Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net, 10.3.2006
Un Miércoles de Ceniza
En un intento desesperado de poner orden a mis papeles, fui
a comprar una carpeta con
clasificador. Mientras andaba
buscando por los anaqueles aquello
que me pareciera de utilidad, un
muchacho joven pero muy alto y
fuerte me sorprendió con la
pregunta: ¿A qué hora y dónde ponen
la ceniza? Era el miércoles que
iniciaba la Cuaresma. La
secularización es un mito. La
imposición de la ceniza, interesa a
la gente joven. ¿Por qué será? Yo
había celebrado el rito litúrgico
por la mañana, con la fórmula
«Convertíos y creed en el
Evangelio». La otra, más clásica,
«recuerda que eres polvo y en polvo
te has de convertir»:son
palabras tomadas del libro del
Génesis
-lo ha dicho el Papa ese mismo día-,
que «evocan la condición humana,
marcada por la caducidad y el
límite, y quieren impulsarnos a
volver a poner nuestra esperanza
únicamente en Dios»
[Audiencia general, 1 de
marzo 2006].
Caducidad y límite.
Expresan una parte insoslayable de la
realidad: la dura realidad de la muerte, de
la ceniza, del polvo al que hay que volver,
cuando todo nuestro ser clama por la vida.
El recuerdo puede suscitar un cierto
desasosiego. De hecho, vemos cómo se intenta
quitar la muerte de la memoria, o de
restarle importancia, como si fuera una
nada, algo insignificante, natural, con lo
que todo se acaba y no hay que darle más
vueltas.
Juan Pablo II, decía
en un mensaje a la juventud que se reuniría
en Denver, en 1992: «En
todas las lenguas existen varios términos
para expresar lo que el hombre no quiere
perder bajo ningún concepto, lo que
constituye su aspiración, su deseo, su
esperanza; pero ninguna otra palabra como
el término "vida" logra resumir en todas
ellas de forma tan completa las mayores
aspiraciones del ser humano. "Vida" indica
la suma de los bienes deseados y al mismo
tiempo aquello que los hace posibles,
accesibles, duraderos». Y a continuación se
preguntaba el papa Wojtyla: «¿Acaso la
historia del hombre no está marcada por una
fatigosa y dramática búsqueda de algo o
alguien que sea capaz de liberarlo de la
muerte y de asegurarle la vida?» [Mensaje
del Santo Padre Juan Pablo II para la VIII
Jornada Mundial De La Juventud,
15-VIII 1992]
La ciencia, en el mejor de los casos ofrece
una solución transitoria y parcial. Por
mucho que avance será incapaz de resolver
la dura realidad de la muerte, de la ceniza,
del polvo al que hay que volver.
El cristiano, en coherencia con su fe en la verdad revelada
por Cristo y recibida en su Iglesia, ¿ha de
ver la muerte con entusiasmo o acaso con
indiferencia estoica? Conviene no
apresurarse en la respuesta. De una parte
tenemos el testimonio de santos que en la
madurez de su amor a Dios, desean tanto
verle, contemplar su Rostro y disfrutar de
su Amor infinito, que la muerte les resulta
no una trivialidad, pero sí un momento
sumamente gozoso, aun en medio del dolor que
puedan sufrir en la enfermedad previa. Es un
dato de experiencia a retener.
Ahora bien, el cristiano que percibe en su
corazón una cierta angustia ante la muerte,
o lo que viene a ser lo mismo, ante la
caducidad, el límite, ¿ha de inquietarse por
ello, es decir, poner angustia sobre
angustia, como si su obligación fuese
entusiasmarse ante la dura realidad? Pienso
que conviene tranquilizarse si se
experimentan esos sentimientos naturales: se
trata de sentimientos naturales ante
un acontecer inesquivable no natural.
Nos puede ayudar a comprender esto el que
fuera profesor insigne de teología, Joseph
Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI.
¿Qué significa ser hombre?
