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RELATIVISMO Y VERDAD. (Andrés Ollero)

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CIVILIZACIÓN CONFLICTIVA


CON la música de fondo del conflicto de civilizaciones, cuando se plantea si existen valores universales, todo el mundo espera que salga a relucir la dificultosa convivencia entre culturas consolidadas y herméticas, incapaces de un fructífero intercambio.


Andrés Ollero

Cadena Joly 31.VII.2005

CON la música de fondo del conflicto de civilizaciones, cuando se plantea si existen valores universales, todo el mundo espera que salga a relucir la dificultosa convivencia entre culturas consolidadas y herméticas, incapaces de un fructífero intercambio. Como ejemplo surge en primer lugar la cultura islámica, por razones obvias: forma parte de nuestro propio patrimonio, su proximidad geográfica se ha convertido en presencia física a través de la inmigración y, para colmo, el terrorismo que en ella dice inspirarse nos ha atribuido puesto destacado en el pódium de sus fechorías.

La verdad es bien distinta. La universalidad de los valores se ve ya gravemente comprometida antes de que se avizore la primera chilaba. Su posible universalidad depende de que se admita una no menos universal capacidad de reconocerlos. Esto exige a la vez suscribir que la captación de los valores es fruto de una tarea racional y no mero desahogo emotivo. Difícilmente podría darse un universal re-conocimiento de algo no susceptible de conocimiento.

Si los contenidos éticos no implican el conocimiento racional de algo real, sino que son mero fruto de una opción de la voluntad, solo cabrá proceder a su imposición, sin más argumento que la fuerza, a quienes no se presten voluntariamente a suscribirlos. En lo que a la ética se refiere, las culturas pueden entenderse como resultado de un intento racional y colectivo de captar unas exigencias reales; si, por el contrario, se las considera como el mero precipitado fáctico de opciones arbitrarias o tradiciones aleatorias, no cabrá aspirar a universalidad ni interculturalidad alguna. El conflicto está ya servido.

El problema es nuestro; achacarlo a otros demostraría ignorancia o cinismo. Sin perjuicio de que los haya más brutos que nosotros, es nuestra contradictoria civilización la que ha convertido en núcleo esencial de lo políticamente correcto el respeto y protección de los derechos humanos, basados por definición en unos valores universales. Pero esa misma civilización es la que, considerando a la metafísica como una chilaba más, ha convertido en académicamente incorrecto sugerir siquiera la posibilidad de que tales derechos puedan tener un fundamento real. Como consecuencia, nuestros ordenamientos constitucionales girarían cómicamente en torno a unos derechos fundamentales sin fundamento reconocido alguno. Afortunadamente el Tribunal Constitucional de turno, atiborrándose de metafísica no declarada, les irá dando contenido con arreglo a su buen saber y entender; llevarán así a la práctica un inconfesado cognotivismo ético. Ignorar que el principal obstáculo para un reconocimiento de valores universales radica en el amanerado doble lenguaje de nuestra propia civilización resulta, pues, difícilmente excusable. Pretender que los inmigrantes de diversa matriz cultural se integren en unos valores a los que nosotros mismos negamos fundamento real es simplemente un dislate.

Marcello Pera, presidente del Senado italiano, no se mordió la lengua cuando no hace mucho nos visitó. Para empezar, se declaró no creyente. Por no creer, no cree ni en el laicismo, esa curiosa fe para ex creyentes con resaca: algo así como una metadona para aplacar el síndrome de abstinencia del que acaba descubriendo, con notable originalidad, que la religión sólo era opio. Para nuestro visitante, "laicista es el que, en nombre de la laicidad del Estado y de la política, impone una religión del Estado y una religión política". Y, puesto a ejemplificar, armado sólo del sentido común, no se corta un pelo: "Es laicista el Estado que realiza en su sociedad experimentos de ingeniería para cambiar o anular con la fuerza de la ley las instituciones fundadas en los valores de la religión y de la tradición, como la familia o el matrimonio". Los que en Italia intentaron mediante referéndum acercar la legislación italiana a los grandes logros que promete la ciencia andaluza –embriones en ristre– hicieron el ridículo al no superar un elocuente 25 por ciento. Aquí, ya se sabe, nunca renunciaremos a un Nobel más; de literatura...

El senador italiano no tiene la menor duda de que Europa se convierte así en víctima de sí misma. Esa Europa que en su presunta Constitución, patéticamente encallada ante el estupor de cuatro déspotas ilustrados que se pasaron de listos, "reconoce 'el derecho de casarse y de formar una familia', sin precisar quién con quién, legitimando de esta manera, aunque ya difunta, una legislación como la española". Por lo que se ve, no necesita ir a misa para reconocer que "esconder nuestra tradición cristiana es, además de un homenaje al laicismo, una equivocación. Aquellos que han dado este paso pagarán un alto precio". Si no fuera porque ese día estaba en su país, cualquiera diría que había asistido a la manifestación del 18-J. No en vano acabó apuntando: "Todo lo que se ha querido borrar en la Carta europea renace en las familias, en las plazas, en las iglesias, entre la gente. Es una búsqueda de la identidad a la que es peligroso desafiar y que por el contrario, deberíamos comprender, cultivar y encauzar".

El que prefiera continuar convenciéndose de que el problema radica en que hay moros muy brutos seguirá sin enterarse de nada; y así será muy difícil que pueda civilizar a nadie.


 

 

 

Enviado por Arvo Net - 06/08/2005 ir arriba
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