Por Antonio
R. Rubio Plo
Arvo Net, 30.06.2006
En
las mañanas de los domingos, zaragozanos y
visitantes tienen acceso a una de las joyas
del barroco de la capital aragonesa: la
iglesia del real seminario de San Carlos. La
profusa y suntuosa decoración que se
extiende por el interior del templo, y en
particular sobre el altar mayor, es el
escenario de las tres misas matutinas. Aquí
el lenguaje de los símbolos y las imágenes
barrocas alcanza un esplendor comparable a
todo ese universo encerrado en el barroco
romano. No por casualidad, me decía un amigo
que en Zaragoza está la casa de su Madre, la
basílica del Pilar, y en Roma, la de su
Padre, San Pedro del Vaticano. Sin embargo,
el barroco es descalificado por algunos con
los adjetivos de artificiosidad o
teatralidad. No se dan cuenta de que sus
representaciones son un libro abierto que
nos introduce en el estudio de la teología,
la historia, la filosofía o las ciencias
naturales. La labor ornamental del interior
del templo, impulsada hacia 1723 por el
jesuita Pablo Diego Ibañez, sería, sin duda,
motivo de reflexión para un joven
seminarista que vivió en el edificio anexo
entre 1920 y 1925. En la tercera planta,
sede entonces del seminario de San Francisco
de Paula, había una pequeña capilla con un
altar dedicado al santo titular. Se
utilizaba para la meditación de la mañana,
la lectura y el rosario de la tarde, y el
examen de conciencia al final de la jornada
pero en ella no estaba expuesto el Santísimo
de forma permanente. Así pues, el
seminarista aludido abandonaba algunas
noches su habitación y con una inquietud y
expectación comparables a las del Samuel
bíblico, se situaba en una de las tribunas
laterales que dan al altar mayor de la
iglesia. Josemaría Escrivá de Balaguer, que
no era otro el seminarista, intuía desde
tiempo atrás que Dios tenía una voluntad muy
concreta para él. Su esperanza le llevaba
hasta una celosía desde la que contemplaba
la luz del sagrario, punto de mira al que
dirigía su oración. Esa luz hacía que la
oscuridad envolvente no fuese el reino de
las tinieblas. La noche adquiría así el
significado de espacio para las confidencias
de amigo a Amigo. ¿No es uno de los grandes
acontecimientos de la noche, la cena,
referencia obligada de los evangelios en
hechos y en parábolas? ¿No es la llamada de
Dios, también en el silencio de la noche,
una ocasión de intimidad, para cenar “yo
con él, él conmigo” (Ap 3, 20)?
Una
santa zaragozana
La
vela nocturna de aquella alma enamorada
tenía su justa compensación en la eucaristía
cotidiana de la iglesia de San Carlos. Por
lo demás, y aunque fuera a la débil luz del
día, la ornamentación del templo tendría que
ilustrar y dar significado a las reflexiones
del seminarista. Josemaría Escrivá llegó a
escribir en aquellos años un artículo en
La Verdad, una revista del seminario, en
torno a la importancia de la literatura y la
cultura en la formación sacerdotal.
Conocería probablemente que en aquel mismo
edificio, antaño sede del colegio de San
Ignacio, Baltasar Gracián había redactado
El criticón y El comulgatorio.
¿Qué no le sugerirían, por ejemplo, las
estatuas de santos en los laterales del
templo? Habían sido escultores jesuitas
quienes labraron las imágenes de santos
aragoneses o relacionados con la Compañía.
