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Una lanza en favor del cuerpo humano (Tomás Melendo Granados)

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ANTROPOLOGÍA: UNA LANZA EN FAVOR DEL CUERPO HUMANO

UNA LANZA EN FAVOR DEL CUERPO HUMANO

(y de la oscuridad y la confusión)

 

 

 

Existe una clara repugnancia a admitir que el alma separada no sea persona… o, más bien, sostienen, sin más distingos ni matices, que lo es...

Por Tomás Melendo Granados
Arvo Net, 23.06.2006

 Primera aproximación       

 

(Antes de comenzar, anuncio que adoptaré en este texto un tono un tanto desenfadado y poco académico. ¿Motivos? La cuestión que pienso esbozar es de tanta importancia, y lleva implicadas tales diferencias en el modo de concebir la filosofía, que, o bien lo transformo en un tratado sesudo… y largísimo, o bien me limito a esbozar algunos puntos fundamentales, sin aportar siquiera las muchas citas que servirían para apoyarlo.

Pido disculpas a quienes no lleguen a entender todo lo expuesto, sobre todo hacia el final, y más todavía si alguno de los filósofos que me lean se sintiera ofendido: no es esa mi intención, sino —a unos y otros— hacerlos reflexionar sobre asuntos que estimo capitales y a los que normalmente no prestamos la menor atención.)

 

1. Planteamiento                               

Tal vez en el mundo en que nos encontramos pueda parecer extraño que precisamente un metafísico —y un metafísico «rancio», que dirían algunos— muestre su disposición para acometer una defensa del cuerpo humano.

Aclaro desde el primer instante, aunque probablemente sea superfluo, que no me estoy moviendo en la esfera, hoy tan común, de ese «culto al cuerpo», que acaba por degradar… el propio cuerpo y, con él, a toda la persona.

Hace años que vengo observando algo que me inquieta: bastantes de las personas que sostienen sin dudarlo que el cuerpo es un componente o principio positivo para el ser humano, en otros momentos, en la teoría y en la práctica, actúan, hablan o escriben como si en realidad fuera algo que tenemos que soportar, en lugar de un complemento necesario para la plenitud de nuestra condición de personas (¡humanas!, como es obvio).

En estos últimos meses, mi preocupación se ha visto incrementada, porque los síntomas de lo que considero un grave error teórico-práctico se me han ido acumulando con una frecuencia y una intensidad crecientes.

Apunto algunos de esos casos, sin pretensión de ser exhaustivo y, mucho menos, de minusvalorar a quienes a continuación voy a referirme.

     a) Los filósofos

          En el ámbito filosófico-académico, buena parte de estas suspicacias giran en torno al interrogante de si el alma separada es o no una persona. Quiero referirme, en las líneas que siguen, a filósofos de talla y buenos conocedores de que Tomás de Aquino dio a esta pregunta una respuesta negativa, aunque matizada… o positiva, pero igualmente matizada.

Y añado que, en general, entre tomistas de no estricta observancia —es decir, los que se separan sin ningún escrúpulo de lo que sostiene Santo Tomás cuando estiman que deben hacerlo, porque aman más la verdad que lo que puedan sostener un autor u otro— existe una clara repugnancia a admitir que el alma separada no sea persona… o, más bien, sostienen, sin más distingos ni matices, que lo es.

     · Aquel a quien debo lo mejor de mi formación filosófica, Carlos Cardona, escribió que, si por persona nos referimos a lo que hoy suele entenderse con tal vocablo, es decir, a una realidad dotada de autoconciencia y libertad, no cabe duda de que el alma separada debe considerarse persona. Es una respuesta ajustada… que no resuelve, sin embargo, el fondo de la cuestión.

     · No me extraña, por eso, lo que me ocurrió con Antonio Millán-Puelles, a quien me unen lazos no solo filosóficos y discipulares, sino otros más hondos, de tipo familiar, a los que va unido el privilegio de haber podido conversar con él cientos de veces sobre los temas más variados, teoréticos y vitales.

