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EUROPA: RAÍCES, LUCES Y SOMBRA (Antonio R. Rubio Plo)

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Munich, septiembre 1938

Munich, septiembre 1938:
Los fantasmas y el peso de la conciencia


Antonio R. Rubio Plo

Analista Internacional
Analisisdigital.com

Dos figuras destacadas de la cultura checa, el escritor Vaclav Havel y el cineasta Milos Forman, anunciaron recientemente su colaboración para adaptar al cine una novela histórica, El fantasma de Munich, publicada el año pasado en Francia por el periodista Georges Marc Benamou, consejero del presidente Sarkozy aunque también fuera simpatizante de Mitterrand, de quien narraría sus últimos meses de vida en una novela posteriormente convertida en película. Benamou es un escritor controvertido y polémico, uno de esos izquierdistas que se ha enemistado con los suyos al aceptar un puesto en la corte de Sarkozy. Pero las luchas palaciegas y las guerras mediáticas en Francia no parecen importar demasiado a las dos personalidades checas, que buscaban un guión atractivo para recordar una de las grandes tragedias europeas del siglo XX, cuando se cumplen setenta años de aquella conferencia de Munich, en la que, con la mediación de Mussolini, Chamberlain y Daladier entregaron el territorio checo de los Sudetes a la Alemania hitleriana, con la vana ilusión de preservar la paz en Europa al evitar una nueva guerra. En Francia y Gran Bretaña lo sucedido en Munich, del 29 al 30 de septiembre de 1938, pesaría durante mucho tiempo sobre la clase política. Munich sería elevado a la categoría de traición, entreguismo, debilidad… Arma arrojadiza para atacarse unos a otros, o ejemplo a meditar en otras situaciones históricas aunque no fueran exactamente lo mismo. De hecho, se ha hablado de nuevos Munichs en la crisis de Suez, en los momentos más tensos de la guerra fría, en la guerra del Golfo, en la invasión de Irak o en las tensiones derivadas del programa nuclear iraní. Más allá de similitudes y diferencias, Munich nos invita a la reflexión sobre las consecuencias de intentar separar la ética de la política, de recurrir al mal menor para evitar una catástrofe mayor. El mal menor puede ser excepcional y resulta necesariamente doloroso, pero si se convierte en respuesta habitual, en una continua consagración del statu quo, terminará por ser un mal mayor aunque no se reconozca así por la insensibilidad derivada de la repetición de las acciones de los sujetos.

Havel y Forman harán un film que está fatalmente llamado a tener un escaso eco en nuestra Europa posmoderna, que nada quiere saber de lecciones históricas. No quiere reconocer que se equivocó por no hacer frente a Hitler desde el primer momento, pues prefería la paz a cualquier precio. Las desoladoras imágenes de la I Guerra Mundial, con sus emblemáticas trincheras y máscaras antigas, o sus aglomeraciones de muertos y lisiados, producían pánico y horror irresistibles en la gente de aquella generación. Sólo así se explican Munich y las aclamaciones de las muchedumbres parisinas y londinenses a Daladier y Chamberlain al regreso de la ciudad alemana. Ambos jefes de gobierno querían convencerse a sí mismos de haber hecho lo correcto: el clamor popular servía para construir su aureola de pacificadores. La realidad era muy diferente y para esto es útil una novela como El fantasma de Munich: para que un anciano Daladier, treinta años después de los acontecimientos, confiese a una periodista americana de origen checo que su actuación no sólo no sirvió para evitar la guerra sino que fue rechazable desde el punto de vista moral. El radical-socialista Edouard Daladier, apartado de la política en la Francia gaullista, se ha convertido en el fantasma de Munich, hasta el punto de que muchos franceses piensan que ha muerto hace tiempo. Ni siquiera su célebre discurso de enero de 1940, previo a la derrota de Francia, y en el que denunciaba enérgicamente que el objetivo principal del nazismo es la esclavitud de los seres humanos, serviría para aliviar el desolador peso de Munich. Con todo, en aquel otoño de 1938 hubo un gesto de alguien que no quería dejarse atormentar por su conciencia: el general Louis Eugène Faucher, encargado de la misión militar francesa en Praga, protestó contra la claudicación ante Hitler y ofreció sus servicios a Benes, el presidente de Checoslovaquia.

No importa el mensajero sino el mensaje en sí mismo. Podría decirse esto de las críticas formales a la novela de Benamou, a la que se acusa de no tener la garra suficiente para atraer a los lectores, pues abunda en reflexiones más propias de un ensayo y que se ponen en boca de los políticos europeos presentes en la Conferencia de Munich. No obstante, Havel y Forman han buscado una historia en la que la principal protagonista es la conciencia. En ella hay políticos que la han apagado o puesto en sordina, como pueden ser Hitler o Mussolini, mientras que otros como Daladier y Chamberlain se autoengañan y quieren creer que han salvado la paz. Tampoco Benes, uno de los fundadores del Estado checoslovaco, sale bien parado en esta historia, y seguramente tampoco en la próxima película. En uno de sus últimos artículos cuando era presidente checo, Vaclav Havel daba muestras de comprender el dilema de Benes: si no entregaba la región de los Sudetes a Hitler, las democracias occidentales, encabezadas por sus opiniones públicas, le acusarían de ser un intransigente nacionalista, de romper la paz con un acto de provocación que arrastraría a toda Europa a una guerra innecesaria. Havel le critica, sin embargo, por haber adoptado una postura de cesión en nombre de la responsabilidad. Las convicciones internas fueron apagadas una vez más en nombre de la responsabilidad. El pragmatismo venció a la moral. Eso siempre lo criticará Havel, resistente casi solitario a un régimen comunista, visto con resignación por muchos de sus compatriotas.

El 70º aniversario de Munich es, en la visión de Havel y Forman, una llamada a la responsabilidad, pero ésta sólo se ejerce adecuadamente cuando se siguen los dictados de la propia conciencia, de una conciencia capaz de distinguir entre el bien y el mal. Entonces hubo unas sociedades europeas que se dejaron llevar por el miedo. En cambio, hoy existen otras que se complacen en olvidar o relativizar los fantasmas del pasado. Las dos sociedades coinciden en no aceptar lecciones históricas.

 

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Arvo Net, 29/09/2008

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Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Analisisdigital - 29/09/2008 ir arriba
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