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Suu Kyi y la dictadura del lenguaje
Antonio R. Rubio Plo
Analista internacional
GACETA.ES, 20-08-09
Militares birmanos pusieron fin a la democracia de un modo similar a Tiananmen.
No ha sido una gran sorpresa que Aung San Suu Kyi, la líder de la oposición birmana, haya sido condenada a año y medio más de internamiento en su domicilio. La sentencia conlleva el permiso de ver los canales oficiales de televisión, pero es más probable que la prisionera se siga dedicando a la lectura, la meditación budista, el repaso de idiomas o a interpretar a Bach al piano. La junta militar insiste en que la sentencia es por un quebrantamiento de su anterior condena. Pero lo cierto es que en 2010 habrá elecciones en Birmania y que Suu Kyi no se podrá presentar a ellas, pero aunque estuviera en libertad, un artículo de la Constitución se lo impediría, pues no puede ser candidato “quien disfrute de los derechos y privilegios de un ciudadano extranjero”, categoría aplicable a una prisionera casada, hasta su muerte en 1999, con el británico Michael Aris.
La revuelta de 1988, protagonizada por estudiantes y monjes budistas, llevó a pensar en la inminente caída de un régimen de perfil poco definido, encabezado por unos militares que decían profesar un “socialismo neutralista”. Las elecciones de 1990 dieron la victoria a la Liga Nacional para la Democracia, el partido de Suu Kyi, pero los militares birmanos pusieron un fin al experimento democrático de un modo similar al de sus colegas chinos en Tiananmen. Ni siquiera la concesión del Premio Nobel de la Paz a la líder opositora serviría para moverles de sus dogmas políticos: lo sucedido en Birmania nada tenía que ver con la democracia sino con otra conspiración del imperialismo y del neocolonialismo.
Algunos asesores de gobernantes de Asia elaboraron hace tiempo la teoría de los valores asiáticos para contraponer la democracia occidental a las tradiciones autóctonas Han pasado casi veinte años y, pese a las sanciones internacionales, los gobernantes están convencidos de que el tiempo juega a su favor. Su país no será otra Polonia o Checoslovaquia, y su ilustre prisionera no representa “el poder de los sin poder”, por emplear una expresión de Vaclav Havel, utilizada en la ceremonia de entrega del Nobel. Los militares creen que las próximas elecciones les darán una cierta legitimidad. Cuando hayan trascurrido, acaso será el momento de liberar a Suu Kyi o incluso de enviarla al exilio definitivo. Confían en que los intereses económicos, en especial el petróleo, y la escasa disposición de China a presionar a Birmania, les beneficiarán. También se podría especular con que puedan mirarse en el espejo de Corea del Norte, y en un programa nuclear aspira a ser garantía de supervivencia. Con tales previsiones, en Birmania seguiría gobernando el Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo, otro ejemplo de la omnipotente dictadura del lenguaje en la que las palabras sólo significan lo que quieran que signifiquen aquellos que detentan el poder.
Hace diez años, Suu Kyi llamó la atención sobre la insistencia de los militares en que ellos trabajaban por llevar a su país a la democracia. Recordaba que su padre, héroe de la independencia birmana, no sentía ningún respeto por quienes decían haber tomado el poder por amor a su pueblo y a su país. Antes bien, deberían ser sinceros y decir que lo habían hecho por amor al poder. Son ejemplos de manipulación del lenguaje, tal y como sucede en los términos “desarrollo”, “cultura” o “paz”, utilizados como pretextos para eludir la democracia y el respeto de los derechos humanos. Algunos asesores de gobernantes de Asia elaboraron hace tiempo la teoría de los valores asiáticos para contraponer la democracia occidental a las tradiciones autóctonas. Defender la cultura nacional, con los argumentos añadidos de la estabilidad social y la seguridad nacional, era lo prioritario. También debía tener preferencia el desarrollo económico. Pero Suu Kyi hizo esta observación ante un foro de la Unesco: “Si la mejora de las condiciones materiales, que son un medio para la felicidad humana, se alcanza de modo que hiera al espíritu del hombre, llevará a largo plazo a aumentar el sufrimiento humano”. Una reflexión no sólo válida para Birmania sino también para gobernantes convencidos de que representan el partido del bien y de que toda discrepancia, más que ilícita, es inmoral. Se diría que no valoran la diversidad sino la lealtad incondicional. Justifican su actitud por miedo a la desintegración social, aunque Suu Kyi les recordaría que su único miedo es a perder el poder.
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