Leer a Joseph Ratzinger es ir de asombro en
asombro. Cuando uno espera una ardua y
difícil argumentación se encuentra resuelta
en unas pocas líneas una cuestión de siglos;
cuando espera un alarde de erudición, se
encuentra con la sencillez evangélica;
cuando piensa que ya está todo dicho sobre
una palabra evangélica se abisma en un pozo
sin fondo; cuando se dispone a un lenguaje
escolástico, se topa con términos que
parecen sacados del más puro existencialismo
ateo. Así, en su libro
El Dios de los Cristianos:
«Ser
hombre significa ser para la muerte. Ser
hombre es tener que morir, ser
contradictorio».
¿¡Contradictorio!? Esto equivale a
«absurdo». No se atreverá a decir tal cosa.
Pues sí, lo dice más adelante: «El
hombre, el ser absurdo…» [J. Ratzinger,
El Dios de los cristianos, Ed.
Sígueme, 2005, p. 84]
Pero antes explica en
qué consiste la absurdidad: «morir
por necesidad biológica y natural, y al
mismo tiempo albergar en su bios un
centro espiritual abierto que pide
eternidad; desde este centro, la muerte no
es natural sino, ilógicamente, una expulsión
del ámbito de la vida, ruina de una
comunicación llamada a durar. En este mundo,
vivir quiere decir morir.»
[ibid.]
Esta es la realidad de la existencia humana,
por más que uno se empeñe en negar: la
muerte no es natural, ser
hombre es –existencialmente hablando- ser
contradictorio. Reconozcamos que la
razón se estrella ante esa monstruosidad que
es la muerte. La muerte de los seres más
queridos se experimenta como un «no es
posible», ya no está; hoy, mañana, pasado
mañana no volverá a casa, «¡es absurdo!», no
es racional.
«De todos los males humanos, el peor es la
muerte.» Ella constituye «el dolor más
extremo de todos los que el hombre puede
padecer, porque nos despoja del más amado de
todos los bienes: la vida.» Estas
expresiones implacables no proceden del
materialismo ni del sensualismo, sino de
Santo Tomás de Aquino. Contra todas las
sentencias más o menos estoicas, según las
cuales deberíamos aceptar la muerte como
algo natural, pues todo lo que nace está
destinado obviamente a morir, la muerte
continúa siendo para todos, si somos
sinceros, «no sólo algo espantoso, sino algo
incomprensible…, una violación, una afrenta,
un escándalo» (J. Maritain), un hecho que
nada tiene de «natural» (J. B. Torelló).
Cabe decir que la palabra más elocuente del
Dios humanado sobre la muerte, en el mundo,
es el llanto. La demostración de la
absurdidad de la muerte se encuentra en
las lágrimas de Jesús ante la tumba de su
amigo Lázaro, cuando bien sabía que Él mismo
lo devolvería a la vida instantes después [cfr.
Jn 11, 35]. Es éste un momento privilegiado
para captar la verdad de la encarnación del
Logos y la verdad de la muerte. El Logos
–Palabra, Razón, Sentido, como suele
puntualizar Ratzinger a la traducción del
término de la Vulgata latina, Verbo –, el
Logos ante la irracionalidad, la
contradicción, la absurdidad de la muerte de
un ser creado para la inmortalidad, llora.
No es para menos. El Rostro de Dios humanado
ante el rostro del pecado, la muerte, llora.
El muerto puede ser un santo, pero en cada
muerte humana se refleja el rostro, el
drama, la absurda tragedia del pecado de la
humanidad.
Negar esa cierta contradicción que alberga
en sí misma la muerte del ser humano, además
de escamotear la realidad de la
existencia, sería a la vez bloquear el
paso al fondo de la esencia del
Cristianismo y del
sentido de
la existencia humano-divina de
Jesucristo en la tierra; sería desconocer la
gravedad de lo que necesitamos ser
salvados: el absurdo; por otro nombre,
el mal.
En rigor, el mal no es «criatura» (su autor
sí es criatura, no Dios) porque en el
Creador no hay sombra alguna de mal. Como
dice en otro lugar el cardenal Ratzinger: «el
mal no es una criatura nueva, algo
espontáneo y real en sí mismo, sino que es,
por naturaleza, negación, una corrosión de
la criatura. No es un ser –porque el ser
sólo puede proceder de la Fuente del Ser-,
sino una negación. Que la negación pueda ser
tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero
creo que es consolador saber que el mal no
es una criatura, sino algo parecido a una
planta parasitaria. Vive de lo que arrebata
a otros y al final se mata a sí mismo igual
que lo hace la planta parasitaría cuando se
apodera de su hospedante y lo mata. El mal
no es algo propio, existente, sino pura
negación. Y si me entrego al mal, abandono
el ámbito del despliegue positivo de la
existencia a favor del estado parasitario,
del autocarcomerse y de la negación de la
existencia.» [J. Ratzinger, Dios y el
mundo, Galaxia Gutenberg 2002, p. 120]
¿Qué significa «Se hizo hombre»?
