Jueves - 17.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
La vida del cristiano La vida del cristiano
Amor a la Madre de Dios Maria Madre de Dios
Sobre el Adviento Adviento
Tiempo de Navidad Tiempo de Navidad
Año Nuevo. Tiempo y eternidad Año Nuevo. Tiempo y eternidad
TIEMPO DE EPIFANÍA Epifanía
Cuaresma Cuaresma
Semana Santa Semana Santa
Tiempo pascual, Se celebra la Resurrección de  Jesucristo, fundamento de nuestra fe, Tiempo pascual
San José San José
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, SANTO DE LO ORDINARIO San Josemaría, Santo de lo ordinario
Cuadros de espiritualidad Cuadros de espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

HACIA EL BELÉN ETERNO (Antonio Orozco Delclós)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo

EN LA VENTANA DEL TIEMPO

CAMINO DEL BELÉN ETERNO *

Por Antonio Orozco

Fuente: Arvo.Net

 Mucho tiempo trascurrido desde la noche de Belén. Veinte siglos parecen casi una eternidad, algo perdido en las nieblas del pasado donde nada tiene consistencia real. Sin embargo la Navidad es eternamente actual: «un comienzo incesante. El comienzo que no 'fue' una vez, sino que 'está siendo' siempre, y está siendo en cada uno de nosotros» [1]. Pasó también el 25 de diciembre. A punto estamos de cruzar el umbral de un nuevo año… camino del Belén eterno.

 Vienen al recuerdo las palabras de Juan Ramón Jiménez: «Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas de la corriente de mi vida: sangres y sueños. Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente»[2]. Mi fuente es Aquel que dijo, y sigue diciendo: «Yo soy la Vida»...

 Dios nos ha creado con un ansia hondísima de vivir, no cien años sino siempre y nos asegura que, en verdad, más allá del tiempo ‑breve en todo caso‑ nos espera la eterna plenitud del gozo: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida»[3].

 Es claro que todo hombre tendrá vida sin término, pero cuando en la Escritura Santa se habla de «vida eterna», se refiere sólo a la de los bienaventurados, porque la otra, la de los autoexcluidos del amor de Dios, más que vida, será lo suyo una agonía interminable.

 Para que todos seamos felices, escribe Juan: «Queridísimos, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es»[4]. No como al través de velos, espejos  o sombras, sino en Sí mismo [5]. Semejantes al Jesús del Tabor, endiosados, extasiados, contemplaremos y viviremos en el torrente inefable de Amor que es la Trinidad. Escucharemos el diálogo eterno de las tres divinas Personas. Asistiremos a la eterna generación del Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.

 «La juntura de todos los bienes»

 A gentes poco ilustradas se les puede antojar algo monótono pasar la eternidad contemplando ‑simplemente contemplando‑ a Dios. Pero sucede que en ello se encuentra «la juntura de todos los bienes», según san Juan de la Cruz [6], pues Dios es toda la Verdad, toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo el Amor. Esto no es  pasividad sin más, es contemplación que suscita amor inmenso, una operación intensísima, con entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo gozo. Conocer, amar y ser, vendrán a ser lo mismo, o casi. Allá sí, parece decir Juan evangelista. «Si el amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo?» [7], donde el Amor se posee y se vive en toda su maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (...) ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: "ni ojo vio, ni oído oyó..." Vale la pena, ..., vale la pena»[8].

 Cuenta Francisca Javiera del Valle, cómo «allá... en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín, allí con esa mayor ligereza me veía allá, en aquellas inmensas y dilatadas alturas, donde siempre están todos como en el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo que quieran. Siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de sí. Es Dios cielo dilatado y por eso siempre se está viendo y gozando nuevos cielos, con inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras siempre las ve y las goza el alma como en el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos siempre el alma se halla eternamente feliz[9]. No hay riesgo de cansancio o hastío. «Aquí dura siempre una alegre primavera, porque está desterrado el erizado invierno; ni la furia de los vientos combaten los empinados árboles, ni la blanca nieve desgaja con su peso las tiernas ramas ‑dice Malon de Chaide‑; aquí el enfermizo otoño jamás desnuda las verdes arboledas de sus hojas (...)».

