NO MATARÁS
Por José Miguel Ibáñez
Laglois
En El Mercurio.com,
Domingo 3 de diciembre de
2006
Arvo Net, 09.12.2006
Compatriotas: hoy los pro
aborto nos dicen que en
Chile esos abortos ocultos
son 160.000, cifra
absolutamente descabellada y
terrorífica, inventada a
favor de su legalización.
Años atrás, en una sesión
especial de la Sociedad
Chilena de Obstetricia y
Ginecología, se debatió el
tema del aborto, práctica
que suscitaba el rechazo
bastante general de los
especialistas. Pero el
vocero de un pequeño grupo
disidente, ya muy
acorralado, argumentó que no
debía confundirse un
problema médico (como el
aborto provocado) con la
religión (cosa que, por lo
demás, nadie había hecho).
Como varios de los presentes
miraran entonces hacia mí,
sacerdote invitado, no se me
ocurrió sino preguntar al
facultativo si él había
hecho, al titularse como
médico, el juramento de
Hipócrates (que incluye,
entre otros, el compromiso
solemne de no practicar
abortos). De mala gana
respondió que sí.
-¿Y quién era Hipócrates,
doctor?
- ...
-¿Fue un sacerdote egipcio,
o un profeta de Israel, o un
Papa católico, o un teólogo
medieval, o un ... etc.?
Silencio. No se oye, padre.
Me contesté a mí mismo, ¡qué
remedio!, con el desagrado
de quien parece estar
vendiendo miel al colmenero:
Hipócrates fue un griego del
siglo V antes de Cristo,
padre de la medicina
occidental, pagano dotado de
conciencia ética... Baste
decir que el problema
"religioso" murió allí
mismo, con la delicada ayuda
de los presentes, que
cambiaron de tema.
Por desgracia, hay que
volver a recordar en Chile
cosas obvias -"no matarás a
tu prójimo inocente"- cuando
algunos (pocos, gracias a
Dios) quieren aborto legal.
Hipócrates sabía que abortar
es un delito contra la vida
humana, y seguramente intuyó
sus agravantes como
homicidio: lo practica la
madre, que es la fuente de
la vida; se realiza en el
propio santuario de la vida,
que es su matriz; y su
víctima es la más inocente
de cuantas podamos imaginar,
el nonato. No pocos varones
son ligeros y aun canallas
en esta materia; lo
frecuente en las mujeres, en
cambio, es el trauma
postaborto -actual o
retardado- casi indeleble,
sin distinción de clases,
edades o creencias.
Vamos ahora a un émulo de
Hipócrates en nuestros días,
el doctor Bernard Nathanson
(sí, el de los videos
espeluznantes). Es una
autoridad creíble en la
materia, como responsable
directo que fue de unos
75.000 abortos en EE.UU., y
como el gran pionero de la
legalización del aborto en
su país (1973). El relato de
este converso a la causa pro
vida es casi tan
impresionante como esos
videos suyos que muestran,
por vía ecográfica, al feto
condenado que descansa
todavía en el seno materno,
y luego enfocan los
instrumentos torturadores
que invaden su morada
uterina y que lo acosan, y
cómo él se defiende,
retrocede hacia la pared
posterior y por fin, ya
alcanzado, abre la boquita
-bocaza- en el terriblemente
célebre "grito silencioso",
hasta que los intrusos
metales lo despedazan y lo
sacan del seno de la vida
como un desecho.
La gente joven ve mucha
porquería moral en la
pantalla; por contraste, a
todos -salvo quizás
contraindicación por
estómago débil- debía
mostrárseles este
espectáculo aberrante que
tanto bien hace a las
conciencias (¿o la
calificación
cinematográfica, tan suelta
de cuerpo a la hora del sexo
explícito, lo etiquetará
como "sólo para mayores de
100 años", según el verso de
Parra?)
El Nathanson abortista logró
su propósito legal a través
de los medios de
comunicación: los convenció
de que la causa pro aborto
era -palabra mágica, ábrete
sésamo- una causa "liberal"
y "progresista". Las
encuestas, en Estados
Unidos, le eran abiertamente
contrarias, pero él y su
asociación -confiesa- las
manipularon (las inventaron)
hasta fabricar un 60% de
opiniones pro aborto legal.
No es tan difícil hacerlo,
ya se sabe; y tanta pobre
gente buena se siente más
cómoda en mayoría... (El
aborto llamado terapéutico
-hoy una figura casi
inexistente en medicina-
juega un papel importante en
esta manipulación; es un
cazabobos, una primera
brecha en el muro de la
vida, para colar después por
allí todo el resto de la
mercancía). Pero sobre todo
-ojo, chilenos- el equipo de
Nathanson tomó la cifra
aproximada de abortos
clandestinos al año en su
país, unos cien mil, y la
convirtió en... ¡un millón!
(y le creyeron).
Compatriotas: hoy los pro
aborto nos dicen que en
Chile esos abortos ocultos
son 160.000, cifra
absolutamente descabellada y
terrorífica, inventada a
favor de su legalización, ya
que esa cantidad de
intervenciones con
seguridades sanitarias
mínimas sería su argumento
para convertirlas en
higiénicas, baratas y
seguras al amparo de la ley
y en clínicas u hospitales
públicos. Pero si en Chile
hubiera esos 160.000 abortos
clandestinos al año, la
mortandad materna por esta
razón sería altísima, y de
hecho no lo es en absoluto.
En los Estados Unidos de
1970, esa cifra de muertes
fue multiplicada por ¡50! en
los medios de comunicación
manejados por Nathanson y
Cía.: de 200 y tantos se
convirtió en 10.000. ¡Había
que legalizar esa quirurgia,
así fuera por mentiras
repetidas hasta el cansancio
y por campaña del terror!
En fin, para hacer corto un
cuento largo, la empresa de
Nathanson convenció a la
opinión pública de que sólo
los mismos abortos
clandestinos que ya había
-ni uno más- serían los
abortos ahora higiénicos e
inofensivos si se
legalizaban. Pero el número
de abortos (ya legales)
aumentó en un 1.500% al cabo
de pocos años, y es lo que
casi siempre ha ocurrido,
ciento por ciento más o
menos, en el resto de mundo
donde el aborto es legal:
pues legal significa
bendecido por las
autoridades públicas y
rodeado de respetabilidad
moral; luego esa escalada de
1.500%... ¡era que no!, como
dicen los niños. El otro
gran lavado de cerebro
consistió en convencer al
país de que quienes se
oponían a la ley de aborto
eran sólo las jerarquías
católicas, ya ni siquiera
los fieles. Obispos malos,
ugh, no querer progreso
progresista, ufh.
¿Cómo llegó Nathanson a
confesar la suciedad de sus
métodos y a convertirse en
un campeón pro vida? No por
conversión religiosa, sino
porque encabezó desde 1973
una gran investigación de
fetología en Nueva York.
Entonces se rindió a la
evidencia científica: la
vida humana comienza en la
concepción. Primero tuvo el
valor de retractarse;
después se acercó a la
religión, y por último -16
años más tarde- se hizo
católico. Llegó al bautismo
por la fetología.
Si, contra toda evidencia
científica, el embrión se
considera "un montón de
células", como un tumor
canceroso o un órgano
gangrenado, se están minando
las bases mismas de la
civilización. ¡Viva
Hipócrates, viva Nathanson,
viva la vida que algunos
entre nosotros quieren segar
en el seno materno!