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[4.2] ASCENSIÓN Y PENTECOSTÉS (Romano Guardini)

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 RESURRECCIÓN, ASCENSIÓN, PENTECOSTÉS

 
Romano Guardini ha sido uno de los más ilustres profesores de teología del siglo XX, admirado por Juan Pablo II y por Benedicto XVI. En uno de los capítulos de su clásica obra «El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo», ofrece una reflexión teológica sumamente interesante sobre el misterioso vivir de Cristo en el cristiano, el cual, alcanza la perfección de su ser sí mismo siendo en Cristo; un hombre en otro hombre: «Después de la ascensión de Jesús al cielo, el Espíritu Santo crea en el hombre una apertura, un espacio interior, en el que puede penetrar el Señor transfigurado. Ahora, en el Espíritu Santo, él está en nosotros, y nosotros en él. En Cristo, como partícipes de su gracia, podemos llevar a cumplimiento su relación de amor al Padre. En él, nos presentamos ante el Padre como conocidos y conocedores, llenos de su palabra y capaces de devolvérsela.» Este tema, obviamente se halla en continuidad con la realidad escatológica de la resurrección del cuerpo. Sugerimos la lectura o relectura de las Catequesis de Juan Pablo II sobre el asunto a partir de la Audiencia general del 11-XI-1981. Para tener una idea adecuada de una obra de arte es preciso verla terminada. No sabremos cabalmente quién es el hombre hasta tanto no conozcamos, no sólo su vocación «intramundana», en el tiempo, sino también de algún modo, cómo será ese ser creado a imagen y semejanza de Dios en el seno amoroso de la Trinidad, con su íntegro ser (alma y cuerpo resucitado, sea varón o mujer).
 
 
«ME VOY, Y VUELVO A VOSOTROS»
 
Por Romano Guardini,  El Señor, 
Ed Cristiandad, Madrid 2003, pp 534-544
 
La vida terrena del Señor, el conjunto de su actuación y sus experiencias aquí en la tierra no terminan con su muerte, sino con ese acontecimiento que se narra al final del evangelio según Lucas y al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles. La narración es como sigue:
 
«Querido Teófilo: Ya he contado en mi primer libro todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que, después de dar sus instrucciones a los apóstoles que él había escogido bajo la acción del Espíritu Santo, fue elevado al cielo.
Después de su pasión, Jesús se les presentó repetidas veces, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Un día, mientras comían juntos, les ordenó:
-No salgáis de Jerusalén. Más bien, aguardad aquí a que se cumpla la promesa que os hice de parte del Padre; porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días.
Entonces, los que se habían reunido le preguntaron:
-Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?
El les contestó:
-No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha reservado a su autoridad. Vosotros, por vuestra parte, recibiréis una fuerza, el Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra.
Después de pronunciar estas palabras, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de su vista. Mientras miraban fijos al cielo viendo cómo se marchaba, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
-Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Ese mismo Jesús que acaba de abandonaros para subir al cielo volverá un día como lo habéis visto marcharse» (Hch 1,1-11).
 
Así se consuma la vida terrena de Jesús; pero no su vida, sin más. Los relatos evangélicos nos lo presentan sujeto a las vicisitudes de la existencia terrestre con todos sus condicionamientos y limitaciones. Si está en un sitio, no está en otro; lo que realiza en esta ocasión no lo hace en otra distinta. El relato de su actividad mantiene el equilibrio narrativo, como corresponde a la propia naturaleza de los evangelios, en cuanto fiel reproducción de un mensaje que se articula en la sucesión de episodio tras episodio... Sigue la narración del acontecimiento central de la Pascua. Jesús pasó por el trance de la muerte, pero resucitó a una nueva vida; y no sólo por cuanto gozaba de la propia «indestructibilidad de su naturaleza», sino en su humanidad específica. Él, Jesús de Nazaret en persona, el Hijo de Dios hecho hombre, está de nuevo en nuestro mundo, pero en condición transfigurada. A continuación, vienen esos misteriosos «cuarenta días», durante los que Jesús todavía está entre los suyos, pero no de una manera total (cf Hch 1,3). El modo narrativo de los evangelios experimenta aquí un cambio sorprendente. El acontecimiento oscila de una manera peculiar: de repente, Jesús aparece, y desaparece del mismo modo. A los discípulos que abandonan Jerusalén se les hace encontradiza, en el camino, una figura que ellos no reconocen. Llegados ya a su destino, se sientan a la mesa; y en el gesto de partir el pan, se les abren los ojos; pero Jesús desaparece (Lc 24,13-31). El Señor se mueve entre los límites del tiempo y de la eternidad; y eso se expresa en el nuevo ritmo de estos relatos evangélicos... 
 