Cuando Antonio estaba reflexionando sobre el libro que dejó inacabado, acerca de la inmortalidad del alma, no cesaba de repetir que a él no le cabía duda alguna de que, en contra de lo que expuso Tomás de Aquino, el alma separada era una persona. «¿Qué va a ser, si no?», comentaba con la gracia que le caracteriza.

Le expuse lo que afirmaba Cardona y me pidió que le buscara el lugar donde lo trataba o, al menos, alguno de ellos. Una vez leído mostró claramente su insatisfacción. Como de costumbre, no buscaba si «en conformidad con lo que hoy se piensa…», sino la verdad intemporal acerca de este asunto.

Durante los meses sucesivos, la cuestión salió varias veces a relucir, y pude observar que su posición resultaba cada vez más firme y tajante.

En mi interior no estaba tan de acuerdo, aunque, como solía hacer cuando hablábamos, simplemente le sugería algo de lo que pensaba, dejando que él —con un vigor intelectual de mucho mayor calibre— lo rumiara, hasta encontrar una respuesta más definitiva… siempre sin aludir a mí si era opuesta a mi propio pensamiento.

Pero en aquellos meses me empezó a preocupar, desde el punto de vista estrictamente teórico, la insistencia con que repetía que no comprendía en qué sentido podría el alma «rebajar» su propia categoría ontológica (dejar de ser persona plena o completa) al liberarse del cuerpo.

He resaltado lo de «teórico» porque, desde la perspectiva vital, no había nada de extraño en que, quien estaba siendo fuertemente atacado por una enfermedad dolorosa, experimentara como una manifiesta liberación el «desprenderse» del cuerpo lastimado y maltrecho. Sin embargo, en nuestras conversaciones pude advertir con suma claridad que no se trataba —como en San Pablo— de «este cuerpo de muerte», sino que la afirmación era referida en general a todo cuerpo humano.

     · Poco más o menos por aquellos meses, tuve el honor de formar parte del tribunal que había de juzgar una magnífica tesis en la que esta cuestión salía de nuevo a relucir. Y pude percibir el alivio, verdaderamente enorme, que experimentó el Prof. Falgueras, una de las mentes más preclaras del pensamiento español contemporáneo, cuando la tesis triunfante de los «jueces» quitaba casi unánimemente la razón a Tomás de Aquino, para sostener, aunque no con plena contundencia, que el alma humana era por sí misma una persona (sin más).

     b) La gente «normal» (lo digo adrede)

           Entre tanto, ha comenzado la segunda edición del Master en Ciencias para la Familia, que coordino en la Universidad de Málaga. En el texto que me sirve de base, y con el único fin de dejar claro que el modo en que los seres humanos encarnamos la condición personal, siendo del todo suficiente para que seamos personas, no es ni perfecto ni el más sublime, aludo a que en la tradición cristiana existen multitud de personas de más categoría —los ángeles—, infinitamente por encima de las cuales se sitúa «la Persona» en la acepción más propia… que paradójicamente —solo para nuestro punto de vista, o, al menos, el de algunos— es… Tri-personal.

Entre los alumnos, la alusión a Dios apenas si ha despertado comentarios. La de los ángeles, por el contrario y para mi sorpresa, ha sido objeto de largas discusiones, tanto entre quienes asisten a las clases, como entre los que realizan los Estudios en la modalidad e-learning. Y no porque rechacen la existencia de los ángeles (algunos sí, como es normal), sino porque o no se les había ocurrido que fueran calificados de «persona» o, más todavía, porque no entienden en qué sentido son superiores… justo como personas.

     c) Una filósofa «bastante normal»

          El último testimonio que quiero recoger me resulta el más significativo, por lo que explicaré de inmediato. En las clases de antropología a que me acabo de referir dediqué bastantes horas a comentar que la inferioridad del alma respecto a los espíritus puros (los ángeles) era la causante de la necesidad ontológica (¡perdón!) de ser completada por un cuerpo, que no solo no la rebaja, sino que constituye su complemento imprescindible (volveré sobre este extremo, en términos más precisos).

