Martes - 24.Octubre.2017

ROME REPORTS
Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
La vida del cristiano La vida del cristiano
Amor a la Madre de Dios Maria Madre de Dios
La Inmaculada Concepción La Inmaculada concepción
Virgen María María Virgen
Reina elevada al Cielo Reina elevada al Cielo
Mes de Mayo, mes de María Mes de Mayo
Santo Rosario Santo Rosario
Sobre el Adviento Adviento
Tiempo de Navidad Tiempo de Navidad
Año Nuevo. Tiempo y eternidad Año Nuevo. Tiempo y eternidad
TIEMPO DE EPIFANÍA Epifanía
Cuaresma Cuaresma
Semana Santa Semana Santa
Tiempo pascual, Se celebra la Resurrección de  Jesucristo, fundamento de nuestra fe, Tiempo pascual
San José San José
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, SANTO DE LO ORDINARIO San Josemaría, Santo de lo ordinario
Cuadros de espiritualidad Cuadros de espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

LA SOLEDAD DE LA VIRGEN EN LA POESÍA ESPAÑOLA (Asunción Escribano)

ver las estadisticas del contenido
La Soledad de la Virgen María en la poesía española

LA SOLEDAD DE LA VIRGEN
EN LA POESÍA ESPAÑOLA

 

 

No hay soledad más inmensa que la de un ser humano que ha perdido un hijo. Carne de su carne, se le va la vida propia en su muerte, como bien han escrito poetas distintos, unidos en la palabra que expresa ese dolor esencial.

Por Asunción Escribano *
Arvo Net, 25 de mayo de 2006
 

¡Quién le iba a decir a la niña que emparentaba con la casa de David, que lo que se le estaba ofreciendo en aquel momento era algo infinitamente más grande que la gloria de un rey! Todo se fraguó para ella el día en que se sintió llamada por Dios y respondió, temblorosa, afirmativamente. Debió de ser aquél un momento extremadamente delicado. Unamuno lo describió hermosamente, sin quererlo, pues hablaba de otra cosa, cuando escribió en su Diario íntimo: “No basta ser moral, hay que ser religioso; no basta hacer el bien, hay que ser bueno. Y ser bueno es anonadarse ante Dios, hacerse uno con Cristo, y decir con él: no mi voluntad, sino la tuya, Padre!”. Difícilmente podrá describirse mejor lo que fue la anunciación, que con ese “hacerse nada” de María, con esa humillación tan preñada de ensalzamiento y gloria que acataba un futuro cercano de soledad y dolor que aquella niña entonces no podía siquiera imaginar.

Es más, toda la soledad que caerá sobre María como una permanente noche de nevada cuando muera su hijo tiene su venero en el día que dio a su Señor aquel sí incondicional que la ensalzó para siempre como protagonista de la historia de la Salvación. Fue aquel “Fiat voluntas tua” que atormentaba a Unamuno y que nosotros repetimos cada vez que rezamos el Padrenuestro, el que desencadenó su historia, la de María, nuestra historia. Probablemente ella, al igual que su hijo, fuera presintiendo y concretando con los años la naturaleza de aquello que se esperaba de ella. La muerte en la cruz de Cristo se convierte, de este modo, en la puerta abierta al dolor y la soledad de María, incurables ya si no es volviendo a estar con su hijo. En el Cancionero de Gómez de Ferrol, escrito en el siglo xv, leemos, en boca de la Virgen, estas palabras de indudables reminiscencias teresianas, de no ser porque fueron escritas antes en el tiempo: “La muerte me será vida/e bevir me será muerte,/que la vida sin conorte /non ha cosa más perdida!/E tú, muerte desavrida,/¿por qué causa tanto tardas/o para quándo, di, me guardas /e alexas tu venida?”