Para liberarnos de tal monstruosidad, el
Verbo se hizo carne, el Logos se hizo
hombre. «Se hizo hombre» [artículo
del Credo] significa, por consiguiente,
también esto: fue a la muerte. La
contradicción propia de la muerte humana
adquiere en él su máxima agudización». [El
Dios…, p. 84]
Ratzinger considera que lo más grave de la
muerte de Cristo es la interrupción del
inefable diálogo con el Padre que constituía
el eje de toda la existencia humana de
Jesús. Pero este aspecto tiene una
profundidad que ahora no podemos abarcar. «El
grito mortal del salmo 21,
«Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»,
nos permite conjeturar algo de la hondura de
este acontecimiento». [El Dios…,
p. 85]
Un párrafo impresionante de la Encíclica
Deus cáritas est, confirma la crudeza
objetiva de la humana existencia: «Es
cierto que Job puede quejarse ante Dios por
el sufrimiento incomprensible y
aparentemente injustificable que hay en el
mundo. Por eso, en su dolor, dice: « ¡Quién
me diera saber encontrarle, poder llegar a
su morada!... Sabría las palabras de su
réplica, comprendería lo que me dijera.
¿Precisaría gran fuerza para disputar
conmigo?... Por eso estoy, ante él,
horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me
espanta. Dios me ha enervado el corazón, el
Omnipotente me ha aterrorizado » (23,
3.5-6.15-16). A menudo no se nos da a
conocer el motivo por el que Dios frena su
brazo en vez de intervenir. Por otra parte,
Él tampoco nos impide gritar como Jesús en
la cruz: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado? » (Mt 27, 46).
Deberíamos permanecer con esta pregunta ante
su rostro, en diálogo orante: « ¿Hasta
cuándo, Señor, vas a estar sin hacer
justicia, tú que eres santo y veraz? » (cf.
Ap 6, 10). San Agustín da a este
sufrimiento nuestro la respuesta de la fe:
«Si comprehendis, non est Deus», si
lo comprendes, entonces no es Dios. Nuestra
protesta no quiere desafiar a Dios, ni
insinuar en Él algún error, debilidad o
indiferencia. Para el creyente no es posible
pensar que Él sea impotente, o bien que «tal
vez esté dormido» (1 R 18, 27). Es
cierto, más bien, que incluso nuestro grito
es, como en la boca de Jesús en la cruz, el
modo extremo y más profundo de afirmar
nuestra fe en su poder soberano. En efecto,
los cristianos siguen creyendo, a pesar de
todas las incomprensiones y confusiones del
mundo que les rodea, en la « bondad de Dios
y su amor al hombre » (Tt 3, 4).
Aunque estén inmersos como los demás hombres
en las dramáticas y complejas vicisitudes de
la historia, permanecen firmes en la certeza
de que Dios es Padre y nos ama, aunque su
silencio siga siendo incomprensible para
nosotros.»
(Benedicto XVI, Enc. Deus caritas
est, n. 38). Obviamente la protesta
filial de que nos habla el Papa puede
referirse justamente a la muerte.
¿Por qué?
¿Por qué Dios nos ha creado "para enviarnos"
a la muerte?, es la pregunta que no cesa.
Ciertamente no es Dios quien nos ha enviado
a la muerte: «Porque Dios creó al hombre
para la incorruptibilidad, le hizo imagen de
su misma naturaleza» [Sab, 2, 23] ¿Entonces?
¿Estamos ante la frustración de la
omnipotencia divina? Per peccatum mors
[Rom 5, 12],
por el pecado entró la muerte en el mundo.