Tengo la suerte de que mi mujer, hija de Antonio Millán-Puelles, como antes apuntaba, es también filósofa de profesión, y puedo comentar con ella —a veces hasta dejarla exhausta— mis «descubrimientos» sobre los asuntos más variados o aquello que me deja perplejo en mis conferencias, en la Universidad, en los libros que leo, en las conversaciones con colegas, alumnos o personas no expertas en filosofía…

A menudo, cuando las circunstancias tienen el relieve suficiente para inclinarnos a hacerlo, leemos simultáneamente el mismo escrito. En este caso, era bastante lógico que los dos, cada uno por su cuenta, dedicara una especial atención a la primera Encíclica de Benedicto XVI.

Normalmente, suelo «devorar» los libros de un tirón, en una lectura no muy detenida: advierto entonces si vale la pena volver sobre ellos y, además, me hago cargo de hacia donde apunta el autor. Lourdes, por el contrario, realiza una lectura reposada y más comprensiva desde el primer momento.

Y uno y otro solemos subrayar o hacer anotaciones al margen de lo que leemos.

En mi segunda lectura de la Encíclica, me encontré signos que demostraban el estupor de Lourdes ante estas dos afirmaciones de Benedicto XVI:

     · «El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado “cuando se logra esta unificación” [aquí, como más adelante, las comillas señalan los términos más asombrosos para mi mujer]. Si el hombre pretendiera ser solo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, “espíritu y cuerpo perderían su dignidad”. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente “su grandeza”».

     · [Hoy en día] «la aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, “adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza”».

No solo por llevarle la contraria, sino fundamentalmente porque las consideraba esclarecedoras, y también para hacer que la cuestión saliera a la luz en nuestras conversaciones, subrayé de manera ponderativa justo aquellas frases que más chocaban a Lourdes. Y, efectivamente, al cabo de un par de días, el asunto dio la cara.

El planteamiento de mi mujer era inteligente, ¡cómo no! En ningún momento ponía en duda que el cuerpo fuera necesario para la plenitud del ser humano y, por tanto, para la propia alma. Lo que no acababa de entender, resumiendo, era en qué sentido, por su unión con el cuerpo, el alma adquiría o incrementaba su nobleza o grandeza; o, si se prefiere, que solo si se cumplía tal condición —la de estar íntimamente unida al cuerpo—, no perdía su plena dignidad.

Como llevábamos años hablando de la dignidad, y un buen número de meses en que yo le daba la lata con el papel fundamental del cuerpo para el ser humano, esta especie de confrontación me confirmó en la idea que expongo casi al principio del presente escrito: incluso alguien que había reflexionado largamente sobre ello, y que no dudaba en admitir la bondad constitutiva del cuerpo humano, experimentaba un cierto rechazo a que ese mismo cuerpo aumentara la nobleza o dignidad del alma que lo informaba, y no acababa de entender cómo y por qué la separación de él disminuía tal grandeza.

2. Principios para una mejor comprensión

     a) La paradoja

         A Lourdes le comenté que la dignidad, en sentido estricto, no es sino una superioridad en el ser; y puesto que la persona humana solo alcanza la plenitud que corresponde a su ser en la unión del alma con el cuerpo —¡del cuerpo y el alma, o viceversa, si queremos ser precisos!—, no tenía nada de extraño que, precisamente en virtud de su unión, ambos co-principios se vieran favorecidos: es decir, que el ser del hombre [sin sufrir en sí mismo —como acto de ser— modificación alguna][1] obtuviera su perfección personal… [en cuanto que su esencia estaba completa.]

