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VERDAD, FANATISMO Y DEMOCRACIA (Antonio Orozco Delclós) |
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RETOS BIOÉTICOS DEL NUEVO PAPA
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Verdad, fanatismo y democracia |
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Conversacion con Andrés
Ollero Tasara,
Catedrático de Filosofía del Derecho en la
Universidad de Granada, Miembro de la Real
Academia de Jurisprudencia y Legislación de
Granada. |
|
Por
Antonio
Orozco-Delclós
Arvo
Net
—Todo permite suponer que
el mundo está destinado a
vivir en democracia, la
forma -se suele decir- menos
mala de gobierno. Pero, en
mi opinión, la democracia
bien entendida y llevada
puede resultar el mejor
sistema, con tal de que se
den las condiciones mínimas
requeridas por la dinámica
del sistema mismo. Una
condición, por ejemplo, es
un mínimo de orden social
previo. La democracia no
puede surgir del caos o del
hambre. La cuestión que
quisiera plantear ahora es
si un requisito previo de la
democracia es asumir, como
algunos piensan, el
relativismo acerca de
los valores de la verdad y
del bien. Son tan diversas y
aún opuestas las opiniones
en cuestiones tan básicas
como, por ejemplo, el
derecho a la vida, que
parece casi imposible la
efectiva cooperación de
todos en el gobierno de las
naciones. ¿Obliga realmente
la democracia a prescindir,
en la práctica, de la
verdad; o, si lo prefiere,
¿nos obliga la democracia a
poner entre paréntesis
nuestras convicciones
profundas? ¿la verdad y la
convicción son enemigas de
la democracia?
—Son muy frecuentes dos
posturas antagónicas: la del
que cree en un valor y,
consiguientemente, en una
verdad y una realidad
absolutas; y la del que
piensa que al conocimiento
humano no son accesibles más
que valores, verdades o
realidades relativas. En
este segundo caso, no es
raro que se juzgue necesario
oponer al versículo
evangélico «la verdad os
hará libres», el axioma
siguiente: «para ser
demócrata es preciso,
previamente, liberarse de la
verdad y de sus funestas
consecuencias esclavizadoras».
La democracia y los valores
democráticos parecen
implicar el relativismo y, a
su vez, el relativismo
parece llevar aparejado un
drástico laicismo, que
prohibiría a lo religioso
toda incidencia en lo
público. No es raro
encontrar personas que
construyen así su
descalificación de los
creyentes para la vida
pública: «quien en su
voluntad y actuaciones
políticas -se ha dicho-
puede invocar la inspiración
divina o el apoyo
sobrenatural, puede tener el
derecho de cerrar su oído a
la voz los hombres y de
imponer su voluntad -que es
la del sumo bien- a un mundo
de descreídos y de ciegos,
porque quieren de otro
modo». La caricatura está
servida. Las palabras que
acabo de citar son de Hans
Kelsen, célebre jurista,
quien, en nombre -eso sí- de
la tolerancia, pontifica de
tal modo.
UN VALOR ABSOLUTO: LA
DIGNIDAD HUMANA
¿Es históricamente cierto
que la democracia moderna
plantee una ineludible
"liberación" de toda verdad?
Nada más gratuito. Para
empezar, la democracia se
apoya en una gran verdad,
sin la cual ella misma se
autodestruiría: la dignidad
humana. Un relativismo
fuerte, para el que nada es
verdad ni mentira, asumido
con rigor, llevaría a salir
del ámbito de la dignidad y
de la libertad. Si se
relativiza la verdad es
indudable que la dignidad y
la libertad quedan también
relativizadas. Las
consecuencias estarían
enormemente lejos de los
postulados de la democracia
moderna. De hecho, la
negación de los valores
absolutos conduce
inevitablemente a la
negación del valor absoluto
que funda cualquier
democracia en el sentido
moderno de la palabra: la
dignidad de la persona. Este
es, justamente, si se quiere
ser demócrata, un valor
innegociable. La dignidad
humana es una realidad
objetiva, reconocible por
todo el mundo. Por eso no se
debería someter a nadie a
normas en cuya elaboración
no haya participado de algún
modo. El relativismo a
ultranza no es admisible en
ética. Es éticamente
inadmisible una cultura que
permita el infanticidio o el
geronticidio; que agravie a
las mujeres o admita la
esclavitud...