Al final se cuenta un acontecimiento misterioso, difícilmente comprensible desde el punto de vista terrestre: la ascensión de Jesús al cielo, que se narra en nuestro pasaje. Jesús se separa de los suyos, como había predicho: «Salí del Padre, y vine al mundo; ahora, dejo el mundo para volver al Padre» (Jn 16,28). Jesús sale de la historia para entrar en el ámbito de la consumación, donde ya no hay devenir, ya no hay destino, sino sólo existencia eterna. Jesús se va, pero, al mismo tiempo, está aquí con una nueva presencia, como lo había dicho él mismo: «Me voy, y vuelvo a vosotros» (Jn 14,28). De ese Cristo, de nuevo presente en este inundo, Pablo dice que está sentado a la derecha del Padre, pero también está en nosotros, y nosotros en él. Jesús está en la eternidad, pero no por eso deja de estar también en el tiempo, en el seno mismo del devenir histórico, aunque con una nueva presencia... Y en los últimos confines de la historia cristiana tendrá lugar el acontecimiento decisivo, aquél en el que todo llegará a su plenitud y a su perfecto cumplimiento: la venida de Cristo como juez universal. Entonces, Jesús estará aquí de nuevo, de una manera completamente distinta: como presencia de eternidad. Ése es el tema central del libro del Apocalipsis, en el que culmina la luminosa presentación de Pablo. Entonces, todo será «cielo».
 
 
[Qué es el «cielo»]
 
Pues bien, ¿qué es ese cielo en el que Jesús es recibido el día de su ascensión, y que un día lo será todo? El relato evangélico describe claramente un movimiento de elevación del que parece deducirse que Jesús «subió», realmente, desde la tierra. Entonces, ¿será el «cielo» un lugar situado en lo alto del espacio? Ciertamente, no. La «altura» espacial es sólo una apreciación de nuestros sentidos. Además, tenemos la sensación de que el movimiento ascensional no es más que expresión de una cosa bien distinta. Al cielo del que habla el Nuevo Testamento no nos acercaríamos más si subiéramos hasta el sol o hasta cualquier lejana estrella, en vez de quedarnos aquí, en nuestro suelo terrestre. El cielo no está ni en el espacio infinito ni en los límites de nuestro mundo... El cielo tampoco es una dimensión que corresponda a expresiones de nuestro lenguaje, como paz celestial o belleza celeste. Eso es, simplemente, un modo de expresar ciertos estados anímicos, o de describir realidades que escapan del marco de la existencia cotidiana. Pero lo que quiere decir la Sagrada Escritura es una cosa totalmente distinta.
 