Pedro Salinas, justo en la mitad del siglo xx, concluye un largo poema titulado “Cero”, muy rico en matices y simbolismos, con los siguientes versos: “Soy la sombra que busca en la escombrera./Con sus siete dolores cada una/mil soledades vienen a mi encuentro./Hay un crucificado que agoniza/en desolado Gólgota de escombros,/de su cruz separado, cara al cielo.” Cómo no ver a María en ese paisaje repentinamente oscurecido tras la expiración de Dios. Unos años antes, en aquella alargada y reseca posguerra un joven poeta llamado José Hierro concluía un lamento titulado “Llanura” con un verso que clamaba: ¡Señor, Señor, por qué nos has dejado solos!”. Una vez más se funden, como escribiera Colinas al inicio de su libro Noche más allá de la noche, “misterio y soledad”. Primero fue la muerte, y de su mano, sin soltarse, la soledad. Osvaldo Pol ha dibujado el paisaje con palabras: “Tu silencio, Señor, sabe a tormento /Que prolonga los bordes de la herida. /Hay una noche-noche renegrida/ Donde todo es ausencia y descontento”.

Y Antonio Muñoz Rojas ha dejado caer entre sus versos: “no hay silencio como el de la soledad”. Seguro que está en lo cierto, tanto si es la soledad que hunde o la que salva. Sin duda alguna, quien primero se dio cuenta de ese desgarro que iba a suponer para cada hombre y mujer a lo largo del tiempo esta soledad fue la propia María. Su hijo lo sintió entre unos olivos y ella frente a unos crucificados. Miguel de Unamuno, en el bello poema de poemas que es El Cristo de Velázquez escribe: “Abandonado de tu Dios y Padre, /que con sus manos recogió tu espíritu, /te alzas en ese trono congojoso /de soledad, sobre la escueta cumbre /del teso de la calavera, encima /del bosque de almas muertas que esperaban /tu muerte, que es su vida. ¡Duro trono de /soledad! Tú, solo, abandonado /de Dios y de los hombres y los ángeles, /eslabón entre cielo y tierra, mueres, /¡oh León de Judá, Rey del desierto /y de la soledad! (...)”

Ella fue la primera en seguirle por el mismo camino estrecho por el que Él se había ido. Ahí empezó todo, la procesión inacabable de soledades sucesivas, que en el siglo xx el poeta Leopoldo de Luis ratificaría con su verso “El hombre sufre siempre solo”. Y unos años después Rafael Morales sentenciaría también: “Todos hacia/ la soledad más pura caminamos”.

Hay tantos rostros de la Soledad, por lo tanto, como personas alguna vez la han sentido palpitar en sus entrañas. Pero, sin duda alguna, no hay soledad más inmensa que la de un ser humano que ha perdido un hijo. Carne de su carne, se le va la vida propia en su muerte, como bien han escrito poetas distintos, unidos en la palabra que expresa ese dolor esencial.

Se respondió a sí mismo José Ángel Valente después de preguntarse qué era la Soledad, tras la muerte de su hijo: “No sé dónde apoyarme. Vacío está de todo ser el aire. No estás. No estoy. Qué giratorio cuerpo el de la nada.” También Francisco Umbral en su novela lírica Mortal y rosa ha sentido la soledad que deja en la carne el zarpazo de la muerte pequeña del hijo, ausencia que marca para siempre con un dolor como el que se experimenta tras la amputación de un miembro, que sigue latiendo en el vacío para siempre. Así escribe: “Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.”

Por su parte, Joan Margarit concibe la soledad de la muerte como la costumbre de una espera. La muerte de su hija Joana le hizo escribir uno de los libros más conmovedores de la poesía española. En él describe el rostro absoluto de la soledad al afirmar: “por débil y pequeña que en la noche/ llegue a ser la ventana iluminada,/ este es mi consuelo:/ no habrá más desamparo ya que el mío.”

De la misma manera, la soledad que experimentó María tiene en la historia de la poesía tantos rostros como posibilidades de identificación con el dolor de la madre han tenido nuestros escritores. Cada uno de ellos dibuja en sus palabras una tesela de un amplio fresco en el que se puede rastrear la soledad total, que suma a la pérdida, la contemplación del sufrimiento a que es sometido injustamente el hijo.