-¿Podría decirme de qué
documento del Magisterio de
la Iglesia ha obtenido estas
dos últimas aseveraciones
tan rotundas, dogmáticas y
trascendentes?
-No son de ningún documento
del Magisterio, sino de una
exhortación a la virtud
pública de Victoria Camps,
profesora de ética,
vinculada, como es sabido,
al socialismo laicista. ¿Son
afirmaciones incongruentes
con su relativismo ético?
Qué duda cabe. Pero hay
valores cuya absolutez es
tan patente que sería locura
negarla en cualquier foro
académico. Y Camps no es una
persona loca. El mismo
Kelsen, aun a costa de ser
inconsecuente, ha de acabar
admitiendo que la libertad
de expresión de ideas y
pensamientos cobra una
relevancia peculiar
precisamente por su
virtualidad conformadora de
todo intento colectivo por
acercarse a la verdad.
RELATIVISMO FUERTE Y
RELATIVISMO DÉBIL
-La democracia moderna,
¿no está vinculada más a la
"opinión" que a la verdad?
¿No cabría decir que prima
en ella la opinión sobre la
verdad? ¿No es pues
contraria desde el inicio a
las fuertes convicciones
(razonables)?
-Es cierto que la democracia
está vinculada a la opinión.
El punto de partida supone
que hay opiniones diversas y
contrastantes, que es
preciso atender
adecuadamente. Pero las
opiniones no se han de
entender necesariamente como
contrapuestas formalmente a
la verdad. La opinión
honesta —acertada o no— se
ofrece como aproximación a
la verdad, no como si no
tuviera nada que ver con
ella. La democracia no
excluye la verdad absoluta.
Además ha de tenerse en
cuenta que la política versa
sobre la verdad práctica; es
decir, mira sobre todo a la
acción. Y siendo inmutables
ciertas verdades, el modo de
llevarlas a la práctica es
plural. Por ejemplo, la
propiedad privada es un
derecho fundamental de la
persona, que nunca se debe
conculcar. Ahora bien, ¿qué
exigencias prácticas impone
esta verdad en cada
circunstancia? ¿A qué cosas
se extiende el derecho a la
propiedad? Aquí ya estamos
en un campo en el que, sin
faltar a la verdad, pueden
darse opiniones diversas.
En democracia puede
entenderse que hay verdades
innegociables, a la vez que
modos negociables de
aplicación. Se entiende que
la capacidad humana de
captar la verdad y lo bueno
es limitada. También es
siempre limitada la
capacidad humana de conocer
la verdad con sus exigencias
prácticas. Es razonable que
cada cual examine otras
opiniones que puedan
complementar y enriquecer la
propia. No estoy
suscribiendo lo que he
llamado un relativismo
fuerte, que llevaría a tener
la opinión como algo ajeno
al ámbito de la verdad y del
bien objetivos; sino un
relativismo débil, por
decirlo de algún modo, en el
sentido de que se entiende
la captación de la verdad
como si fuera siempre en
cierta medida provisional,
por lo que dejará
inevitablemente siempre
insatisfecha el ansia de
hallarla definitiva y en
plenitud.
El relativismo fuerte
—negación de la existencia
de verdades y valores
absolutos— reduciría la
democracia a mero cómputo de
voluntades, dando paso así a
una dictadura de la mayoría.
Esto es incompatible con el
espíritu de la democracia
moderna, en la cual se
admite, como digo, un
relativismo débil, en el que
la opinión no se entiende
desvinculada de la verdad,
sino emparentada con ella.
Por eso la opinión pública
viene a ser el quicio de
toda la vida democrática.
—Lo que usted llama
"relativismo débil" me evoca
el "pensiero debole"
(pensamiento débil) de estos
últimos lustros, que exalta
todo lo "ligth" y niega, en
consecuencia, todo lo fuerte
del valor de la verdad. ¿Se
podría interpretar así?
