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Por JULIÁN MARÍAS,
de la Real Academia Española
CUANDO hace unos años recibí, con otras personas, el Premio Príncipe de Asturias, alguien me preguntó cómo me sentía. Contesté con una fórmula improvisada y algo extraña: un contratiempo agradable. Quería decir que me producía cierta desazón la atención concentrada sobre mí, no sobre mis escritos o mis palabras. La atención sobre una persona entera, en su mismidad, es siempre azorante. Se sospecha que sea injustificada, seguramente exagerada. La atención sobre las cosas, sobre los actos, sobre lo que expresan, es extremadamente importante. Siempre he pensado que la memoria, buena o mala, sin desdeñar el papel de las neuronas, es ante todo cuestión de atención. Esto se extiende a la vida entera, no sólo a su aspecto intelectual. Se vive atentamente, y el pasado se va condensando y depositando; si, por el contrario, se resbala sin ejercer presión sobre lo que nos rodea, la vida resulta tenue, superficial, y se va borrando a medida que va transcurriendo.
En estos últimos tiempos se prodigan los premios. Es un síntoma de prosperidad y riqueza, también de comunicación y frecuente notoriedad; finalmente, de generosidad. Recuerdo que Ortega hablaba del «santo sacramento del aplauso». Los premios son una forma real, no sólo mental o verbal, de ese aplauso.
La condición esencial es la justificación; quiero decir que tengan carácter personal, que no se conviertan en generalidades, automatismos o consideraciones ajenas a los verdaderos contenidos. Es notoria la reciente decadencia de los grandes premios famosos, incluso los Nobel. En algunas disciplinas rigurosas y controlables, las que tienen un aspecto científico, en alguna medida mensurable, suelen ser justos y conservan su prestigio. Así los de Física, Química, Medicina; pueden tener un margen de error, pero en general son dignos y justificados. Cuando se trata de asuntos de estimación personal, en que interviene el gusto, las preferencias personales, todavía más las consideraciones extrínsecas, el desacierto es probable y frecuente.
Así ocurre con los premios literarios, que tantas veces sorprenden y no consiguen afianzar el prestigio de los que lo reciben. No digamos si hay interpretaciones políticas, partidistas, o el deseo de hacer un reparto nacional de ellos. La gran mayoría no consiguen ni siquiera una fama efímera. ¿Quién recuerda los nombres de los últimos diez grandes premios literarios?
La despersonalización, en esto como en tantas cosas, es decisiva y estamos, no nos engañemos, en un proceso general de despersonalización. Cada vez domina más la interpretación del hombre como una realidad biológica, orgánica, reductible a casi todas las demás. Con ello se está disipando la conciencia de la mismidad, de que cada uno es cada uno, único, intransferible por modesto que sea en sus dotes y en su importancia. Se disipa la conciencia de la unicidad, del carácter irreemplazable que tiene todo hombre, aunque su importancia en todos los órdenes sea mínima. En ese único aspecto, el de ser persona, alguien y no algo, es máxima. La lengua refleja agudamente la abismal diferencia entre palabras como «algo» y «alguien», «nada» y «nadie».
Se está difundiendo la impresión de que «no somos nadie» y por tanto somos intercambiables. Es precisamente lo que no somos ni podemos ser. La irreligiosidad ambiente tiene como fundamento la pregunta de que cómo Dios va a estar ocupándose de cada uno de nosotros. El atributo de infinitud, aplicado siempre a Dios, se ha ido convirtiendo en algo abstracto y meramente cuantitativo. Infinitud quiere decir precisamente la capacidad de estar en todas partes, de tener todo presente, de ocuparse de todo y, al menos en el cristianismo, de amar a todos. Ése es el sentido inmediato de la infinitud, al menos el que tiene que ver con nosotros, el que permite sentirnos bajo una mirada que sin embargo nos deja solos, en unas manos que no sólo nos dejan libres sino que nos ponen en libertad.
Sería menester repristinar los conceptos, muchos de ellos esenciales, usados durante siglos, pero que se han ido desgastando, enmoheciendo, trivializando.
A veces pienso que el hombre actual, en un ya largo proceso que se inició en el siglo XVIII y ha recorrido diversas etapas, con distintos pretextos y relevos, está más lejos de la realidad de cuando el hombre europeo, luego occidental, se había sentido durante siglos de conocimientos más escasos e incomparables con los de hoy. Durante muchos siglos los hombres se han sentido como personas, responsables, expuestas a riesgos, rectificaciones, arrepentimientos; capaces, en definitiva, de elegir hasta cierto punto su destino, su personalidad imaginada, elegida, realizada mejor o peor. Todo esto tan elemental ha desaparecido del horizonte vital de inmensas mayorías actuales. Las ideas que los contemporáneos usan para entenderse a sí mismos son, si se mira bien, de inaudita tosquedad.
El abuso de la estadística, por otra parte útil y justificada, ha introducido una visión cuantitativa de lo humano, que pasa por alto esa unicidad irreductible de lo personal. Sorprenden los titulares de muchas informaciones o artículos en los periódicos en los que se afirma sin más restricción que los «historiadores» opinan tal cosa, los «científicos» han llegado a tales conclusiones; recuerdo uno reciente en que se decía «el mundo cultural» cree tal cosa: se trataba de dos personas con sus nombres.
Urge más que nada recuperar el sentido de lo que somos. Imagino el relieve que adquiriría nuestra visión del mundo en su conjunto, de la humanidad en su inmensa variedad, si se lo entendiera todo eso como un conjunto de personas insustituibles, radicalmente distintas, unidas por vínculos de profunda semejanza genérica, como realizaciones inagotablemente diversas de una realidad comunicable, mutuamente inteligible, que es precisamente lo humano; quiero decir lo personal.
La masificación consiste justamente en la abolición de las diferencias; y estas diferencias tienen carácter imaginativo, proyectivo; se refieren, más que a lo que se es, a lo que se pretende ser, a lo que se imagina o sueña. Se habla en hueco de solidaridad, de fraternidad, mientras se pierde de vista la individualidad exclusiva y única del hermano. ¿Es posible volver a la personalización? Creo que basta con abrir los ojos y ver lo que cada uno de nosotros somos y esperamos ser
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