 Decía en cierta ocasión un sacerdote santo: «Cuando demos el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita»[10]. El fundamento es claro, lo dice el Espíritu en el Apocalipsis, 21, 3-5: Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: « Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. » Entonces dijo el que está sentado en el trono: « Mira que hago un mundo nuevo. » Y añadió: « Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas. »

Lo único necesario

 Es cierto pues, que «allá no se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no llega a ti muerte porque todo es vida, no hay dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman, su oficio es amar y no saben más que amar; tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa, desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una cosa: Una sola cosa es necesaria [11].  Dice el gran Coro del Cielo: Acá te turbas por muchas cosas, allá una sola cosa te sacia [12].»

 Allá los ángeles, «vueltos a mirar aquella fuente de amor dulcísima, arden con un sabroso fuego, adonde ¿quién podrá decir lo menos de lo que gozan? Están rendidos a aquella divina, pura, antiquísima hermosura de Dios; llévalos el amor enlazados y presos de un dulce y libre lazo de amor, para que tornen a la fuente y principio de donde salieron; y como ven aquel Sol de infinita belleza, amante eterno de sí mismo, vanse aquellas mentes angélicas, atónitas, enajenadas de sí, libres, sin libertad, presas, sin prisión, como las mariposas a la llama. Allí se encienden y no se queman; arden y no se consumen; apúranse y no se gastan. Oh sol resplandeciente, hermosura infinita, espejo purísimo de la gloria ¿Quién podrá decir lo que sienten los que te gozan?» [13].

 Nadie puede decir lo indecible. He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Ibame el Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más»[14].

 Pero oigamos aun otro poco: «No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer el todo; tendrás todo...»[15]. Como dice el Angel a Geroncio, en el poema de Newman:

 Ya no puedes
abrigar un deseo
que no deba desearse [16].

 Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta»[17].

 Asistiremos pasmados a la eterna generación del Verbo y a la espiración del Espíritu Santo. Veremos y paladearemos el cariño infinito que nos tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, y con la Trinidad del Cielo, la Trinidad de la tierra, Jesús ‑Verbo que enlaza una y otra Trinidad‑, María y José. Los grandes amores, las Personas infinitamente buenas serán nuestra compañía, nuestra conversación, nuestro gozo eternos. Todas las maravillas del amor divino y del amor humano las gozaremos en plenitud. Ciertamente «será una continua fiesta».

 Un futuro que ya es

 No son, éstos, sueños vanos, no son solo consuelo para los afligidos de este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima, fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que san Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la tierra ya poseedor del Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo»[18]. Por eso, el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús. Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder un instante. Y si alguien preguntase por qué así, la respuesta habría de ser semejante a esta:

 La eternidad es muy larga
(...) y llevamos prisa [19].

 ¿Cómo será "mi" Cielo?

 Depende, claro es. Depende de mi caridad en el instante de cruzar la frontera del tiempo [20]. Mi belén eterno depende de la medida del amor a Dios (y, por tanto, al prójimo) que haya conquistado en este tiempo fugaz. Qué bien se entiende la urgencia de san Josemaría: «Tened prisa en amar»[21]; «todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad»[22]. La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad [23]. Porque cada momento, cada ocupación, puede ‑y requiere‑ llenarse con todo el amor divino que se lleve en el corazón. Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» [24]. Este es el camino para arribar al Cielo: La santidad 'grande' está en cumplir los 'deberes pequeños' de cada instante [25]. No es poco, porque no es fácil. Pero la gracia de Dios nos lo hace asequible, nos eleva hasta esa medida divina.