-No hay más que un mera
coincidencia fónica. En
realidad me parece que,
paradójicamente, el llamado
"pensiero debole" no
consigue librarse del
relativismo fuerte. No se
atreve a adentrarse en lo
más grave de los asuntos
humanos y por ello será
siempre insatisfactorio. Si
lo prefiere, podemos llamar
relativismo estricto
al relativismo fuerte; y
relativismo en sentido
amplio al relativismo
débil.
LA VERDAD Y LA MAYORÍA DE
VOTOS
—¿Se supone, entonces, en
esa moderna democracia
(utópica, por el momento),
que dos opiniones sean más
verdad que una, o que la
verdad está precisamente en
la opinión de la mayoría?
¿La opinión la de mayoría
constituye la verdad?
—En la democracia moderna no
se supone que la opinión
pasa a ser verdad por el
hecho de sostenerla una
mayoría. Sí se confía en que
el número de las
confluyentes aumente las
probabilidades de acercarse
a ella. Pero no se descarta
que en la opinión
minoritaria esté latiendo
una verdad reconocible en el
futuro. De ahí deriva un
rasgo esencial a dichas
formas democráticas: el
respeto a las minorías.
-Muchos echamos de menos
ese respeto en más de un
presunto demócrata.
-Es lógico, pero estoy
hablando no de cómo
entienden y viven algunos o
muchos los valores
democráticos, sino cómo
puede y debe ser la
democracia en el mejor y más
moderno sentido de la
palabra; la democracia
fundada sólidamente,
asentada sobre un fundamento
firme que impida la
involución hacia formas de
nuevo totalitarias e
irracionales. Nadie debe
estar excluido de aportar
opiniones en los asuntos
públicos, por mucho que
discrepe de la dominante. La
historia de los progresos
humanos, no sólo éticos sino
también científicos,
certifica cómo la captación
de aspectos de la verdad
comienza frecuentemente por
ser minoritaria, hasta
acabar rompiendo paradigmas
de normalidad.
-¿Su conclusión es, pues,
que no hay democracia sin el
supuesto de la existencia de
la verdad?
-Exacto. Todo el discurso
político asume la estructura
de un debate racional, que
encuentra en el Parlamento y
en los medios de opinión su
núcleo decisivo. En el
debate político la razón
reflexiva pretende sustituir
a la voluntad arbitraria, el
argumento a la fuerza, la
comunicación a la
imposición, el diálogo a la
guerra. Se comprende el
desencanto popular hacia las
formas democráticas cuando
una excesiva
partitocracia reduce la
actividad parlamentaria a
coreografía incapaz de
enmascarar un mero cómputo
de voluntades. Quizá un
pulso entre forzudos o -por
su dimensión colectiva- una
competición de "soca-tira"
reflejarían más fielmente la
realidad del procedimiento.
CATÓLICOS Y DEMOCRACIA
-Supuesto el legítimo
pluralismo, la democracia es
un sistema de gobierno que
comporta inevitablemente el
consenso. ¿Cómo puede ser
compatible con las actitudes
dogmáticas, sean o no
religiosas?
-El sistema democrático
difícilmente puede admitir
carismas de infalibilidad.
Si gira toda ella en torno a
la opinión, parece lógico
que rechace toda actitud
dogmática, la cual por
considerar ya lograda la
captación de la verdad,
considere la discrepancia
como un claro síntoma de
error. El debate implica que
unos enseñan y otros
aprenden. Pero el que
profesa alguna forma de
credo religioso no tiene por
qué excluir a los no
creyentes de entre los que
participan en la verdad.
Hombres profundamente
religiosos, más
concretamente, con una
robusta fe católica, de
santidad reconocida
solemnemente por la Iglesia,
han ido por el mundo con el
ansia de aprender de todos.
Vale la pena subrayar que el
más representativo teólogo
católico de la Historia de
la Iglesia, Tomás de Aquino,
afirma que la verdad, venga
de donde venga, es del
Espíritu Santo. En
consecuencia, el católico
puede y debe sentarse a la
mesa con los demás y tratar
en común los asuntos
públicos. Los no creyentes
habrán de respetar la
opinión, incluso las
creencias, de los católicos,
pues el principio
democrático que postula el
respeto a la opinión
minoritaria casaría mal con
la exclusión de cualquier
propuesta por el paradójico
"pecado civil" de estar
emparentada con un credo
religioso. No digamos ya si
todo inclina a pensar que
los católicos puedan ser
incluso mayoría... El
pluralismo democrático
resultaría así empobrecido.