Hay un primer modo de sentir la soledad que se podría concretar en la presencia de la Virgen al lado del hijo y la súplica de la muerte juntos. Así, en plena Edad Media, Berceo nos presenta en su “Duelo que fizo la Virgen Mª el día de la passión de su fijo Jesucristo”, el diálogo de ambos. María le pide el amparo de la muerte y así le ruega: “si levarme quisieres/ sería tu pagada,/ qa fincaré sin ti/ non bien acompannada”. Es la misma petición que escuchamos en Joan Margarit cuando clama: “Yo daría mis ojos por hacer/ el viaje de retorno junto a ella”.

Sin el sustento de la compañía de Jesús el mundo se vuelve turbio e insoportable. También Ambrosio Montesino escoge esta perspectiva para hablar de la soledad de la madre cuando afirma: “La vida se me consume/ de tus pasiones,/ porque, Hijo, se presume/ que estás en prisiones,/ e si en ellas no me pones,/ de dolor soy llena.”

La compasión en su más puro sentido etimológico “padecer con” es el rostro que resalta de la Virgen Juan del Encina. María es para él la mujer sola que se duele en lo profundo de la muerte con la misma intensidad que fue madre en la vida. Por ello, nuestro autor dirigiéndose a ella, le escribe: “Sentiste lo quél sintió/ y tu passión fue la suya,/ porque tal passión te dio/ que la Passión quel sufrió/ fue la mesma passión tuya.”

También alienta esta compasión universal a Gómez de Ferrol quien dice: ¡Eternal saña e ira/con su muerte de nos quita,/mas su Madre, la bendita,/con qué pena queda, mira!/¡Gran dolor inistimable/la aflige y atierra/con cuchillo e con sierra/e con pena intolerable/fue ferido el venerable/coraçon de la doncella!/¡Todos/ayan dolor della,/desta triste miserable!

Por su parte, Lope de Vega en su primer “Romance” cede la voz a la protagonista. La madre siente, como lo haría cualquier madre, partirse sus entrañas que han cobijado al Dios, ahora más que nunca, de la misma naturaleza que el hombre. Por ello afirma: “Ya siento vuestros azotes/ herir vuestra tierna carne,/ como es hecha de la mía,/ hace que también me alcancen”. Con una perspectiva semejante, el gran Quevedo, sin embargo, va a centrar su poema en la denominación de Jesús como “mujer” a su madre para evitarle más dolor. Así Quevedo escribe: “Mujer llama a su madre cuando expira,/ porque el nombre de madre regalado/ no le añada un puñal, viendo clavado/ a su Hijo y Dios, por quien suspira.” Mujer y madre que se suman y sirven a Quevedo como modo de restauración del pecado inicial que cometiera la primera mujer, Eva. Por esta última perdimos el paraíso, y por María se restaura la esperanza.

También en el dolor de la Virgen, ya en el siglo XX, incide el poema de Gª Lorca, titulado “Paso”. El poema cargado de imaginería, característicamente lorquiana dice: ”Virgen con miriñaque,/ Virgen de soledad,/ abierta como un inmenso/ tulipán./ En tu barco de luces/ vas/ por la alta marea/ de la ciudad,/ entre saetas turbias/ y estrellas de cristal./ Virgen con miriñaque,/ tú vas/ por el río de la calles/ ¡hasta el mar!” El dolor en Lorca queda más sugerido que expresado explícitamente. En él nos encontramos los signos del dolor en las “saetas turbias”, el “cristal”, o el conocido, desde Manrique, río que conduce inevitablemente al mar.