 Fe, esperanza, amor ‑vida teologal‑ en los mil detalles de la vida ordinaria. Incrementando así, cada día un poco, las virtudes humanas y las sobrenaturales. Pequeños detalles de prudencia, de justicia, de fortaleza, de templanza. El cuidado en las pequeñas cosas ‑no sólo de las grandes‑ que pertenecen al culto divino, a la santa pureza, a la vocación recibida. Así, día a día, paso a paso llegará el momento de oír la voz de Jesús: muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor [26]. Yo mismo ‑dice Dios‑ seré tu recompensa inmensamente grande [27].

  En la ventana del tiempo

 Fascina siempre asomarse un poco a la ventana del tiempo, para verlo pasar. Cuántas cosas pasan en el tiempo. Cómo pasa el tiempo en las cosas.

 Crepúsculo y aurora se suceden en un breve espacio, quizá inadvertido en su hondura. Debiéramos maravillarnos más del fluir sin tregua de cuanto vemos, hacia el inmenso mar sin tiempo, instante único de gozosa plenitud, si se han sabido llenar de sentido divino los huidizos momentos del tiempo que ahora nos es dado. Es ésta una tarea suprema, porque

 No remontan los ríos su curso hacia su fuente
y el sol de cada día no es nunca el mismo sol
y el minuto que muere se muere para siempre
y si ya no fue tuyo... ya nunca lo será [28].

 Quisiéramos asir el instante, que no se vaya, que ya no vuelve, que se va...

 Ya es tarde, se fue... «El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta» [29].

 «Estábamos hablando hace un instante: 'Dentro de veinte años, cuando yo tenga cuarenta y cinco...' Y de pronto (...) sin saber cómo, nos encontramos diciendo: 'Hace veinte años, cuando yo tenía veinticinco'. Y ¿qué es lo que ha pasado mientras tanto, en este dudoso, incojible, incomprendido instante?. Nada, eso, tiempo» [30]

 Sí, han pasado cosas, pero, buenas o malas, qué raudas. A veces el tiempo finge una ilusión de eternidad: parece como si lo que hacemos hoy pudiésemos hacerlo siempre. Y no. El tiempo nos hiere desde nuestro primer instante: todo tiende entre los humanos, como el fruto natural, hacia la gran muerte que cada cual lleva en sí [31]. Es un pensamiento que, a la luz de la Fe, no aflige. Al contrario. «¿No has oído con qué tono de tristeza se lamentan los mundanos de que cada día que pasa es morir un poco? / Pues, yo te digo: alégrate, alma de apóstol, porque cada día que pasa te aproxima a la Vida» [32]

 Ver el tiempo pasar, asomados a su ventana, no apesadumbra. «A los 'otros', la muerte les para y sobrecoge. ‑A nosotros, la muerte ‑la Vida‑ nos anima y nos impulsa. / Para ellos es el fin: para nosotros, el principio» [33]

 ¿Qué es el mar?

 Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es... ¡el vivir!

 El mar, parábola de la eternidad. La estabilidad honda bajo la mudanza ‑serena o brava, pero siempre breve‑ de la superficie. Siempre se ha cantado al mar con más pasión que al río. Es que no anhelamos fluir en el tiempo, sino adentrarnos en lo eterno, en la intensa quietud de la Belleza, Verdad, Bondad, Sabiduría y Amor plenos.

 ¿Qué misterios nos aguardan en las simas del mar?

 Lo hemos dicho ya: depende. Depende del cauce por donde haya fluido el río. Depende del contenido del brevísimo espacio que media entre el tiempo del nacer y el instante del morir. Depende de la hondura con que hayamos penetrado en el misterio de la vida y en el misterio de la muerte.

