¡Quién le iba a decir a la niña que
emparentaba con la casa de David, que lo que
se le estaba ofreciendo en aquel momento era
algo infinitamente más grande que la gloria
de un rey! Todo se fraguó para ella el día
en que se sintió llamada por Dios y
respondió, temblorosa, afirmativamente.
Debió de ser aquél un momento extremadamente
delicado. Unamuno lo describió hermosamente,
sin quererlo, pues hablaba de otra cosa,
cuando escribió en su Diario íntimo:
“No basta ser moral, hay que ser religioso;
no basta hacer el bien, hay que ser bueno. Y
ser bueno es anonadarse ante Dios, hacerse
uno con Cristo, y decir con él: no mi
voluntad, sino la tuya, Padre!”.
Difícilmente podrá describirse mejor lo que
fue la anunciación, que con ese “hacerse
nada” de María, con esa humillación tan
preñada de ensalzamiento y gloria que
acataba un futuro cercano de soledad y dolor
que aquella niña entonces no podía siquiera
imaginar.
Es más, toda la soledad que caerá sobre
María como una permanente noche de nevada
cuando muera su hijo tiene su venero en el
día que dio a su Señor aquel sí
incondicional que la ensalzó para siempre
como protagonista de la historia de la
Salvación. Fue aquel “Fiat voluntas tua” que
atormentaba a Unamuno y que nosotros
repetimos cada vez que rezamos el
Padrenuestro, el que desencadenó su
historia, la de María, nuestra historia.
Probablemente ella, al igual que su hijo,
fuera presintiendo y concretando con los
años la naturaleza de aquello que se
esperaba de ella. La muerte en la cruz de
Cristo se convierte, de este modo, en la
puerta abierta al dolor y la soledad de
María, incurables ya si no es volviendo a
estar con su hijo. En el Cancionero
de Gómez de Ferrol, escrito en el siglo
xv,
leemos, en boca de la Virgen, estas palabras
de indudables reminiscencias teresianas, de
no ser porque fueron escritas antes en el
tiempo: “La muerte me será vida/e bevir me
será muerte,/que la vida sin conorte /non ha
cosa más perdida!/E tú, muerte desavrida,/¿por
qué causa tanto tardas/o para quándo, di, me
guardas /e alexas tu venida?”
Pedro Salinas, justo en la mitad del siglo
xx,
concluye un largo poema titulado “Cero”, muy
rico en matices y simbolismos, con los
siguientes versos: “Soy la sombra que busca
en la escombrera./Con sus siete dolores cada
una/mil soledades vienen a mi encuentro./Hay
un crucificado que agoniza/en desolado
Gólgota de escombros,/de su cruz separado,
cara al cielo.” Cómo no ver a María en ese
paisaje repentinamente oscurecido tras la
expiración de Dios. Unos años antes, en
aquella alargada y reseca posguerra un joven
poeta llamado José Hierro concluía un
lamento titulado “Llanura” con un verso que
clamaba: ¡Señor, Señor, por qué nos has
dejado solos!”. Una vez más se funden, como
escribiera Colinas al inicio de su libro
Noche más allá de la noche, “misterio y
soledad”. Primero fue la muerte, y de su
mano, sin soltarse, la soledad. Osvaldo Pol
ha dibujado el paisaje con palabras: “Tu
silencio, Señor, sabe a tormento /Que
prolonga los bordes de la herida. /Hay una
noche-noche renegrida/ Donde todo es
ausencia y descontento”.
