Título: Vidas romanas. Treinta y tres
personajes de la Roma eterna.
Autor: Antonio R. Rubio Plo
Ediciones Rialp
MADRID
Roma es sinónimo de universalidad y
permanencia. Siempre ha sido una ciudad
sugerente para escritores, artistas y
todos aquellos que han sucumbido a su
“misterio” como es el caso del autor de
este libro. La obra pretende ser una
ventana abierta a veinte siglos de
historia romana por medio de una ficción
literaria que intenta re-crear el estilo
y el pensamiento de treinta y tres
personajes de todas las épocas que
tuvieron algo que ver con Roma. Están
escritos en primera persona, con unos
textos en forma de reflexión, de carta u
oración en el que se reflejan sus
peculiaridades, sus problemas y sus
sueños. Como anécdota curiosa, el autor
me refirió que un medio de comunicación
reprodujo un fragmento del libro
pensando que era de Chesterton, si bien
luego el error fue rectificado.
Y es que en Vidas romanas
aparecen, entre otros y en
deliberado desorden cronológico, Goethe,
Cristina de Suecia, Chesterton, Petrarca,
Velázquez, Tasso, Gogol, Caravaggio,
Miguel Angel, Marco Aurelio, Liszt,
Chateaubriand, Pío XII, Juan XXIII... De
ahí que esta pequeña obra sea un
ejercicio de erudición, pues cada uno de
ellos aparece situado en su marco
histórico, y muy acertadamente se
incluye al final un apéndice biográfico
para que el lector sepa quién habla en
cada caso. El resultado está a medio
camino entre el ensayo y la narrativa, y
hay además un eje conductor: novelistas,
artistas, músicos, poetas, papas y
políticos se sienten interpelados en
cualquier época a definirse frente al
cristianismo, sobre todo en esa “Roma
donde Cristo es romano”, según afirma
Dante en La Divina Comedia. Estos
textos reflejan un afán de búsqueda,
tanto desde la fe como desde su
carencia; y en no pocos casos
observaremos que la actitud de un gran
número personajes ante cuestiones
trascendentales no es la de un sí – o un
no- rotundo sino la de un sí a medias.
No es un retablo de vidas ejemplares,
pues abundan tanto las luces como las
sombras. Si nos paramos a pensar, nos
daremos cuenta que no estamos
únicamente ante personajes históricos
sino que también son seres humanos
reales, con opiniones y actitudes quizás
similares a las de quienes conviven con
nosotros.
RAFAEL MUÑOZ GARCÍA
Presentación
(del autor)
Hay un soneto de Francisco de Quevedo,
reproducido a menudo en antologías
literarias, artículos de suplementos
culturales y hasta en catálogos de
exposiciones, que empieza así: «Buscas en
Roma a Roma, ¡oh peregrino!, y en Roma misma
a Roma no la hallas... ». A principios del
siglo XVII, el escritor español desgranaba
su vena melancólica ante las ruinas de la
Roma de los Césares. Unos años antes, el
poeta francés, Joachim Du Bellay, expresaba
ante esas mismas ruinas su tristeza y la
abrumadora nostalgia por su tierra natal del
Anjou.
Más recientemente y en términos más
pesimistas, exagerados y prosaicos, el
anónimo autor de una reflexión en un
periódico madrileño lamentaba que la
grandeza de Roma se hubiera diluido en la
crónica de las proezas futbolísticas de la
Roma. Quizás fuera un periodista escéptico
ante la eficacia de la inclusión del estudio
de la cultura clásica en los planes
escolares de la educación secundaria
española. Pero el concepto de Roma no puede
circunscribirse a los imponentes restos de
un anfiteatro o a los vestigios
de la egolatría inscritos en un arco de
triunfo. Si esto fuera así, Roma sería sólo
un conjunto de ruinas similares a las de
Micenas, Éfeso o Pompeya. Una atracción de
parque temático (eso sí, con piedras
auténticas) para muchos de los turistas que
hoy surcan apresuradamente el Mediterráneo.
La lógica y el sentimiento nos dicen, en
cambio, que Roma tiene que ser algo más,
pues no en vano se la conoce como a la
Ciudad Eterna. Ninguna ciudad en el mundo
lleva este apelativo. Ni tan siquiera
Jericó, una de las ciudades más antiguas del
mundo, pues se remonta al Neolítico.
Roma no está muerta entre sus ruinas
imperiales, pese a lo que pensaran algunos
de los ilustres escritores que en ella
vivieron o la visitaron. Roma está viva (y
no sólo por la vivacidad de su tráfico). En
sus monumentos y en sus calles hay una
historia que salta a cada paso a los ojos
del visitante curioso. Todo aquel que quiera
conocer a fondo la cultura europea y
occidental no queda decepcionado por Roma.