Por una libertad creada buena, que eligió el
mal, entró el absurdo en el universo y en
nuestro mundo. El mal es lo ininteligible;
por lo absurdo de la soberbia –obra de la
criatura autoendemoniada- entró el absurdo
de la muerte en el mundo. El absurdo
desencadena una sarta de mentiras, engaños,
errores buscados, aparentes autosuficiencias
de lo insuficiente, poderes fantasmales y
despóticos, odios a la vida, al alma y al
cuerpo, en una palabra, lo que no se quiere
nombrar: el pecado, lo monstruoso.
«Hacerse hombre», significa que el Logos,
es decir, el Hijo de Dios vivo, eternamente
engendrado en el seno amoroso del Padre, que
es toda la sabiduría, el orden, la paz, la
vida en plenitud, el principio de
inteligibilidad de todas las cosas,
desciende al terreno del absurdo, de la
contradicción, de la muerte, para vivir
en ello, para morar en ello, para morir en
ello, para salvarnos de todo ello. Desciende
del Cielo y desciende «a los infiernos», al
lugar de los muertos, viviendo la muerte, si
se puede hablar así.
Debiéramos calar hondo, con la ayuda de la
Gracia, en la grandeza de la humildad del
Hijo de Dios, en la magnitud del abismo del
que habíamos de ser salvados, y por tanto,
en la magnitud de la obra de la Redención.
Nunca lo haremos bastante.
Con su descendimiento a la profundidad de la
muerte, el Hijo de Dios no nos ofrece un
argumento racional explicativo del
misterio del dolor, porque no lo hay.
Responde a nuestras angustiosas y
justificadas preguntas no con un argumento,
sino con un hecho elocuentísimo: su
encarnación para morir.
«Todo se hizo por él y sin él no se hizo
nada de cuanto existe» [Jn 1, 3]. Entrar
en él sería el modo de entenderlo todo.
Establece su morada entre nosotros. Con ello
–entre otras muchas cosas que aquí es
imposible resumir- viene a decirnos algo
así:
Yo, el Logos, la Sabiduría misma, no puedo
explicaros lo inexplicable; pues bien, asumo
la responsabilidad de vuestra dolorosa
existencia, asumo vuestra misma naturaleza
mortal, asumo la contradicción, el absurdo,
la muerte, salvo el pecado, para que
entendáis esto que os demuestro como mi vida
y con mi muerte: vale la pena ser hombre,
vale la pena vivir y vale la pena morir.
Tengo poder para dar mi vida y poder para
recobrarla. Lo haré. Así podréis confiar
plenamente en mí. Así vuestra fe será fe
razonable. Tened fe Mí. Mirad mi llanto
sobre todos los Lázaros del mundo, y sobre
toda Jerusalén de la tierra. Tomad y
comed: esto –este pan- es mi cuerpo
(transustanciación) que se entrega a
la tortura de la Cruz. Tomad y bebed:
esto –este vino- es mi sangre que
se derrama para el perdón de los pecados.
Yo he venido a transformar la violencia en
amor, la muerte en vida, el fracaso en
victoria, el absurdo en coherencia…
«Dios contra sí mismo»
«Cuando Jesús habla en sus parábolas del
pastor que va tras la oveja descarriada, de
la mujer
que busca la dracma, del padre que sale al
encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no
se trata
sólo de meras palabras, -dice Benedicto XVI-
sino que es la explicación de su propio ser
y actuar. En su muerte en la
cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí
mismo, al entregarse para dar nueva vida al
hombre y
salvarlo: esto es amor en su forma más
radical»
[BENEDICTO
XVI,
Deus caritas est,
25-XII-2005, n. 12]
«Dios contra sí mismo». El Papa utiliza
libremente el lenguaje, aunque en apariencia
rompa esquemas intocables, con tal de
despertar la mente al misterio del amor de
Dios involucrado en el misterio del hombre;
y, aquí, apunta a esa especie de dialéctica
figurada que, en el amor, «sintetiza» la
justicia con la misericordia para liberarnos
del absurdo en que nos hallamos inmersos.
Un nuevo lenguaje para la lógica de Dios.