Y Antonio Muñoz Rojas ha dejado caer entre
sus versos: “no hay silencio como el de la
soledad”. Seguro que está en lo cierto,
tanto si es la soledad que hunde o la que
salva. Sin duda alguna, quien primero se dio
cuenta de ese desgarro que iba a suponer
para cada hombre y mujer a lo largo del
tiempo esta soledad fue la propia María. Su
hijo lo sintió entre unos olivos y ella
frente a unos crucificados. Miguel de
Unamuno, en el bello poema de poemas que es
El Cristo de Velázquez escribe:
“Abandonado de tu Dios y Padre, /que con sus
manos recogió tu espíritu, /te alzas en ese
trono congojoso /de soledad, sobre la
escueta cumbre /del teso de la calavera,
encima /del bosque de almas muertas que
esperaban /tu muerte, que es su vida. ¡Duro
trono de /soledad! Tú, solo, abandonado /de
Dios y de los hombres y los ángeles,
/eslabón entre cielo y tierra, mueres, /¡oh
León de Judá, Rey del desierto /y de la
soledad! (...)”
Ella fue la primera en seguirle por el mismo
camino estrecho por el que Él se había ido.
Ahí empezó todo, la procesión inacabable de
soledades sucesivas, que en el siglo
xx
el poeta Leopoldo de Luis ratificaría con su
verso “El hombre sufre siempre solo”. Y unos
años después Rafael Morales sentenciaría
también: “Todos hacia/ la soledad más pura
caminamos”.
Hay tantos rostros de la Soledad, por lo
tanto, como personas alguna vez la han
sentido palpitar en sus entrañas. Pero, sin
duda alguna, no hay soledad más inmensa que
la de un ser humano que ha perdido un hijo.
Carne de su carne, se le va la vida propia
en su muerte, como bien han escrito poetas
distintos, unidos en la palabra que expresa
ese dolor esencial.
Se respondió a sí mismo José Ángel Valente
después de preguntarse qué era la Soledad,
tras la muerte de su hijo: “No sé dónde
apoyarme. Vacío está de todo ser el aire. No
estás. No estoy. Qué giratorio cuerpo el de
la nada.” También Francisco Umbral en su
novela lírica Mortal y rosa ha
sentido la soledad que deja en la carne el
zarpazo de la muerte pequeña del hijo,
ausencia que marca para siempre con un dolor
como el que se experimenta tras la
amputación de un miembro, que sigue latiendo
en el vacío para siempre. Así escribe: “Tu
muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo.
Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y
nosotros aquí, ensordecidos de tragedia,
heridos de blancura, mortalmente vivos,
diciéndote.”
Por su parte, Joan Margarit concibe la
soledad de la muerte como la costumbre de
una espera. La muerte de su hija Joana le
hizo escribir uno de los libros más
conmovedores de la poesía española. En él
describe el rostro absoluto de la soledad al
afirmar: “por débil y pequeña que en la
noche/ llegue a ser la ventana iluminada,/
este es mi consuelo:/ no habrá más desamparo
ya que el mío.”
De la misma manera, la soledad que
experimentó María tiene en la historia de la
poesía tantos rostros como posibilidades de
identificación con el dolor de la madre han
tenido nuestros escritores. Cada uno de
ellos dibuja en sus palabras una tesela de
un amplio fresco en el que se puede rastrear
la soledad total, que suma a la pérdida, la
contemplación del sufrimiento a que es
sometido injustamente el hijo.
Hay un primer modo de sentir la soledad que
se podría concretar en la presencia de la
Virgen al lado del hijo y la súplica de la
muerte juntos. Así, en plena Edad Media,
Berceo nos presenta en su “Duelo que fizo la
Virgen Mª el día de la passión de su fijo
Jesucristo”, el diálogo de ambos. María le
pide el amparo de la muerte y así le ruega:
“si levarme quisieres/ sería tu pagada,/ qa
fincaré sin ti/ non bien acompannada”. Es la
misma petición que escuchamos en Joan
Margarit cuando clama: “Yo daría mis ojos
por hacer/ el viaje de retorno junto a
ella”.
Sin el sustento de la compañía de Jesús el
mundo se vuelve turbio e insoportable.
También Ambrosio Montesino escoge esta
perspectiva para hablar de la soledad de la
madre cuando afirma: “La vida se me consume/
de tus pasiones,/ porque, Hijo, se presume/
que estás en prisiones,/ e si en ellas no me
pones,/ de dolor soy llena.”
