Por
Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 18.08.2006
El Cielo sobre Berlín
es una película extraordinaria de
Wily Wender,
en la que los ángeles envidian a los hombres
y quieren ser como nosotros, participar de
nuestros sentimientos, sentir el peso de
nuestra gravedad, de nuestras penas y
alegrías…, tener fiebre, ensuciarse los
dedos con el periódico, ser saludados por la
calle al menos con un gesto; adivinar algo
en lugar de saberlo todo, tener la
posibilidad de ser malo alguna vez, luchar
contra los demonios…, estar solos,
indefensos… Comienza la película con la voz
nostálgica en off de uno de ellos sobre
fondo negro de letras blancas: «Cuando el
niño era niño, caminaba con los brazos
abiertos, quería que el riachuelo fuera un
río, el río un torrente y el charco el mar,
cuando el niño era niño, él no sabía que era
un niño, todo él era alegría y todas las
almas una; cuando el niño era niño, no tenía
opinión sobre nada, no tenía costumbres, se
sentaba en el suelo, corría pordoquier,
tenía un tirabuzón en el pelo y nunca hacía
muecas al hacerse fotos...». Se columbra la
complejidad del mensaje de Wender. En
suma, el inmenso valor de la persona humana.
El más mínimo pensamiento humano vale más
que el universo entero; la fugacidad del
instante posee un cierto valor de eternidad.
Entre otras mil maravillas, una mujer ha
cerrado el paraguas a pesar de que lloviera
para poder mojarse. «¡Es fantástico –dice el
ángel primero a un colega- vivir como un
espíritu y ver día a día la eternidad de las
personas siendo testigo de lo que sienten!»
A los pocos minutos habla de nuevo en off
ante una familia atribulada por la inmadurez
manifiesta de uno de los hijos: «Cuando el
niño era niño… era el momento de hacerse
esta pregunta: ¿por qué yo soy yo y no soy
tú, por qué estoy aquí y no estoy allí;
cuándo empieza el tiempo y dónde termina el
espacio; ¿no es la vida bajo el sol un mero
sueño? ¿No es lo que yo veo, oigo y huelo
nada más que el reflejo de un mundo delante
de otro mundo? ¿Existe realmente el mal y
gente que realmente es mala? ¿Cómo puede ser
que yo que soy yo antes de serlo no lo fuera
y que algún día yo, que soy yo, deje de ser
lo que soy?». Menudas preguntas para
planteárselas a un niño. Sin embargo no es
cosa de dilatar demasiado cuestiones
semejantes, no cabe soslayarlas, porque si
el adulto no sabe moverse entre las
coordenadas del tiempo y la eternidad, así
como entre mundos distintos, su vida será
inevitablemente errática aunque pueda
presentar una fachada brillante.
Es obvio que las nociones de tiempo y de
eternidad son poco claras y distintas, a
diferencia de las ideas que quería
Descartes. Pero de ésas se despachan pocas.
Sin embargo es claro que hay tiempo y que
hay eternidad. «Las perplejidades que
naturalmente surgen acerca del tiempo –dice
Peter Geach - han hecho que mucha
gente se pregunte si el tiempo es una
realidad o una ilusión», pero, «me atrevo a
afirmar que podemos estar seguros de que el
tiempo y el cambio son reales». Einstein
consideraba el tiempo como una cuarta
dimensión del Universo. Esto de la
dimensiones por encima de las tres clásicas
excede mi imaginación, aunque las
especulaciones de la física matemática no
han de tenerse por cosa de locos, como pensé
cierto día, hace muchos años, cuando un
nuevo catedrático de geometría métrica
apareció de repente en el estrado del aula
donde nos hallábamos expectantes los alumnos
de primero de Exactas. Sin más preámbulos el
catedrático flamante comenzó a llenar la
pizarra con una ristra de signos
ininteligibles a la vez que nos hablaba como
lo más normal del mundo del espacio de ene
dimensiones. Todavía no me he repuesto del
trauma. Luego me pasé a Letras, por razones
que no vienen al caso y no he podido seguir
investigando el asunto de las ene
dimensiones. Pero entiendo que el Universo
que habitamos es más complejo de lo que
parece a primera vista y que algunas
dimensiones más que las de alto, largo y
ancho, sí tiene. Que el tiempo sea una
«dimensión» y en qué sentido haya que tomar
entonces el término, que lo cuenten físicos
y cosmólogos.