Hay la lógica de la física, la lógica
matemática, la lógica de la biología, la
lógica de la razón, las razones del corazón
que la razón no entiende…; y la lógica del
amor. Todas encuentran su unidad y armonía
profundas en el Logos divino. Sólo chirría
con su estridencia absurda la lógica del
mal, cuyo autor es criatura. Y esa
estridencia perturbadora será por fin
anulada por la sobreabundancia de aquella
sabiduría que es todavía hoy «escándalo para
los judíos, necedad para los gentiles; mas
para los llamados, lo mismo judíos que
griegos, un Cristo, fuerza de Dios y
sabiduría de Dios. Porque la necedad divina
es más sabia que la sabiduría de los
hombres, y la debilidad divina, más fuerte
que la fuerza de los hombres» [1 Cor 1,
23-24]. La lógica de Cristo crucificado, el
Logos humanado en la cruz, torturado, muerto
y enterrado como el grano de trigo.
Lo que al absurdo parece absurdo es la
sabiduría que salva: «pues la predicación de
la cruz es una necedad para los que se
pierden; mas para los que se salvan - para
nosotros - es fuerza de Dios. Porque dice la
Escritura: Destruiré la sabiduría de los
sabios, e inutilizaré la inteligencia de los
inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde
el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo?
¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del
mundo? De hecho, como el mundo mediante su
propia sabiduría no conoció a Dios en su
divina sabiduría, quiso Dios salvar a
los creyentes mediante la necedad de la
predicación. Así, mientras los judíos piden
señales y los griegos buscan sabiduría,
nosotros predicamos a un Cristo crucificado»
[1 Cor, 1-18-23]
Transitando de la Vida a la muerte, el Logos
ha pasado de la muerte a la Vida y
«no puede sucumbir ya: resurge al otro
lado del umbral de la muerte y crea una
nueva plenitud. Sólo la resurrección
descubre así lo último, lo definitivo en el
artículo de fe «Se hizo hombre»: por ella
sabemos que eso de ser hombre vige eternamente: Jesucristo se ha hecho hombre para siempre. Por él entró la
humanidad en el propio ser de Dios: ese es
el fruto de su muerte. Estamos en
Dios. Dios es el totalmente
otro
(Ganzandere)
y el no-otro (Nichtandere)
simultáneamente. Cuando decimos
Padre con él, lo decimos en Dios mismo. Esa
es la esperanza de los
hombres,
la alegría cristiana, el evangelio: aún hoy
es hombre. En él Dios se ha hecho
verdaderamente el no-otro. El hombre,
el ser absurdo, ya no es absurdo. El hombre,
el ser desconsolado, ya no está
desconsolado: podemos alegrarnos. Él nos
ama: Dios nos ama de tal modo que su amor se
hizo carne y carne permanece. Esta alegría
debería ser el impulso más fuerte para
comunicar eso mismo a otros, para darles
también a ellos la alegría de la luz que nos
ha nacido y anuncia el día en medio de la
noche del mundo» [El Dios…, p. 85-86].
No hay pues por qué minimizar ese cierto absurdo del que
partimos, sino –unidos a la vida de Cristo-
superarlo («ya no es absurdo»), como
hacen los santos, con la gozosa certeza de
una resurrección que no sólo aguarda en el
futuro, sino que actúa ya en el presente…
«hasta la Manifestación de nuestro Señor
Jesucristo, Manifestación que a su debido
tiempo hará ostensible el Bienaventurado y
único Soberano, el Rey de los reyes y el
Señor de los señores, el único que posee
Inmortalidad, que habita en una luz
inaccesible… A él el honor y el poder por
siempre. Amén.» [1 Tim 6, 14-15].
La Iglesia celebra todos los días el
Misterio Pascual tantas veces cuantas ce
celebra el Santo Sacrificio Eucarístico,
pero se prepara durante cuarenta días –la
Cuaresma- con especial intensidad, para
celebrarlo más solemnemente en el Tiempo
Pascual, y así –año tras año-, participemos
también más intensamente en la Vida del
Verbo encarnado.