La compasión en su más puro sentido
etimológico “padecer con” es el rostro que
resalta de la Virgen Juan del Encina. María
es para él la mujer sola que se duele en lo
profundo de la muerte con la misma
intensidad que fue madre en la vida. Por
ello, nuestro autor dirigiéndose a ella, le
escribe: “Sentiste lo quél sintió/ y tu
passión fue la suya,/ porque tal passión te
dio/ que la Passión quel sufrió/ fue la
mesma passión tuya.”
También alienta esta compasión universal a
Gómez de Ferrol quien dice: ¡Eternal saña e
ira/con su muerte de nos quita,/mas su
Madre, la bendita,/con qué pena queda,
mira!/¡Gran dolor inistimable/la aflige y
atierra/con cuchillo e con sierra/e con pena
intolerable/fue ferido el venerable/coraçon
de la doncella!/¡Todos/ayan dolor della,/desta
triste miserable!
Por su parte, Lope de Vega en su primer
“Romance” cede la voz a la protagonista. La
madre siente, como lo haría cualquier madre,
partirse sus entrañas que han cobijado al
Dios, ahora más que nunca, de la misma
naturaleza que el hombre. Por ello afirma:
“Ya siento vuestros azotes/ herir vuestra
tierna carne,/ como es hecha de la mía,/
hace que también me alcancen”. Con una
perspectiva semejante, el gran Quevedo, sin
embargo, va a centrar su poema en la
denominación de Jesús como “mujer” a su
madre para evitarle más dolor. Así Quevedo
escribe: “Mujer llama a su madre cuando
expira,/ porque el nombre de madre regalado/
no le añada un puñal, viendo clavado/ a su
Hijo y Dios, por quien suspira.” Mujer y
madre que se suman y sirven a Quevedo como
modo de restauración del pecado inicial que
cometiera la primera mujer, Eva. Por esta
última perdimos el paraíso, y por María se
restaura la esperanza.
También en el dolor de la Virgen, ya en el
siglo XX, incide el poema de Gª Lorca,
titulado “Paso”. El poema cargado de
imaginería, característicamente lorquiana
dice: ”Virgen con miriñaque,/ Virgen de
soledad,/ abierta como un inmenso/ tulipán./
En tu barco de luces/ vas/ por la alta
marea/ de la ciudad,/ entre saetas turbias/
y estrellas de cristal./ Virgen con
miriñaque,/ tú vas/ por el río de la calles/
¡hasta el mar!” El dolor en Lorca queda más
sugerido que expresado explícitamente. En él
nos encontramos los signos del dolor en las
“saetas turbias”, el “cristal”, o el
conocido, desde Manrique, río que conduce
inevitablemente al mar.
Otra de las imágenes líricas más extendidas
de la Virgen la presenta de pie ante la
Cruz. Es un lugar común que se va repitiendo
en los versos de poetas distintos siglo tras
siglo, y que señala físicamente la
impotencia y la resignación de la Madre, que
sólo puede actuar mediante la identificación
con su carne herida que ahora muere ante sus
ojos. Precisamente, una de las composiciones
poéticas de carácter religioso más populares
de la época medieval la compuso, en el siglo
xiii y en latín, un franciscano llamado Jacopone da Toddi. Es
el Stabat Mater, y en él late una de
las ideas vertebradoras de lo que ha sido la
devoción mariana a lo largo de dos milenios.
Toddi dará a la literatura y la música
universales un motivo recurrente. Nos
describe a modo de fotografía, un fresco en
el que María dirige sus ojos llorosos hacia
el lugar del que su hijo “cuelga”. Este
último verbo recalca lo más frágil de la
humanidad de un Cristo que ahora es carne en
plenitud. El autor despliega el mundo
interior de la Virgen con todos sus matices:
dolorosa, estremecida, contristada,
afligida, angustiada...