Otra de las imágenes líricas más extendidas de la Virgen la presenta de pie ante la Cruz. Es un lugar común que se va repitiendo en los versos de poetas distintos siglo tras siglo, y que señala físicamente la impotencia y la resignación de la Madre, que sólo puede actuar mediante la identificación con su carne herida que ahora muere ante sus ojos. Precisamente, una de las composiciones poéticas de carácter religioso más populares de la época medieval la compuso, en el siglo xiii y en latín, un franciscano llamado Jacopone da Toddi. Es el Stabat Mater, y en él late una de las ideas vertebradoras de lo que ha sido la devoción mariana a lo largo de dos milenios. Toddi dará a la literatura y la música universales un motivo recurrente. Nos describe a modo de fotografía, un fresco en el que María dirige sus ojos llorosos hacia el lugar del que su hijo “cuelga”. Este último verbo recalca lo más frágil de la humanidad de un Cristo que ahora es carne en plenitud. El autor despliega el mundo interior de la Virgen con todos sus matices: dolorosa, estremecida, contristada, afligida, angustiada...

También Zorrilla, siglos más tarde, comienza su poema “La Virgen al pie de la Cruz” con un “estaba en honda agonía/ al pie de la Cruz llorosa/ la Madre Virgen María,/ y de la Cruz afrentosa/ el hijo muerto pendía.” Los elementos de la naturaleza participan aquí de la culpa, frente al dolor del hijo y de la madre que “con el suplicio abrazada/ la ardiente sangre bebía,/ y parado el mundo entero/ asombrado la miraba,/ que sola en dolor tan fiero/ a su Dios muerto lloraba/ al pie del santo madero.” Zorrilla ofrece brochazos líricos de contrastes entre el interior de la Virgen consumida por el dolor, y el exterior de un mundo que muestra su pasividad, y así consigue, de forma contrastada, intensificar la agonía.

Por su parte, el Stabat Mater de Vicente Huidobro se inclina hacia el equilibrio entre el dolor de la Madre y la contricción del mundo. En él, el poeta chileno avanza desde el sufrimiento de Ella, quien con “El alma destrozada y abatida,/ llorando de dolor, cuan nadie viera,/ contempla en una Cruz morir la vida,/ la vida que en su seno floreciera”, al tiempo que esta aflicción le sirve de cauce de reflexión, y para el arrepentimiento personal que hace extensivo a toda la humanidad cuando se pregunta: “¿Quién ante tal dolor no se conmueve?/ ¿Quién puede haber que a tal sufrir resista? (...)”. Y se responde ante la intensidad de la pregunta: “Pidámosle perdón, perdón llorando/ a Ella tan pura, que el pecado hiere”.

También el hombre poeta, identificado con esta compasión, asume compartir el dolor de la madre en textos como el de Gerardo Diego, en el que el escritor suplica a la Virgen: “Dame tu mano, María,/ la de las tocas moradas./ Clávame tus siete espadas/ en esta carne baldía./ Quiero ir contigo en la impía/ tarde negra y amarilla./ Aquí en mi torpe mejilla/ quiero ver si se retrata/ esa lividez de plata,/ esa lágrima amarilla.”

Siguiendo la estela de esta comunión literaria, José María Pemán en su “Meditación de la Soledad de María” asimila la soledad de la Virgen a la suya propia. Con un ritmo perfecto, el poeta estructura el texto como una oración en la que el dolor de la Madre herida sirve de modelo de consuelo. Y así escribe en sus versos finales: “Recibe mi angustia y toma/ en tus manos mi ansiedad./ Y séame por piedad,/ Señora del mayor duelo,/ tu soledad sin consuelo,/ consuelo en mi soledad.”

Pero sin duda alguna, serán los ojos el rasgo más claro de la soledad de la Virgen María. Es algo que no ha escapado a los poetas, para quienes la mirada es esencial. Así, Pablo Antonio Cuadra, en un largo poema, bellísimo, que lleva por título “Los ojos de Nuestra Señora”, se centrará en ellos: “Los ojos de Nuestra Señora eran azules en la anunciación./(...)/¡Deja, Señora, que miremos con la fe de tu mirada! (...) Los ojos de Nuestra Señora eran verdes en la Navidad.(...)/ Dios te salve, María, congregación de los trigales;/ en tus ojos la uva prepara su vendimia (...)”. Mas estos ojos delicados que canta el poeta, se oscurecen con la llegada de la muerte. Y así, seguimos leyendo: “Los ojos de Nuestra Señora eran negros en la Pasión;/ negros como incendiados por vastas noches en llamas,/ negros bajo el amor soplando inenarrables gemidos,/ solitarios ojos, víctimas en ceniza de la encendida pena.”