No le costaba nada entender que el cuerpo resulte sublimado al ser asumido, en el momento mismo de la procreación, por un alma creada directamente por Dios, y cuyo rango es el propio de los espíritus (con los añadidos que después haré, pero que en absoluto ponen en peligro esta afirmación).

Pero ¿por qué la materia, ontológicamente inferior, iba a producir un incremento en la nobleza o dignidad del alma espiritual?

Estábamos llegando justo al punto que me había intrigado hace muchos años, que pensaba haber medio resuelto… y que advertía no comprendido realmente por quienes afirman sin la menor duda la unidad intimísima de cuerpo-alma y la bondad ontológica de la materia.

Y es que, de ordinario, los mejores tratados sobre este asunto se han ocupado de insistir en las razones por las que el cuerpo humano, precisamente por humano-personal —¡en función [del acto de ser] del alma!— se eleva a una altura cuya distancia respecto a los simples animales es, como me gusta repetir con Pascal, infinitamente infinita.

Sin embargo, se ha ido olvidando la explicación metafísica estricta de por qué el alma humana resulta también dignificada por su unión con el cuerpo (ámbito entitativo) y por la integración cada vez más plena de ambos (dominios operativos), sobre todo en lo que se refiere al amor.

En este preciso instante pienso que se torna paladinamente clara la gran paradoja: quienes sostienen sin vacilar la índole positiva del cuerpo humano no comprenden por qué esto llevaría consigo que el alma saliera favorecida por su unión con él. Más bien, de manera no consciente, algunos piensan-actúan como si se tratara de lo contrario: que los males para el alma derivan de su unión con el cuerpo (¿?)

(Veremos después que se trata de algo así como si un alma «angelical», un «ángel», sufriera un neto menoscabo al mezclarse con la materia. Cosa que, a su modo, preconizó Platón, pero que, también en él, carece de todo sentido.

Y es que, en realidad, ni el alma humana es en modo alguno «un ángel», ni ningún ángel podría verse influido por su unión con la materia… justo porque semejante unión es del todo imposible.

El «castigo» platónico de las almas-ángeles que han pecado y, por ello, son «enterradas» o «encarceladas» en un cuerpo, carece de viabilidad metafísica. Y, de hecho, en la propia doctrina platónica, ese cuerpo es del todo externo al alma… y el alma sigue siendo todo el hombre en sentido propio).

     b) Con mis compañeros

          En las conversaciones con mis colegas ha salido con frecuencia a colación el porqué de que el ser humano «tenga» un cuerpo.

No han dejado de asombrarme las respuestas de algunos de ellos, sin duda buenos profesionales. Por ejemplo: «porque es así, y ya está; no hay más que comprobarlo». Completamente de acuerdo en cuanto principio de la indagación filosófica: el hecho bruto (¡sin perdón!) reconocido. Pero únicamente en cuanto inicio: la filosofía trata justo de buscar las causas de esos hechos. Y el «porqué sí», en buena parte equivalente al «porque me da la gana», solo me parece respuesta —e incluso la más adecuada (sobre esto volveré en otra ocasión)— cuando se intenta explicar una acción libre.

Con lo que empalmaría con la «solución» de algún otro compañero: «porque Dios ha querido hacerlo así». De nuevo hay algo de verdad: el misterio más hondo del universo, lo que impedirá siempre una explicación exhaustiva y mucho menos «a priori», es que deriva todo él de un acto libérrimo de Dios, que no tiene otra razón para crear que Su amor absolutamente libre.

Pero aunque libre equivalga a indeducible a priori, no quiere decir no razonable, ni inmotivado ni arbitrario. En nuestro caso, es bien cierto que Dios podía perfectamente no haber creado en absoluto o no haber creado seres humanos (aunque entonces resultara un tanto fútil la creación del resto del universo corpóreo). Pero si decide crear esa realidad que nosotros conocemos como hombre (varón y mujer) no puede hacer de ella lo que «le venga en gana», ahora en la acepción negativa de esta expresión, sino lo que es pertinente [pertinet] a esa naturaleza.

