MENSAJE DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
URBI ET ORBI,
PASCUA 2006
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
,
Basílica Vaticana, Sábado Santo, 15 de
abril de 2006
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI,
SANTA MISA "IN CENA DOMINI", Basílica de San Juan de Letrán,
Jueves santo 13 de abril
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI,
SANTA MISA
CRISMAL, Basílica
de San Pedro, Jueves santo 13 de abril
de 2006.
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI,
CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS Y DE LA
PASIÓN DEL SEÑOR, Plaza de San Pedro,
XXI Jornada
Mundial de la Juventud,
Domingo 9 de abril de 2006
Benedicto XVI, en la audiencia general
celebrada en la plaza de San Pedro del
Vaticano el pasado miércoles, 19 de abril de
2006, día del primer aniversario de su
pontificado, manifestó la alegría que
contiene el Misterio Pascual y el sentido de
la Pascua actual, sombra de la Pascua futura
–fiesta que será eterna- , que se renueva de
modo especial el domingo
[Extracto]:
Narra el evangelista san Juan que Jesús,
precisamente después de su resurrección,
llamó a Pedro a encargarse de su rebaño (cf.
Jn 21, 15. 23). ¿Quién hubiera podido
imaginar humanamente entonces el desarrollo
que lograría en el transcurso de los siglos
aquel pequeño grupo de discípulos del Señor?
San Pedro y los Apóstoles, y después sus
sucesores, primero en Jerusalén y luego
hasta los últimos confines de la tierra,
difundieron con valentía el mensaje
evangélico, cuyo núcleo fundamental e
imprescindible es el Misterio pascual: la
pasión, la muerte y la resurrección de
Cristo.
La Iglesia celebra en Pascua este misterio,
prolongando su alegre resonancia en los días
sucesivos; canta el aleluya por el triunfo
de Cristo sobre el mal y la muerte.
«La celebración de la Pascua según una fecha del
calendario --afirma el Papa san León Magno--
nos recuerda la fiesta eterna que supera
todo tiempo humano». «La Pascua actual
–prosigue-- es la sombra de la Pascua
futura. Por eso, la celebramos para pasar de
una fiesta anual a una fiesta que será
eterna».
La alegría de estos días se extiende a todo el
Año litúrgico y se renueva de modo especial
el domingo, día dedicado al recuerdo de la
resurrección del Señor. En él, que es como
la «pequeña Pascua» de cada semana, la
asamblea litúrgica reunida para la santa
misa proclama en el Credo que Jesús resucitó
el tercer día, añadiendo que esperamos «la
resurrección de los muertos y la vida del
mundo futuro». Así se indica que el
acontecimiento de la muerte y resurrección
de Jesús constituye el centro de nuestra fe
y sobre este anuncio se funda y crece la
Iglesia.
San Agustín recuerda, de modo incisivo:
«Consideremos, amadísimos hermanos, la
resurrección de Cristo. En efecto, como su
pasión significaba nuestra vida vieja, así
su resurrección es sacramento de vida nueva.
(...) Has creído, has sido bautizado: la
vida vieja ha muerto en la cruz y ha sido
sepultada en el bautismo. Ha sido sepultada
la vida vieja, en la que has vivido; ahora
tienes una vida nueva. Vive bien; vive de
forma que, cuando mueras, no mueras» (Sermón
Guelferb. 9, 3).
Las narraciones evangélicas, que refieren las
apariciones del Resucitado, concluyen por lo
general con la invitación a superar
cualquier incertidumbre, a confrontar el
acontecimiento con las Escrituras, a
anunciar que Jesús, más allá de la muerte,
es el eterno viviente, fuente de vida nueva
para todos los que creen. Así acontece, por
ejemplo, en el caso de María Magdalena (cf.
Jn 20, 11-18), que descubre el
sepulcro abierto y vacío, e inmediatamente
teme que se hayan llevado el cuerpo del
Señor. El Señor entonces la llama por su
nombre y en ese momento se produce en ella
un cambio profundo: el desconsuelo y la
desorientación se transforman en alegría y
entusiasmo. Con prontitud va donde los
Apóstoles y les anuncia: «He visto al Señor»
(Jn 20, 18).
Es un hecho que quien se encuentra con Jesús
resucitado queda transformado en su
interior. No se puede «ver» al Resucitado
sin «creer» en él. Pidámosle que nos llame a
cada uno por nuestro nombre y nos convierta,
abriéndonos a la «visión» de la fe.
La fe nace del encuentro personal con Cristo
resucitado y se transforma en impulso de
valentía y libertad que nos lleva a
proclamar al mundo: Jesús ha resucitado y
vive para siempre. Esta es la misión de los
discípulos del Señor de todas las épocas y
también de nuestro tiempo: «Si habéis
resucitado con Cristo --exhorta san Pablo--,
buscad las cosas de arriba (...). Aspirad a
las cosas de arriba, no a las de la tierra»
(Col 3, 1-2). Esto no quiere decir
desentenderse de los compromisos de cada
día, desinteresarse de las realidades
terrenas; más bien, significa impregnar
todas nuestras actividades humanas con una
dimensión sobrenatural, significa
convertirse en gozosos heraldos y testigos
de la resurrección de Cristo, que vive para
siempre (cf. Jn 20, 25; Lc 24,
33-34).
Queridos hermanos y hermanas, en la Pascua de su
Hijo unigénito Dios se revela plenamente a
sí mismo y revela su fuerza victoriosa sobre
las fuerzas de la muerte, la fuerza del Amor
trinitario.
La santísima Virgen María,
que se asoció íntimamente a la pasión,
muerte y resurrección de su Hijo, y al pie
de la cruz se convirtió en Madre de todos
los creyentes, nos ayude a comprender este
misterio de amor que cambia los corazones y
nos haga gustar plenamente la alegría
pascual, para poder comunicarla luego, a
nuestra vez, a los hombres y mujeres del
tercer milenio.
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REGINA COELI
El
domingo, 23 abril 2006, antes de rezar la
oración mariana del Regina Caeli, el
Papa exhortó a «vivir la alegría espiritual
de la Pascua en comunión con María
santísima, pensando en la gran alegría que
debió de sentir por la resurrección de
Jesús. En la oración del Regina caeli,
que en este tiempo pascual se reza en lugar
del Ángelus, nos dirigimos a la
Virgen, invitándola a alegrarse porque Aquel
que llevó en su seno ha resucitado: «Quia
quem meruisti portare, resurrexit, sicut
dixit». María guardó en su corazón la
«buena nueva» de la resurrección, fuente y
secreto de la verdadera alegría y de la
auténtica paz, que Cristo muerto y
resucitado nos ha obtenido con el sacrificio
de la cruz. Pidamos a María que, así como
nos ha acompañado durante los días de la
Pasión, siga guiando nuestros pasos en este
tiempo de alegría pascual y espiritual, para
que crezcamos cada vez más en el
conocimiento y en el amor al Señor, y nos
convirtamos en testigos y apóstoles de su
paz.»