Enfocando el dolor de la madre hacia la mirada, escribió Dionisio Ridruejo: “La lenta flor de tu mirada sabe,/ cuando a los yertos miembros se adelanta,/ hacerse hiedra de tu triste planta/ y erguir los cielos con fervor de ave.” La tristeza en este caso es lenta y suave, y parece invadirlo todo, desde la “tierra estremecida y grave”, hasta el universo ante el que la Virgen siente el dolor de toda la humanidad en el de su hijo.

No pasan, pues, desapercibidos los ojos, iceberg y epicentro de la soledad más fuerte que una madre puede sentir. También César Andrade y Cordero, dirá: “Virgen de la Soledad, yo denuncio tus ojos/”. De esos desterrados ojos bien podría uno preguntarse, como hiciera Victoriano Crémer con los de Pablo camino de Damasco: “¿Qué fulgor increíble desorbitó tus ojos?”. Pregunta vana. Y sin embargo, con el fiel de la balanza centrado en esos ojos de María sola ante la Cruz, parecen cobrar sentido los versos de otras dos mujeres: De la cubana Dulce María Loynaz cuando reza: “Señor mío: Tú me diste estos ojos; dime dónde he de volverlos en esta noche larga, que ha de durar más que mis ojos”. Y la chilena Gabriela Mistral, cuando ya se ha producido el encuentro con Dios y sobran los sentidos: “Mi oído está cerrado;/ mi boca está sellada./ ¡Qué va a tener razón de ser ahora/ para mis ojos en la tierra pálida!”. En cualquier caso son los ojos los que dotan al rostro de la Virgen de toda su desdicha.

 Por último, otro de los rostros más hermosos e impactantes de la soledad que nos ha ofrecido la literatura en nuestra lengua es, sin duda, de la ausencia y el abandono. Así aparece en el poema de Lope de Vega titulado “Soledad de nuestra señora”. Este escritor dibuja la soledad de la madre rodeándola mediante el recurso de la anáfora. La soledad de Lope es una soledad constituida acumulando ausencias. El viaje del todo a la nada se hace de golpe en María, que se queda: “Sin esposo, porque estaba/ José de la muerte preso,/ sin Padre porque se esconde/ sin Hijo porque está muerto,/ sin luz, porque llora el sol,/ sin voz, porque muere el verbo,/ sin alma, ausente la suya,/ sin cuerpo, enterrado el cuerpo,/ sin tierra, que todo es sangre,/ sin aire, que todo es fuego,/ sin fuego, que todo es agua,/ sin agua, que todo es hielo,/....”. El poeta avanza en sus versos desde lo más concreto: esposo, padre e hijo, pasando por lo interior corporal: voz, cuerpo y alma; hasta llegar a los constituyentes últimos del cosmos. Tierra, aire, fuego y agua que dejan de ser tales, extremándose en su capacidad para herir, y pasan a ser en la piel de la madre, respectivamente, sangre, fuego, agua y hielo.

En este sentido, desde el otro rostro geográfico de nuestra lengua, nos llega, uno de los poemas más hermosos que se hayan escrito sobre la soledad de la Virgen. Pertenece al escritor César Andrade y Cordero. En él, el poeta nombra a la Virgen con una serie de metáforas que se anudan a la sangre en el color. Así le oímos llamarla, entre otras cosas,: “ramo de herrumbre y óxido de púrpura, clavel de tu quebranto, nardo sangriento, incendio de ópalo, rayo de sangre...” El poeta avanza desde el dolor psicológico del abandono hasta el sufrimiento más puramente físico. Por eso todos los elementos de la naturaleza que representan la pureza, se hacen acompañar ahora de adjetivos oscuros, y el agua se vuelve ”agua enterrada” y la luz, “luz degollada”. Y la pena se derrite de tan intensa y se materializa en lava cárdena, que contrasta con el rostro lívido y consumido de la madre, vuelto ópalo traslúcido. Así escuchamos decir al escritor: “Virgen de la Soledad, Madre y matrona clara,/ cuántos lirios se nutren de tu inocente llama.” El color de la soledad de César Andrade se mueve entre los polos del blanco desgastado y el rojo desgarrador.