(A veces utilizo explicaciones de este tipo para fundamentar el matrimonio, único, fiel e indisoluble. Suelo decir —apuntalando, pero yendo más allá de los que sostienen que Dios «lo hizo así» y que «o se toma como es o se deja en absoluto»— que Dios, supuesto que libremente hubiera decidido crear varones y mujeres, como personas sexuadas y enderezadas al amor, no podía sino instaurar el matrimonio tal como lo estableció. Lo contrario hubiera sido arbitrio, e incluso contradicción).

Volviendo a nuestro tema, un filósofo no puede contentarse con ninguna de las dos respuestas anteriores… ni con muchas otras por el estilo, que, en definitiva, no responden a nada [o lo hacen un plano meramente formal]: se limitan a constatar de nuevo el hecho cuya explicación se busca.

Muy al contrario, si intentamos llegar más lejos, y puesto que (utilizando términos aristotélicos) la naturaleza de algo viene definida por su forma substancial, es en ésta donde debe encontrarse la razón formal de que la realidad en cuestión sea de un modo preciso y no de cualquier otro.

Por tanto, en fin de cuentas, es la condición del alma humana la que exige un cuerpo, y un cuerpo de un tipo muy particular; y lo reclama para su propia perfección —¡la del alma!— y la de todo el compuesto: la persona humana.

3. ¿Ideas claras y distintas?

     a) Una desilusión inicial

         Cuando, en los principios de mi formación filosófica, fui a buscar inspiración a este problema en Tomás de Aquino, confieso que salí desilusionado. Pues, más o menos, venía a decir: siendo el alma humana el espíritu más alejado de Dios en la escala de los seres (el de menor categoría, para entendernos), aun cuando, una vez creada en el cuerpo, pueda subsistir sin él (resulte inmortal, en expresión más sencilla), necesita del cuerpo para empezar a ser y para realizar con perfección incluso aquellas operaciones que le son más propias: las del entendimiento y la voluntad.

Si no yerro, solo filósofos excepcionales no se han dejado vencer nunca por el encanto del cartesianismo, con sus ideas claras y distintas y su conocimiento presuntamente exhaustivo de la realidad. Durante una buena temporada, yo estuve inmerso en esa tentación. Y aquello de «el más alejado entre los espíritus… o el más cercano a la materia», como se afirma en otras ocasiones, no podía sino sonarme a vago e impreciso, incluso como si se tratara de un mero juego de palabras.

Solo con el paso de los años, mis alumnos y todos aquellos que tienen el valor y la paciencia de atenderme, me oyen repetir con ocasión y sin ella que lo claro y distinto, siempre abstracto o de ínfima categoría, no presenta ningún interés para mí. Que aquello que realmente me importa —las personas (y en particular, las que más quiero), la libertad, el amor, la amistad, el conocimiento, la belleza… Dios— distan mucho de ser claros y distintos.

En concreto, suelo añadir en tono de broma, pero con intención muy seria, que «si mi mujer dejara de sorprenderme unas ocho o diez veces al día, si realmente la conociera de forma “clara y distinta”, perdería para mí buena parte de su encanto».

Nada realmente valioso puede estar sometido a los límites angostos de mi comprensión. Únicamente si acepto la imperfección de mi entendimiento podré llegar a conocer algo de aquello que de veras importa.

     b) ¿Qué pasa con el alma?

         Puestos a ser sinceros, ahora debo admitir que aquella vaguedad de Tomás de Aquino me ha enseñado mucho sobre la persona humana… aunque siempre con la conciencia —¡gozosa!— de que va siendo muchísimo más lo que dejo sin comprender.