También Zorrilla, siglos más tarde, comienza
su poema “La Virgen al pie de la Cruz” con
un “estaba en honda agonía/ al pie de la
Cruz llorosa/ la Madre Virgen María,/ y de
la Cruz afrentosa/ el hijo muerto pendía.”
Los elementos de la naturaleza participan
aquí de la culpa, frente al dolor del hijo y
de la madre que “con el suplicio abrazada/
la ardiente sangre bebía,/ y parado el mundo
entero/ asombrado la miraba,/ que sola en
dolor tan fiero/ a su Dios muerto lloraba/
al pie del santo madero.” Zorrilla ofrece
brochazos líricos de contrastes entre el
interior de la Virgen consumida por el
dolor, y el exterior de un mundo que muestra
su pasividad, y así consigue, de forma
contrastada, intensificar la agonía.
Por su parte, el Stabat Mater de Vicente
Huidobro se inclina hacia el equilibrio
entre el dolor de la Madre y la contricción
del mundo. En él, el poeta chileno avanza
desde el sufrimiento de Ella, quien con “El
alma destrozada y abatida,/ llorando de
dolor, cuan nadie viera,/ contempla en una
Cruz morir la vida,/ la vida que en su seno
floreciera”, al tiempo que esta aflicción le
sirve de cauce de reflexión, y para el
arrepentimiento personal que hace extensivo
a toda la humanidad cuando se pregunta:
“¿Quién ante tal dolor no se conmueve?/
¿Quién puede haber que a tal sufrir resista?
(...)”. Y se responde ante la intensidad de
la pregunta: “Pidámosle perdón, perdón
llorando/ a Ella tan pura, que el pecado
hiere”.
También el hombre poeta, identificado con
esta compasión, asume compartir el dolor de
la madre en textos como el de Gerardo Diego,
en el que el escritor suplica a la Virgen:
“Dame tu mano, María,/ la de las tocas
moradas./ Clávame tus siete espadas/ en esta
carne baldía./ Quiero ir contigo en la
impía/ tarde negra y amarilla./ Aquí en mi
torpe mejilla/ quiero ver si se retrata/ esa
lividez de plata,/ esa lágrima amarilla.”
Siguiendo la estela de esta comunión
literaria, José María Pemán en su
“Meditación de la Soledad de María” asimila
la soledad de la Virgen a la suya propia.
Con un ritmo perfecto, el poeta estructura
el texto como una oración en la que el dolor
de la Madre herida sirve de modelo de
consuelo. Y así escribe en sus versos
finales: “Recibe mi angustia y toma/ en tus
manos mi ansiedad./ Y séame por piedad,/
Señora del mayor duelo,/ tu soledad sin
consuelo,/ consuelo en mi soledad.”
Pero sin duda alguna, serán los ojos el
rasgo más claro de la soledad de la Virgen
María. Es algo que no ha escapado a los
poetas, para quienes la mirada es esencial.
Así, Pablo Antonio Cuadra, en un largo
poema, bellísimo, que lleva por título “Los
ojos de Nuestra Señora”, se centrará en
ellos: “Los ojos de Nuestra Señora eran
azules en la anunciación./(...)/¡Deja,
Señora, que miremos con la fe de tu mirada!
(...) Los ojos de Nuestra Señora eran verdes
en la Navidad.(...)/ Dios te salve, María,
congregación de los trigales;/ en tus ojos
la uva prepara su vendimia (...)”. Mas estos
ojos delicados que canta el poeta, se
oscurecen con la llegada de la muerte. Y
así, seguimos leyendo: “Los ojos de Nuestra
Señora eran negros en la Pasión;/ negros
como incendiados por vastas noches en
llamas,/ negros bajo el amor soplando
inenarrables gemidos,/ solitarios ojos,
víctimas en ceniza de la encendida pena.”