Entre los primeros no falta el obispo san
Braulio, pero en especial sobresalen algunos
testigos de Cristo en Zaragoza durante la
persecución de Diocleciano: san Valero, san
Vicente, san Lupercio, san Lamberto, y ,en
lugar destacado, santa Engracia, la joven
mártir lusitana ligada para siempre a la
Caesaragusta romana. Otra de las santas
representadas es una zaragozana que se ganó
el corazón del pueblo portugués: la reina
santa Isabel, hija y nieta de Jaime I y
Pedro III de Aragón, y casada con el rey don
Dionís de Portugal. Aunque las Cortes de
Aragón la declararon patrona del reino en
1678, es Zaragoza la que acumula recuerdos y
referencias a esta santa, nacida en el
palacio de la Aljafería hacia 1270. A
diferencia de otros santos aragoneses, no
tiene dedicada una capilla en El Pilar o la
Seo, pero la monumental iglesia barroca de
la plaza del Justicia está bajo su
advocación, y también lleva su nombre una de
las calles que saliendo de dicha plaza
desemboca en una de las arterias más
transitadas de Zaragoza: la calle Alfonso.
La
iconografía de aquella infanta de Aragón y
reina de Portugal se centra principalmente
en su caridad heroica, dirigida
principalmente a los pobres y los enfermos.
La imagen de san Carlos que debió de
contemplar san Josemaría Escrivá la
representa con corona real y manto púrpura,
un manto que sujeta con ambas manos y está
lleno de rosas. El rostro, de una tonalidad
entre blanquecina y sonrosada, es una
muestra de la expresividad barroca, una
combinación armoniosa entre lo sublime y lo
sencillo. “Delicadeza” es el término que
mejor podría definir la imagen. Su
contemplación llevará a algunos a
disquisiciones sobre dónde empieza la
historia y termina la leyenda, pues el
repertorio hagiográfico es pródigo en
ejemplos de reinas y princesas caritativas
que, interrogadas por sus padres o maridos
sobre el contenido de los pliegues de sus
mantos, enseñan rosas en vez de las monedas
o los alimentos destinados a los pobres. A
esto habría que objetar que ninguna leyenda
puede poner en duda los testimonios sobre la
caridad de Isabel, expresión de su fe en la
identificación de los enfermos con Cristo.
Algo que también expresaría Josemaría
Escrivá en Camino: “Es que para un
alma enamorada, los niños y los enfermos son
El” (419).
Rosas
y espinas
En la
simbología cristiana, las rosas pueden
servir para expresar la unión del dolor y
del amor. Unos cincuenta años antes de
Cristo, el libro de la Sabiduría (1, 8)
pintaba el retrato de una época en la que la
felicidad pasaba por coronarse de rosas
antes de que quedaran marchitas. Pero las
rosas siempre tienen espinas y también, por
supuesto, la propia vida. Esas espinas no se
le escatimaron a la dulce, bondadosa e
inteligente reina Isabel. Su manto
desplegado de rosas es una imagen de su
propia vida. Advirtamos, no obstante, que el
manto muestra las rosas, y no las espinas.
El cristiano no oculta la realidad de la
vida sino que le da una nueva sintonía: la
sobrenatural. Lo expresaba nítidamente el
fundador del Opus Dei en este punto de
meditación: “Cuando los cristianos lo
pasamos mal, es porque no damos a esta vida
todo su sentido divino. Donde la mano siente
el pinchazo de las espinas , los ojos
descubren un ramo de rosas espléndidas,
llenas de aroma” (Via Crucis VI, 5).
Josemaría Escrivá sabía mucho de esto desde
los años de su adolescencia y juventud, y la
estancia en el seminario no le ahorró la
amargura de las incomprensiones, concretadas
en risas maliciosas y epítetos
mortificantes: “el soñador”, “rosa
mística”... La incomprensión nunca se
combate con el resentimiento. No demuestra
más virilidad o valentía quien se deja
llevar por el rencor. Hay que abrir bien los
ojos y ver también en las contradicciones la
mano de Dios, un Padre que está siempre
pendiente de su hijo pequeño: “Un
pinchazo. – Y otro. Y otro. -¡Súfrelos,
hombre! ¿No ves que eres tan chico que
solamente puedes ofrecer en tu vida –en tu
caminito- esas pequeñas cruces?... Además,
fíjáte: una cruz sobre otra –un pinchazo...