Para entender esa realidad tenemos que dejarnos de aproximaciones y centrarnos en lo esencial. El cielo es la exclusiva sacralidad de Dios, es decir, el modo en que Dios está a solas consigo mismo y que, por eso, es inasequible a toda creatura. Es lo que Pablo llama «luz inaccesible», en la que Dios habita, fuera del alcance de cualquier realidad creada (1 Tim 6,16). Si uno encuentra a otra persona en la calle o en una casa, ese otro es una realidad que está ahí; se la puede observar, describir, hasta fotografiar; se pueden descubrir aspectos de su vida, de su personalidad. Todo eso es, más o menos, «público». Pero en el otro siempre existe algo reservado: sus actitudes personales, la responsabilidad con que asume sus tareas, la introspección de sí mismo. Con mucha frecuencia, el hombre se abre al exterior en su gestualidad corporal, en sus reacciones psíquicas, en el mundo de las relaciones sociales, es decir, en aspectos más o menos públicos. Pero en ciertos momentos, el otro se retrae y se refugia en su interior, en lo más íntimo de su ser. Y esa reserva, ese ámbito personal, es absolutamente impenetrable, nadie puede irrumpir en ese pequeño mundo de lo puramente privado. Si eso sale al exterior es porque se abre desde dentro. Así sucede en el autor, donde uno no se deja simplemente observar, ni se limita a que se hable de él; más bien, se entrega al otro, en orden a su más completa realización personal. Y si el otro lo acepta y se abre, a su vez, renunciando a la actitud de observador o de crítico, si muestra amor no a sí mismo, sino al otro, y se expresa en una pura contemplación y en una plena realización amorosa, entonces esas dos intimidades se unen en una sola comunidad de existencia que, aunque abierta en sí misma, está cerrada al exterior, es decir, a terceros... Y este mundo interior será tanto más inaccesible cuanto más noble y profundo sea el hombre, y cuanto más radicales sean las decisiones de las que dependa la plena realización de su existencia. Pero, ¿cómo será eso, cuando ya no se trate del hombre, sino de Dios, que es misterio inaccesible, naturaleza infinita, absoluta simplicidad, verdad y santidad sustanciales? La intimidad de Dios es tal que no admite condicionamientos; es absoluta, impenetrable, transparente, porque es la verdad sustancial. Dios es todo luz, porque no hay en él ni la más mínima sombra de oscuridad. Dios es el Señor; libre, soberano, en plena posesión de existencia, y con dominio absoluto sobre el ser. Pero, con ser la luz, resulta inaccesible; con ser la verdad, está nimbado de misterio; con ser el Señor, es incomprensible su soberanía (1 Tim 6,16).
 
[¿Cómo un cuerpo puede estar en el cielo?]
 
Esa exclusiva intimidad de Dios es el cielo. Y ahí es donde ha sido acogido Jesús, el Señor resucitado; no el espíritu de Jesús, sino él, el resucitado, en su plena realidad viviente. Pero, ¿cómo será esto posible, si «Dios es espíritu» (Jn 4,24)? ¿Cómo una realidad corpórea puede entrar en la intimidad misma de Dios?
 
Cierto, Dios es «espíritu», como afirma el evangelio según Juan (Jn 4,24). Pero, ¡cuidado con simplificar a la ligera esas palabras! Si Dios es espíritu, nuestra alma no lo es. Pero si mi alma es espíritu, no tengo más opción que buscar otro nombre para definir a Dios. Eso es también lo que quiere decir Juan, porque cuando habla de «espíritu» piensa, lo mismo que Pablo, en lo divino-espiritual, cuya concreción es el Espíritu Santo. Ya hemos tocado ese tema al hablar de la resurrección. Comparadas con el Espíritu Santo, todas las realidades -cuerpo y alma, materia y espíritu, persona humana y cualquiera otra cosa- no son más que «carne». Entre Dios vivo y todo lo demás no sólo está la distancia de lo infinito, como entre el creador y la creatura, y no sólo la distancia de la gracia, como entre la vida de Dios y la de la naturaleza, sino también la distancia de una auténtica contradicción, como entre la santidad y el pecado, una quiebra que sólo puede salvar el amor de Dios. Ante esa realidad, toda diferencia entre cuerpo y espíritu, a nivel terreno, resulta insignificante. 
 
Lo que es verdaderamente nuevo y extraordinario es el hecho de que Dios perdone el pecado y reciba a la creatura en el seno su vida divina. Si eso es cierto y queda acreditado, ya no será tan incomprensible el hecho de que Dios admita en su divina presencia no sólo espíritu creado, sino hasta el mismo cuerpo material.
 
El amor redentor de Dios no revierte exclusivamente sobre «alma», sino sobre el entero ser del hombre. El hombre nuevo, el hombre redimido, tiene su fundamento en la naturaleza divino-humana de Jesús que, iniciada en la anunciación, se consumó plenamente en la ascensión. Sólo al entrar en el cielo, es decir, en la exclusiva intimidad del Padre, Cristo Jesús es, plena e indisolublemente, el perfecto y consumado Hombre-Dios.
 