La ciudad sobrepasa ampliamente todas sus
expectativas, pues nos introduce en un
microcosmos en el que el pasado y el
presente van unidos de la mano. Una vida es
poco tiempo para vivir Roma. Sin embargo, un
amigo, antiguo residente en la capital
italiana, me aseguraba que en Madrid se vive
mejor que en Roma. Pero vivir es también
estar en la calle y tener el espíritu bien
despierto para captar imágenes, sonidos,
olores o sabores. Para empaparse, en
definitiva, de la esencia de una ciudad y de
sus gentes. Ir a París es ir a Francia, ir a
Madrid es ir a España, pero ir a Roma es
mucho más que ir a Italia.
Hay capitales europeas (¡unas cuántas!) que
siguen siendo provincianas aunque hayan
crecido en población. Mas en el caso de
Roma, al recorrer sus calles y seguir los
acontecimientos políticos o culturales que
en ella se desarrollan, podremos apreciar
cómo Roma es un escaparate del mundo. Basta
un sencillo ejemplo: en Madrid el titular de
un periódico se limita a informar de que ha
sido nombrado un nuevo ministro israelí de
Asuntos Exteriores; y en Roma el titular de
otro diario incluye el nombre de ese
ministro. No es muy arriesgado pronosticar
que en este siglo xxi, en el que asistiremos
a un resurgir del Mediterráneo, Roma puede
ser una de las grandes ciudades del viejo y
siempre nuevo Mare Nostrum.
Hay un pasaje de los Hechos de los Apóstoles
(12,17) en el que simplemente se dice que
Pedro «salió y se fue a otro lugar». Tenemos
los suficientes testimonios y evidencias
para deducir que ese lugar no es otro que
Roma. En esta pequeña frase tenemos la clave
de cómo Roma ha podido perdurar más allá de
su pasado imperial. De hecho, Roma no decayó
con las invasiones bárbaras sino a partir de
la decisión de Constantino de trasladar la
capital a Bizancio allá por el 330. La Roma
de los Césares dejaba paso definitivamente a
la Roma del Papado. La Roma cristiana nació
como sucesora de Jerusalén, y a través de
los siglos esta Roma no ha encontrado otra
alternativa. Y es que pese a la envergadura
de sus ambiciones político-religiosas,
Bizancio, Aviñón y Moscú fracasaron en sus
intentos de desplazar a la ciudad del Tíber.
En la Edad Media Dante Alighieri, pese a no
tener demasiadas simpatías por el Papa
de«Esta Roma donde Cristo es romano... »
(Purgatorio, XXXII).
Esta cita marca profundamente las
instantáneas existenciales, ofrecidas en
premeditado desorden cronológico, de los
treinta y tres hombres y mujeres que
aparecen en este libro. En una u otra forma,
el binomio «Roma-cristianismo» es una
circunstancia presente en su trayectoria
vital. Bajo la forma de una ficción
autobiográfica, hemos intentado presentar un
fondo ajustado a la realidad de los hechos y
a la vida de sus protagonistas. En estas
instantáneas de sus vidas, de momentos
recordados o vividos en la ciudad de Roma,
hemos buscado recrear el tiempo interior de
los personajes históricos. Anécdotas,
reflexiones y recuerdos impregnan estos
textos, apócrifos y al mismo tiempo
verosímiles, y sirven para colarnos por una
rendija de la trayectoria vital de cada
personaje.
Pero invito también a los lectores a no
quedarse en el marco histórico-geográfico,
por muy atractivo que resulte, y que vean
detrás de cada personaje a un ser humano de
los que existen en cualquier tiempo y lugar.
De ahí que este libro se preste a ser leído
entre líneas, pues siempre habrá un
resquicio del personaje con el que podremos
identificarnos, o bien reconoceremos a
través de él actitudes y opiniones de
nuestros contemporáneos. Pese a que algunas
teorías filosóficas lo nieguen, hay para
esto una sencilla explicación: el hombre es
el mismo en todas las épocas.
Cada uno de los capítulos pretende ser
además una invitación a abrir en cualquier
época ese gran libro llamado Roma, pues
cualquier siglo puede servir de punto de
arranque para un recorrido de dos milenios
por una Ciudad Eterna, de eterno movimiento
y
eterno presente. Estas páginas son también
el trabajo, por lo menos apasionado, de
alguien a quien le gusta leer y meditar el
nombre de Roma tanto al derecho como al
revés (ROMA-AMOR). Alguien que aspira a
saber transmitir algo de ese amor y de otros
muchos amores.
ANTONIO R. RUBIO PLO