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LA INTUICIÓN DE UN FILÓSOFO LIBANÉS (Antonio R. Rubio Plo)

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La intuición de un filósofo libanés

Malik presintió la llegada del legislador con delirios de ingeniería social.

Antonio R. Rubio Plo

La llamaron universal, y no internacional, para no dar a los estados el protagonismo que sólo corresponde al ser humano. El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en un momento en que seguían presentes las atrocidades ligadas a la terrible mezcla de guerra total e ideologías letales. ¿Se cumplirían ahora los objetivos de Roosevelt, cuando declaraba en plena guerra que el dominio de los fuertes sobre los débiles era la doctrina del enemigo? Pero el nuevo mundo de 1945 seguía teniendo mucho de los rasgos del antiguo, como había podido verse en el rechazo por rusos y británicos en Dumbarton Oaks de que los derechos humanos figuraran entre los propósitos principales de las futuras Naciones Unidas. Por entonces, el filósofo y diplomático libanés Charles Malik (1906-1987) intuyó que en el debate en torno a los derechos humanos, la humanidad se jugaba más de lo que podía pensarse. Malik, relator del proyecto de Declaración, está considerado junto a Eleanor Roosevelt y René Cassin como uno de los padres de aquel texto fundamental. Era de fe ortodoxa griega y procedía de un país cuya historia ha sido la de la lucha de unas minorías por preservar su identidad. El Líbano representa el combate del individuo singular y de las comunidades frente a dominaciones extranjeras.

Un libanés como Malik podía comprender mejor que otras personas el profundo significado de la libertad de expresión y de las conciencias. No estaría de acuerdo con aquellos que proclaman que no es esencial la fundamentación de los derechos humanos, y que lo importante es cumplir las disposiciones de las leyes nacionales y de los convenios internacionales en esta materia. Otros incluso lo dirían con una expresión de viejo cuño: obedecer a la ley nos hace libres. Tampoco dudarán en asegurarnos que en nuestra avanzada sociedad occidental no hay ningún Creonte al que desobedecer sus supuestos mandatos injustos. Nuestro modelo no debe ser Antígona sino su hermana Ísmena, siempre dispuesta a prestar obediencia a los que están en el poder y a justificar su postura con un “soy incapaz de obrar en contra de los ciudadanos”. A Malik, sin embargo, le inquietaría esta falta de interés por fundamentar los derechos humanos, que equivale a eludir cualquier reflexión sobre la naturaleza del ser humano. En aquella posguerra algunos juristas y filósofos estaban convencidos del retorno al iusnaturalismo, tras haber visto pisoteada en grado inconcebible la dignidad de la persona. No dejaba de ser una ilusión. Lo que volvía era ese optimismo ingenuo en el poder de la razón que en otros tiempos había engendrado monstruos. Sin ser un pesimista antropológico, Malik era mucho más realista: estaba seguro de que el hombre podía conocer la verdad, pero estaba convencido de que alcanzarla dependía sobre todo de su voluntad.

De igual modo, los estados podían suscribir toda clase de convenios sobre derechos humanos pero no serviría de nada si faltara la voluntad política de cumplirlos. El filósofo libanés recordó en algunos de sus discursos una realidad que cuesta admitir: la natural tendencia humana a eludir su responsabilidad personal y buscar su seguridad en sus propiedades, su círculo de relaciones o el Estado. Quien vive en la autocomplacencia y en un mundo aparte, el individuo soberano, no suele preocuparse de lo que haga otro soberano por encima de él: el Estado. Si se debilitan las instituciones intermedias entre el individuo y el Estado, surge el rebaño pacífico y laborioso, presentido por Tocqueville en La democracia en América. Este tipo de personas difícilmente podrá entender la existencia de una ley natural. No reflexionará sobre el origen de los derechos, sino que aplaudirá acríticamente el advenimiento de derechos como meros productos de las leyes positivas. Malik se daba cuenta de las consecuencias de considerar que los derechos humanos, como otra parte más del ordenamiento positivo, están sometidos a continua evolución. Si de por sí son cambiantes, habrá que entender que también lo es la naturaleza humana. Malik presiente la llegada del gran legislador con delirios de ingeniería social.

*Antonio R. Rubio Plo es analista internacional.

Enviado por Arvo.net - 09/12/2008 ir arriba
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