Jesús se ha ido, pero en ese mismo momento ha vuelto a nosotros de un modo nuevo... Cuando un ser que ama a otro tiene que abandonarlo, se produce una separación. Jamás dejará de pensar en el otro, pero él estará ausente. Si le fuera posible vivir en una situación en la que no hubiera distancias espacio-temporales, ni limitaciones fácticas, ni barreras de egoísmos, sino sólo vínculos de amor puro, estaría inmediatamente al lado del ser querido. La realidad más auténtica sería pensar con el espíritu y amar con el corazón... Pues, ¡eso es, precisamente, lo que ha sucedido con Cristo! Ha entrado en la eternidad, en el verdadero «aquí» y «ahora», en la realidad más absoluta. Ha entrado en una existencia que es plenitud de amor, puesto que «Dios es amor» (1 Jn 4,16). El modo de ser de Cristo es el amor. Por consiguiente, si él nos ama -y ésa es la síntesis de su mensaje: que él nos ama-, su ida hacia la consumación del amor significa que él está, realmente, con nosotros y entre nosotros. Poco después del día de la ascensión, llegará el día de Pentecostés. Y el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos transmitirá el mensaje: «Cristo está en nosotros». El Señor está sentado a la derecha de Dios Padre, más allá de todas las vicisitudes de la historia, esperando en la tranquilidad de su triunfo que se revele la victoria definitiva del juicio, cuya gloriosa manifestación sacudirá los cimientos del universo. Pero, al mismo tiempo, está continuamente entre nosotros, en la raíz de todo acontecimiento, en el corazón de cada creyente, en el centro de la comunidad, como la figura que con su poder guía y da unidad a su Iglesia. «Al abandonar Jesús el ámbito de la existencia visible e histórica, se forma en virtud del Espíritu Santo el nuevo ámbito cristiano: la vida interior de cada uno de los creyentes y de la Iglesia, mutuamente vinculados y unidos. En él se halla Cristo "con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20)».
 
 
EN EL ESPÍRITU SANTO
 
En la exposición precedente hemos analizado el cambio que experimentó la persona de Jesús tanto en su espacio vital como en su relación con el ser humano. Al principio, Jesús era uno de nosotros, parte de nuestra propia historia. Caminaba por las calles, entraba en las casas, hablaba con la gente. Los relatos evangélicos nos cuentan su actividad y las peripecias de su vida. Al final, muere. Pero entonces se produce ese acontecimiento misterioso que revoluciona todas nuestras concepciones espontáneas de lo posible, pero que constituye el fundamento de la idea cristiana sobre el hombre y lo que Dios es capaz de hacer por él: el Señor resucita de entre los muertos, para vivir una existencia nueva, transfigurada. Durante los cuarenta días siguientes, da la impresión de que todavía está rozando la tierra, pero ya en trance de abandonarla. Y de hecho, la abandona; y se va. Pero él mismo había dicho: «Me voy, y vuelvo a vosotros» (Jn 14,28). Así que se va, y vuelve de nuevo, más poderoso y activo que nunca. Ahora se abre el reino de la interioridad cristiana; y no sólo en el individuo, sino también en la entera comunidad eclesial. Y ahí está Jesús, viviente y activo, como fundamento de una nueva existencia para el creyente, en la que el propio Jesús lo invade todo, dando forma y figura a esa nueva personalidad, y dirigiendo su acción y su destino.
 
Jesús está en el interior del hombre, y lo atrae hacia sí. El hombre participa en la existencia de Cristo; y recíprocamente, Cristo es la vida de su vida. Y todo ello, por la acción del Espíritu Santo. La raíz de esa nueva existencia es el acontecimiento de Pentecostés; de él surge y, por su impulso, durará hasta el final de los tiempos. Pero eso no quiere decir exclusivamente que el hombre piense en Cristo, o que guarde su imagen en el corazón, sino que se trata de una auténtica realidad. Ahora bien, ¿es posible que una persona esté en otra? ¿Tiene algún sentido una expresión como «ese hombre está en mí»?
 
Es verdad que a veces se dice: «Tengo la sensación de que mi padre está en mí». Y en alguna familia de abolengo se puede oír la frase: «Ese niño es tal o cual antepasado redivivo». O también: «Es la viva imagen de su padre (o de tal o cual persona)». Pero eso no es irás que una mera referencia rencia a ciertas cualidades, rasgos fisonómicos, gestos o actitudes de una persona, o coincidencias del destino. Son maneras de ser, que se mani¬fiestan de un modo especial en algún miembro de la familia y que, si rea¬parecen en otro pariente, avivan el recuerdo del antepasado. Pero no habrá nadie que diga, a no ser en lenguaje poético, que el antepasado ha vuelto en su descendiente... También puede suceder que la imagen de una persona viva se nos haya grabado en la memoria por la profunda impresión que nos ha causado. Por ejemplo, la figura, las palabras, las actitudes y los gestos de un maestro especialmente influyente o querido. Y también puede ser que se sienta un amor tan entrañable a una perso¬na, que no se pueda menos de tenerla continuamente presente. Pero, prescindiendo de la poesía y de la mitología, lo que realmente está en nosotros es la imagen, la influencia viva del otro, no su propia persona.
 