y otro...,¡qué gran montón!” Al final, niño,
has sabido hacer una cosa grandísima: Amar “
( Camino, n. 885). Josemaría
Escrivá hace aquí una vez más una apología
de las cosas pequeñas. Todo lo pequeño se
hace grande si le añadimos el sumando
“Amor”. De ahí que los detalles más pequeños
puedan ser ocasión para dirigir el
pensamiento a Dios, para ser conscientes de
nuestra condición de hijos. Si de detalles
se trata, no es aventurado afirmar que la
apoteosis ornamental de san Carlos sería,
sin duda, una excelente escuela de formación
y de cultura para un joven seminarista que
aguardaba una manifestación concreta de Dios
en su vida.
No sabemos si
en sus años de residencia en Barbastro,
Josemaría pudo admirar alguna imagen de
santa Isabel, patrona del reino de Aragón,
antes de poderla contemplar en San Carlos.
Tampoco es muy probable, o al menos no hay
testimonios, que visitara la iglesia
zaragozana de Santa Isabel, popularmente
conocida como San Cayetano, pues quedaba
algo apartada del barrio de la Seo y las
calles del Coso, escenarios habituales de
los años zaragozanos del fundador de la
Obra. En cualquier caso, su profunda cultura
religiosa, avivada por las continuas
lecturas, convirtieron a la reina santa en
un personaje familiar y querido para
Josemaría Escrivá. Lo era, sobre todo,
porque fue una imitadora de Cristo. La
devoción a los santos se ilumina desde la
consideración de que son otros Cristos. No
son ídolos que ocultan a Cristo, y no se
hace de más a Cristo por arrinconarlos en
nombre del retorno a una supuesta pureza
primitiva. Sin santos, el cristianismo se
hace más inaccesible. Quitemos los santos y
los profetas, y sólo nos quedará el Dios
espectador de los filósofos.
Paz y santidad
En 1960, cuatro
décadas después de aquellos cruciales años
del seminario, monseñor Escrivá de Balaguer
recibió la distinción de doctor honoris
causa por la universidad de Zaragoza. En
su discurso de agradecimiento, dedicó esta
breve y emotiva referencia a santa Isabel
de Portugal: “Esa amable santidad de una
infanta de Aragón, la reina Isabel de
Portugal, cuyo paso por el mundo fue como
una luminosa siembra de paz entre los
hombres y los pueblos”. No cabe un
prodigio mayor de síntesis en estas
elogiosas palabras. Frente a una “santidad”
rigorista y antipática, está el ejemplo de
santa Isabel. La reina fue un ejemplo de
naturalidad, una demostración de que la
santidad también puede habitar en los
palacios y moverse con soltura en banquetes,
audiencias y visitas. En la feria de las
intrigas y las mezquindades, la santidad
resulta posible si se mueve al compás de la
presencia de Dios. Esa presencia se
alimentaba en la piedad de Isabel, en el
rezo de los salmos y en la misa diaria. De
ahí salía la fortaleza de alguien que, a
semejanza de la Esther bíblica, bien habría
podido decir: “Mi Señor y Dios, no tengo
otro defensor que Tú” (Est 4, 17). Su
esposo, el rey don Dionís, parecía con
frecuencia estar más interesado en las
galanterías de los trovadores que en los
asuntos del gobierno. Sus continuas
infidelidades eran del dominio público, pero
Isabel callaba y solía cambiar de
conversación o se recogía en la capilla de
palacio cuando las lenguas desatadas de los
cortesanos pretendían atormentarla con las
últimas noticias de la “vida galante” de su
esposo. Sufría también la reina con el odio
acumulado de su hijo Alfonso hacia su padre,
pues éste daba muestras de preferencia hacia
sus hermanos bastardos. La reina acudiría a
un llano, cerca de Lisboa, para evitar el
choque entre los ejércitos de su esposo y su
hijo, y aunque consiguió evitarlo, sería
