|
Tercio de quites
andrés ollero tassara
«Discutir sobre si es mejor o peor que en el marco del comercio sexual se recurra al preservativo es, en términos morales, tan bizantino como discutir si quitarse a alguien de en medio a martillazos»
ABC SEVILLA 27/11/2010
«Es elogiable que el Papa se atreva a apartarse de la línea que hasta ahora ha sido la oficial. De hecho, se trata simplemente de la admisión de que esta enseñanza no se puede sostener»
(Hans Küng al diario alemán Süddeutsche Zeitung)
Se atribuye al Gallo la calificación como pase del «celeste imperio» de un lance, emparentado con el ayudado por alto, que en el arranque de la faena de muleta se mostraba más útil para ver venir al toro o quitarle moscas que para lidiarlo. El apelativo oriental vendría de su capacidad para engañar a los espectadores como a un «chino»; entendiendo por tal cualquier exótico personaje de ojos oblicuos y aire despistado.
Lo que el mítico espada no podría vislumbrar es la futura oleada de japoneses que ocuparía en perfecta formación los tendidos, armados de nutrida artillería fotográfica. No les faltaba un recién comprado pañuelo blanco (dada su tendencia a utilizar kleenex…), para ejecutar lo que para los guiris es la suerte suprema: pedir la oreja; operación poco viable agitando un feble papelillo. Las huestes del celeste imperio aplaudirán con frenesí a todo lo que se mueva, obsesionadas por amortizar el precio de la entrada, sin importarle demasiado que lo que ocurra en el ruedo pueda justificarlo.
Quizá por el actual cuestionamiento de la fiesta, van teniendo acceso a los medios de comunicación huestes de comportamiento similar; sobre todo cuando a quien le toca asumir la lidia de ciertos problemas es al mismísimo Papa de Roma. Diga lo que diga, ellos irán a lo suyo. Si viajando a África aborda los complejos problemas del continente, al final todo quedará reducido a la suerte que pueda merecer el preservativo. Si escribe un libro que trata de todo lo divino y humano, sólo se leerá lo que en un rinconcito haya dicho sobre el preservativo; ya se sabe que los japoneses parecen todos iguales, que todo es bueno para el convento y que lo importante es que se corte oreja. Se diría que tan ocurrentes glosadores , no sabiendo como calzarse el apósito, hubieran optado por usarlo como boina.
El resultado es el desarrollo de una faena embarullada en la que el toro campa a su antojo. Para Küng, por ejemplo, el Papa habría «justificado» en algún caso el decisivo adminículo; o sea, dos orejas y rabo. En realidad el recurso al cotizado guante de latex es en la práctica irrelevante en toda relación extramatrimonial, si de la moral que la jerarquía católica invita a asumir se trata. Como es bien sabido, salvo por algún despistado japonés, todas las relaciones sexuales ajenas al matrimonio son por ella consideradas sin excepción inmorales. Lo que el libro ejemplifica es un caso de prostitución; resulta arriesgado identificarlo con el matrimonio, salvo que los defensores de «nuevos derechos» decidan el día menos pensado lo contrario. Sólo dentro del matrimonio, al desvincular el aludido complemento la comunión personal propia del acto conyugal y su apertura a la vida, se incurriría en una vulneración moral. Discutir sobre si es mejor o peor que en el marco del comercio sexual se recurra al preservativo es, en términos morales, tan bizantino como discutir si quitarse a alguien de en medio a martillazos es más o menos inmoral que hacerlo blandiendo un cuchillo jamonero.
Lo importante, por lo que se ve, es amortizar la entrada, porque no todo el mundo consigue localidad en el ruedo mediático. Hay que dejar claro que la postura que la iglesia católica hace propia se ha quedado desfasada y que por fin comienza a reconocerlo. Si quienes compran y venden sexo se ven al fin justificados, que el asunto llegue a extenderse a las hijas de maría será sólo cuestión de tiempo. Todo muy divertido. Bastará con sacar el pañuelo para pedir el preservativo; mientras, el toro del sida seguirá campando por sus respetos, dado el previsible impacto en los burdeles de la presunta «justificación» del Papa.
|