|
Por Javier Aranguren
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
Nos encontramos en San Petersburgo. El congreso al que asisto avanza y estoy cansado de las comidas para extranjeros: me encantaría conocer la realidad de un ruso, cómo es su modo real de vida y esas cosas. Sergei Sokolov, uno de los asistentes, habla algo de español, es abogado y joven. Con cierto descaro le propongo que me invite a comer a su casa, y acepta feliz. Al día siguiente me dirijo hacia su apartamento, donde vive con su mujer, Paulina.
La casa se encuentra situada en Electrivskaia, un barrio lejano al centro, clásicamente estalinista (es decir, con una central eléctrica en mitad de las casas, con descampados, fealdad y abandono). Sergei me espera en la entrada del metro, vestido con ropa vaquera, símbolo de una situación económica desahogada. Tiene junto a él a un perro caniche. Tras un corto paseo vadeando charcos y aceras rotas, llegamos a su posada. Me llama la atención ver entre tanta pobreza un jaguar aparcado: den qué país del oeste habrán hecho el robo?
Su apartamento se muestra ante mis ojos como la mínima expresión de lugar habitable: entras, cierras la puerta y (quitando los escasísimos metros de baño y de cocina) la única habitación es el salón-comedor-dormitorio, lleno de muebles creados por Sergei y su mujer ya que sólo lo inventado cabe en lugar tan pequeño. Una mesa abierta es el comedor, y yo, sentado en su cama, les agradezco tanta amabilidad, mientras la televisión permanece en-cendida sirviendo su letanía de noticias en ruso como fondo para toda la velada. Vodka puro como entrante; sopa, rica, de primer plato; la carne preparada al estilo de Siberia (envuelta en pasta) de segundo; y tartas y empanadas, y vino, y una especie de cava traído de Georgia, y mucha alegría, y una conversación pura mezcla de lenguas (Paulina no habla sino ruso y francés, y yo no).
Después de casi tres horas acaba la comida: me han dado todo lo que tenían, me han contado parte de sus vidas y yo, por no ser menos, también he levantado un poco mi máscara. Cuando muevo un pie que me deja ya fuera del exiguo apartamento, la mujer de Sergei me en-trega una bolsa de papel. En ella están las sobras de algu-nos platos de la comida.
-«Te lo tienes que llevar -me dice- porque lo hicimos para ti, porque es tuyo».
Me emociona descubrir un sentido tan profundo de la hospitalidad. Me maravilla que alguien sea capaz de dar, a casi un desconocido, incluso las cosas que no tiene.
|