Existe el deseo de participar en lo que es el otro, de compartir con él su vida y su destino. Pero aun la unión más íntima y profunda chocará necesariamente con una barrera: el hecho de que el otro «es él», y no yo. El amor es consciente de ello. El amor sabe que jamás podrá convertir en realidad -y aun, quizá, ni siquiera querer seriamente- su ideal supre¬mo, que consiste en la plena identificación con la persona amada. En el mundo humano no hay ningún «nosotros» que pueda suprimir las barre¬ras del «yo». De hecho, la dignidad y la gloria del hombre radica, preci¬samente, en su capacidad de afirmar -aunque con ciertas reservas- que «yo soy yo mismo». Su fundamento es su propio yo; su actividad nace de él mismo, y él es el único responsable. Naturalmente, en eso radican también sus limitaciones, porque siempre tendrá que ser él mismo, soportarse a sí mismo, y bastarse a sí mismo. Ese «ser él mismo» lo aísla, necesaria e inevitablemente, con respecto al otro: «yo, y no tú»; «tuyo, y no mío». Porque cada uno es esa entidad concreta, con sus propios recursos y su propio destino, diferente e impenetrable con respecto a todos los demás.
 
Pero en Cristo no sucede así. La percepción de Cristo y, con ella, la de todo el Nuevo Testamento, se fundan en la realidad de un Dios vivo y único; pero, al mismo tiempo, no pueden prescindir del hecho de que esa unidad y esa unicidad encierran un sentido específico, un modo de existir que supera nuestra capacidad de comprensión. Es como si la uni¬dad de Dios se refractara en múltiples aspectos. Por ejemplo, de Dios se dice que es «Padre». Y no sólo porque nos ama a nosotros, sus creaturas con un amor paternal -un sentido totalmente incapaz de agotar la hon¬dura de su propio ser-, sino porque tiene un Hijo igual a él mismo. La capacidad generativa de Dios se realiza dentro de su propia esencia, engendrándose a sí mismo en un «Tú» divino; su infinita plenitud de ser se expresa en una Palabra sustancial, que se dirige a él mismo... De Dios se dice también que es «Hijo». Pero no por el hecho de que él se hace hijo del hombre, tomando forma a partir del corazón y la vida de un ser humano -realidad que no agotaría lo insondable de su propio ser-, sino que Dios es «Hijo» porque es la imagen viva y sustancial de un Padre que lo engendra creativamente. En él se desvela el misterio de Dios Padre, y se le presenta como imagen de sí mismo. Es la Palabra pronun¬ciada por el creador; una Palabra que, en una infinita plenitud de com¬placencia, se dirige, a su vez, al que la pronuncia... Dos aspectos, dos caras de un solo Dios; dos personas, real y verdaderamente distintas, pero que, a pesar de su inexorable diferencia en cuanto a dignidad, son un único Dios.
 