 Depende; porque el tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Hasta ha podido decirse que nada muere, que todo baja del río del tiempo al mar de la eternidad y allí queda. Todo pasa y todo queda. Es cierto. ¿No dice la Escritura que «son felices los que mueren en el Señor, porque sus obras les acompañan» [34]? Sí, «descansan de sus trabajos, porque sus obras les acompañan» [35]

 Los actos humanos graban siempre una huella en el alma y van escribiendo, de modo invisible a nuestra mirada roma, toda la historia de la persona. Quizá cuando se vea el alma en el más allá, podrá leerse en su transparencia inefable todo cuanto hizo. El alma humana, última en el orden de las criaturas intelectuales, por su naturaleza se alza sobre la creación corpórea, sin depender de ella. Aunque su acción en cuanto toca a lo ínfimo y material, que está en el tiempo, es temporal, cuando se mueve buscando las cosas supremas que están sobre el tiempo, participa de la eternidad. [36]

 El presente huye y el futuro es incierto. En cambio, el pasado es sólido, duro, inmutable: siempre será tal cual ha sido. Mis actos futuros dependen de mi libertad: podrán ser éstos o aquellos. Pero cuando ya hayan sido, quedarán fijos, siempre inalterados. Serán pasado, y sin embargo gravitarán todos sobre mi eternidad, decidirán mi vida sin fin. Todos mis instantes se harán presentes en aquél en que mi tiempo acabe, y harán más o menos dichoso o -Dios no lo permita-, más o menos triste mi eterno vivir. Lo dice el Espíritu Santo: «cuando llega el fin del hombre, se revela su historia. Antes de que muera, no declares dichoso a nadie; en el desenlace se conoce al hombre» [37]. Enorme responsabilidad la de mi libertad presente. Construye el pasado, el futuro, y lo eterno.

 Si he sido fiel, tantas cosas buenas ‑desvanecidas ahora en el olvido de mi memoria‑ aparecerán con esplendor insospechado. «Si las flores que te canto son leves, y se mustian, y se caen en el polvo, no he de lamentarlo nunca; porque la ausencia no es pérdida en tu mano, y los momentos fugitivos que florecen en belleza se mantienen frescos siempre en tu guirnalda»[38].

 El Señor, no olvida; no hay pasado ni futuro en Él. En mi alma ‑aunque no lo sienta‑ queda la impronta de cada uno de mis actos. Todo mi trabajo, mi oración, mi sacrificio ‑aunque bien poco sean‑ han de revivir acumulados en aquel instante supremo. Que por eso dijo David que era «preciosa la muerte de los santos en el acatamiento de Dios [39], aquí vienen en uno a juntarse todas las riquezas del alma y van allí a entrar los ríos del amor del alma en la mar, los cuales están allí ya tan anchos y represados que parecen ya mares; juntándose lo primero y lo postrero de sus tesoros, para acompañar al justo, que va y parte para su reino, oyéndose ya las alabanzas desde los fines de la tierra, que, como dice Isaías, son gloria del justo[40]» [41].

 Todo lo bueno es acumulativo. Si, por ejemplo, consigo vivir cincuenta años rezando todos los días el Santo Rosario, podré decirle a mi Madre Santa María, al final de mi tiempo: Madre, te he dicho más de un millón de veces que ruegues por mí en esta hora. ¡Qué seguridad, qué paz entonces Si está hecho por Amor, aunque sea muy pequeño, eso, que parece sin importancia, tiene un valor de eternidad [42].

 ¿Y lo malo? ¿qué pasará con lo malo? Lo malo, es también acumulativo.

 ¿El mal que he hecho, me acompañará también por toda la eternidad? ¿Es cierto ‑como asegura un personaje de T. S. Eliot‑ que el pasado no tiene rescate?

 La Redención del tiempo

 Verdad es que el hombre nada puede contra el pasado. Pero el Señor de la Historia puede herir al tiempo, y hurtarle cuanto de impureza haya habido en él. Es lo que hace en el sacramento de la Reconciliación. Allí Dios, con su Sangre redentora, penetra en el corazón contrito, y aniquila toda culpa. El tiempo queda terso y el alma pulcra, lista para adentrarse en la infinita santidad del Dios tres veces Santo. No habremos de andar penando eternamente con cargas tan enojosas. Dios es magnífico.