Ahora bien, cuando hablamos de tiempo, según
la secuencia antes y después, es evidente
que estamos hablando de una realidad
innegable. ¿Sustancia, accidente,
dimensión…? La medida del movimiento
según el antes y el después, es la
definición aristotélica del tiempo; no es
algo ajeno a las cosas cambiantes, es más
bien la cosa misma que cambia, o el cambio
mismo de la cosa, o como dice un sabio
profesor, sencillamente «una criatura de
Dios». Lo cierto es que hay tiempo y hay
eternidad. El tiempo se acaba, la eternidad
no.
«Cuando el niño era niño se imaginaba
claramente el Paraíso, y ahora a penas lo
adivina. No podía pensar en la nada y hoy se
estremece con esa idea. Cuando jugaba lo
hacía con entusiasmo y ahora solo siente
algo parecido cuando se trata de su
trabajo…», dice la voz en off, bajo el cielo
de Berlín. El tono melancólico, nostálgico,
evoca las palabras del Maestro: «Yo os
aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los
niños, no entraréis en el Reino de los
Cielos» (Mt 18, 3). ¿Qué tiene el niño tan
indispensable para ser el único digno del
Reino de Dios? En mi opinión, su apertura
asombrada y sin reservas a la verdad de las
cosas como son, a la bondad, a la belleza,
al amor, a la sabiduría.
Entiende la broma, el juego, pero no el
engaño, la mentira, la injusticia.
Por otra parte, el niño carece de pasado, de
experiencia, de historia y puede ponerse a
jugar con fuego porque no sabe que quema.
Por eso «cuando yo era niño, hablaba como
niño, pensaba como niño, razonaba como
niño», dice san Pablo en 1 Cor 13, 11-13; y
continúa: «al hacerme hombre, dejé todas
las cosas de niño. Ahora vemos en un
espejo, en enigma. Entonces veremos cara a
cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero
entonces conoceré como soy conocido. Ahora
subsisten la fe, la esperanza y la caridad,
estas tres. Pero la mayor de todas ellas es
la caridad.» No podemos dejar que la vida
nos pase por encima como la espuma de una
ola sobre la arena de la playa. «Ya es hora
de salir del sueño» (Rom 13, 11), también
apunta Pablo; «no seáis niños en juicio. Sed
niños en malicia, pero hombres maduros en
juicio» (1 Cor 14, 20).
Hay ángeles de
Wily Wender
que sueñan en convertirse en humanos.
Algunos lo consiguen. A unos les va bien, a
otros menos (en Tan lejos, tan cerca).
No son como los ángeles de la Biblia que
realmente pueblan el Cielo, pero nos
transmiten el valor del tiempo, sugieren a
su modo el de la eternidad. El tiempo es
relativo, ciertamente. Lo creamos y a la vez
somos sus «víctimas». El tiempo de una
mariposa es una mariposa, el tiempo de un
genio es un genio. Cada uno en cierto
sentido es su propio tiempo. No debiéramos
lamentar que alguien haya vivido mucho o
poco (tiempo), ha vivido su tiempo
(si no ha sido víctima de un asesinato o
cosa equivalente). Lo relevante no es lo que
ha conseguido tener o hacer sino lo que ha
llegado a ser con su tiempo, con el
cual, de alguna manera, se identifica. De su
tiempo depende su eternidad. En la
realidad, no compensa desear ser lo que no
se es. Un deseo semejante sería un desorden
estrambótico de consecuencias quizá
trágicas. Cada uno puede y debe ser feliz
con su tiempo y según su naturaleza,
aquella que le ha sido dada, tal como ha
sido creado. La idea de creación no es
fácil, pero es indispensable para saber de
dónde venimos y a dónde vamos.
Peter
Seewald
le preguntaba al cardenal Ratzinger,
en La sal de la tierra:
Al principio la tierra estaba desnuda y
vacía, Dios todavía no había traído la
lluvia, se dice en el Génesis. Entonces
Dios creó al hombre, para lo cual «tomó
polvo del suelo y le insufló el aliento
de la vida; y el hombre se convirtió en
un ser viviente». El aliento de la vida:
¿es ésta la respuesta a la pregunta de
dónde venimos?
«Creo que aquí hallamos un enorme
simbolismo y una gran interpretación del
ser humano. Según esto, el ser humano
brota de la tierra y de sus
potencialidades. En esta exposición se
vislumbra algo parecido a la evolución.
