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TERCIO DE QUITES
ANDRÉS OLLERO TASSARA, Catedrático de Derecho
Niño, no bailes
«En la Maestranza novillero hubo, según las crónicas, que logró conseguir con tanto baile que desde el tendido se invocara, como argumento de autoridad, ¡al Cardenal Segura!»
ABC Sevilla 02/10/2010
«Aunque todas las personas tengamos presupuestos, basados o no en convicciones religiosas, cuando los que desempeñamos funciones públicas -jueces, médicos, militares, políticos- actuamos en el ejercicio de nuestro cargo debemos ser capaces de ponerlos entre paréntesis». (Pablo Simón, profesor de Bioética, Escuela Andaluza de Salud Pública de Granada)
Hay novilleros a los que se les ve poco placeados. Cuando les surge la posibilidad de torear en coso de tronío no resulta fácil que renuncien a la oportunidad, pero se les ve inseguros; acaban enmendándose de continuo, con lo que pierden instintivamente el terreno ganado en el pase anterior. En la Maestranza novillero hubo, según las crónicas, que logró conseguir con tanto baile que desde el tendido se invocara, como argumento de autoridad, ¡al Cardenal Segura! El novillero poco placeado tiende a ensayar pases prefabricados. Un bioético de la Junta, para abordar con más acierto nuestros problemas, ha marchado nada menos que a la Universidad Católica de Lovaina. El turismo (incluido el científico) suele invitar a temerarias generalizaciones; ha descubierto que Bélgica es un «país de profunda cultura católica».
Tras ese lance de recibo vienen los pasitos atrás que estropean la faena. Presenta como una de las virtudes del catolicismo belga es que «ningún obispo llamó a los profesores de Lovaina para decirles lo que debían pensar o escribir»; por lo visto, allí los obispos no imparten doctrina ni les importa un bledo la que se imparta en los centros de los que se les supone responsables. Quizá pretenda explicarnos con ello algunas cosas y no sólo de bioética; también de episodios que avergüenzan hoy a la Iglesia universal y obligan a Benedicto XVI a dedicar bastante tiempo a pedir perdones y a gobernar a toro pasado lo que otros prefirieron no gobernar. Para colmo, no se habrían ganado con ello la confianza del pueblo de Dios; en la católica Bélgica la policía ha considerado conveniente registrar sus sepulturas. A quien confunde el pluralismo con dejarse avasallar es fácil que se le pierda el respeto. Intentando volver a hilvanar faena nuestro hombre porfía intentando empezar una nueva tanda: «generar un proyecto viable de sociedad exige buscar acuerdos basados en valores éticos aceptados por la mayoría de ciudadanos».
El lance no tienes malas hechuras, pero lo vuelve a estropear el inevitable pasito atrás. Si esto ha sido posible en Bélgica es porque sus obispos «nunca dieron una batalla tan feroz como la que la Iglesia ha dado en España». No sé si se refiere a esos razonados documentos de la Conferencia Episcopal que Martínez Camino presenta ante los medios con la escasamente feroz esperanza de salir vivo. Cuando no hay manera de hacer faena se suele recurrir al desplante tremendista. Nuestro bioético ha oído (en realidad ha leído en su biblia diaria, que yo también leo aunque sin su envidiable fe) que un magistrado del Constitucional va a votar contra el aborto porque es católico. Hay quien piensa que el pluralismo consiste en asumir las convicciones ajenas para no poder ser acusado de imponer las propias ¿Qué diría nuestro hombre si alguien afirmara que otros magistrados harán ferozmente lo propio por razones opuestas? Que como católico considera inmorales los juicios temerarios, que calificar de feroz a quien no piensa como uno tiene un inquisitorial tufo fascistoide, y que los juicios de intenciones no cuadran mucho con el diálogo democrático. Podría aplicarse el cuento. Sugerir que don Eugenio Gay está jurídicamente convencido de que la nueva ley del aborto es constitucional, pero votará en contra por ser católico es, aparte de un insulto intolerable para cualquiera que lo conozca, una notable memez. Lo del novillero terminó como es sabido. El inefable Segura había prohibido el baile «agarrao» dentro de su territorio; al siguiente pasito atrás surgió del tendido la sentencia inmisericorde: «Niño, no bailes, que lo ha prohibido el Cardenal».
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