Por
Andrés OLLERO
Catedrático
de filosofía del derecho
Universidad Rey Juan Carlos (MADRID)
Arvo Net,20.08.2006
COINCIDÍA siempre en el campo de Bad Aibling
con los de mi edad. Cuando llovía, los que
teníamos 17 años nos agachábamos en un hoyo
que habíamos hecho en el suelo y extendíamos
sobre él una lona. Éramos cien mil
prisioneros de guerra concentrados a cielo
abierto. Uno de ellos se llamaba Joseph, era
católico a todas luces y de vez en cuando
soltaba como si tal cosa citas en latín. Fue
mi amigo y compañero de partidas, ya que yo
había podido conservar un cubilete con
dados. Compartíamos el tiempo, jugábamos a
los dados, charlábamos y especulábamos sobre
el futuro, dado que afortunadamente éramos
jóvenes. Yo quería ser artista y él
dedicarse a la carrera eclesiástica. Me
pareció un poco introvertido, pero era un
buen chaval. Una simpática historia,
¿verdad?".
Espero haber traducido bien. Günter Grass
–antes morir que pasar inadvertido– ha
decidido abrir su armario político. En un
ataque de memoria se ha prestado a recordar
lo que hasta ahora había olvidado: siendo
joven se vistió de uniforme por propia
voluntad; y no se alistó en el cuartel más
próximo sino que se enroló en las SS. Las
reacciones que observo durante estos días en
el entorno cultural alemán han sido
lógicamente variopintas, tendiendo a
respetuosas. Había ejercido durante decenios
como el tábano llamado a mortificar
cualquier actitud de los biempensantes:
insistió como, entre nosotros, algunos ahora
en que no se había aplicado suficientemente
al pasado la prueba del algodón de la
memoria; tras la reunificación, defendió
frente a los autosatisfechos wesis el tácito
turno en contra planteado por los osis. Todo
antes que dejar de dar la lata; aunque fuera
tocando el tambor. Ahora ha optado por
aplicarse su propia medicina. Un poco tarde,
para más de uno; antes del Nobel habría
quedado mejor...
Alemania lleva decenios aprendiendo a
convivir con la memoria. El museo de los
horrores del campo de concentración de
Dachau se cierra con un mensaje sintomático:
"El que olvida la historia se condena a
repetirla".
En
España somos aprendices; más de uno parece
liarse con la traducción: "Repitamos la
historia, antes de que se nos olvide".
No es
extraño que no se muestren capaces de
apreciar en lo que vale nuestra Transición.
Sus protagonistas se están viendo
injustamente ninguneados; también a Felipe
González le están sirviendo ahora la
medicina con la que tan generosamente
atiborró a Suárez para borrarlo del mapa.
Ellos hicieron de la memoria histórica su
mejor arma; todo antes que resucitar páginas
que entre los que tuvieron la suerte de no
soportarlas sólo pueden suscitar vergüenza
ajena. Nada más eficaz para reabrir
hostilidades, repitiendo la historia, que
imponer al adversario el monopolio del
error; e incluso el del horror. No es la
memoria sino la ambición lo que invita a
desenterrar muertos, con la esperanza de
poder convertirlos en arma arrojadiza. Por
eso quienes siempre han cultivado más nobles
objetivos se niegan a entrar en el juego; la
familia Lorca da elocuente prueba de ello.
Quien
jugaba a los dados con Günter Grass entre
latinajo y latinajo, fruto de un envidiable
Bachillerato, era Joseph Ratzinger;
simpático, ¿verdad? Su armario político se
lo abrieron a empellones. No había bastado
con Pío XII; un presunto papa nazi sabía a
poco. Le montaron la habitual inquisición
laicista. Aclaró sin remilgos cómo fue
tardíamente movilizado, muy a su pesar, y
que no movió un dedo para formalizar el
obligado encuadre en las juventudes del
partido.
Grass
ha tenido la elegancia de no pretender
justificar lo que él mismo habría
considerado injustificable. Ha recordado,
eso sí, que pretendía alistarse en los
submarinos y que si recaló entre la tropa de
las SS fue por considerarlo un cuerpo de
élite. Antes que pasar por tonto, sugiriendo
que todo por allí andaba en orden, ha
aportado un interesante dato sobre su
capacidad para soportar el tufo nazi:
flotaba en el ambiente una actitud
antiburguesa que se lo hacía respirable. Los
fascismos ya se sabe: nunca han visto, antes
o después de la guerra, con buenos ojos las
libertades burguesas. Ratzinger ha aportado
a su vez algún dato relevante. Su padre,
católico practicante, marcó desde el
principio distancias con unos planteamientos
contrarios a sus convicciones. No veía en
Hitler sino una inevitable fuente de males.
Sus raíces cristianas no resultaron en
absoluto irrelevantes. Cuando no se ha
apostado por la negación como sentido de la
propia vida resulta más fácil rechazar el
mal; nunca cabrá justificarlo contra nadie.
La
memoria, honestamente cultivada, invita a
aprender de los propios errores; nunca será
tarde para aprestarse a ello. Cuando tal
recurso no tiene otro objetivo que desnudar
al vecino, se está a un paso de la
violación. La frontera entre memoria y
rencor es tan sutil como la que a duras
penas separa justicia y venganza. Lo
decisivo no será qué se recuerda o deja de
recordar, sino por qué y para qué. Si se
trata de no repetir la historia, toda
memoria resultará poca; si de lo que se
trata es de forzar la prórroga, se encubre
el nauseabundo juego de cobrar dividendos de
los muertos.
Dime
para qué recuerdas, y te diré quién eres.
Diario de Sevilla |
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