Enfocando el dolor de la madre hacia la
mirada, escribió Dionisio Ridruejo: “La
lenta flor de tu mirada sabe,/ cuando a los
yertos miembros se adelanta,/ hacerse hiedra
de tu triste planta/ y erguir los cielos con
fervor de ave.” La tristeza en este caso es
lenta y suave, y parece invadirlo todo,
desde la “tierra estremecida y grave”, hasta
el universo ante el que la Virgen siente el
dolor de toda la humanidad en el de su hijo.
No pasan, pues, desapercibidos los ojos,
iceberg y epicentro de la soledad más fuerte
que una madre puede sentir. También César
Andrade y Cordero, dirá: “Virgen de la
Soledad, yo denuncio tus ojos/”. De esos
desterrados ojos bien podría uno
preguntarse, como hiciera Victoriano Crémer
con los de Pablo camino de Damasco: “¿Qué
fulgor increíble desorbitó tus ojos?”.
Pregunta vana. Y sin embargo, con el fiel de
la balanza centrado en esos ojos de María
sola ante la Cruz, parecen cobrar sentido
los versos de otras dos mujeres: De la
cubana Dulce María Loynaz cuando reza:
“Señor mío: Tú me diste estos ojos; dime
dónde he de volverlos en esta noche larga,
que ha de durar más que mis ojos”. Y la
chilena Gabriela Mistral, cuando ya se ha
producido el encuentro con Dios y sobran los
sentidos: “Mi oído está cerrado;/ mi boca
está sellada./ ¡Qué va a tener razón de ser
ahora/ para mis ojos en la tierra pálida!”.
En cualquier caso son los ojos los que dotan
al rostro de la Virgen de toda su desdicha.
Por último, otro de los rostros más
hermosos e impactantes de la soledad que nos
ha ofrecido la literatura en nuestra lengua
es, sin duda, de la ausencia y el abandono.
Así aparece en el poema de Lope de Vega
titulado “Soledad de nuestra señora”. Este
escritor dibuja la soledad de la madre
rodeándola mediante el recurso de la
anáfora. La soledad de Lope es una soledad
constituida acumulando ausencias. El viaje
del todo a la nada se hace de golpe en
María, que se queda: “Sin esposo, porque
estaba/ José de la muerte preso,/ sin Padre
porque se esconde/ sin Hijo porque está
muerto,/ sin luz, porque llora el sol,/ sin
voz, porque muere el verbo,/ sin alma,
ausente la suya,/ sin cuerpo, enterrado el
cuerpo,/ sin tierra, que todo es sangre,/
sin aire, que todo es fuego,/ sin fuego, que
todo es agua,/ sin agua, que todo es
hielo,/....”. El poeta avanza en sus versos
desde lo más concreto: esposo, padre e hijo,
pasando por lo interior corporal: voz,
cuerpo y alma; hasta llegar a los
constituyentes últimos del cosmos. Tierra,
aire, fuego y agua que dejan de ser tales,
extremándose en su capacidad para herir, y
pasan a ser en la piel de la madre,
respectivamente, sangre, fuego, agua y
hielo.
En este sentido, desde el otro rostro
geográfico de nuestra lengua, nos llega, uno
de los poemas más hermosos que se hayan
escrito sobre la soledad de la Virgen.
Pertenece al escritor César Andrade y
Cordero. En él, el poeta nombra a la Virgen
con una serie de metáforas que se anudan a
la sangre en el color. Así le oímos
llamarla, entre otras cosas,: “ramo de
herrumbre y óxido de púrpura, clavel de tu
quebranto, nardo sangriento, incendio de
ópalo, rayo de sangre...” El poeta avanza
desde el dolor psicológico del abandono
hasta el sufrimiento más puramente físico.
