Por
Ramón Pi
La Gaceta de
los Negocios
0
6 de julio
de 2005
AYER se
cumplieron
20 años de
la reforma
del Código
Penal que
deja sin
castigo los
abortos
provocados
en tres
circunstancias
(que, como
es bien
sabido, son
cualesquiera
circunstancias).
Desde
entonces, al
amparo de
esa ley ha
sido
sacrificado
en España un
millón de
seres
humanos en
su fase
inicial de
vida. Las
discusiones
sobre el
número de
células
requerido
para que un
óvulo
fertilizado
pueda
considerarse
como un ser
individual
están muy
lejos: las
víctimas de
esta
carnicería
sin
precedentes
son pequeños
seres con
forma humana
(aunque eso
sea
accidental,
es así, y
conviene
decirlo en
esta época
estulta en
que nos
movemos por
estímulos
sentimentales),
con sus
órganos
funcionando
y con
reacciones
de pánico
ante la
legra o la
aspiradora
asesina.
Mientras
esta
legislación
siga vigente
entre
nosotros,
toda la
palabrería
de los
políticos
sobre los
derechos
humanos será
una pura
farsa, fruto
de su
cobardía
exhibida
obscenamente.
Es posible
que algunas
personas
especialmente
ignorantes,
ofuscadas
por una vida
problemática
o con la
conciencia
encallecida
por una
infancia y
una
adolescencia
atroces, no
comprendan
la enormidad
de un aborto
provocado.
Pero los
legisladores,
los médicos,
las
enfermeras,
los
profesores,
los
periodistas,
no pueden
alegar
ignorancia.
Ayer fue el
vigésimo
aniversario
de la infame
legislación
inicua sobre
aborto
provocado en
España. Un
millón de
cadáveres es
la cosecha
visible de
esta siembra
legislativa,
porque hay
otra que no
se ve,
imposible de
cuantificar:
la de las
píldoras del
día después,
de los “diu”,
de las
manipulaciones
de
embriones.
Vigésimo
aniversario
del odio
hacia los
inocentes
consagrado
por la ley.