Entre esas dos realidades divinas tiene que haber algo que no se da entre los hombres, algo que hace posible que sean dos existencias, pero una sola naturaleza, una única vida, una apertura recíproca infinita que no se encuentra más que aquí. Al mismo tiempo, entre esas dos realidades divinas tiene que faltar algo, intrínseco a la creatura: la exclusividad del individuo. Y eso tendrá que estar relacionado con algo que no posee el ser humano: la absoluta perfección de la persona. Ninguna creatura es plena¬mente ella misma. Y ese defecto se aprecia con la mayor claridad en el hecho de que la creatura es totalmente incapaz de crear una perfecta comunión con el otro. No puede entregarse hasta el extremo, porque tiene que afirmar su propio ser mediante el dualismo «yo/no tú». Precisamente, ese exclusivismo por el que toda creatura se defiende de quedar diluida en el otro demuestra que aún no ha llegado a temer una auténtica y plena posesión de sí misma. En este aspecto, Dios es total¬mente distinto. Esas dos entidades divinas de las que hablamos aquí están totalmente abiertas la una a la otra. Tan plenamente, que no  que una sola vida en la que ambas participan; sencillamente, la una vive en la otra, y no hay ninguna pulsación, ningún hálito, ninguna chispa de una que sea ajena a la otra. Y eso es, precisamente, el motivo por el que cada una de ellas vive en plenitud su propio ser y se pertenece a sí misma. Todo eso significa que Dios es espíritu. Como ya hemos apuntado, el término «espíritu» no se refiere aquí a la razón, ni a la lógica ni a la voluntad, sino al pneuma, al «Espíritu Santo». Y Pneuma es, precisamente, simple apertura de ser y, al mismo tiempo, segura libertad de la persona, capaz de un amor consumado, es decir, de una perfecta unión sin reservas, en la más pura personalidad del yo y el tú. Pues bien, esa realidad, el hecho de que Dios sea «Espíritu Santo» hace que Dios viva en la claridad de una diferencia y, a la vez, en la más honda intimidad de una comunión de vida. En esa tercera entidad, en el Espíritu, el Padre y el Hijo están totalmente abiertos el uno al otro y, al mismo tiempo, en plena posesión de su propio ser. En el Espíritu, el Padre engendra un rostro tan límpido que en él contempla su propia imagen con absoluta «complacencia». En el Espíritu, el Hijo es Señor de la verdad divina y la refleja en el Padre. En el Espíritu, el Padre vuelca la plenitud de su ser en la apertura de una Palabra que merece toda su confianza. En el Espíritu, el Hijo recibe del Padre su ser y su sentido; es Palabra, pero al mismo tiempo conserva su propio ser personal.
 
Pero el Espíritu, esa apertura que, a su vez, es un ser individual, es también un aspecto, un rostro, una persona. El Espíritu hace posible que el Padre y el Hijo lo tengan todo en común, en perfecta reciprocidad; hace literalmente posible que cada uno sea él mismo, por acción del otro; y él es él mismo, precisamente por el hecho de actuar así. La Escritura expresa esta realidad por medio de imágenes peculiares: lo presenta como una paloma que, enviada por el Padre, desciende sobre el Hijo, como un viento que sopla a donde quiere, como un estruendo prove¬niente del cielo, como una poderosa tempestad, y como llamas de fuego que parecen lenguas (Jn 1,32; 3,8; Hch 2,2-3).
 
Pero todo eso es un misterio, como precisamente esas imágenes dan a entender. Lo que acabamos de decir no «explica» absolutamente nada. Lo único que hemos pretendido es aproximarnos someramente a lo que pudie¬ra ser el misterio de Cristo y lo que se podría deducir de sus palabras.
 
Porque en Dios son así las cosas, pero también porque Dios ha cre¬ado al hombre a su imagen y semejanza, el Hombre ansía hacer saltar su propia individualidad personal, aunque sin diluirse en el otro o en el conjunto de la humanidad. El hombre anhela ser él mismo y, a la vez, una realidad colectiva, pero jamás podrá lograrlo por sus propias fuerzas. Por gracia de Dios, lo tuvo un día en el paraíso tanto con respecto a Dios como en relación a los demás hombres y a toda la humanidad. Por eso, si el primer hombre hubiera salido airoso (le la prueba, habría obtenido para todos los demás las condiciones favorables para su propia vida per¬sonal; y por eso, el pecado del primer hombre tuvo que ser el pecado de todos. Pero con ese pecado se perdió la gracia con todas sus consecuen¬cias, de modo que ahora no se puede satisfacer ese anhelo humano. Siempre hay que pagar una cosa con otra: la profunda radicación en sí mismo con una pérdida de comunión, y la más dedicada entrega al otro con un riesgo de la libertad personal. Esas ansias, pues, sólo quedarán satisfechas en el Espíritu Santo.
 