De todo lo citado anteriormente parece estar hablando José Ángel Valente, en uno de sus poemas al escribir: “Qué era la soledad, pregunto, el rostro tuyo al fin /frente a la nada, el tiempo que de pronto dejaba de /ser tiempo empozado en sí mismo, la línea /hiriente de oscura luz que invadía tus ojos y tú /empezabas a marchar por ella, sin red y sin /testigo, cuando se deslizó la sombra por tu sangre /hacia tu adentro y allí te desnaciste.” Todo lo que hemos venido exponiendo parece resumido en esas palabras. A la dolorosa y trágica soledad de la Virgen se ha puesto con los siglos color, música, palabra... y también un gran silencio de respeto contenido entre los versos. Hace medio siglo que escribió la ya mencionada Dulce María Loynaz: “No cambio mi soledad por un poco de amor. Por mucho /amor, sí./ Pero es que el mucho amor también es soledad/ ¡Qué lo digan los olivos de Getsemaní!

¡Qué gran certeza y clarividencia la de esta poeta! Volvemos al lugar del que partíamos al inicio de este texto. Getsemaní es para nuestra historia lo que el paso del Rubicón supuso para el Imperio Romano; sólo que en la aceptación de Jesús, a diferencia de César, no hay ni soberbia ni odio, sino todo lo contrario. Tal vez radique en ese cambio el valor de la soledad de Cristo en Getsemaní y el de María en el Gólgota y las horas que siguieron. El poeta y premio Nobel de Literatura, Vicente Aleixandre, escribió en otro contexto unos versos que simbolizan ese hondo precipicio del creyente que se siente abandonado y solo en un momento de duda: “Sabemos adónde vamos y de dónde venimos. Entre/ dos oscuridades, un relámpago”. Y es que hace falta iluminar aquellas dos soledades inmensas inscritas en los límites de la historia de la salvación.

Estamos refiriéndonos a una Soledad con mayúsculas, una soledad que únicamente puede sentirse allí donde se ama mucho, donde el frío quema de puro helado y la luz ciega de tanta claridad. Ya lo escribió otro gran poeta, José Antonio Muñoz Rojas: “sin contemplación no hay soledad que nos salve”. O lo que es lo mismo, tal y como lo acertó a decir hace ahora un siglo otra poeta, Delmira Agustini: “La soledad encumbra, vivirla augustamente/es igualar las cimas, ¡es acercarse a Dios!”

En la misma dirección escribirá también Antonio Colinas: “Solitarios y místicos ya hablaron de lo oscuro/ entreabierto en la luz. (...)”. O el tan certero verso con que, el propio Colinas, concluye su obra La muerte de Armonía: “Por ser noche, ya soy flecha de luz”. No otra cosa es la Soledad de María, sino este revivir la Pasión de Cristo a la espera de la Resurrección. Por eso, concluyo con las palabras del gran poeta Dámaso Alonso, quien, sin duda, ha ofrecido el rostro más exacto y hermoso de María cuando escribe: “yo no sé quién eres:/ pero eres una gran ternura”. Una certeza que apunta en la única dirección posible, el saber que al final de nuestro camino nos está esperando la ternura de la Luz.

 *Asunción Escribano.
(Profesora titular de “Lengua y Literatura españolas”
y directora de la Cátedra de poética “Fray Luis de León” de la UPSA)

 

‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾

RELACIONADOS:

VIRGEN MARÍA

Arvo Net, 25/05/2006

© ASOCIACIÓN ARVO
1980-2006
Contacto: webmaster@arvo.net
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

 

Enviado por Arvo - 25/05/2006 ir arriba

v02.14:0.10
GestionMax
Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós