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La ambigüedad de Lincoln
Quizás no es tan difícil entender la fascinación que ejerce en Obama.
Antonio R. Rubio Plo
En un ensayo para la revista Time en 2005, el senador Obama se entrega a la admiración por Lincoln y resalta algunos rasgos de su carácter: humor, complejidad y compasión, pero también la ambigüedad. Queda bien reflejada la personalidad del político, nacido el 12 de febrero de 1809 y uno de los más admirados de la historia americana, hasta el extremo de la hagiografía aunque no falten detractores que le presentan como el déspota que llevó a su país a la guerra civil.
Cuando Barack y Michelle Obama se pasean en olor de multitudes por la Avenida Pennsylvania, la memoria de Lincoln está presente no sólo en el monumento a él dedicado, sino en la estatua ecuestre del general Sherman, que preside una plaza cercana. El militar nordista ha anticipado en Georgia la estrategia de la guerra total al destruir las propiedades e infraestructuras del enemigo. El presidente Lincoln, comandante en jefe, quiere dar así el golpe definitivo a los confederados para preservar la Unión, principal objetivo de la contienda, más que el de la emancipación de los esclavos. Es un ejemplo de la ambigüedad de Lincoln, que le acompaña en otros momentos de su vida. Se palpa en su adolescencia, cuando vuelve los domingos de la iglesia, presto a imitar el estilo apasionado del predicador y adornarlo con las citas bíblicas que ha leído, aunque en ningún momento muestra interés en profundidades teológicas. Conoce la Biblia y la cita en sus mejores discursos, pero el Creador le resulta una deidad distante y misteriosa, al margen de la naturaleza. Un rival político le acusa de ser ateo y él responde que “nunca ha negado la verdad de las Escrituras”, afirmación ambigua.
Lincoln tiene bastante de romántico y escribe poemas bajo la influencia de Byron, aunque su ambición le aconseja seguir una máxima de Carlyle, aquel cantor escocés de los héroes, que es práctica: “Cierra tu Byron y abre tu Goethe”. Déjate llevar por la prudencia y el análisis más que por los impulsos románticos. Sigue la filosofía de Emerson, con su fe casi religiosa en la capacidad de la conciencia individual, empápate de su transcendalismo, capaz de obrar milagros por medio de la intuición. Sé vitalista y optimista, con un sentido del humor en el que la ironía preste su servicio a la ambigüedad. Cree, sobre todo, en el poder de la palabra, cuidadosamente preparada o improvisada en el momento oportuno, porque ella es capaz de conseguir que el hijo de un granjero llegue a lo más alto del poder político.
Tiene veintinueve años al pronunciar su primer discurso en el liceo de Springfield. Aparentemente se dirige a un joven auditorio, pero a la vez piensa en sí mismo. Se pregunta si la democracia americana ha rebajado las aspiraciones de quienes desearían emular a Alejandro, César o Napoleón. Ser congresista, gobernador o presidente no les satisface. Los hechos excepcionales, que les hubiera gustado protagonizar, ya los realizaron Washington y otros padres fundadores. Y en un desliz de exaltación romántica, Lincoln señala que sólo podrán marcar diferencias “emancipando esclavos o esclavizando hombres libres”. Estas palabras no deben verse como premonitorias sino que expresan cierto inconformismo ante una vida marcada sólo por las preocupaciones individuales, algo que prepara a los pueblos para la servidumbre, y en esto coincide con Tocqueville, pese a no haberlo leído.
Lincoln no llama al apasionamiento ni al fervor de las ideologías. Reconoce que la pasión es una ayuda, pero no puede hacer más. Antes bien, preconiza una “fría, calculadora y desapasionada razón”, que deberá acompañar a la inteligencia, la moralidad y el respeto a la constitución y las leyes. Ser al mismo tiempo apasionado y frío. Quizás no es tan difícil entender la fascinación que Lincoln ejerce en Obama y el por qué destaca entre sus cualidades la ambigüedad. No debe creer que sea una incapacidad para decidir. No sería una debilidad sino contemplar todas las perspectivas de un mismo asunto. Debe de verla como un modo de superar los estrechos límites de la ideología, un instrumento de pragmatismo que les ayude a dejar su huella en la Historia. Los dos presidentes aman el gran vehículo de la ambigüedad: la palabra.
Antonio R. Rubio Plo es analista internacional.
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