El Espíritu es el que introdujo al Logos en la existencia humana. Por intervención del Espíritu, María concibió al Hijo de Dios, y éste se hizo hombre (Mt 1,18). En el Espíritu se da la apertura infinita entre el Hijo de Dios y la existencia humana de Jesús, una intimidad inefable, un mis¬terio de vida interior inaccesible a nuestra inteligencia. En ese Espíritu vivió, hablo y actuó Jesús; en ese Espíritu afrontó su destino, murió, resucitó; en ese Espíritu se transformó en el Señor transfigurado; en ese Espíritu se forjó y se manifestó esa suprema unidad entre el Hijo de Dios y su existencia humana. Eso es la gran transfiguración de Cristo. El Señor resucitado es Jesús de Nazaret, en el que se revela, en plenitud de vida, el Hijo de Dios, y en el que la Palabra del Padre se transforma en palabra humana que habla a los hombres.
 
Después de la ascensión de Jesús al cielo, el Espíritu Santo crea en el hombre una apertura, un espacio interior, en el que puede penetrar el Señor transfigurado. Ahora, en el Espíritu Santo, él está en nosotros, y nosotros en él. En Cristo, como partícipes de su gracia, podemos llevar a cumplimiento su relación de amor al Padre. En él, nos presentamos ante el Padre como conocidos y conocedores, llenos de su palabra y capaces de devolvérsela.
 
Sólo desde esta perspectiva podemos entender la relación mutua que, según la voluntad de Cristo, debe existir entre los redimidos. Pero, como dice Pablo, esa intimidad en la que ahora vive Cristo se ha abierto a la humanidad entera. Eso es la Iglesia, un «cuerpo», cuyos miembros son los individuos, «miembros» cada uno del otro, y cada cual, fuerza y ayuda de su hermano (Rom 12,5; 1 Cor 12,12-13; Col 4,4). Lo que afec¬ta a uno, le atañe también al otro, lo que a uno aprovecha también le es útil al otro, y cada uno participa en el otro. Pero, por ahora, todo esto es un enigma. No lo entendemos, pero tenemos que creerlo. No ha hecho más que empezar; aún no ha llegado a cumplimiento. Por eso, todavía habrá que esforzarse y hacer frente a continuas contradicciones. Todas las puertas se cierran ante esa demanda de apertura interior que pugna por abrirse paso. Todo es frialdad y gravamen frente a una interioridad que se abre de par en par. Ser «prójimo» significa la abolición del exclu¬sivismo del «yo, y no tú», del «mío, y no tuyo», pero sin la desgracia de que las figuras se fundan una en otra, y la dignidad personal sufra un con¬siderable deterioro. Ser «prójimo» significa no, precisamente, un aumen¬to de lo que sería posible obtener por las fuerzas y capacidades humanas, sino la novedad que viene de Dios y que supera la lógica de diferencia¬ción y unidad. Es una nueva posibilidad de la existencia, es decir, el amor del Espíritu Santo entre los hombres. Amor cristiano no quiere decir que, mediante una fusión en la naturaleza, o mediante una actitud de des¬prendimiento personal, se una lo que separa al «yo» del «tú», sino esa disponibilidad recíproca que no invalida el individualismo, esa intimi¬dad y esa dignidad que proceden del Espíritu Santo.
 
Todo esto hace referencia a una realidad incomprensible: a la nueva cre¬ación, al hombre nuevo, a los nuevos cielos, a la nueva tierra. Será el uni¬verso resucitado. En él se instaurará y reinará definitivamente esa situación que hemos intentado adivinar. Entonces, todo quedará «abierto»; habrá una apertura infinita, que conserve el universo entero en su pureza y dignidad. ¡Todo será de todos! Y cada uno estará en el otro; pero todo conservará su propia figura, en plena libertad y absoluto respeto. Todo será uno. Así lo dijo el propio Jesús, cuando se entregó totalmente a los suyos en el misterio de la eucaristía. Todo deberá ser uno, con la unidad del Padre que está en el Hijo, y el Hijo en el Padre. Igual que ellos son uno en el Espíritu, también los hombres deberán ser «uno en Cristo», por la acción de ese mismo Espíritu (Jn 17,22ss.). Entonces, el misterio de la sagrada vida trinitaria penetrará y gobernará todas las cosas, y será todo en todos. Entonces, la cre¬ación entera quedará asumida en la propia vida de Dios; y sólo entonces, llegará a ser plenamente ella misma. Eso será obra del Espíritu, que trans¬formará toda la creación en «novia del Cordero» (Ap 21,9).
 
Enviado por arvo.net - 23/05/2009 ir arriba

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