Pero no se queda ahí. Se añade algo que
no procede simplemente de la tierra, ni
tampoco es producto de un desarrollo
posterior, sino algo radicalmente nuevo:
el aliento del mismo Dios. Lo esencial
de esta imagen es la dualidad de la
persona. Muestra tanto su pertenencia al
cosmos como su relación directa con
Dios. La fe cristiana afirma que lo que
aquí se dice del primer hombre es
aplicable a cada ser humano. Que cada
individuo tiene un origen biológico por
una parte, pero por otra no es el mero
producto de los genes existentes, del
ADN, sino que procede directamente de
Dios. El ser humano lleva el aliento de
Dios. Ha sido creado a imagen y
semejanza de Dios, es capaz de superar
lo creado. Es único. Está en los ojos de
Dios y unido a Él de manera especial.
Con el ser humano se introduce realmente
en la creación un nuevo aliento, el
elemento divino. Ver este particular ser
creado por Dios es muy importante para
percibir la unicidad y dignidad de la
persona y, con ello, la razón de todos
los derechos humanos. Confiere al ser
humano el respeto a sí mismo y a los
demás. En él está el aliento de Dios. No
es una mera combinación de materiales,
sino una idea personal de Dios.»
Somos una «idea», un «pensamiento» de Dios
puesto en la existencia, en el mundo
material, con un cuerpo material y un alma
inmortal que anima el cuerpo mortal, para
que pueda alcanzar también la inmortalidad.
Dios es Sabiduría y es Amor, actúa siempre,
necesariamente, con amorosa sabiduría, con
un fin que –necesariamente- ha de ser
maravilloso. Esto no es soñar, sino razonar.
El pasado 6 de agosto por la mañana el Papa
Benedicto XVI, meditando sobre la
Asunción de la Virgen María, hizo una
invitación a vivir en perspectiva de
eternidad y a la apertura a Dios como única
respuesta capaz de saciar la sed de verdad y
felicidad del corazón humano. Advertía que
«existe hoy en día quien vive como si no
tuviese que morir jamás o como si todo
tuviese que terminar con la muerte; algunos
se comportan considerando que el hombre sea
el único artífice del propio destino, como
si Dios no existiese, alcanzando alguna vez
incluso a negar que exista un espacio para
Él en nuestro mundo». Respondiendo a tal
situación, el Pontífice afirmó que «solo la
apertura al misterio de Dios, que es Amor,
puede colmar la sed de verdad y de felicidad
de nuestro corazón; solo la perspectiva de
la eternidad puede dar valor auténtico a los
eventos históricos y sobre todo al misterio
de la fragilidad humana, del sufrimiento y
de la muerte». Concluía el Papa
«contemplando a María en la gloria celeste»,
porque al hacerlo «comprendemos que también
para nosotros la tierra no es la patria
definitiva y que si vivimos constantemente
dirigidos a los bienes eternos, un día
compartiremos su misma gloria». Ya en la
solemnidad de la Asunción de la Virgen
María, al rezar a mediodía la oración
mariana del Ángelus, el Papa insistía:
«sumergidos en las ocupaciones cotidianas,
corremos el riesgo de creer que en este
mundo, en el que sólo estamos de paso, se
encuentra el objetivo de la existencia
humana. Sin embargo, el Paraíso es la
auténtica meta de nuestra peregrinación
terrena. ¡Qué diferentes serían nuestras
jornadas si estuvieran animadas por esta
perspectiva! Es lo que les ha sucedido a los
santos. Sus existencias humanas testimonian
que, cuando se vive con el corazón
constantemente dirigido al cielo, las
realidades terrenas se viven en su justo
valor, pues son iluminadas por la verdad
eterna del amor divino».
El Logos en verdad se hizo carne,
hombre, no ángel. Sintió realmente el peso
de nuestra gravedad, el dolor del hambre, la
sed, las espinas y la cruz. Resucitó y se
llevó con Él a su Madre con todo su ser,
alma y cuerpo. El cuerpo humano tiene
«espacio» en Dios. Todo esto es muy
misterioso, pero cierto. Y vale la pena
ponderarlo. La dignidad del destino diseñado
por la misericordia divina es impresionante.
Conviene contárselo al niño cuando todavía
es niño. Lo entenderá a su manera. Al
hacerse hombre, cuando quiera convertirse en
Dios, porque llevamos en las entrañas ese
deseo, comprenderá que de algún modo es
realizable, pero no sin Dios. La libertad
humana es limitada pero real; la
independencia puede ser ilimitada pero no
existe más que en la imaginación.
Como dice san
Juan de la Cruz «lo
que pretende Dios es hacernos dioses por
participación, siéndolo él por naturaleza,
como el fuego convierte todas las cosas en
fuego» (Avisos espirituales, 27).
Alma y cuerpo de María Virgen ya están
abrasados en el gran fuego de Amor Uno y
Trino.