Entre otras, y atendiendo a algunas de la cuestiones esenciales que se han planteado en los últimos días, he aprendido que:

     · la persona humana no es, de ningún modo, «un ángel más un cuerpo», de modo que este último sea la causa de la imperfección del hombre (varón y mujer); más bien al contrario, es la menor calidad del alma la que le hace necesitar de un cuerpo, y no «para fastidiarla» (y, con ella, al hombre entero), sino para permitirle alcanzar, entitativa y operativamente, la perfección que le corresponde por naturaleza y aquella a la que está llamada (y, con ella, el hombre entero);

     · con otras palabras (y moviéndonos siempre en el ámbito natural, al margen de la intervención de la gracia): el ángel, cualquiera de ellos, es por naturaleza superior al ser humano; y lo es precisamente como persona —¿cómo lo sería, si no, podría preguntarme, remedando a Millán-Puelles?—; por eso ni reclama cuerpo alguno ni podría jamás informarlo («servirle de alma», con palabras más pobres y un tanto inadecuadas, pero inteligibles);

[No me resisto a dejar aquí constancia de otra paradoja. Paradoja, porque aparentemente se opone a cuanto antes afirmaba, pero solo paradoja, y no contradicción, porque queda resuelta en cuanto se entiende su punto de partida… que es el mismo que al que ya he aludido: considerar el alma como un ángel.

Si en su momento veíamos que esto llevaba a achacar al cuerpo todas las imperfecciones del hombre, ahora advertiremos —y aquí está la paradoja— que inclina igualmente a negarle al ángel algunos atributos que sí tienen el varón y la mujer, como, por poner un solo ejemplo, la ternura u otros afectos.

En el caso de los seres humanos, la ternura es una especie de añadido al puro acto voluntario de amor, si es que este pudiera darse aislado. Pero, en cualquier caso, es un afecto que reside más bien en los dominios de la psique humana y no en los de la voluntad espiritual. Consecuencia: si el ángel no tiene cuerpo y, con él, ni psique —en el sentido actual del término— ni afectos, nunca podrá experimentar ternura, ni compasión, etc., etc.

Pues no. Sucede, como en otros lugares he explicado, que el hombre necesita de la afectividad psico-sensible precisamente (¡de nuevo!) porque su alma y su voluntad son demasiado débiles para completar por sí solas lo que corresponde a la plenitud del amor.

El ángel está a un nivel superior, y Dios a otro infinitamente más sublime. Y uno y Otro, de maneras muy distintas, llevan a cabo con la sola voluntad lo que nosotros logramos —y, además, de forma relativamente pobre— mediante la conjunción de la voluntad y otras muchas potencias.

Si damos un repaso a las Sagradas Escrituras, ¿podrá alguien negarle a Dios todos los afectos de todos los varones y mujeres, pero elevados a la enésima potencia y en un solo Acto Supremo: «pues aunque la madre se olvidara de su hijo, Yo nunca me olvidaré»?]
 

     · en consecuencia, si todo varón y mujer está compuesto de alma y cuerpo es, dicho negativamente, porque —en el ámbito natural, en el que me moveré hasta que afirme lo contrario— no «llega a la atura propia del ángel».

Me parece que esto, y muchas cosas más, es lo que se sugiere al decir que el alma humana necesita del cuerpo para empezar a ser y para ejercer las operaciones que le son más propias.

Dejando por ahora lo de «empezar a ser», por considerarlo más arduo de explicar, intentaré hacer ver en qué sentido el alma humana no puede realizar sus operaciones más específicas sin el cuerpo.

Y ante todo, desearía aclarar dos puntos:

          1) que las operaciones más propias del alma y de la persona humana son el conocimiento de la realidad tal como es (aunque siempre débil y perfectible), y la libertad, cuyo acto supremo es el amor;

          2) que todo en el hombre se ordena, en fin de cuentas, al ejercicio cabal de esas dos operaciones que, para no entrar en discusiones un tanto bizantinas y por ahora innecesarias, resumiré como amor-libre-e-inteligente: el hombre, como cualquier persona, puede describirse como un-ser-para-el-amor.

