| "No faltó, en el verano de 1955, algo insólito. Un embajador de Colombia en España, que se llamaba Alzate y Abendaño, dos apellidos famosos en las guerras de bandos, tuvo la ocurrencia de darle una condecoración y de organizar en Vera, en casa, la entrega. Invitó a muchísima gente y allí apareció un buen día con ello. Yo no sé si mi tío se enteró de lo que significaba aquella baraúnda; pero, el caso es que luego andaba con el estuche y la condecoración en la mano preguntándome qué era aquello".
"El proceso arteriosclerótico del tío avanzó sensiblemente a finales del año. De noche, de repente, se levantaba con angustias terribles y andaba de un lado al otro. Había que tener dos camas para que hiciera estos traslados condicionados por pesadillas de un cierto tipo. Una noche soñó que le habían puesto a dormir en un sitio muy lóbrego y triste, con lámpara, como de templo. Otras, con frecuencia, se levantaba de prisa y obsesionado porque tenía que irse a examinar a San Carlos. El recuerdo de hacía sesenta años de los exámenes con Letamendi o Hernando le perseguía. Al principio yo le quise persuadir de que no había tales exámenes. Esta contradicción le irritaba. Entonces pensé que era mejor inventar algo que siguiera el hilo de la fábula onírica y le decía que habían avisado de San Carlos, que los exámenes se habían suspendido porque había grandes alborotos en la calle de Atocha y que los guardias daban cargas de caballería por allí. Esto recordaba lo que yo le había oído contar sobre algunos tumultos, y oyéndolo se quedaba más conforme y hasta alegre: "Bueno, bueno, si es así, será cuestión de meterse en la cama otra vez".
Julio Caro Baroja, Pio Baroja , Ed. Rueda, 2000, pp.174-175.
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