de
otra masa, sino de la misma masa que
Adán.
La Biblia presenta a la mujer como
persona «segunda», pero segunda en el
contexto de la imagen de Dios que es el
hombre, de modo análogo a como segunda
es la Segunda Persona de la Trinidad, no
cronológicamente, porque Adán sin Eva no
es nadie, y viceversa. Tanto monta,
monta tanto.
Que la Trinidad «es familia» es un
pensamiento de Juan Pablo II que merece
mucha y larga meditación. Que la
Trinidad sea familia es una verdad que
enlaza con el relato de la creación del
hombre -varón y mujer- a imagen y
semejanza de Dios. Pluralidad en la
perfecta unidad. Unidad en la perfecta
diversidad. Esto es la Divinidad y, por
analogía, también la humanidad. Esto lo
podemos entender muy bien hoy, en el
mundo civilizado, mejor que nuestros
antepasados, porque estamos más
inclinados a aceptar la igualdad radical
en dignidad, en categoría, de todo ser
humano, varón o mujer.
¿Cómo se traduce esto en la práctica de
todos los días? De mil maneras.
Practicando el respeto, la reverencia,
la admiración, el perdón, la disculpa
entre varón y mujer. Mirándose uno al
otro como admirable complemento de una
auténtica imagen de Dios. Necesitándose
en todas las actividades nobles.
Tratando desigualmente a las personas
que son desiguales, pero a todas con la
misma dosis de respeto, de veneración y
amor.
Si acaso, la balanza debe inclinarse del
lado de la mujer, porque, en principio o
en general, ella es físicamente más
frágil que el varón, aunque suele
mostrar más vigor en la dificultad, más
generosidad y espíritu de sacrificio en
tantas cosas. Además, ella lleva la
parte ardua de la gestación de las
nuevas personas humanas. Por estas y
muchas más razones, la mujer merece un
suplemento de respeto y veneración por
parte del varón, que se ha traducido
tradicionalmente en buena parte de la
humanidad en miles de detalles, como
dejarles pasar en primer lugar, cederles
el asiento en el autobús, etcétera,
etcétera. La galantería es una virtud
que los varones no debiéramos perder
jamás, al contrario.
Gratitud del Papa a la mujer
Se entiende que esos gestos han ser
expresión de algo más general y
profundo: el agradecimiento del varón a
la mujer por el hecho de serlo. Véase el
ejemplo de Juan Pablo II, hacia el final
de su Encíclica «Mulieris dignitatem»:
«La Iglesia da gracias por todas la
mujeres y por cada una: por las madres,
las hermanas, las esposas; por las
mujeres consagradas a Dios en la
virginidad, por las mujeres dedicadas a
tantos y tantos seres humanos que
esperan el amor gratuito de otra
persona; por las mujeres que velan por
el ser humano en la familia, la cual es
el signo fundamental de la comunidad
humana; por las mujeres que trabajan
profesionalmente, mujeres cargadas a
veces con una gran responsabilidad
social; por las mujeres "perfectas" y
por las mujeres "débiles".
Por todas ellas, tal como salieron del
corazón de Dios en toda la belleza y
riqueza de su femineidad, tal como han
sido abrazadas por su amor eterno; tal
como, junto con los hombres, peregrinan
en esta tierra que es la patria de la
familia humana, que a veces se
transforma en «un valle de lágrimas».
Tal como asumen, juntamente con el
hombre, la responsabilidad común por el
destino de la humanidad, en las
necesidades de cada día y según aquel
destino definitivo que los seres humanos
tienen en Dios mismo, en el seno de la
Trinidad inefable.
La Iglesia expresa su agradecimiento por
todas las manifestaciones del «genio»
femenino aparecidas a lo largo de la
historia, en medio de los pueblos y de
las naciones; da gracias por todos los
carismas que el Espíritu Santo otorga a
las mujeres en la historia del Pueblo de
Dios, por todas las victorias que debe a
su fe, esperanza y caridad; manifiesta
su gratitud por todos los frutos de
santidad femenina.»
Podríamos ganar un tiempo precioso para
nuestros descendientes, si ahondáramos
más en la revelación cristiana, porque
en ella habla el Verbo de Dios humanado,
y sólo en Él encuentra el hombre su
verdadera vocación, su auténtica
dignidad, la clave para descifrar su
propio misterio.