Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
Hay acontecimientos históricos que siguen pesando en el presente y el porvenir, por mucho que la distancia tienda a disminuir su trascendencia. Todo historiador que no se limite a ser mero cronista del pasado y todo analista político que rastree en el pasado las raíces del presente, sin caer en el burdo tratamiento de lo pretérito como bola de cristal, tiene que centrar su atención en algunos hechos cruciales, aunque más cabría hablar de ideas que han cambiado el mundo. Es un lugar común decir que las ideologías se están eclipsando y que el hombre corriente no tiene interés por la política partidista. En teoría, para muchos lo mejor sería un gobierno pragmático y de gestión, pero hay bastantes ejemplos de gobiernos en los que los asuntos se abordan desde una fuerte carga ideológica, con dogmas de fondo a los que se sacrifica todo incluso el sentido común. Si luego hay rectificaciones sobre la marcha, éstas suelen ser de forma y supeditadas a citas electorales.
Dicho esto, habría que recordar el mundo de hace noventa años, en el epílogo de la Primera Guerra Mundial. Comenzó después el crepúsculo de Europa, aunque unas décadas después se creó la ilusión de haberlo conjurado con la invención de las Comunidades Europeas. Paralelamente se afianzaron dos figuras de la política mundial, el presidente americano Thomas Woodrow Wilson, y el líder bolchevique, Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin. Ambos pusieron en marcha un mensaje común: el de la autodeterminación de los pueblos. Coincidían, por tanto, en algo: en la oposición a los imperios coloniales europeos. El final de la hegemonía universal de Gran Bretaña y Francia tocaba a su fin, aunque la Conferencia de Versalles creara el espejismo de la ampliación de las colonias con la institución de los mandatos. Londres y París no advirtieron –o no quisieron reflexionar sobre el asunto- que la propia existencia de los mandatos llevaba consigo el signo de la temporalidad. El principio de autodeterminación, promovido por Wilson, despertaría los nacionalismos tanto en los recién creados mandatos como en imperios y naciones de mayor trayectoria histórica. No debía ser ninguna sorpresa si se recuerda que Estados Unidos alcanzó su independencia del poder colonial de Gran Bretaña. La actitud de otro presidente demócrata, Franklin D. Roosevelt, fue también claramente anticolonialista. Winston Churchill, uno de los paladines del Imperio tuvo ocasión de comprobarlo en las conferencias de paz celebradas durante la Segunda Guerra Mundial. No era tan extraño que Roosevelt y Stalin pudieran tener algunos puntos de coincidencia, por mucho que Gran Bretaña compartiera con sus primos americanos el sistema democrático. Con todo, algunos socialistas franceses de 1918, como Albert Thomas, ministro de armamentos durante la guerra y uno de los futuros artífices de la OIT, se dieron cuenta enseguida de que tenían una elección entre la democracia y el bolchevismo. La primera la representaría Wilson, gran sintetizador para ellos de los ideales de las revoluciones americana y francesa, mientras que Lenin encarnaba una forma de “primitivo, incoherente y brutal fanatismo ruso”. Estos socialistas serían finalmente minoritarios porque muchos otros, llevados por su odio al capitalismo, se convertirían en ardientes defensores de la Unión Soviética, estuvieran inscritos o no en los nacientes partidos comunistas.
¿Y qué decir de Lenin y de todos sus llamamientos para la libertad de las nacionalidades oprimidas? No era éste un eslogan únicamente para los pueblos del Imperio zarista, que al final serían absorbidos por el Estado soviético, sino sobre todo para los pueblos sometidos directamente al colonialismo europeo o a su esfera de influencia. Lenin tuvo la genialidad política de no considerar obstáculos para la difusión del comunismo ni los nacionalismos ni religiones tan influyentes en la vida sociopolítica como el Islam. Para un pragmático como el ruso todo era útil en su cruzada antiimperialista. Stalin aprendió bien la lección de entremezclar nacionalismo y comunismo. ¿No le escribió una vez a su madre que “ahora soy algo así como el zar”? Sus sucesores cultivaron idéntico pragmatismo en su alianza con los socialismos tercermundistas, aunque éstos se alejaron de la ortodoxia leninista y a veces persiguieran a los comunismos locales. Pero Mao supo mejor que nadie hacer la síntesis perfecta entre nacionalismo y comunismo. Sus continuadores se afanan en perfeccionarla en orden a perpetuarse en el poder. Estas lecciones deberían servir para otras latitudes: ¿por qué se empeñan algunos en aferrarse a la visión de que la izquierda, en teoría más internacionalista que nadie, es incompatible con los nacionalismos?
Potencias emergentes como China y la India, inequívocamente nacionalistas y competidoras de la Europa poscolonial, bebieron ampliamente en las fuentes del principio de autodeterminación de los pueblos, impulsado por Wilson y Lenin. Es un principio que dista de agotarse como demuestra el caso de Kosovo. Estados Unidos y una mayoría de sus aliados europeos son aquí inequívocamente wilsonianos. En cambio, Rusia, opuesta a la independencia, no asume las tesis de Lenin sino un statu quo más propio de los zares, el modelo histórico en el que se mira la Rusia de un Putin que venera la memoria de Pedro el Grande.
*Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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