Así, pues, «la
Cuaresma nos impulsa a dejar que la palabra
de Dios penetre en nuestra vida para conocer
así la verdad fundamental: quiénes somos, de
dónde venimos, a dónde debemos ir, cuál es
el camino que hemos de seguir en la vida. De
este modo, el tiempo de Cuaresma nos ofrece
un itinerario ascético y litúrgico que, a la
vez que nos ayuda a abrir los ojos a nuestra
debilidad, nos estimula a abrir el corazón
al amor misericordioso de Cristo»
[Benedicto XVI, Audiencia general, 1
de marzo 2006]
No hay fuera del cristianismo –fuera de
Jesucristo- una promesa de auténtica vida
eterna, personal, plena, semejante –por
participación- a la de Dios, que es Amor. De
este modo, la
vida humana no sólo queda salvada del
absurdo
sino sanada y elevada en cierto modo a la
altura del mismo Hijo de Dios, ya que él nos
hace partícipes de su filiación: hijos en el
Hijo.
Se entiende
ahora
lo que dicen los santos:
«Cara a la muerte, ¡sereno! --Así te
quiero. --No con el estoicismo frío del
pagano; sino con el fervor del hijo de
Dios, que sabe que la vida se muda, no
se quita.
--¿Morir?...
¡Vivir!»
[San Josemaría Escrivá, Surco, n.
76]. «¡No me hagas de la muerte una
tragedia!, porque no lo es. Sólo a
los hijos desamorados no les
entusiasma el encuentro con sus padres.»
[Surco, n. 885]. «Esta ha sido la
gran revolución cristiana: convertir el
dolor en sufrimiento fecundo; hacer,
de un mal, un bien. Hemos despojado al
diablo de esa arma...; y, con
ella, conquistamos la eternidad». [Surco
887]. «Hemos de andar sin miedo a la
vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir
a toda costa el dolor, que para un
cristiano es siempre medio de
purificación y ocasión de amar de veras
a sus hermanos, aprovechando las
mil circunstancias de la vida
ordinaria.» [Amigos de Dios, 141].
Como del grano de trigo enterrado brota la
espiga granada, de la ceniza emerge la
memoria de la Vida, ya presente, que no
tendrá fin.
Por lo tanto, a pesar de todo:
VALE LA PENA SER HOMBRE *
Sucede que me canso de ser hombre.
Este conocido verso de Pablo Neruda podría
ser expresión de un sentimiento oculto en lo
hondo de muchos corazones contemporáneos. El
siglo XX no se caracterizó por su optimismo
existencial. Los existencialismos ateos
–necesariamente pesimistas - menudearon. Con
la «muerte de Dios» vino el cansancio del
hombre. A muchos se les hace de noche antes
de que llegue la tarde. Jóvenes en edad,
están de vuelta de todo sin haber ido a
ninguna parte; han estragado su paladar
informe degustando frutos prematuros,
agraces. Si hubieran tenido esperanza, si
hubieran querido esperar un poco...
A fuerza de analgésicos y anestésicos (por
lo demás, muy de agradecer), de abundancia y
de consumo a tope, el hombre atraviesa sus
momentos de mayor blandura. Un pequeño dolor
resulta insufrible. El trabajo serio
estresa. La familia agobia. La pasión por el
fin de semana neutraliza toda posible
sedación. Se espera tanto del descanso, que
frustra. Hombre y mujer se cansan de serlo.
Una enfermedad de regular consideración es
insoportable. La muerte es trágica o
anhelada. ¿Quién es el culpable de tan
lamentable situación? Obviamente, ¡Dios!...,
si existe. ¿Por qué nos ha hecho así? En el
libro de Jeremías se encuentra el lamento de
muchos: «¡Maldito el día en que nací! ¡el
día que me dio a luz mi madre no sea
bendito!» (Jer 20, 14).
Pero también en el cristiano profundamente
esperanzado se encuentra el drama de san
Pablo: «¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de
este cuerpo de muerte?» (Rom 7, 24). Es otro
estilo, otro género, no es trágico, pero sí
dramático. Nada humano le es ajeno. La
respuesta de Dios es «Te basta mi gracia,
porque la fuerza resplandece en la flaqueza»
(Cor 12, 9). Es cosa de abrirse a la vida
divina, ya que Dios se abre a la humana.
Tanto, que exclama: «¡mis delicias están con
los hijos de los hombres!» (Prov 8, 31). Lo
que para algunos es insoportable levedad del
ser, ansiosa fragilidad, para EL QUE ES,
resulta apasionante.