 Con el sacramento de la penitencia puedo comenzar cada tiempo con un pasado como el de un niño, con la humildad de la persona madura, y un futuro abierto a certísimas esperanzas. Y andar siempre con garbo ‑aun después de las caídas‑ hacia la Plenitud, eternizando instantes, pues la duración ‑es preciso decirlo lo más claramente posible‑, la duración del instante está un poco en función de su calidad; de modo que podemos vivir, si lo queremos de veras, instantes inmensos, instantes que brillen en dimensiones de proximidad al Absoluto[43].

 ¿Cómo lograrlo? Basta con aprender a rezar. La oración verdadera, la oración intensa libera el tiempo de escorias, desemboca en el instante de la eternidad[44]. Tal oración se halla al alcance de la mano de un niño. Si vivo el consejo del Apóstol: ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios[45]; si vivo de Amor, en Dios, convierto el trabajo y todas mis cosas en oración, confiero al instante un valor colosal. En sólo uno puedo ganar lo que otros no alcanzan en mil años o siglos; cosa no de maravillar si se considera que en Dios un día es como mil años y mil años como un día [46]. Por tanto, si Dios vive en mí y yo en El, puedo dar a mi vida entera un contenido sobrenatural fabuloso, como hizo aquél de quien hablara el Espíritu Santo: consumido en breve, cumplió muchos tiempos[47].

 En poco tiempo puedo gozar de una larga vida, pues una vida es larga cuando está llena, y esa plenitud no se mide por el tiempo, sino por las obras. Por eso, la vida colmada es la vida virtuosa. De ahí que el hombre santo vive mucho, aunque, según el tiempo muera prematuramente. Es lo que dice el libro de la Sabiduría: Llegado en poco tiempo a la perfección, vivió una larga vida; por eso su alma era grata al Señor [48]. Del mismo modo decimos que ha hecho un negocio redondo, el que un día gana lo que otro logra en un año [49]

 San Juan de la Cruz comenta el mismo texto santo en Llama de amor viva: "es condición de Dios llevar antes de tiempo consigo las almas que mucho ama, perfeccionando en ellas en breve tiempo por medio de aquel amor lo que en todo suceso por ordinario paso pudiera ir ganando" [50]. No es regla general, pero no rara.

 ¿Cómo aprovecho mis días, mi tiempo que no es sólo mío, que es un talento que los engloba todos? Un segundo es mucho tiempo y la duración de una vida es muy corta. Pero cuánto puede realizarse en este pequeño espacio por amor de Dios [51]. Que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz [no "feroz", como me transcribió algún editor]. Que yo sepa dilatar los instantes de mi tiempo, llenándolos de Amor. Que en todo punto haga lo que deba y esté en lo que haga [52]. Que todo sea por Dios, en Dios, y para Dios. Y si no puedo vivir siempre asomado a la ventana del tiempo, la mantendré entreabierta, para respirar de continuo la brisa que Tú me mandas desde aquel horizonte, confín de mi tiempo y de mi eternidad. "Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno [53].

 Amar al mundo apasionadamente

 En rigor, ¿quién ama de veras el tiempo y el mundo material que lo entraña? No por cierto el materialista, que ignora por completo su valor: «comamos y bebamos, dice, que mañana moriremos» En consecuencia, despilfarra y mata ese tesoro inmenso. El materialismo, ateo o simplemente increyente, vive sin remedio en la levedad del ser, en la superficie de la vida. Se pierde lo mejor. No trasciende. Sólo quien ve en lo material la huella del espíritu, y en el tiempo el destello de la eternidad, ama apasionadamente este mundo y este tiempo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu [54].

