| La vida, a veces, nos depara sorpresas agradables. Incluso a los escritores que tenemos que presentar libros que no nos ha dado tiempo de leer. Los escritores nos ganamos la vida escribiendo libros, pero los editores han conseguido convencernos de que también tenemos que desarrollar actividades complementarias -verbigracia: coloquios, conferencias, libro-fórum...- para que ellos puedan vender mejor lo que escribimos. Es lo que Cela llama el bullicio social, capítulo en el que, a partir del Nobel, se ha convertido en maestro indiscutible.
La agradable sorpresa a la que me refiero se llama Victoria Gillick, autora de un libro titulado Relato de una madre, para cuya presentación en Madrid fui requerido por la editorial. La señora Gillick es una inglesa que lleva cerca de veinte años enfrentada al imperio británico y ha conseguido llevar a las cuerdas al Ministerio de Sanidad de su país, pleiteando sobre el complejo problema de si las autoridades sanitarias tienen derecho a suministrar píldoras anticonceptivas a las adolescentes menores de dieciséis años, sin conocimiento de los padres. Durante esos años, a la señora Gillick le ha dado tiempo de tener diez hijos, al tiempo que mantenía diversos procesos en las más variadas instancias de la Justicia británica, incluida la Cámara de los Lores, y cuando el Tribunal de Apelación le dio la razón en la famosa sentencia Gillick, adquirió tal popularidad que, por una parte, día sí, día no, tenía que intervenir en programas de la BBC, y, por otra, tenía que soportar las continuas agresiones de los partidarios de la píldora gratuita. Al decir agresiones me refiero a que la querían zurrar. Y a veces lo conseguían.
A todo esto la señora Gillick andaba -y me temo que sigue andando- sin un duro, pues tanto ella como su marido, Gordon, procuran ganarse la vida por el precario procedimiento de pintar y vender grabados. Bien es cierto que Gordon llegó a conseguir un buen empleo como decorador de un importante programa de la BBC, pero con la mala suerte de que los realizadores resbalaron hacia lo pornográfico y Gordon los dejó plantados y se tuvo que emplear como camionero. Porque, para colmo, los Gillick son católicos, y eso complica mucho las cosas en estos tiempos.
Por tanto, la lucha entre Victoria Gillick y el imperio británico se presentaba desigual a todas luces, y si, pese a ello, la señora Gillick había conseguido algunos logros, sería, sin duda, porque nos encontrábamos ante una matrona de armas tomar, pensaba yo la tarde de la presentación, antes de conocerla. Y, efectivamente, se trata de una mujer de armas tomar, pero joven, guapa y de ojos azules, como pude comprobar cuando se sentó a mi lado. A mí me encantaría que todas las mujeres fueran guapas, pero tengo comprobado que esas supuestas feministas que se manifiestan enarbolando pancartas pidiendo el aborto suelen ser mujeres más bien desgreñadas, feíllas y mal vestidas; en cambio, cada vez conozco más madres de muchos hijos bien plantadas y de hermosa apariencia. Y eso me encanta; no lo puedo remediar. Me parece como si la madre naturaleza confirmara, armónicamente, lo que el sentido común nos dice: que el tener hijos es propio de la condición de la mujer y que el parir no estropea.
Aquella tarde pude comprobar, además, que la señora Gillick era una ingenua, pues sólo a una ingenua se le ocurre presentar batalla a los descomunales poderes jurídicos y fácticos de una de las naciones más poderosas de la Tierra. En España hay un pareado desconsolador que dice así: «En cuestiones de criterio, huelga toda discusión; siempre tiene la razón el que está en el Ministerio.»
Pareado que nos conduce al pesimismo y al abandonismo de nuestros derechos más esenciales. ¿Es posible luchar contra los estados cada día más poderosos y burocráticos? Respuesta afirmativa, siempre que se esté dispuesto a hacer lo que hizo la señora Gillick: sacrificarse. Renunciar a multitud de aparatos electrodomésticos; vivir en casas sin agua corriente, con los servicios higiénicos al descampado; dedicar cientos de horas a luchar por una causa que considera justa, en lugar de dedicarlas a ganar dinero; dar cientos de conferencias haciendo miles de millas en incómodos medios de transporte. Si, según Chesterton, vulgaridad es pasar junto a la excelencia y hacer caso omiso de ella, Victoria Gillick ha hecho justo lo contrario.
¡Ánimo, señora Gillick! |