Es sorprendente. A pesar de las rebeldías y
crueldades, a pesar de haberle pesado de
haberlo hecho (cf Gen 6, 6), «la Trinidad se
ha enamorado del hombre» (S. Josemaría
Escrivá, Es Cristo que pasa, 85) y
el Verbo se ha hecho carne (Jn 1, 14 ).
Dios se ha hecho hombre; no en plan
«realidad virtual», sino de carne, sangre y
hueso, con exquisita sensibilidad, capaz de
sufrir y de morir como el que más. Asume una
verdadera naturaleza de modo irreversible.
Sin marcha atrás, para siempre. Verbo y
carne –después de la Encarnación- son ya una
unidad indivisible.
Es un impresionante compromiso el que asumió
el Verbo al hacerse carne. Se comprometió a
correr nuestra misma suerte, sin trampa ni
cartón, sin ventaja alguna. Se «anonadó a sí
mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2, 7).
No hace como un rico que va a indagar, para
satisfacer su curiosidad, cómo se vive en un
miserable suburbio, y adopta la miseria con
el mayordomo aguardando una señal, por si
acaso. La Encarnación es un compromiso de
vivir en toda su hondura la humana
existencia.
Se encarna en María y no la convierte en
emperatriz de Roma, la deja a su suerte, es
decir, sometida al dinamismo propio del
mundo y de la sociedad de su lugar y tiempo.
Ha de dar a luz en un pesebre. Cuando
Herodes decide eliminar al Mesías degollando
a todos los niños como Él, no se utiliza la
omnipotencia para pulverizarlo, han de huir
escondidos por lugares desiertos. El Verbo
se ha hecho pobre e indefenso de veras.
Después del exilio vuelve a Nazaret.
LA COMPLICADA VIDA DE NAZARET
Suele pensarse en aquellos años «ocultos» de
la Sagrada Familia en Nazaret, como un vivir
pacífico sin complicaciones, en una más bien
idílica convivencia con los nazarenos. Pero
es de temer que no fuera así. «¿De Nazaret
puede salir algo bueno?», suelta Natanael
(Jn 1, 46). Fama de gente encantadora no
tenían los de aquel pueblo. Y ciertamente no
lo eran. Cuando Jesús ha predicado ya su
mensaje de salvación en otros sitios, vuelve
a sus paisanos, con la gran ilusión de
llevarles la Buena Noticia, el Evangelio. ¿Y
qué hacen éstos? Lo conducen a lo alto de
una peña para despeñarlo (cf Lc 4, 29). No
eran buenos, eran agresivos, fanáticos,
crueles. No fueron fáciles los años del
Verbo hecho carne en Nazaret. Sólo un gran
amor pudo soportar aquella zafiedad, aquel
natural iracundo y despiadado. Cristo es el
Amor encarnado y no rehuye la dificultad, no
juega con ventaja. ¡Le merece la pena vivir
entre nazarenos!
Y viene la murmuración, la calumnia, que si
es un impostor, que si está endemoniado, que
si expulsa los demonios con el poder de
Belcebú, que si es enemigo de César y del
pueblo... Lo juzgan inicuamente. Lo
flagelan. Él hubiera podido decir ¡basta! En
cualquier momento; pero no juega con dados
trucados y es absolutamente fiel al misterio
de la Encarnación. Se somete a la inhumana
crueldad humana, a la coronación de espinas,
a los puñetazos y esputos en la cara, y al
tormento de la cruz. No cabe situación más
vejatoria. Es la muerte dedicada a los
peores los criminales. Sus verdugos le
gritan desde abajo, burlándose: «¡baja de la
cruz y creeremos en ti...! » (cf Mt 27,
40-42). Hubiera podido fulminarlos con una
mirada, pero hubiera sido jugar con ventaja.
Resulta que al Verbo le merece la pena todo
eso que nos horroriza. De lo contrario, no
hubiera asumido el compromiso. Si lo asume
es que le vale la pena ser hombre con todas
sus consecuencias; indigente, perseguido y
crucificado. ¡Le vale la pena!. No se cansó
de ser hombre. Sufrió angustia, tedio,
tristeza de muerte, horror, los más
indeseables sentimientos humanos.