recluida por orden real tras los muros de la
fortaleza de Alenquer, por la injusta
sospecha de que ella misma había fomentado
la rebelión de Alfonso. Saldrá de allí, no
obstante, para asistir a don Dionís en su
lecho de muerte en 1325. Será entonces
cuando el propio rey recordó a Alfonso que
la reina era dos veces su madre, pues le dio
la vida entre lágrimas y oraciones. Isabel
iría al encuentro de Dios en 1336 en
Estremoz, en medio del calor y las fatigas
del ardiente verano del Alentejo, cuando se
dirigía a interponerse entre los ejércitos
enfrentados de dos Alfonsos: su hijo,
Alfonso IV de Portugal, y su nieto, Alfonso
XI de Castilla. No es de extrañar que la
reina caritativa fuera también la
pacificadora, pues las bienaventuranzas nos
muestran el retrato de los imitadores de
Cristo, y llaman hijos de Dios a los que
trabajan por la paz (Mt 5,9). Sólo quien se
llena de Dios, tiene paz y está en
condiciones de transmitirla. La paz suele
venir también de esa santidad amable, aunque
muchas veces sea incomprendida, que ve en
los demás a otros hijos de Dios. Esa paz
nada tiene que ver con las estrechas miras
que convierten la paz política y social en
un reparto de intereses y una consagración
del equilibrio de poder, aunque éste por
definición sea inestable. La paz de santa
Isabel es la paz que traen los santos. Es la
paz defendida por Josemaría Escrivá, con esa
receta grabada en Camino: “Un
secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis
mundiales son crisis de santos. –Dios quiere
un puñado de hombres “suyos” en cada
actividad humana. –Después...”pax Christi in
regno Christi” –la paz de Cristo en el reino
de Cristo”.( 301).
Dos enamorados de Portugal
Dios había dotado a Josemaría Escrivá de una
extraordinaria sensibilidad hacia los
hombres y los pueblos. En él resplandeció
la auténtica catolicidad, es decir la
universalidad, que nunca supieron entender
los que añadieron a la palabra “religión”,
el calificativo de “nacional”. En el
cristianismo, todo cisma, abierto o
encubierto, ha sido siempre una forma de
cesaropapismo y, en definitiva, de pérdida
de la catolicidad. Esa catolicidad, empapada
en el amor de Cristo, era la que llevó a
monseñor Escrivá a exclamar ante algunos de
sus hijos portugueses: “¡Viva Aljubarrota!”.
Con una sonrisa, buen humor y mucho cariño,
el fundador del Opus Dei sabía cortar por lo
sano más de seis siglos de rencillas
seculares entre portugueses y españoles. Sus
palabras pretendían, sin duda, confirmar que
la historia no se detiene y que los planes
de Dios, el querer divino de que “todos
se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad” (1 Tim 2, 4), están por encima
de las estrechas miras humanas. Visitó en
diversas ocasiones Portugal, y en alguna de
ellas tuvo que admitir que le costaba mucho
marcharse. También debió de costarle mucho
irse de su querida Coimbra. En sus visitas a
la ciudad del Mondego, nunca faltó a dos
citas: la visita en el Carmelo a sor Lucia,
la vidente de Fátima, y la oración llena de
entrañable confianza ante la tumba de la
reina santa Isabel, sita en el convento de
Santa Clara. Testigos presenciales aún
recuerdan en 1948 la espontaneidad de sus
palabras y los golpecitos afectuosos en el
sarcófago de plata de la reina:
“¡Paisana! Acuérdate de mis hijos de Coimbra
y de todo Portugal”. Un ejemplo de
oración sencilla, llena de confianza y
seguridad en Dios y en los santos unidos a
El. Serían, sin duda, de este estilo, las
oraciones dirigidas por un santo aragonés a
una santa aragonesa, los dos muy enamorados
de Portugal.
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