4. Indicios


Aclaro desde este instante que no trato propiamente de demostrar nada (término que comienzo a odiar y que siempre he evitado por sus connotaciones racionalistas), sino más bien hacer ver, para quien esté dispuesto a seguirme sin prejuicios, que las afirmaciones expuestas en 1) y 2) son correctas y, en buena medida, comprobables.

Además, también me interesa manifestar que no pretendo ser exhaustivo, sino tan solo apuntar algunos indicios que permitan vislumbrar mi posición.

     a) Ningún ser humano puede conocer ni amar libremente sin el auxilio de sus facultades sensibles (y orgánicas)…

Se trata de un extremo tan repetido, y tan comprobable, que estimo innecesario insistir en él. Se ha dicho miles de veces, por las personas más diversas, y con plena razón, que todo el conocimiento humano comienza en los sentidos y, más aún, que, sin el auxilio de estos [la famosa conversio ad phantasmata], el hombre no puede percibir cabalmente ni aquello que ya conoció con anterioridad.

De hecho, un hombre que careciera de toda sensibilidad no solo moriría de inmediato (al no percibir, pongo por caso, el dolor que manifiesta una enfermedad o una herida de muerte y no poderle poner remedio), sino que no podría conocer nada… tampoco con el entendimiento.

Y algo similar sucede con el amor. Sobre todo en los momentos actuales, aunque la afirmación sea objeto de polémica, casi nadie negará con fundamento que para amar de forma cabal y completa, al ser humano no le «basta» la voluntad, incluso la más firme y decidida, sino que, como apunté, ese acto —que ciertamente constituye el nervio o la médula del amor— debe «continuarse» en otros que lo consuman, en la acepción más insigne de este término.

Sea dicho solo de pasada, porque no es el tema que nos ocupa. De manera un tanto esquemática, pero sin falsificar la realidad, tales actos suelo dividirlos en dos tipos:

     · los que completan y manifiestan el acto amoroso de la voluntad (y aquí encuadraría los sentimientos, así como los gestos expresivos del amor en su totalidad);

     · los que completan el amor voluntario, «construyendo» ese bien que todo aquel que ama desea para la persona amada (y aquí ocupa un lugar preeminente el trabajo, en su acepción a la par más amplia y más noble);

Pues así como no puede decirse que un varón una mujer aman cabalmente si no «experimentan o sienten» nada hacia el ser querido o si no saben expresarle ese cariño; tampoco ama quien, con la mayor determinación, desea el bien para sus hijos, pero, por ejemplo, siéndole posible, no trabaja lo suficiente para darles de comer.

     b) … debido a la imperfección del alma

         Y todo esto sucede, ojalá quedara muy claro, por la relativa impotencia de nuestro entendimiento y voluntad, que es la que hace imprescindible el auxilio de los sentidos, cuando nos referimos al conocer, y el de los afectos y las operaciones que «fabrican» el bien para el amado, si se trata del amor.

Debilidad que deriva, a su vez, de la constitutiva imperfección del alma humana… que es un «espíritu de menor rango», como viene a decir el viejo Tomás.

Estamos ante lo que suelo llamar ley de la participación, una de las claves para entender muchas de las realidades que nos rodean.

Suelo exponerla así: el hecho de que algo o alguien (una facultad, en nuestro caso) sea finita o limitada [participada, en la acepción más técnica] se manifiesta de forma paladina en que, incluso para realizar los actos que le son propios, requiere de otras facultades inferiores a ella [y que de ella en cierto modo dimanan], pero sin las cuales resulta insuficiente, repito, incluso para ejercer aquella operación a la que está destinada.

En el ámbito que suele calificarse como «más filosófico», tal vez los mejores ejemplos sean justo los que acabo de señalar: los sentidos (internos y externos) son inferiores a la inteligencia y, en expresión clásica y no fácil de captar sin cierta preparación, podría decirse que dimanan de ella, que es ella la que los

Enviado por Arvo Net - 23/06/2006 ir arriba
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