LA RESPUESTA DE DIOS
He aquí la respuesta divina a nuestros
posibles o reales cansancios y
desesperaciones: «el Verbo se hizo carne y
puso su morada [vivió, convivió, padeció y
murió] entre nosotros». En ocasiones parece
que lo nuestro no es vida; que no merece la
pena engendrar hijos para este mundo, que
más vale vivir el presente sin pensar en el
pasado ni en el futuro para gozar con la
mayor intensidad posible de este momento,
que «es todo lo que hay». Se diría que el
hedonismo es la única respuesta a los
angustiosos interrogantes del hombre:
carpe diem!.
Pero, no. La respuesta es: el Verbo se hizo
carne. «En realidad el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado» (GS 22). Sólo Cristo «manifiesta
plenamente al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación... El Hijo de
Dios, con su encarnación, se ha unido en
cierto modo con cada hombre. Trabajó con
manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de
la Virgen María, se hizo verdaderamente uno
de los nuestros, semejante en todo a
nosotros, excepto en el pecado» (JPII, RH
8). Esta es la respuesta. Si Dios
–Omnipotencia, infinitud de gozo en el Amor
inmenso- se hace hombre, es que ¡vale la
pena ser hombre, aunque sea en la más
deplorable situación!. No hay que darle más
vueltas.
Si Dios asume plena y exhaustivamente la
naturaleza humana, sin ventaja alguna,
comprometiéndose libre e íntegramente con el
sufrimiento humano, entonces es evidente que
el sufrimiento vale la pena. Cuando se
contempla a la luz de la Encarnación del
Verbo el sufrimiento se convierte en luz y
fuente de gozo. «Por Cristo y en Cristo se
ilumina el enigma del dolor y de la muerte,
QUE FUERA DEL Evangelio Nos envuelve en
absoluta oscuridad» (GS, 22; cf y véase
Salvifici doloris, 31). Cristo dice: ¡vale
la pena!. Él es «el ‘Redentor del hombre’,
el ‘Varón de dolores’, que ha asumido en sí
mismo los sufrimientos físicos y morales de
los hombres de todos los tiempos, para que
en el amor puedan encontrar el sentido
salvífico» (Salvifici 31). «Fuera de esta
perspectiva, el misterio de la existencia
personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde
podría el hombre buscar la respuesta a las
cuestiones dramáticas como el dolor, el
sufrimiento de los inocentes y la muerte,
sino no en la luz que brota del misterio de
la pasión, muerte y resurrección de Cristo?»
(Fides et ratio, intr.)
AMOR HABÍA PARA MUCHO MÁS
Cabría pensar que Cristo no asumió «todos»
los sufrimientos humanos. En la distancia,
puede parecer que la cruz no es todo lo que
el hombre puede sufrir. Indudablemente es
todo lo que puede sufrir en un tiempo
limitado, física y, mucho más aún, en el
orden de los afectos. ¿Qué puede haber más
doloroso que ser crucificado por los propios
hijos y hermanos?
Pero si queda alguna duda sobre la
universalidad de sus dolores físicos y
morales, si por una empecinada terquedad nos
parece que Cristo no se ha comprometido con
«mi» concreto, particular e insufrible
sufrimiento, san Juan de Ávila nos ofrece
una consideración muy plausible: el amor de
Cristo es tanto que ni siquiera su muerte en
la cruz logra expresarlo, «porque así como
le mandaron padecer una muerte, le mandaran
millares de muertes, para todo tenía amor. Y
si lo que le mandaran padecer por la salud
de todos los hombres le mandaran hacer por
cada uno de ellos, así lo hiciera por cada
uno como por todos. Y si como estuvo
aquellas tres horas penando en la cruz fuera
menester estar allí hasta el día del juicio,
amor había para todo si nos fuera necesario.
De manera que mucho más amó que padeció,
mucho mayor amor le quedaba encerrado en las
entrañas del que mostró acá de fuera en sus
llagas» (Trat. del amor de Dios, 10).
A luz de la revelación divina sobre el
corazón de Cristo no cabe duda de que, si
hubiese sido menester, Cristo Jesús hubiera
muerto de cáncer, de lepra o de la
enfermedad de Alzheimer. Su actitud, su
ejemplo, su entrega, nos declaran que
cualquier sufrimiento que pueda padecer el
hombre sobre la tierra, vale la pena si se
incorpora al suyo r