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Ángel García Prieto
Médico
Ante
la promoción pública de la llamada píldora del día
siguiente, vale la pena saber que esta pastilla es
un producto químico sintético que impide la implantación
del óvulo fecundado en la matriz, si es que llega a
darse su fecundación. Es un producto, pues,
anticonceptivo y abortivo: las dos cosas, si falla su
efecto contra la fecundación ejercerá sus propiedades
antimplantatorias para producir un aborto.
Se
supone que debe ser el médico quien haya de recetarla,
al menos esa es la práctica que hasta ahora se lleva a
cabo. Pero el médico es "la persona que se halla
legalmente aceptada para profesar y ejercer la medicina"
y la medicina es la "ciencia y arte de precaver y curar
las enfermedades del cuerpo humano" – con palabras del
diccionario de la Real Academia.
Como
se puede observar, recetar una píldora de estas no es un
acto médico, porque dichos productos no curan ni
previenen ninguna enfermedad, ya que el embarazo normal
no es ninguna falta de salud. Y los embarazos de alto
riesgo son otras cuestiones muy minoritarias y a tratar
o prevenir como es debido, con atención y calma, por
especialistas en ginecología. Por otro lado tampoco se
puede argumentar que deba ser el médico quien lo
prescriba porque se trate de un medicamento. La píldora
del día siguiente no responde al concepto de medicamento
- " cualquier sustancia, simple o compuesta, que,
aplicada interior o exteriormente al cuerpo del hombre o
animal, puede producir un efecto curativo" - ya que no
cura nada, su acción no es curativa. Ahí radica
precisamente el problema, en que los médicos estamos
para intentar curar, para respetar y luchar por la vida;
por eso cuando se nos pide la anticoncepción, el aborto,
la eutanasia, la esterilización u otras prácticas como
pueda ser la aplicación de torturas o penas de muerte...
comienzan los problemas.
No se
trata, pues, de razones religiosas ni de cuestiones de
conciencia, para que se haya de recurrir a la objeción.
Lo lógico es que este tipo de productos, como ocurre con
los preservativos, se ofrezcan sin recurrir al médico,
si es que efectivamente hay una demanda tal que la
sociedad los desea como útiles. El juramento de
Hipócrates - "Y no daré ninguna droga letal a nadie,
aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo
modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo..."
- tiene un valor universal y sigue tan vivo como hace
veintiséis siglos, porque tiene valor eterno, el mismo
que siempre ha tenido la dignidad humana, aunque pueda
haber lugares y épocas que no aparenten no saber
reconocerlo.
Ángel
García Prieto.
Médico.
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Arvo Net, 15 agosto de 2005 |
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