Si lo que realmente interesa
es acercarse a la verdad,
sería incluso obligado estar
dispuesto a rectificar
sinceramente la propia
opinión ante quien no
estuviera dispuesto, ni por
asomo, a hacer tanto, ya que
el perjudicado, en
definitiva, sería él.
Sólo considerando de
antemano falso cuanto el
creyente pueda aportar,
sería coherente excluir su
opinión, pero tal actitud
constituiría un cerrilismo
de tal magnitud que sería la
negación misma del espíritu
democrático. También un
cerrilismo ateo podría
desencadenar -y no sería la
primera vez- una guerra de
religión. Por su parte, el
creyente habrá de respetar
la opinión opuesta a su fe
-que no tiene porqué
esgrimir en el debate
parlamentario- o a sus
convicciones racionales
emparentadas con ella.
-La religión católica
entiende la fe no como un
sentimiento, opinión u
opción en igualdad con otras
posibles, sino como un
peculiar modo de
conocimiento de cosas que no
son producto de la voluntad
humana. En otras palabras,
la fe es un "saber más",
irrenunciable. Se trata de
un saber con vistas a la
salvación eterna, pero no
ajena a las realidades
temporales, civiles,
sociales, etcétera. Las
Tablas de la Ley excluyen
cualquier dualismo
público-privado,
individual-social. Victoria
Camps, por ejemplo, es un
exponente de los autores que
proponen una serie de
"virtudes públicas", de las
que se excluyen las virtudes
opuestas a los pecados
capitales, por suponerlas
meramente individuales.
Estas, por ello mismo,
habrían de recluirse al
ámbito estrictamente
privado.
—Sí, resulta muy curioso ese
reparto territorial de las
virtudes opuestas a los
pecados capitales; como si
la conducta individual no
tuviera consecuencias
sociales, con frecuencia de
gran alcance. No deja de ser
paradójico que el
«socialismo» ignore esa
dimensión social evidente de
los acciones privadas. Pocas
virtudes más socialmente
trascendentes que la que
pone coto a la avaricia. La
envidia, ¿no es un pecado de
dimensión social? ¿Hay
alguien que se envidie a sí
mismo o más bien son los
bienes del prójimo lo que se
suele envidiar? La lujuria,
sin prejuicio de desfogues
íntimos, no parece ajena a
agresivos acosos
antisociales. Y qué decir de
la gula, cuando la
incidencia de la
drogadicción sobre la
seguridad ciudadana es ya
tristemente un manido
tópico. Si no reconocemos
"pública" exigibilidad a las
virtudes que ponen freno a
los viejos pecados capitales
de la revelación originaria,
toda convivencia social se
hace inviable. Puede suceder
que el creyente incurra en
alguna suerte de dogmatismo
en cuestiones opinables o
que trate de imponer con
prepotencia sus convicciones
sobre lo divino y lo humano.
Pero hoy mismo tenemos
ejemplos elocuentes de que
existen actitudes simétricas
-por antítesis- en los que
piensan que lo religioso -en
general- perturba o
caricaturiza lo humano.
También el laicismo se basa
en la creencia de que lo
sobrenatural es inexistente
o inasequible. No hay
argumento racional que pueda
prestarle fundamento y de
ninguna manera es neutral en
los asuntos humanos.
-¿Cómo el católico puede
armonizar la fe en la
revelación divina y el
consenso democrático?
-Es un falso problema
planteado por la arraigada
querencia a malentender la
relación entre democracia y
verdad. Si la democracia se
entiende como búsqueda de la
verdad por medio de la
respetuosa
intercomunicación, no es
lógico que haya dificultad
en armonizar la fe en la
verdad revelada y las cosas
humanas. La verdad revelada
es verdad no por ser
revelada, sino que es
revelada por ser verdad. Lo
que Dios manda no es bueno
porque lo manda, sino que lo
manda porque es bueno. La
verdad divina no desplaza la
verdad humana, como tampoco
la verdad accesible a todos
se vería sustituida por otra
caída del cielo sobre los
que gustan de mirar hacia
arriba. No hay dualismo.