Por eso todos los elementos de la naturaleza
que representan la pureza, se hacen
acompañar ahora de adjetivos oscuros, y el
agua se vuelve ”agua enterrada” y la luz,
“luz degollada”. Y la pena se derrite de tan
intensa y se materializa en lava cárdena,
que contrasta con el rostro lívido y
consumido de la madre, vuelto ópalo
traslúcido. Así escuchamos decir al
escritor: “Virgen de la Soledad, Madre y
matrona clara,/ cuántos lirios se nutren de
tu inocente llama.” El color de la soledad
de César Andrade se mueve entre los polos
del blanco desgastado y el rojo desgarrador.
De todo lo citado anteriormente parece estar
hablando José Ángel Valente, en uno de sus
poemas al escribir: “Qué era la soledad,
pregunto, el rostro tuyo al fin /frente a la
nada, el tiempo que de pronto dejaba de /ser
tiempo empozado en sí mismo, la línea
/hiriente de oscura luz que invadía tus ojos
y tú /empezabas a marchar por ella, sin red
y sin /testigo, cuando se deslizó la sombra
por tu sangre /hacia tu adentro y allí te
desnaciste.” Todo lo que hemos venido
exponiendo parece resumido en esas palabras.
A la dolorosa y trágica soledad de la Virgen
se ha puesto con los siglos color, música,
palabra... y también un gran silencio de
respeto contenido entre los versos. Hace
medio siglo que escribió la ya mencionada
Dulce María Loynaz: “No cambio mi soledad
por un poco de amor. Por mucho /amor, sí./
Pero es que el mucho amor también es
soledad/ ¡Qué lo digan los olivos de
Getsemaní!
¡Qué gran certeza y clarividencia la de esta
poeta! Volvemos al lugar del que partíamos
al inicio de este texto. Getsemaní es para
nuestra historia lo que el paso del Rubicón
supuso para el Imperio Romano; sólo que en
la aceptación de Jesús, a diferencia de
César, no hay ni soberbia ni odio, sino todo
lo contrario. Tal vez radique en ese cambio
el valor de la soledad de Cristo en
Getsemaní y el de María en el Gólgota y las
horas que siguieron. El poeta y premio Nobel
de Literatura, Vicente Aleixandre, escribió
en otro contexto unos versos que simbolizan
ese hondo precipicio del creyente que se
siente abandonado y solo en un momento de
duda: “Sabemos adónde vamos y de dónde
venimos. Entre/ dos oscuridades, un
relámpago”. Y es que hace falta iluminar
aquellas dos soledades inmensas inscritas en
los límites de la historia de la salvación.
Estamos refiriéndonos a una Soledad con
mayúsculas, una soledad que únicamente puede
sentirse allí donde se ama mucho, donde el
frío quema de puro helado y la luz ciega de
tanta claridad. Ya lo escribió otro gran
poeta, José Antonio Muñoz Rojas: “sin
contemplación no hay soledad que nos salve”.
O lo que es lo mismo, tal y como lo acertó a
decir hace ahora un siglo otra poeta,
Delmira Agustini: “La soledad encumbra,
vivirla augustamente/es igualar las cimas,
¡es acercarse a Dios!”
En la misma dirección escribirá también
Antonio Colinas: “Solitarios y místicos ya
hablaron de lo oscuro/ entreabierto en la
luz. (...)”. O el tan certero verso con que,
el propio Colinas, concluye su obra La
muerte de Armonía: “Por ser noche, ya
soy flecha de luz”. No otra cosa es la
Soledad de María, sino este revivir la
Pasión de Cristo a la espera de la
Resurrección. Por eso, concluyo con las
palabras del gran poeta Dámaso Alonso,
quien, sin duda, ha ofrecido el rostro más
exacto y hermoso de María cuando escribe:
“yo no sé quién eres:/ pero eres una gran
ternura”. Una certeza que apunta en la única
dirección posible, el saber que al final de
nuestro camino nos está esperando la ternura
de la Luz.
*Asunción
Escribano.
(Profesora titular de “Lengua y Literatura
españolas”
y directora de la Cátedra de poética “Fray
Luis de León” de la UPSA)