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El mes pasado estuve en Sotogrande, lugar insólito al sur de Marbella y a la sombra del hosco peñón de Gibraltar. En Sotogrande, en lugar de aceras hay hermosas praderas de césped de Bermudas por las que pasean los ingleses, sin hacer ruido, y cuando te cruzas con ellos saludan con un leve gesto de cabeza y musitan: morning. Por las noches, poderosos cañones acuáticos insertos en el río Guadiaro riegan con jubilosa desmesura hectáreas y hectáreas de pradera, de manera que, incluso durante las calígines del mes de agosto, aquella locura resplandece con el color verde esmeralda de la esperanza. Como Sotogrande es un diseño de fantasía, cuenta con varios campos de golf -uno de ellos privativo del señor Patiño, el que fuera, o es, rey del estaño-, campos de polo y un puerto deportivo, entre marinas venecianas, a cuyo lado Puerto Banús parece dársena para cargueros de cabotaje.
Un atardecer con brisa de poniente tuve ocasión de contemplar la salida de un yate de Puerto Sotogrande, de soberbio empaque, que se cruzó con un falucho de pesca de bajura y, casi a la vez, las dos embarcaciones fondearon y cada una se puso a lo suyo. El falucho lo tripulaba un pescador y se puso a faenar con sus redes. El yate lo tripulaba una dotación de lujo de la que formaban parte dos mozos de comedor y una camarera con minifalda y casaca blanca de comodoro. En la cubierta de popa prepararon un aperitivo para cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, que se lo tomaron, melancólicos, contemplando la puesta del sol, y en cuanto terminaron levaron anclas y retornaron al puerto.
Como parte importante del trabajo de los escritores es curiosear, tengo comprobado que lo que acabo de narrar sucede con frecuencia. Los propietarios desplazan sus yates y paquebotes de lujo para tomar el aperitivo a dos millas del puerto. Es más, como uno tiene amigos acomodados, en alguna ocasión ha participado en alguno de esos festejos. También -por ejemplo en Puerto Banús- acostumbran a ingerir el elegante condumio en el mismo atraque, de cara al público de curiosos que se agrupan en el muelle y siguen atentos el alarde. En ocasiones esperan a que terminen el refrigerio para ver desembarcar a los invitados, no siendo extraño que les pidan autógrafos e, incluso, que les aplaudan si son muy populares. Todo lo cual resulta divertido pero inquietante.
Julián Marías, hombre de talento poco común, insiste en sus colaboraciones en prensa que en España, de un tiempo acá, se habla de cosas y personas que carecen de todo interés; se vuelve una y otra vez sobre asuntos que no merecen más que el desdén. Se habla demasiado -pienso yo- de sexo, comida, vestidos y deportes. Y como consecuencia, se habla en exceso de personas muy versátiles en lo que al sexo se refiere, muy preocupadas por el comer y el vestir, muy deportistas, pero no por el deporte que practican, sino por los millones que barajan en su entorno. Entiende el filósofo-escritor que los personajes «importantes», cuando se les enjuicia con perspectiva histórica, suelen tener muy poca importancia y pasan sin dejar huella. Los que verdaderamente construyen la historia y son decisivos en la formación de los países son otros. Son los millones de personas cuyos nombres no se conocen, pero que constituyen la verdadera realidad de la vida.
La verdadera realidad es aquel pescador de bajura que en una tarde de poniente sale en su falucho para hacer una cosa importante: pescar para él, para los suyos y para que los demás podamos comer. En cambio, a los que damos importancia es a los otros, a los que desplazan buques millonarios para tomar el aperitivo a media milla de la costa.
A tal punto ha llegado la ceremonia de la confusión que hay mucha gente, sobre todo entre los jóvenes, que creen que lo importante es subir y bajar de aviones para asistir a reuniones en lugares remotos donde se toman decisiones que, con frecuencia, no sirven para nada. Sin ir más lejos, en mi propia casa algunos creen que mi trabajo es más importante que el de mi mujer, que ha sido capaz de tener nueve hijos, educarlos con diversa fortuna y que todavía un domingo, si se tercia, organiza una comida familiar para treinta personas de las de aperitivo, dos platos y postre de dulce casero. Y siguiendo con ejemplos personales: soy el pequeño de nueve hermanos y no conocí a mi madre porque murió cuando yo tenía un año. De los nueve, ocho éramos varones, y la única chica, una muchachita a la sazón de diecisiete años, se tuvo que hacer cargo de la casa. Mis hermanos hicieron carreras brillantísimas -ingenieros de caminos, médicos- y uno de ellos hasta llegó a director general. ¿Fueron por ello más importantes que la que sacrificó gran parte de su vida para sacarnos adelante?
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