Saber más de lo divino no
significa saber menos de lo
humano; no sería justo ser
por ello objeto de
discriminación. Tampoco se
deriva de ahí la
discriminación para el
incrédulo o agnóstico. Un
católico tiene motivos
sobrados para fiarse de la
capacidad que tiene la razón
humana para conocer las
verdades fundamentales que
proporcionan la base de una
convivencia pacífica. No se
trata de imponer a los demás
ninguna verdad por otra
fuerza que no sea la de la
verdad misma, del diálogo en
el que se argumenta según la
lógica de la razón.
El derecho natural ha sido
una base de mutuo
entendimiento entre gentes
de todos los pueblos, de
todas las culturas, cuando
ha habido voluntad de dar
con la verdad y el bien
común. A diferencia del
derecho divino-positivo que
remite a la obediencia a una
voluntad más alta, de
problemática acogida, el
derecho natural ofrece -en
la medida en que se da
naturalmente a conocer- un
ámbito de justicia sin
apelar a la fe. El derecho
natural —que implica el
reconocimiento de que hay
naturaleza humana, modos
humanos y modos inhumanos de
comportarse— lejos de
implicar una intromisión de
lo divino, eterno y
sobrenatural en el ámbito de
lo temporal, supone una base
inteligible de verdades que
podemos llegar a conocer
todos y constituir el
fundamento de la convivencia
pacífica y enriquecedora.
Sin tal reconocimiento,
acabaría constatándose que
"si Dios no existiera" -al
no existir punto alguno de
objetiva referencia- todo
estaría permitido. Juan
Pablo II lo expresa
magistralmente: «si no
existe una verdad última, la
cual guía y orienta la
acción política, entonces
las ideas y las acciones
humanas pueden ser
instrumentalizadas
fácilmente por fines de
poder. Una democracia sin
valores se convierte con
facilidad en un
totalitarismo visible o
encubierto, como demuestra
la historia» (CA, n. 46).
Si no se admite que la
naturaleza humana es creada
-por la Sabiduría divina- y,
por ello, fuente de
exigencias jurídicas
naturalmente cognoscibles,
sólo cabe optar entre dos
fundamentalismos
contrapuestos. Uno —como
ocurre hoy con frecuencia en
el ámbito cultural islámico—
convierte en núcleo
fundamentador de lo jurídico
un derecho divino-positivo
sólo cognoscible por
revelación divina, a la cual
debería plegarse toda otra
realidad jurídica, incluidos
los "derechos humanos".
Lo alternativo sería otro
fundamentalismo: el de
quienes, de la mano del
positivismo jurídico se
limitan a secularizar el
planteamiento anterior
confiriendo al Estado la
arbitrariedad que, con
razón, niegan -rechazando
sin razón- a la divinidad.
También el laicismo puede
ser confesional y
fundamentalista. Basta
pensar en Augusto Compte,
quien comenzó a proponer una
sociología aparentemente
neutra y acabó proponiendo
una curiosa moral
científica, una nueva moral.
El laicismo, en efecto,
negando un derecho natural
fundado en la creación,
irrumpe como moral
conformadora de lo público.
Lo que le legitime como tal
no será precisamente el
consenso democrático, sino
la autoridad que deriva de
la dogmática supremacía de
lo científico. Tampoco
hallaremos una sobria moral
agnóstica, ajena a toda
liturgia.
No hace mucho salió en la
prensa una caricatura de dos
personajes, uno vestido con
chaqué y chistera; y el
otro, con boina y pantalón
de pana. El del chaqué
decía: "Y no olvides que hay
que dar al César lo que es
del César". El de la boina
asiente resignado: "Sí, don
César". Cuando el César
decide por su cuenta lo que
es suyo, desaparece todo
asomo de neutralidad.
©1997
ESCRITOS ARVO, Salamanca
©2002 Edición Digital Arvo
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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés |
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Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós
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Enviado por Arvo - Nuestro Tiempo - 05/12/2005 |
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