 El cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, coexisten en lo más íntimo de mi ser. El tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Yo no paso, mi yo no envejece, al contrario, se aproxima a la juventud eterna de Dios. A cada paso, se enriquece con las obras que hace a impulsos del Amor. ¿Que el cuerpo se aja y desmorona? No importa: "el hombre interior se renueva de día en día"[55]. Voy ad Deum qui laetificat iuventutem meam, [56], camino hacia Dios que llena de alegría mis días y me prepara para el gran día sin tiempo y sin fin.

 Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi razón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los cielos [57].

 ____________________ 

[1] Cfr Juan Pablo II, Homilía, 15‑XII‑1983.

[2] JUAN RAMON JIMENEZ, Viviendo y muriendo.

[3] Ap 2, 10.

[4] 1 Jn 3, 2.

[5] Cfr. 1 Cor. 13, 8.

[6] SAN JUAN DE LA CRUZ, Llama de amor viva, B, c. 3, n. 5. 

[7] Camino, n. 428.

[8] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, En Hoja Informativa Sobre El Siervo de Dios JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER, n. 1, p. 5.

[9] FRANCISCA JAVIERA DEL VALLE, Decenario del Espíritu Santo, Ed. Rialp.

[10] Mons. ALVARO DEL PORTILLO, En el IPADE, México, 22‑V‑1983.

[11] Lc, X, 42.

[12] PEDRO MALON DE CHAIDE, s. XVI, La conversión de la Magdalena, Ed. Aguilar, Madrid 1963, 2a. ed., pp. 674‑675.

[13] Ibid, pp. 78‑79.

[14] SANTA TERESA DE JESUS, Autobiografía, c. 38.

[15] SAN AGUSTIN, Enarr. in Ps. XXXIV, 1.

[16] J. H. NEWMAN, El sueño de un anciano, Ed. Rialp, Madrid 1954.

[17] SAN AGUSTIN, Sermo 362, 29.

[18] Fil 4, 1.

[19] JOSE MARIA PEMAN.

[20] Cfr. SANTO TOMAS, Sobre la caridad, 204; S. Th. I-II, q. 114, a. 4.

[21] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 140.

[22] Ibid., n. 43.

[23] ID. Conversaciones, n. 112.

[24] Camino, n. 813.

[25] Ibid., n. 817.

[26] Mt 25, 23.

[27] Gen 15, 1.

[28] JOSE MARIA PEMAN

[29] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, núm. 52

[30] JUAN RAMON JIMENEZ, Con el carbón del sol.

[31] RAINER M. RILKE

[32] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, núm. 737.

[33] o.c., núm 738.

[34] Apc 14, 13.

[35] Ibid.

[36] SANTO TOMAS DE AQUINO, Summa contra gentiles, III, 61.

[37] Ecclo. 11, 27‑28.

[38] R. TAGORE, Tránsito, núm. 65.

[39] Sal 115, 15.

[40] Is 24, 26.

[41] SAN JUAN DE LA CRUZ, Llama de amor viva, (B), cap. I, núm. 30.

[42] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, núm. 112.

[43] PIERRE CHAUNU, Memoria de la eternidad, Ed. Rialp, Madrid 1979, pp. 274‑275.

[44] Ibid., pág. 275.

[45]1 Cor 10, 31.

[46] 2 Ped 3,8.

[47] Sab 4, 13.

[48] Sab 4, 13‑14.

[49] SANTO TOMAS DE AQUINO, In duo preac. charit., 4.

[50] SAN JUAN DE LA CRUZ, o.c., cap. I, núm. 34.

[51] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, núm. 52.

[52] o.c., núm. 51.

[53] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, núm. 39.

[54] Conversaciones..., o.c., núm. 115.

[55] 2 Cor 4, 16.

[56] Sal 42, 4.

[57] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, núm. 54.

 

 (*) Adaptación del autor, para Arvo.net, de un capítulo del libro «Los Tres Soles», ed. Arvo, Salamanca 1999, pp. 53-59.

___________

RELACIONADOS

NAVIDAD
ESCATOLOGÍA

Enviado por Arvo Net - 31/12/2009 ir arriba

v01.99:0.36
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós